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La religió homèrica segons Wilhelm Nestle

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Wilhelm Nestle, en la seva obra Griechische Geistesgeschichte (Von Homer bis Lukian), traduïda al castellà per Manuel Sacristàn com a “Historia del Espíritu Griego” ofereix un recorregut des de la religió lluminosa d’Homer, en la que no hi ha temor a la mort ni als déus, fins a la sàtira de Llucià. ¿Per què els grecs van abandonar els mites i les creences tradicionals per mirar el món sota una nova llum, la de la raó? ¿Quins són els límits de la fe i quins els de la ciència? Sens presenta la lluita entre el mite i el logos en el marc de la Grècia clàssica, podent observar el desenvolupament, i l’equilibri, d’aquest esperit que va «des de la minoria d’edat dominada per les autoritats religioses fins a la investigació i el pensament lliures i independents».

Als inicis de l’obra, al parlar d’Homer, entre altres aspectes, ressalta que:

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… En el tiempo en que se originaron los poemas homéricos (entre el 900 y el 700 a. C.), los griegos habían superado, ya hacía tiempo, las fases primitivas de la religión, las cuales se mantienen como restos en el culto —la parte más conservadora de todas las religiones—, como una especie de fósiles religiosos, hasta bien entrados los tiempos históricos. En Homero no se encuentra ya rasgo alguno de fetichismo, que nos aparece en cambio aún en la cultura minoica cretense, con la adoración del hacha de dos filos, la labris, y en el laberinto que recibe su nombre del de esa arma. También ha desaparecido completamente de él el totemismo, el culto a los animales, el cual no resuena ya sino como un eco en los calificativos de las divinidades, como «bôpis», de ojos de ternera, o «glaukôpis», de ojos de lechuza, y en ocasionales transformaciones o metamorfosis de los dioses en animales. Hasta el culto de los árboles —que se sostiene a través de todo el periodo histórico desde el santuario de Dodona, en el que Zeus vivía originariamente «en el tronco de una encina»—, se encuentra suprimido en la Ilíada (15, 233 y s.), y no se manifiesta en la Odisea (14, 328; 19, 297) más que en la forma de impartirse el oráculo. Lo más importante es, empero, que no queda nada de la antigua veneración de las divinidades ctónicas o subterráneas, y ni siquiera de la «Madre Tierra»; las demónicas fuerzas de las tinieblas han sido desterradas al Hades, y hasta las mismas erinis se presentan como guardianas de la ley natural (Il, 19, 418). El culto de las almas y de los muertos, aún operceptible en la Orestíada de Esquilo, se nos presenta aquí en pocos restos: en el ritual sacrificial tributado al cadáver de Patroclo (Il., 23) y en el conjuro de los muertos en la Nekya (Od., 11). La Ilíada no conoce magia alguna; la Odisea, que tiene más en cuenta las capas sociales inferiores y su fe, cita una vez la operación mágica de acallar a la sangre (19, 457). También los ritos de purificación, muy difundidos entre el pueblo, se presentan en último plano (Il., 1, 313 ss.; Od., 22, 490 ss.). Del mismo modo carece la religión homérica de todo rasgo místico y entusiástico. No hay en ella temor a los dioses. El hombre homérico se yergue, libre y enhiesto, como el griego en general, frente a sus dioses, lo cual se expresa en la actitud de oración: de pie, con las palmas hacia arriba y los brazos levantados hacia el cielo. La misma libertad frente a las potencias inferiores: no hay miedo a los fantasmas ni miedo a la muerte. Las «testas sin fuerzas de los muertos» se encuentran abajo, en el Hades, y no pueden hacer nada contra los vivos. Ni el muerto por violencia, el asesinado, molesta a los supervivientes con la exigencia de vengar su derramada sangre. La venganza de la sangre puede comprarse con dinero purgatorio o mediante destierro voluntario. Esta rotunda separación entre el mundo de los vivos y el de los muertos está en conexión con una modificación de las costumbres funerarias, esto es, con la sustitución de la inhumación por la incineración, la cual fue entonces proyectada sobre la edad antigua. La muerte misma se concibe como un fenómeno natural, parecido al sueño, del cual es hermana. En el otro mundo no hay infierno aterrador ni atractiva y feliz existencia en un cielo. Pues el «Elisio» o las islas de los Bienaventurados no son sino regiones reservadas a especiales favoritos de los dioses, del mismo modo que en el Hades no sufren castigo más que excepcionales criminales que han ofendido a los dioses por crímenes extraordinarios.

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Wilhelm Nestle. Historia del Espíritu griegoWilhelm Nestle. Historia del Espíritu griego.

Traducción de Manuel Sacristán.

Ariel Filosofía, 5.

Ed. Ariel. Barcelona, 2010.

ISBN: 9788434488489

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  1. Encara no hi ha cap comentari.
  1. 22/09/2011 a les 9:56 PM

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