Archive

Archive for març de 2012

Desescric tot el que he escrit! Ovidi (el Montllor, no el de les Metamorfosis), tot esperant Ulisses.

.

.

A @ariadnalaberint

.

.

.

TOT ESPERANT ULISSES

.
Ones que vénen, mar que s’allunya,
tot és ben prop, tot és lluny.
Plors que s’enceten, riures que es moren,
quan creus que tens tot s’esmuny.
.
Verd el cel i fresc l’estiu,
jove el gran i cec l’altiu,
una taula fa de llit.
Desescric tot el que he escrit!
.
Un ocell baixa l’amor,
mils d’amors senten l’enyor,
un enyor se sent ferit.
Desescric tot el que he escrit!
.
Ones que vénen, mar que s’allunya,
tot és ben prop, tot és lluny.
Plors que s’enceten, riures que es moren,
quan creus que tens tot s’esmuny.
.
Plou de baix i ens mulla el cap;
juga i guanya qui menys sap;
el cor no vol dir el pit.
Desescric tot el que he escrit!
.
La raó es un moble vell;
manar vol qui duu el martell.
Amb el cap estabornit,
desescric tot el que he escrit!
.
Ones que vénen, mar que s’allunya,
tot és ben prop, tot és lluny.
Plors que s’enceten, riures que es moren,
quan creus que tens tot s’esmuny.
.
5 i 5 mai no en fan 10;
una església et marc el preu;
un canó apunta amb el dit.
Desescric tot el que he escrit!
.
Plora, plora, no hi ha draps;
ben i canta i trenca els plats;
l’estratègia es cou de nit.
Desescric tot el que he escrit!
.
Ones que vénen, mar que s’allunya,
tot és ben prop, tot és lluny.
Plors que s’enceten, riures que es moren,
quan creus que tens tot s’esmuny.
.
Que més puc cantar-vos ja?
si la festa no té pa;
el meu cap és un neguit.
Desescric tot el que he escrit!
.
La tristesa guanya el cant,
l’esperança és un infant,
llibertat: nom imparit.
Desescric tot el que he escrit!
.

 Ovidi Montllor (lletra i música)

.

 .

.
.
..

Ovidi Montllor (Alcoi, 4 de febrer de 1942 – Barcelona, 10 de març de 1995)

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Isaiah Berlin tracta de Giambattista Vico, que tracta d’Homer

.

.

.

…..riverrun, past Eve and Adam’s, from swerve of shore to bend of bay, brings us by a commodious vicus of recirculation back to Howth Castle and Environs.

James Joyce
Finnegans Wake

.

.

.

LA CONTRA-ILUSTRACIÓN

.

[…]

De acuerdo con Vico nuestras vidas y actividades, colectiva o in­dividualmente, son expresiones de nuestros intentos por sobrevivir, satisfacer nuestros deseos, comprendernos unos a otros y el pasado del cual emergemos. Una interpretación utilitaria de las actividades humanas más esenciales es engañosa. Son, en primer lugar, pura­mente expresivas; cantar, danzar, adorar, hablar, luchar, y las ins­tituciones que encierran estas actividades, comprenden una visión del mundo. El lenguaje, los ritos religiosos, los mitos, las leyes, las instituciones sociales, religiosas, jurídicas, son formas de autoexpresión, de deseo de exteriorizar lo que uno es y por lo que uno lucha; obedecen a patrones inteligibles y por esta razón es posible reconstruir la vida de otras sociedades, aun aquellas remotas en tiempo y lugar y absolutamente primitivas, preguntándose uno mis­mo qué clase de estructura de ideas humanas, sentimientos, accio­nes, pudo haber generado la poesía, los monumentos, la mitología que fueron su expresión natural. Los hombres crecen individual y socialmente; el mundo de hombres que compuso los poemas ho­méricos era claramente diferente del de los hebreos a quien Dios había hablado a través de sus libros sagrados, o del de la república romana, o la cristiandad medieval, o Napóles bajo los Borbones. Los patrones de crecimiento son localizables.

