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Rachel Bespaloff. De la Ilíada.

Rachel Bespaloff (Nova Zagòria, Bulgària, 1895 - South Hadley, Massachussets, 1949)

La fuerza no se conoce ni goza de sí más que en el abuso en el que abusa de ella misma, en el exceso en el que se prodiga. Este salto supremo, esta fulguración homicida en la que el cálculo, la oportunidad y la potencia forman un todo para desafiar la condición humana —en una palabra, la belleza de la fuerza— nadie (salvo la Biblia, que la canta y alaba solo en Dios) consigue hacerla más palpable que Homero. El poeta no celebra la belleza de sus guerreros para idealizarlos o estilizarlos: Aquiles es hermoso, Héctor es bello porque la fuerza es bella, y porque solo la belleza de la omnipotencia, convertida en omnipotencia de la belleza, obtiene del hombre este consentimiento total a su propia destrucción, a su propio aniquilamiento, aquella prosternación absoluta que lo entrega a la fuerza en el acto de la adoración. En la Ilíada, la fuerza aparece al mismo tiempo como la suprema realidad y la suprema ilusión de la existencia. Homero diviniza en ella la superabundancia de la vida que resplandece en el desprecio a la muerte, el éxtasis del sacrificio —y denuncia la fatalidad que la transforma en inercia, aquel impulso ciego que la conduce hasta el límite de su desarrollo, hasta la anulación de sí misma y de los valores que ha generado. Para mostrar el embrutecimiento que la ilusión de omnipotencia produce en aquel a quien ciega, Homero no escoge a Aquiles ni a Áyax, sino al príncipe de la sabiduría. Embriagado por una victoria pasajera, Héctor pierde de repente el poder de reflexión, el don de la mesura y el sentido del límite. Rechaza con vehemencia los prudentes consejos de Polidamante, a quien amenaza de muerte acusándolo de tener ideas derrotistas. Sin duda, Polidamante no se equivoca al acusar a Héctor de no tolerar ninguna contradicción ni en el consejo ni en la guerra: «Solo te agrada una cosa: incrementar constantemente tu poder.» Además, el héroe nunca se mantiene (ni siquiera Aquiles) por encima de la condición humana: no hay nada en Héctor —valor, nobleza o sabiduría— que no esté sometido y mancillado por la guerra, nada, excepto el respeto por sí mismo, que lo hace humano, le permite reponerse frente a lo inevitable y le concede la máxima lucidez en el instante de la muerte.

Así, Héctor lo ha perdido todo, salvo aquella gloria «cuya narración llegará a los hombres futuros». Y esa gloria, para el guerrero de Homero, no es una ilusión engañosa ni una vana jactancia, sino el equivalente de lo que para los cristianos representa la redención: una certeza de inmortalidad, más allá de la historia, en el desapego supremo de la poesía. Aquiles se ensaña con los restos de Héctor. Cada día, desde el alba, se dedica metódicamente a sus ejercicios de represalia, tres veces seguidas arrastra el cuerpo de su desventurado rival alrededor de la tumba de Patroclo y luego lo deja allí, tendido en el polvo. Su insaciable rencor se desencadena a la vez sobre el asesino de Patroclo y sobre el vencido, ya fuera de su alcance, que le recuerda la inutilidad de su victoria y su muerte próxima. Ahora bien, aunque los dioses se lo han arrebatado todo a Héctor, no pueden ni siquiera sustraerle la belleza que sobrevive a la fuerza derrotada. Extendido de bruces, sigue siendo hermoso: «Apolo apartaba de su cuerpo todo ultraje», «Afrodita alejaba de él a los perros noche y día». Y con su belleza intacta de joven guerrero muerto será devuelto a Príamo. Cuando éste, antes de encontrarse con Aquiles, pregunta con ansiedad a su guía, Hermes lo tranquiliza: «Si te acercaras, verías tú mismo cómo está allí, fresco, lavado de la sangre que lo cubría y sin ninguna mancha; están cicatrizadas todas las heridas […]. Hasta tal punto los felices dioses cuidan de tu hijo, incluso muerto, porque les es grato al corazón.»

