Inici > Mitologia > Aquil·les al gineceu (o Aquil·les i la mentida). Aprendre a ser mortal. J. Gomá i M. Yourcenar

Aquil·les al gineceu (o Aquil·les i la mentida). Aprendre a ser mortal. J. Gomá i M. Yourcenar

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Aquil·les descobert per Ulisses i Diomedes.
Rubens i taller de Rubens (en especial Van Dyck)
Museu d’El Prado. Madrid

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Quien visite el Museo del Prado podrá contemplar un her­moso y enigmático cuadro de amplio formato resultado de la colaboración de un Rubens maduro y su discípulo Van Dyck, quien en 1618, cuando el cuadro fue pintado, era sólo un ado­lescente en el taller de su maestro. ¿Qué tema escogieron para su colaboración y cómo lo ejecutaron estos dos artistas emi­nentes, cada uno en una etapa distinta del camino de la vida, uno en el apogeo de su capacidad y de su fama, el otro un mu­chacho que ya destaca en su oficio, rebosante de promesas y de incierta emoción? El título del lienzo es Aquiles descubierto por Ulises y muestra a un Aquiles adolescente, de rostro afemi­nado, vestido como una doncella, que, en el centro de la escena, rodeado de mujeres y frente a dos griegos, uno de ellos el astuto Ulises, blande una espada con ademán furioso. ¿Qué hace de aquella guisa, travestido de mujer, en tan insólita compañía, el más grande guerrero de la Antigüedad, el que con razón fue lla­mado el mejor de los griegos, el héroe excelso de la guerra de Troya, cuyas hazañas fueron cantadas por Homero? La cuestión es sobremanera intrigante. Obsérvese además que el mito de Aquiles ha sido un tema poco frecuente en la historia de la pin­tura, y todavía menos las escenas de su época anterior a sus aventuras y lances del ciclo troyano, las de su infancia y juven­tud, de las que Homero prescindió deliberadamente en su epo­peya. Que no fue un hallazgo de la casualidad lo demuestra que el mismo Rubens dedicó a la vida de Aquiles unos años más tarde, entre 1630 y 1635, una serie entera de ocho maravillo­sos tapices. ¿Qué pudo atraer a los dos artistas de un tema se­mejante, tan insólito, tan centrado en un contraste a primera vista pintoresco, exagerado?

Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965)

El mito cuenta que Tetis, la madre de Aquiles, fue alertada de que éste, aunque, como hijo de diosa, era inmortal, no sólo estaría expuesto a la muerte sino que de hecho moriría si par­ticipaba en la guerra de Troya. Ahora bien, el interés de los grie­gos en que Aquiles se sumara a la armada griega era máximo porque, a su vez, habían sido avisados por el oráculo de que sólo si se aseguraban esa participación del hijo de Tetis obtendrían la victoria militar contra los troyanos. La diosa, indiferente al resultado de la guerra y preocupada tan sólo de la vida de su hijo, ocultó al joven Aquiles donde a nadie se le ocurriría bus­carlo, en el gineceo de la corte de Licomedes en Esciros. Allí, es­condido entre las doncellas como una más de ellas, el futuro héroe pasó los años de su adolescencia meditando sobre su ex­traño destino: una vida corta con gloria o larga sin ella; per­manecer en Esciros para siempre, quizá sin personalidad definida, sin nombre, sin hazañas y sin fama, más bien cuidando de no destacar en nada para no ser descubierto, insolidario con la causa de los griegos, pero con larga vida o aun eterno como un dios; o bien salir del gineceo, ir a Troya, pelear contra los bár­baros asiáticos, contribuir decisivamente a la victoria, descollar entre los demás héroes griegos y merecer gran gloria, pero morir, como un hombre más, y además morir joven, en la primavera de su vida.

Al final, Aquiles decide ir a Troya aun a precio de ser mor­tal. La pregunta es obvia: ¿por qué? En efecto, ¿por qué un hijo de diosa, inmortal como ella, decide renunciar a su rango, ser tan mortal como los demás hombres y compartir con ellos su fatal destino? ¿Qué impulsó a Aquiles a abandonar ese privile­giado lugar, ese Olimpo terrenal, con rumbo a una Troya que será para él un camposanto? La respuesta no es ni mucho menos evidente. Ya en un estudio anterior se formulaba la misma cues­tión, que entonces quedaba provisionalmente pendiente en es­pera de un ensayo futuro, que es el que ahora se presenta. Se decía allí: “¿Por qué Aquiles, el héroe griego, que pasó su adoles­cencia en un gineceo, viviendo la existencia de un dios inmortal, al abrigo de toda necesidad y de todo dolor, decidió en cierto mo­mento ir a la guerra de Troya, sabiendo con toda certeza que allí encontraría la muerte?”.

El cuadro del Prado muestra precisamente el momento de la decisión trascendental de Aquiles, inducida por Ulises. Éste ha llegado a conocer dónde se oculta el joven héroe y, mien­tras la armada griega espera expectante, idea un plan para bur­lar la vigilancia y poder entrar en el gineceo, vestido de mercader. Una vez dentro, las alhajas que extiende sobre una manta atraen la atención de las mujeres que, excitadas, corren a rodearlo, seguidas del hijo de Tetis, momento que el astuto Ulises aprovecha para hacer sonar una trompeta llamándolo a la guerra. Ésa es la escena del cuadro, cuando Aquiles, domi­nado por un ardor bélico irresistible, empuña la espada, des­cubriendo su identidad al mismo tiempo que resolviendo el dilema a favor de una vida breve con gloria, a favor, en suma, de la finitud. Deidamía, la hija del rey y señora del gineceo, que en el cuadro aparece embarazada de Aquiles, comprende al ins­tante que ha perdido a su enamorado para siempre, y por eso es representada pálida y abatida, con la mirada baja y asistida en su desolación por otras damas, sin que el gesto de su mano izquierda, que amaga un intento de retenerlo, sea otra cosa que un reflejo que ella misma sabe inútil.