Los mitos no son, como creen pensadores ilustrados, falsas ma­nifestaciones acerca de la realidad corregidas por la crítica racio­nal posterior, ni es la poesía un mero embellecimiento de lo que igualmente se pudo haber expresado en prosa ordinaria. Los mitos y la poesía de la antigüedad encarnan una visión del mundo tan auténtica como la de la filosofía griega, el derecho romano o la poesía y la cultura de nuestra propia ilustrada edad más temprana, más cruda, más remota que nosotros, pero con su propia voz, como la oímos en la Ilíada o en las Doce Tablas, pertenecientes sólo a su cultura particular y con una sublimidad que no puede ser reprodu­cida más tarde por ninguna cultura más elaborada. Cada cultura expresa su propia experiencia colectiva, cada escalón en el ascenso del desarrollo humano tiene sus propios medios de expresión igual­mente auténticos.

La teoría de Vico de los ciclos del desarrollo cultural se hizo célebre, pero no es su contribución más original para la compren­sión de la sociedad o la historia. Su acción revolucionaria es haber negado la doctrina de una ley natural intemporal, cuyas verdades pudieron haber sido conocidas en principio por cualquier hombre, en cualquier tiempo, en cualquier lugar.   Audazmente Vico negó esta doctrina, que constituyó el núcleo de la tradición occidental, desde Aristóteles hasta nuestros días. Predicó la noción de la unici­dad de las culturas, pese a lo mucho que pudieran parecerse una a otra en relación con sus antecedentes y sus consecuentes, y la noción de un estilo único que se difunde a todas las actividades y manifestaciones de las sociedades de seres humanos en una etapa particular de desarrollo. De esta forma, fundamentó las bases de la antropología cultural comparada, y de la lingüística, estética y jurisprudencia históricas comparadas; el lenguaje, los rituales, los monumentos y especialmente la mitología fueron las únicas claves confiables que críticos y eruditos posteriores concibieron como for­mas cambiantes de la conciencia colectiva. Tal historicismo era claramente no compatible con la opinión de que había sólo una nor­ma de verdad o belleza o bondad, a la que algunas culturas o in­dividuos se acercaban más íntimamente que otros, y que era ocu­pación de los pensadores establecerla y de los hombres de acción llevarla a cabo. Los poemas homéricos eran una obra maestra in­superable, pero sólo podían brotar de una sociedad brutal, severa, oligárquica, “heroica”; posteriores civilizaciones, pese a su superio­ridad en otros aspectos, no produjeron y no podían producir un arte necesariamente superior al de Homero. Esta doctrina propinó un golpe poderoso a la noción de las verdades intemporales y al progreso sostenido, interrumpido por periodos ocasionales de regre­sión a la barbarie, y trazó una clara línea entre las ciencias natu­rales, que tratan con la relativamente inalterable naturaleza del mundo físico visto desde “afuera”, y los estudios humanísticos, que ven la evolución de la sociedad desde “dentro”, a través de una espe­cie de perspicacia empática en la cual el establecimiento de textos o fechas por medio de la crítica científica era una condición necesa­ria, pero no suficiente.

Isaiah Berlin (Riga, 6 de juny de 1909 – Oxford, 5 de novembre de 1997)

[…]

.

Isaiah Berlin

.

.

.

.

.

.

.

.

.

VICO Y EL IDEAL DE LA ILUSTRACIÓN

.

Nàpols

En el tercer libro de la Nueva Ciencia, llamado “El Descubrimien­to del Verdadero Homero”, Vico nota que “Escalígero se indigna al hallar que casi todas las comparaciones (de Homero) son tomadas de bestias y otras cosas salvajes”, pero esto es parte de su genio poético:

Obtener tal éxito en ellas —pues sus comparaciones son incompa­rables— no es ciertamente lo característico de una mente pulida y civilizada por alguna filosofía. Ni podría el estilo salvaje y trucu­lento en que describe tantas, tan variadas y tan sangrientas batallas, tantas y tan extravagantemente crueles tipos de carnicerías como envuelven toda la sublimidad de la Ilíada en particular, haberse ori­ginado en una mente tocada y humanizada por cualquier filosofía.