No es, pues, la cólera de Aquiles, sino el duelo entre Aquiles y Héctor, el enfrentamiento trágico del héroe de la venganza con el de la resistencia, lo que constituye, en realidad, el motivo central de la Ilíada y rige a la vez su unidad y su desarrollo. A pesar de los dioses y de la necesidad, queda suficiente libertad en estado naciente para que el espectáculo no parezca regulado por anticipado, ni a nuestros ojos ni a los de Zeus, el contemplador divino. Según el ritmo de los combates, la fogosidad de los invasores y la valentía de los asediados se equilibran de tal manera que recrean sin cesar, en cada adversario, la incertidumbre del futuro. Pero no por ello aqueos y troyanos dejan de valorar, con sorda lucidez, sus respectivas posibilidades en aquella «serie infinita de duelos» cuyo conjunto compone la guerra de Troya. Suceda lo que suceda, los reyezuelos piratas jamás pierden la fe en su invencibilidad; por el contrario, los príncipes de Ilio, incluso a punto de alcanzar una victoria, no pueden escapar al presentimiento de una derrota. Cuando Héctor osa enfrontarse a Aquiles sin desesperar de vencerlo, ya ha utilizado lo mejor de sus energías para vencerse a sí mismo. La misión de Aquiles es renovar, en las devastaciones, las fuentes y los recursos de la energía vital; la de Héctor es salvar, mediante la entrega de sí mismos, la carga sagrada cuya preservación garantiza al futuro su continuidad profunda. Solo en el momento del combate decisivo, la maduración del valor hasta el supremo dominio de sí, en Héctor, y el aumento de la cólera hasta el éxtasis homicida, en Aquiles, adquieren su verdadero sentido. Bajo esta luz, los destinos de ambos aparecen solidarios en la lucha, en la muerte y en la inmortalidad. Donde la historia muestra murallas y fronteras, la poesía descubre, más allá de los conflictos, la misteriosa predestinación que hace dignos el uno del otro a los adversarios llamados a un encuentro inexorable. Por eso Homero pide reparación únicamente a la poesía, la cual extrae de la belleza reconquistada el secreto de la justicia vetado a la historia. Solo ella restituye al mundo oscurecido la dignidad ofuscada por el orgullo de los vencedores y el silencio de los vencidos. Que otros ataquen a Zeus y se sorprendan de que permita «poner en el mismo plano a los malos y a los buenos, a aquellos cuyas almas se orientan hacia la justicia y a los que, obedeciendo a la iniquidad, se abandonan a la violencia». Homero ni se sorprende ni se indigna; no espera respuesta. ¿Dónde están los buenos en la Ilíada? ¿Dónde los malos? En ella solo vemos hombres en apuros, guerreros en lucha que triumfan o sucumben. Las reivindicaciones de la justicia solo forman un murmullo de lágrimas y lamentos a los pies de mármol de la necesidad. La pasión por la justicia se expresa únicamente en este duelo de la justicia y en la confesión del silencio. Condenar la fuerza, o absolverla, significaría condenar o absolver la vida misma. Y la vida, en la Ilíada (como en la Biblia o en Guerra y paz) es esencialmente lo que no se deja valorar, medir, condenar o justificar por lo que vive. Solo se juzga a sí misma en la conciencia que toma de su inefabilidad. Esta aceptación sin rigidez interior, consubstancial con la existencia, queda muy lejos de las exposiciones estoicas.

[…]

Rachel Bespaloff.

Héctor. Dins De la Ilíada.

Traducció de Rosa Rius Gatell


 

La pasión por la poesía y por la justicia aúnan las reflexiones en torno a la Ilíada que hicieron Rachel Bespaloff y Simone Weil, ya que ambas constituyen una tentativa de comprender la propia época a través de las fuentes griegas y bíblicas. Como afirmó Jean Wahl en la introducción a la edición de 1943, «al dejar el viejo continente han querido dirigir la mirada hacia uno de sus libros mayores. Y cada uno tenia, al mismo tiempo, el pensamiento vuelto al otro libro que lo completa»; en el caso de Weil, los Evangelios, en el de Bespaloff, los Profetas. Posteriormente, en 1956, Gabriel Marcel escribía: «Alguien debería tomarse la molestia de establecer una comparación entre Simone Weil y Rachel Bespaloff», y añadía que, en ese estudio, no debería unirse a Edith Stein.

 

Fina Birules.

De la Nota biográfica inclosa a De la Ilíada (ed. minúscula; Barcelona, 2009)

 

 


Bespaloff De la Ilíada

Rachel Bespaloff. De la Ilíada.

Traducción de Rosa Rius Gatell.

Posfacio de Hermann Broch.

Con vuelta de hoja, 6.

editorial minúscula, Barcelona, 2009.

ISBN: 9788495587497


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