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El capità Ulisses, d’Alberto Savinio

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ULISSE: La sede precisa del mio destino, io, alla fine, l’ho scoperta: il destino noi ce lo portiamo qui, con noi, tra il panciotto e la camicia…

ULISSES: La seu precisa del meu destí, jo, finalment, l’he descoberta: el destí el portem ací, amb nosaltres, entre l’armilla i la camisa…

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La nave di Ulisse
Giorgio De Chirico

LA VERDAD SOBRE EL ÚLTIMO VIAJE

JUSTIFICACIÓN DEL AUTOR

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El sentido de estas páginas debe ser entendido como una obra de beneficencia. Ésta es la clave que abre mi “Historia de Ulises”. La filantropía es practicada de manera bestial. Chalecos de lana y so­pas calientes no resuelven el problema de la infelicidad. Entre la humanidad que sufre, los tipos más interesantes jamás acudirán a un patronato de damas que ya superaron la crisis de la menopausia. Hay un destino de la muerte así como hay un destino de la vida. Los comités y ese dinerito que gotea de los bolsillos demasiado lle­nos se encargan de socorrer al estómago y a los sabañones. Pero ¿quién se hace cargo de auxiliar al hombre que no encuentra des­canso y de echar una mano a aquel que no logra morir? Éste es el bien que hice al hombre de las muchas vidas. Ésta es la razón de “Capitán Ulises”.

Lo que comprometió enormemente el buen nombre de Ulises es el atributo de Héroe que el registro civil de la historia tontamente antepuso a su nombre. Héroe y Ulises, estas dos antinomias no coinciden más que en los documentos oficiales, en los textos interpolados por cuarenta siglos de incomprensión. A Ulises le falta el requisito esencial del héroe: la inteligencia del buey así como el daltonismo de perspectiva propio de las facultades de este mamífe­ro superior. Demonio una vez era el nombre dulcísimo de los ánge­les. Potager le dicen en Piamonte a la estufa de carbón. Tiempo y variaciones del clima afectan desastrosamente a las palabras. Las deforman, borran hasta la sombra de su significado original. Héroe tiene para nosotros el significado corto y ruidoso de un disparo de bombarda. Cuando Ulises tenía una edad entre la juventud y la madurez, el valor de Héroe no iba más allá de aquellas condecora­ciones que se otorgan de oficio a quienes alcanzan la debida anti­güedad de servicio. Los héroes de Homero eran algo entre el Comendador y Chevalier de la Legión d’Honneur. ¿Acaso podía yo dejarle a Ulises una nariz de cartón y un disfraz de carnaval? Quise volver a escuchar la voz de mi amigo abandonado por todos, contar los latidos de su corazón. Un corazón de bronce suena hueco, como el odioso sonido de las campanas. Era necesario devolverle al co­mendador Ulises su estatura natural.

Al perro fiel le gusta que le saquen fotos a los pies del cazador. En las pequeñas enciclopedias, a los famosos les encanta que los retraten en compañía de la cosa que justificó su ingreso al panteón de la fama. El violín explica la figura de Paganini, que de otra ma­nera confundiríamos con un ejemplar rarísimo de hombre araña. La Venus de Milo puede prescindir de los brazos, pero el certificado de belleza le es necesario como el sello en el pasaporte. Y si junto al retrato de la Patti no encontráramos la inscripción enmarcada por un redondel: Voz de ruiseñor, Adelina volvería a ser aquella inverosí­mil figura que efectivamente es: protagonista de sueños para los números de la lotería y muerta que canta. Pasemos a la letra U. Ulises está fotografiado con el paladio en la mano y la barba postiza. A la derecha, en un bonito medallón, el retrato de la Infelicidad. Peque­ño como una miniatura, pero tan parecido que te deja sin aliento.

Lo studio di Telemaco
Giorgio De Chirico

También Ulises es un gran infeliz, un incomprendido. Grandes infelices e incomprendidos integran una especie particular, se les re­conoce como al cuervo entre las palomas. Job, Camóes, Werther, Jacopo Ortis. Hicimos mención de algunos entre los más ilustres miembros de la tribu de las caras largas, de los cuellos torcidos, de los rostros asimétricos, de los ojos bizcos. Entre las leyendas de la pintura éstos fueron canonizados por Theotokopulos, por Amedeo Modigliani y por la Época Negra de Picasso. El tenebroso club de estos solitarios oculta una muy estudiada coquetería. Excepto los iniciados, nadie más sospecha que en este círculo tan cerrado se halla el verdadero nido de la felicidad más íntima, más celosa. ¡Ay de quién se atreva a tocar a un gran infeliz en su preciosa infelicidad. ¡Ay de quien le sugiera el modo de deshacerse de ella, de reintegrar­se a la vida de todos! Eso sería como privarlo de sus rentas, títulos y honores. Esta consagrada infelicidad, este apartarse y formarse un grupo cerrado, como en la colonia los blancos apartados de los ne­gros, es la forma más exquisita de la felicidad. Ulises tiene los pape­les en regla, toda la documentación habida y por haber, cumple con los requisitos más gloriosos para ser admitido entre los grandes infelices. Sin embargo —¡mira nada más qué salado está y qué mala suerte tiene este hombre!— en el club de los grandes infelices, así como en todas las demás asociaciones, congregaciones y sociedades de este mundo, Ulises no entrará ni en pintura. En sus narices sen­sibles y carnosas, en sus narices orientadas hacia la exploración del humor del viento, en sus narices siempre en búsqueda en el aire inerte de una brizna, por pequeña que sea, de felicidad humana, todas las puertas se cierran con gran estruendo.