Sin embargo, este poeta bárbaro hizo difícil, de acuerdo con Ho­racio, inventar cualquier nuevo personaje después de él. Esto es así, declara Vico, porque “Homero, que precedió la filosofía y las artes poéticas y críticas, fue sin embargo el más sublime de todos los poetas sublimes”, así que “después de la invención de las filo­sofías y de las artes de la poesía y de la crítica no hubo poeta que pudiera estar ni aun a una larga distancia para competir con él”. Los sentimientos y los “modos del discurso” y las acciones de tales “naturalezas sublimes” pueden ser “salvajes, crudas y terribles”, y esto puede producirse sólo en la edad heroica —al final de una de las cuales se crearon los poemas homéricos—; posteriormente esto ya no será posible.

De acuerdo con Vico esto es así porque esta clase de sublimidad “es inseparable de la popularidad”. Los personajes poéticos de Homero son “universales imaginativos” a los que se les caracteriza con todos los atributos del género. Son tipos genéricos (no com­pletamente disímiles a los tipos ideales de Weber), por lo que para estos hombres Aquiles es valor heroico, temperamento vivo, orgullo, honor, y tendencia a la ira y la violencia, la fuerza como derecho; Ulises es la sabiduría heroica “cautela, paciencia, disimulo, dupli­cidad, engaño”. Una vez que conceptos verdaderos —universales abstractos— son creados por la razón civilizada y no la imaginación de toda una sociedad, esta clase de sublimidad llega a su fin. Esto es así porque, antes que se inventara la escritura, el hombre poseía “sensación vivida”, “imaginación fuerte”, “ingenio agudo”, “memo­ria robusta”, que posteriormente se pierden.

Homero es “el padre y príncipe de todos los poetas sublimes”. Es “celestialmente sublime”, posee una “ardiente imaginación”. “El horror de las muertes y las batallas homéricas dan a la Ilíada toda su maravilla”. Esto no podría haber brotado de “un filósofo tran­quilo, cultivado y amable”. Esto es lo que hace de Homero el más grande de los poetas, para Vico. Lo que lo convierte en un amo de “salvajes y bárbaras comparaciones”, o “crueles y espanto­sas descripciones de batallas y muertes” y “sentencias llenas de pasiones sublimes”, con “expresividad y esplendor” con un estilo imposible en las edades de la filosofía, la crítica, y la poesía como un arte civilizado, en lo que se convertiría después.

El punto central de Vico es que el sentimiento poético, “que debe hundirse profundamente en los particulares”, no puede existir cuando los hombres piensan en conceptos; los cantores inspirados, de los que Homero es el más grande, no pueden coexistir con los fi­lósofos. Lo que estas épocas posteriores, más suaves, más raciona­les —la edad de los hombres— pudieran crear, esto es, las artes y las ciencias de civilizaciones elaboradas, no pueden darnos, dentro del mismo “ciclo”, “imaginación ardiente” o sublimidad celestial. Esto ha desaparecido. Podemos darnos cuenta del esplendor de esta poesía primitiva sólo entendiendo el mundo “salvaje, crudo y terri­bel” del cual brota; podemos lograrlo sólo si abandonamos la idea de la superioridad artística de nuestros propios “tiempos magní­ficos”.

[…]

.

Isaiah Berlin

.

.

.

.

Giambattista Vico (Nàpols, 1668 – Nàpols, 1744)

Giambattista Vico (Nàpols, 1668 – Nàpols, 1744),”Nè da un’animo da al­cuna Filosofia umanato, ed impietosito potrebbe nascere quel­la truculenza, fierezza di stile; con cui descrive tante, sì varie, e sanguinose battaglie, tante, sì diverse, e tutte in istravaganti guise crudelissime spezie d’ammazzamenti; che particolarmente fanno tutta la sublimità dell’Iliade.”

.

Giambattista Vico
La discoverta del vero Omero

.

.

.

.

.

James Joyce

Finnegans Wake

Faber and Faber, Ltd.

London, 1975

9780571217359

.

.

.

Isaiah Berlin

Contra la corriente

Ensayos sobre historia de las ideas

Fondo de Cultura Económica. México D.F., 1986

ISBN: 9788437503189

.

,

.

Giambattista Vico

La discoverta del vero Omero

seguita dal Giudizio sopra Dante

a cura di Paolo Cristofolini

Edizioni ETS. Pisa, 2006

.

.

.

Sirenes

.

.

.

DAMUNT MON VAIXELL 

Damunt mon vaixell  
l’arc de Sant Martí  
com un gran cinyell.  
Totes les sirenes  
engronxant-se en ell. 

.

Joan Salvat Papasseit

L’irradiador del port i les gavines

.

.

.

.

LES SIRENES

.

«Prop de nosaltres, filles de l’Aqueloo, que corre entre l’Acarnània i l’Etòlia fins a desembocar al Jònic, naixien les Sirenes, amb ales i cossos d’ocells i amb rostres i pits bonics, túrgids, de dona. Al prin­cipi, doncs, nimfes fluvials, torrents i cascades varen contribuir a dis­ciplinar les seves veus, ja des del començament pura harmonia. Ig­noro el motiu que les va dur a la llunyana Creta, a la banda d’Aptera, on varen provocar les Muses en una lluita musical. Victorioses les qui he indicat en darrer lloc, varen arrencar, en puniment, les plomes de les Sirenes i es coronaven amb aquestes despulles. Emplomissades a poc a poc de nou, les Sirenes varen fugir, profundament fe­rides i avergonyides de la derrota, i triaven com a estada el paratge on s’obre, al nostre ponent, l’estret de Sicília. Veïnes d’Escil·la i Caribdis, ignoro el seu nombre. S’apliquen amb tenacitat al cant i duen a les mans, també de dona, delicats instruments de corda, que sospi­to que les han d’engavanyar. Res de comparable a la melodia i a la dolcesa de les seves cançons, a les orelles humanes. Res, però, de més perillós. Qui les escolta oblida deures, família, pàtria, tota rectitud, i corre cap a elles, als prats plens de flors, on troben la mort. Les Sire­nes se’ls mengen i s’asseuen després damunt els blancs ossos. N’hi ha, es diu, a milers. Des d’aquests incòmodes setials, les Sirenes, es­tudioses i dolentes, no es cansen d’afinar les cordes vocals, i les dels aparells. Per què són tan perverses? La maldat és de debò un dels misteris més foscos i tristos del nostre món de tenebror.» Tota aquesta tirallonga va mormolar, sense perdre alè, Arístocles, una mica inebriat, mentre Euforió, que també havia begut un bri de mas­sa, fingia escoltar-lo, tot empassant-se badalls amb entrenat res­pecte.

.

Salvador Espriu

Les Roques, i el mar, el blau

.

.

Salvador Espriu.

Les roques i el mar, el blau.

Edició crítica a cura de Carmina Jori i Carles Miralles.

Centre de documentació i estudi Salvador Espriu.

Edicions 62. Barcelona, 1996.

ISBN: 9788429742008

..

.

 

.

.

El «Catàleg» de Maria Mercè Marçal

.

..

El gran Hèctor, de casc llambrant, el fill de Príam, acabdillava els troians. Amb ell s’armaren un sens fi de guerrers, els més valents, plens d’ardor amb les seves piques.

[…]

Hi havia els pobladors de Zelea […]. Era el seu capdavanter el gloriós Pàndar, fill de Licàon, a qui Apol·lo mateix donà l’arc.

I els habitats d’Adrestea i de la regió d’Apesos i els qui vivien a Pitiea i a l’abrupta muntanya de Terea eren tots comandats per Adrest i per Àmfios, de cuirassa de lli, […].

Hipòtous guiava les tribus dels pelasgs, famosos per la seva llança […]

Eufem era el cabdill dels cícons que branden la llança, el fill del Cèada Trezenos, nodrissó de Zeus.

I, d’altra banda, Pirecmes comandava els pèons, armats amb l’arc corb, […]

[…]

Un cop arengades les tropes, cadascuna amb el seu cabdill, els troians avançaren brogint i xisclant com ocells …

[…]

Ilíada, II, 816-878 (fragments), i III, 1-3

.

.

Drap de la pols, escombra, espolsadors,
plomall, raspall,  fregall d’espart, camussa,
sabó de tall, baieta, lleixiu, sorra
i sabó en pols, blauet, netol, galleda.

Cossi, cubell, i picamatalassos,
esponja, pala de plegar escombraries,
gibrell i cendra, salfumant, capçanes.

Surt el guerrer vers el camp de batalla.

Maria Mercè Marçal
Cau de llunes

.