Ulises constituye un ejemplar único, no encuentra lugar en nin­guna categoría conocida. El Incomprendido es así por exceso de se­riedad: Ulises por exceso de futilidad. Obligado en un principio a un aislamiento del cual nadie quiere desconocer el horror, el Incompren­dido por seriedad sabe bien que, después de este duro aprendizaje, la gente se aglomerará a su alrededor como las moscas sobre el excre­mento caliente. Per áspera ad ostra. Desde el que es medianamente inteligente hasta el más zonzo, la seriedad es el empíreo supremo, la aspiración de todos. Pero bajar hasta la extraordinaria futilidad de Ulises, ¿quién se atreve? Solo, él nunca verá desmentida su tremenda soledad, esta soledad sin gloria y sin premios que la ambición cerca como una zona de miasmas y de malaria. Ésta es la trágica situación del navegante sin rumbo, la inconfesable razón de su infelicidad.

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La villa di Calipso
Giorgio De Chirico

Ulises ha llegado a la conclusión de la Aventura Multicolor, Los te­mas de su vida» tan lentos y solitarios hasta aquí, a este punto se mezclan, se agilizan y comienzan todos juntos el gran galope final. Ulises, según las circunstancias, fue patético y negligente, elocuente y mudo, magnánimo y avaro, despiadado y muy tierno, severo y payaso. Repasó todo el repertorio de las actitudes, expresiones, pri­meros planos. Desgranó punto por punto el programa de las cosas que hay que hacer, de los sentimientos que se tienen que expresar, y con habilidad más que con fe y conciencia, reticencia y pudor no le obstaculizaban en absoluto, no le alteraban para nada. Huyó del adulterio. Regresó a su hogar. (Parece una tontería, pero el hecho de volver a casa era importantísimo para él, el objetivo —fallido— de su vida). Mandó en la guerra y en la paz. Fue rey. Fue esclavo. Fue el padre cariñoso y el marido fiel. Vengó el honor ofendido. Reverenció la divinidad. Cubrió su puño de hierro con un guante de terciopelo. Hizo de todo, hizo de las suyas. Se apegó a las reglas, a las normas, al estilo. Sin embargo está desubicado. ¿Por qué? Vi­vió la vida de todos —menos la suya propia. Otorguémosle a Ulises el necesario reposo.

La corte dei Feaci
Giorgio De Chirico

Ayudé a Ulises a guardar las maletas en el desván. Del último viaje o no se volverá a hablar nunca más, o se hablará de otra mane­ra. A los delegados oficiales de las diferentes comisiones y subcomi­siones de la sociedad humana, Ulises contestó con un “no”, categórico y tajante. Contestó que “no” al cielo en cuyo nombre había sido objeto de los acosos amorosos de una señora cargada de armas y de consejos. Un minúsculo diafragma se le abrió en el cere­bro e irradió una luz resplandeciente en su alma oscura. El deber que dice yo soy, el único que cuenta y del cual todos los demás des­cienden como prole degenerada, habló en él con voz sonora. Ulises concluyó su aventura multicolor, la resumió, se la encerró en un puño y ahora se le queda viendo como uno que, saliendo de la manicura, se admira el brillo de la uñas. Baja del escenario y antes de mezclarse con los espectadores de los cuales por fin se mereció el diploma de hermandad, antes de convertirse él mismo en un espec­tador, se quita la barba postiza. El Ulises falso, brillante y vacío, se queda entre bastidores, invisible pero presente en un mundo de errores. En vano le llaman de la tierra y del cielo. Aquellas voces, Ulises ya no tiene oídos para escucharlas. Las apariencias tentado­ras, las seductoras absurdidades, Ulises las echó al olvido. Ahora que, después de todo lo que ha pasado, por fin aprendió a vivir, Ulises, cuando tenga ganas, podrá también morir.