.

.

Maria-Mercè Marçal (Barcelona, 1952 - Barcelona, 1998)

.

.

Homer

Ilíada. Vol. I

Traducció de Montserrat Ros

Fundació Bernat Metge, Barcelona, 2005.

ISBN: 9788472258570

.

.

Maria Mercè Marçal

Cau de llunes

Ed. Proa. Barcelona, 1998

..

.

.

.

.

.

Joseph Conrad i Ulisses. The Mirror of the Sea

.

.

.

.

Hi ha un moment emblemàtic que marca l’entrada d’Ulisses en l’escena del segle XX europeu. És el moment en que Joseph Conrad —un polonès que, nascut a Ucraïna, va viure a Rússia, feu els seus estudis a Cracòvia, emigrà a França i s’embarcà per primera vegada en un vaixell francès, passant, llavors, a la marina mercant i a la nacionalitat britànica— publica en anglès (llengua que escull aviat com a pròpia i en la que es consolidarà com un dels més grans escriptors del seu temps) un llibre de memòries i impressions dedicat a l’experiència fonamental de la seva vida i la Musa principal de la seva narrativa: el mar.

Aquest llibre, compost en la seva major part d’articles apareguts anteriorment en diaris i revistes, es publica el 1906 (per tant, bastant abans que l’Ulisses de Joyce i que les composicions «ulissíaques» d’Ezra Pound) amb el títol de The Mirror of the Sea (El mirall del mar). En ell, com ell mateix afirma a la nota que precedeix l’edició de 1919, mira de «revelar en tota la seva nuesa, amb la sinceritat d’una última confessió, l’essència de la seva relació personal amb el mar. Iniciada misteriosament, com totes les grans passions que els Déus inescrutables inspiren als mortals, seguí després, irracional i invencible, sobrevisquent a la tentació de desencant i desil·lusió que s’agotzona en cada jornada d’una vida fatigada per a, finalment, plena dels delits i les penes de l’amor, enfrontar-s’hi amb exultació i amb els ulls oberts, sense amargor ni pena, des de la primera fins la darrera hora”.

.

Piero Boitani
L’ombra di Ulisse
Versió catalana a partir de la traducció
al castellà de Bernardo Moreno Carrillo

.

.

.

Józef Teodor Konrad Korzeniowski, conegut com a
Joseph Conrad
(Berdyczów, aleshores Polònia, actualment Ucraïna, 3 de desembre de 1857 – Bishopsbourne, Anglaterra, 3 d’agost de 1924)

.

.

.

.

XXXVIII.

.
.
Dichoso aquel que, como Ulises, ha hecho un viaje aventurero; y para viajes aventureros no hay mar como el Mediterráneo, el mar interior que los antiguos encontraban tan inmenso y tan lleno de prodigios, Y, en efecto, era terrible y maravilloso; pues no somos sino nosotros mismos, regidos por la audacia de nuestras mentes y los estremecimientos de nuestros corazones, los artesanos únicos de cuanto portentoso y novelesco hay en el mundo.
 
Era a los marineros mediterráneos a quienes sirenas de rubias cabelleras cantaban entre las negras rocas efervescentes de blanca espuma, y a quienes voces misteriosas hablaban en la oscuridad sobre las movedizas olas: voces amenazadoras, seductoras o proféticas…
.

Happy he who, like Ulysses, has made an adventurous voyage; and there is no such sea for adventurous voyages as the Mediterranean—the inland sea which the ancients looked upon as so vast and so full of wonders.  And, indeed, it was terrible and wonderful; for it is we alone who, swayed by the audacity of our minds and the tremors of our hearts, are the sole artisans of all the wonder and romance of the world.

It was for the Mediterranean sailors that fair-haired sirens sang among the black rocks seething in white foam and mysterious voices spoke in the darkness above the moving wave—voices menacing, seductive, or prophetic, like that voice heard at the beginning of the Christian era by the master of an African vessel in the Gulf of Syrta, whose calm nights are full of strange murmurs and flitting shadows.  It called him by name, bidding him go and tell all men that the great god Pan was dead.  But the great legend of the Mediterranean, the legend of traditional song and grave history, lives, fascinating and immortal, in our minds.

The dark and fearful sea of the subtle Ulysses’ wanderings, agitated by the wrath of Olympian gods, harbouring on its isles the fury of strange monsters and the wiles of strange women; the highway of heroes and sages, of warriors, pirates, and saints; the workaday sea of Carthaginian merchants and the pleasure lake of the Roman Caesars, claims the veneration of every seaman as the historical home of that spirit of open defiance against the great waters of the earth which is the very soul of his calling.  Issuing thence to the west and south, as a youth leaves the shelter of his parental house, this spirit found the way to the Indies, discovered the coasts of a new continent, and traversed at last the immensity of the great Pacific, rich in groups of islands remote and mysterious like the constellations of the sky.

The first impulse of navigation took its visible form in that tideless basin freed from hidden shoals and treacherous currents, as if in tender regard for the infancy of the art.  The steep shores of the Mediterranean favoured the beginners in one of humanity’s most daring enterprises, and the enchanting inland sea of classic adventure has led mankind gently from headland to headland, from bay to bay, from island to island, out into the promise of world-wide oceans beyond the Pillars of Hercules.

 .
.
.
.

XXXIX

.

.
[…]
.
La verdad era seguramente que, nada versado en las artes del sagaz griego, el engañador de dioses, el amante de extrañas mujeres, el evocador de las sanguinarias sombras del averno, aún anhelaba el comienzo de mi propia y oscura Odisea, que, como correspondía a un moderno, habría de desplegar sus maravillas y terrores más allá de las Columnas de Hércules. …
.

The truth must have been that, all unversed in the arts of the wily Greek, the deceiver of gods, the lover of strange women, the evoker of bloodthirsty shades, I yet longed for the beginning of my own obscure Odyssey, which, as was proper for a modern, should unroll its wonders and terrors beyond the Pillars of Hercules.  The disdainful ocean did not open wide to swallow up my audacity, though the ship, the ridiculous and ancientgalère of my folly, the old, weary, disenchanted sugar-waggon, seemed extremely disposed to open out and swallow up as much salt water as she could hold.  This, if less grandiose, would have been as final a catastrophe.

But no catastrophe occurred.  I lived to watch on a strange shore a black and youthful Nausicaa, with a joyous train of attendant maidens, carrying baskets of linen to a clear stream overhung by the heads of slender palm-trees.  The vivid colours of their draped raiment and the gold of their earrings invested with a barbaric and regal magnificence their figures, stepping out freely in a shower of broken sunshine.  The whiteness of their teeth was still more dazzling than the splendour of jewels at their ears.  The shaded side of the ravine gleamed with their smiles.  They were as unabashed as so many princesses, but, alas! not one of them was the daughter of a jet-black sovereign.  Such was my abominable luck in being born by the mere hair’s breadth of twenty-five centuries too late into a world where kings have been growing scarce with scandalous rapidity, while the few who remain have adopted the uninteresting manners and customs of simple millionaires.  Obviously it was a vain hope in 187- to see the ladies of a royal household walk in chequered sunshine, with baskets of linen on their heads, to the banks of a clear stream overhung by the starry fronds of palm-trees.  It was a vain hope.  If I did not ask myself whether, limited by such discouraging impossibilities, life were still worth living, it was only because I had then before me several other pressing questions, some of which have remained unanswered to this day.  The resonant, laughing voices of these gorgeous maidens scared away the multitude of humming-birds, whose delicate wings wreathed with the mist of their vibration the tops of flowering bushes.

No, they were not princesses.  Their unrestrained laughter filling the hot, fern-clad ravine had a soulless limpidity, as of wild, inhuman dwellers in tropical woodlands.  Following the example of certain prudent travellers, I withdrew unseen—and returned, not much wiser, to the Mediterranean, the sea of classic adventures.

.

.

.

.