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Alberto Savinio
Introducció a Capitano Ulisse
Traducció d’Elena Negri

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Ulises, de civil, llevando puesto un sobretodo, sombrero en la cabeza y bastón en mano, sale de atrás del telón interior, del lado derecho del arco escénico, y avanza por el proscenio.

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ESPECTADOR (encontrándose al capitán frente afrente queda petrifi­cado): ¿Usted?…  ¿Usted?… ¡Y vestido de esta manera!

ULISES (con la mayor tranquilidad): Así es.

ESPECTADOR: Pero, ¿a qué se debe?… ¿No se había embarcado? ¿no se había ido?

ULISES: Sí: pero un pensamiento, caído en mi mente como un rayo que pega contra una encina, me hizo volver.

ESPECTADOR: ¿Pero por qué? ¿por qué?… ¡Yo sigo sin entender!

ULISES: Diez años completos corrí a ciegas tras uno de mis destinos terrenales. Confiaba en una mujer, en una casa, en aquellas cálidas, alentadoras esperanzas que disfrazan bajo un velo de dudosa santidad, la oscura hambre de las generaciones… Vio usted mismo de qué manera me pagaron. Fracasado mi pri­mer destino, inmediatamente me fue ofrecido otro, más noble y prometedor: ¡la muerte memorable!… ¿Y entonces?… A estas alturas somos demasiado astutos para conformarnos con se­mejantes soluciones. En pocas palabras, ¿qué quieren de noso­tros estos intrusos? ¿quién nos gobierna? ¿a quién debemos obedecer?… No: la piadosa ingenuidad que nos hacía dejar nuestra suerte en manos ajenas, aunque fuesen las manos ex­celsas de una diosa, la perdimos. ¡Yo exijo plena responsabili­dad! ¡rechazo cualquier ayuda!… ¿Sabe por qué?… La ubicación exacta de mi destino, yo, después de todo, la descubrí: el des­tino lo llevamos aquí, con nosotros, entre el chaleco y la cami­sa… ¿Quiere hacerme un favor? Informe a todo el mundo que la parte más solitaria, más heroica, más fatal de la vida de Ulises… (arrepintiéndose) No: no diga nada. Es un secreto de­masiado peligroso, que no conviene divulgar.

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Alberto Savinio
Capitán Ulises (Tercer Acto)
Traducció d’Elena Negri

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Ulisse in borghese, con soprabito, cappello in testa e bastone in mano, esce di dietro il sipario interno, dal lato destro dell’arco scenico, e avanza sul pro­scenio.

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Andrea De Chirico [Alberto Savinio], (Atenes, 15 d’agost 1891-Roma, 5 de maig 1952)

SPETTATORE   (nel ritrovarsi il capitano davanti ri­mane di sasso). Lei?… Lei?… E vestito a questo modo!

ULISSE   (con la massima calma).  Infatti.

SPETTATORE   Ma, come mai?… Non si era imbarcato? non era partito?

ULISSE   Sì: ma un pensiero, piombato nella mia mente come fulmine sopra una quercia, mi ha fatto tornare indietro.

SPETTATORE   Ma perché? perché?… Io conti­nuo a non capire!

ULISSE   Dieci anni interi ho corso cecamente dietro un mio destino terrestre. Fidavo in  una donna, in una casa, in quelle calde, confortevoli speranze che mascherano sotto un  velo di dubbia santità, l’oscura fame delle generazioni… Ha veduto anche lei in che modo sono stato ripagato! Fallito il mio primo destino, un altro subito mi venne offerto, più alto e promettente: la morte memorabile!… E con ciò?… Siamo troppo astuti ormai,  perché simili soluzioni ci possano contentare.   Che   cosa   vogliono   insomma questi intrusi da noi? chi ci comanda? a chi abbiamo a obbedire?… No: la pietosa ingenuità che ci faceva affidare la nostra sorte alle mani altrui, sia pure in quelle eccelse di una   dea,  l’abbiamo   perduta.   Io  chiedo responsabilità  piena!   rifiuto qualunque ausilio!… Sa perché?… La sede precisa del mio destino, io, alla fine, l’ho scoperta: il  destino noi ce lo portiamo qui, con noi, tra il panciotto e la camicia… Vuole rendermi un servigio? Annunci a tutti che la parte più solitaria, più eroica, più fatale della vita di Ulisse… (ravvedendosi) No: non dica nulla. È un segreto troppo pericoloso, che non con­viene divulgare.

[…]

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Alberto Savinio
Capitano Ulisse (Atto Terzo)

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Capitano Ulisse
Giorgio De Chirico

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Alberto Savinio

Capitano Ulisse

Piccola Biblioteca, 227

Adelphi. Milano, 2003 (terza ed.)

ISBN: 9788845906848

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Alberto Savinio

Capitán Ulises

Traducción de Elena Negri

Editorial Sexto Piso. México D.F., 2005

ISBN: 9789685679398

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