Ja al final del seu llibre, Joseph Conrad ens refereix la història d’un vaixell, El Tremolino (és a dir, el “trèmol”, el “pollancre trèmol”, si bé Conrad no sembla identificar el nom del vaixell amb el de l’arbre, i el tradueix com el “tremolós”), de la seva tripulació i del seu capità, Dominic Cervoni. Aquest darrer, Cervoni, ens el descriu Conrad com “Astut i sense escrúpols, podria haver rivalitzat en recursos amb l’infortunat fill de Laertes i Anticlea. Si no oposava la seva embarcació i la seva audàcia nogensmenys que als déus, era només perquè els déus olímpics estan morts. Per descomptat no hi havia cap dona que pogués atemorir-lo. Un gegant amb un sol ull no hauria tingut ni la més remota possibilitat contra Dominic Cervoni, de Còrsega, no d’Ítaca; […]. Parlava el català, l’italià de Còrsega i el francès de la Provença amb idèntica soltura i naturalitat.”

Cervoni i la tripulació del Tremolino es mouen en el marc de les intrigues i trifulques de la guerra carlina (som al 1875), fent contraban d’armes i municions en benefici dels carlins, a les costes catalanes.

L’episodi que posa fi als dies del Tremolino, i que en provoca el seu enfonsament per part del propi capità, es desenvolupa entre Barcelona i el Cap de Creus, on es propueix el naufragi. Cervoni, i la tripulació desembarquen amb un bot al Cap de Creus. El Capità fa peu a terra amb un dels rems del bot, i el clava a terra a la platja. Després d’explicar els detalls dels fets que han dut a la trista fi del Tremolino, el capità arrenca el rem de terra…

.

.

.

XLV

.

[…]

He pulled the oar out of the ground and helped me carefully down the slope.  All the time he never once looked me in the face.  He punted us over, then shouldered the oar again and waited till our men were at some distance before he offered me his arm.  After we had gone a little way, the fishing hamlet we were making for came into view.  Dominic stopped.

“Do you think you can make your way as far as the houses by yourself?” he asked me quietly.

“Yes, I think so.  But why?  Where are you going, Dominic?”

“Anywhere.  What a question!  Signorino, you are but little more than a boy to ask such a question of a man having this tale in his family.  Ah!  Traditore!  What made me ever own that spawn of a hungry devil for our own blood!  Thief, cheat, coward, liar—other men can deal with that.  But I was his uncle, and so . . . I wish he had poisoned me—charogne!  But this: that I, a confidential man and a Corsican, should have to ask your pardon for bringing on board your vessel, of which I was Padrone, a Cervoni, who has betrayed you—a traitor!—that is too much.  It is too much.  Well, I beg your pardon; and you may spit in Dominic’s face because a traitor of our blood taints us all.  A theft may be made good between men, a lie may be set right, a death avenged, but what can one do to atone for a treachery like this? . . . Nothing.”

He turned and walked away from me along the bank of the stream, flourishing a vengeful arm and repeating to himself slowly, with savage emphasis: “Ah!  Canaille!  Canaille!  Canaille!. . .”  He left me there trembling with weakness and mute with awe.  Unable to make a sound, I gazed after the strangely desolate figure of that seaman carrying an oar on his shoulder up a barren, rock-strewn ravine under the dreary leaden sky of Tremolino’s last day.  Thus, walking deliberately, with his back to the sea, Dominic vanished from my sight.

With the quality of our desires, thoughts, and wonder proportioned to our infinite littleness, we measure even time itself by our own stature.  Imprisoned in the house of personal illusions, thirty centuries in mankind’s history seem less to look back upon than thirty years of our own life.  And Dominic Cervoni takes his place in my memory by the side of the legendary wanderer on the sea of marvels and terrors, by the side of the fatal and impious adventurer, to whom the evoked shade of the soothsayer predicted a journey inland with an oar on his shoulder, till he met men who had never set eyes on ships and oars.  It seems to me I can see them side by side in the twilight of an arid land, the unfortunate possessors of the secret lore of the sea, bearing the emblem of their hard calling on their shoulders, surrounded by silent and curious men: even as I, too, having turned my back upon the sea, am bearing those few pages in the twilight, with the hope of finding in an inland valley the silent welcome of some patient listener.

.

Se volvió y, apartándose de mí, echó a andar por la orilla de la corriente, esgrimiendo un brazo vengativo y repitiendo lentamente para sí, con acerbo énfasis: «¡Ah! Canaille! Canaille! Canaille…!». Me dejó allí, temblando de debilidad y mudo de espanto. Incapaz de emitir un sonido, vi la figura extrañamente desolada de aquel ma­rino que llevaba un remo al hombro alejarse por una quebrada yerma y pedregosa bajo el cielo apagado y plo­mizo del último día del Tremolino. Así, andando despa­ciosamente, la espalda vuelta al mar, Dominic desapare­ció de mi vista.

Con la cualidad de nuestros deseos, pensamientos y asombro proporcionados a nuestra infinita pequeñez, me­dimos hasta el mismo tiempo de acuerdo con nuestra propia magnitud. Encerrados en la morada de las ilusio­nes personales, treinta siglos de la historia de la huma­nidad parecen menos, al mirar hacia atrás, que treinta años de nuestra propia vida. Y Dominic Cervoni ocupa su lugar en mi memoria al lado del legendario vagabun­do del mar de las maravillas y los terrores, al lado del fa­tal e impío aventurero, a quien la sombra evocada del adivino predijo un viaje interior con un remo al hombro, hasta que encontrara hombres que jamás hubieran contemplado barcos ni remos. Me parece poder verlos el uno junto al otro en el crepúsculo de una tierra ári­da, malhadados poseedores del saber secreto del mar, llevando el emblema de su dura vocación al hombro, ro­deados de hombres silenciosos y curiosos: incluso ahora, cuando, habiéndole yo también vuelto la espalda al mar, alumbro estas pocas páginas en el crepúsculo, con la es­peranza de encontrar en un valle interior la callada bien­venida de alguien paciente dispuesto a escuchar.

.

Joseph Conrad
The Mirror of the Sea
Fragments en castellà, versió de Javier Marías

.

.

.

Joseph Conrad

El espejo del mar. Recuerdos e impresiones

Prólogo de Juan Benet

Nota sobre el texto de Javier Marías

Nueva traducción de Javier Marías

Reino de Redonda. Barcelona, 2005

ISBN: 9788493365608

.

.

.

Piero Boitani

La sombra de Ulises

Historia, ciencia, sociedad, 318

Traducción de Bernardo Moreno Carrillo

Ediciones Península. Barcelona, 2001

ISBN: 9788483073896

.

.

Tell me, Muse, of the man of many ways, who was driven… Invocació de l’Odissea de Richmond Lattimore

.

.

.

Tell me, Muse, of the man of many ways, who was driven

far journeys, after he had sacked Troy’s sacred citadel.

Many were they whose cities he saw, whose minds he learned of,

many the pains he suffered in his spirit on the wide sea,

struggling for his own life and the homecoming of his companions.

Even so he could not save his companions, hard though

he strove to; they were destroyed by their own wild recklessness,

fools, who devoured the oxen of Helios, the Sun God,

and he took away the day of their homecoming. From some point

here, goddess, daughter of Zeus, speak, and begin our story.

.

Richmond Lattimore (1906-1984)

Richmond Lattimore (1906-1984)

 

Odyssey, I, 1-10

.

.

Translation by Richmond Lattimore

.

.

.

The Odyssey of Homer

Translated and with an Introduction by

Richmond Lattimore

HarperPerennial ModernClassics

Harper Collins. New York, 2007

ISBN: 9780061244186

.

.

.

.

.

la penèlope d’Anna Montero

.

.

.

penèlope

.

esperava el seu retorn

asseguda en una cadira estranya

en una casa estranya.

esperava el seu retorn 

teixint records

entre un murmuri d’ones

que res no deien sinó

la seua absència

o una absència

més pregona, que els ulls ignoren.

esperava el seu retorn

entre un aldarull

de veus que res no deien, sinó

l’aldarull d’unes veus

que res no saben d’absències

i entre les quals buscava

la seua veu impossible,

impossible veu oblidada.

esperava el seu retorn,

sense saber que potser

ella era l’absent.

Anna Montero (Logronyo, 1954)

l’absent d’aquella mar

oblidada de tant pensar-la

i amb la sal a les parpelles,

mentre encara espera

el seu retorn i sap

que en la llunyania dels seus ulls

potser s’engronsa la mar

que un día ell va solcar.

.

Anna Montero

.,,

,.

.

.

.

..

Anna Montero

Com si tornés d’enlloc

Jardins de Samarcanda, 20

Cafè Central / Eumo Editorial

Barcelona, 1999

ISBN: 8476029721

.

.

.