El mito nos enseña que la mortalidad no es algo connatu­ral al hombre, sino que debe ser objeto de personal apropia­ción. Se podría pensar —todos tenderíamos a hacerlo— que la finitud de nuestra condición nos es dada con nuestro ser, que es consustancial a nuestro vivir y que en consecuencia se ejer­cita sin necesidad de adquirirse. Nada menos cierto. La mor­talidad es el privilegio de las individualidades genuinas y, como tal privilegio, debe ser conquistado con esfuerzo: elegirse a un alto coste y luego aprenderse. No es dato sino empresa, y de hecho no hay otra que pueda comparársela en importancia y rigurosa seriedad. Como, a imagen de Aquiles, nacemos divi­nizados y en la adolescencia hacemos de nuestro yo un gineceo, la tarea de aprender a ser mortal exige la capacidad y las energías de toda una vida; para muchos, incluso la vida en­tera es demasiado breve para aprender la mortalidad. Porque esa larga “novela de formación” que es el paso del hombre sobre la tierra en rigor no termina nunca. Cada año, cada día, incluso cada hora, los hombres reiteramos, conmemoramos y actua­lizamos la decisión esencial de un Aquiles enardecido por el so­nido de la trompeta y alzando la espada, y confirmamos después esa decisión con nuestros esfuerzos por aprender ese difícil arte de ser mortal.

Este libro ensaya la combinación de dos materias que nor­malmente son objeto de investigación independiente: por un lado, el tratado de educación, con la descripción del progreso del pupilo desde un estadio estético-subjetivo hasta la objeti­vidad del estadio ético; y por otro, el análisis ontológico-existencial sobre el ser finito del hombre. Un intento, pues, de conjugar el Emilio de Rousseau con Ser y tiempo de Heidegger. La necesidad de ese trascendental aprendizaje sobre la vida hu­mana en general no plantea primeramente tanto las cuestio­nes psicológicas o sociológicas de la más común pedagogía, como un problema incuestionablemente metafísico, relacio­nado con el ser del hombre: pues si el hombre al final de sus días muere, esa circunstancia no se circunscribe a un acontecimiento último del tiempo biográfico sino que colorea de mortalidad todos los momentos de su devenir sobre la tierra. Y el hom­bre, que dispone de tantas lecciones a mano para instruirse sobre los más diversos ámbitos de la vida, carece con frecuencia de los rudimentos de un aprendizaje metafísico sobre su propio ser fi­nito, siendo así que en él se encuentra su única posibilidad de existencia genuina y auténtica. Igual que Aquiles fue a Troya para ser el héroe celebrado, el glorioso vencedor y merecer la palma de ser llamado “el mejor de los griegos”, así nosotros ha­llamos también en la mortalidad nuestro único destino indi­vidual.

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Javier Gomá Lanzón
Aquiles en el gineceo

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Marguerite Yourcenar (Brussel·les, Bèlgica, 1903 – Mount Desert Island, EUA, 1987)

On avait éteint toutes les lampes. Les servantes, dans la salle basse, tissaient à l’aveuglette les fils d’une trame inattendue qui devenait celle des Parques ; une inutile broderie pendait des mains d’Achille. La robe noire de Misandre ne se distinguait plus de la robe rouge de Déidamie ; la robe blanche d’Achille était verte sous la lune. Depuis l’arrivée de cette jeune étrangère ou toutes les femmes flairaient un dieu, ma crainte s’était introduite dans l’Île comme une ombre couchée sous les pieds de la beauté. Le jour n’était plus le jour, mais le masque blond posé sur les ténèbres ; les seins des femmes devenaient des cuirasses sur des gorges de soldats. Dés que Thétis avait vu se former dans les yeux de Jupiter le film des combats où succomberait Achille ; elle avait cherché dans toutes les mers du monde une île, un roc, un lit assez étanche pour flotter sur l’avenir. Cette déesse agitée avait rompu les câbles sous-marins qui transmettaient dans l’Île l’ébranlement des batailles, crevé l’œil du phare instruisant les navires, chassé à coup de tempêtes les oiseaux migratoires qui portaient à son fils des messages de frères d’armes. Comme les paysannes mettent des robes de filles à leurs garçons malades pour dépister la Fièvre, elle l’avait revêtu de ses tuniques de déesse qui dérouteraient la Mort. Ce fils infecté de mortalité lui rappelait la seule faute de sa jeunesse divine : elle avait couché prés d’un homme sans prendre la précaution banale de le changer en dieu. On retrouvait en lui les traits de ce père grossier revêtus d’une beauté qu’il ne tenait que d’elle, et qui devait un jour lui rendre plus pénible l’obligation de mourir. Gainé de soie, voilé de gazes empêtré de colliers d’or, Achille s’était faufilé par son ordre dans la tour de jeunes filles ; il venait de sortir du collège des Centaures : fatigué de forêts, il rêvait de chevelures, las de gorges sauvages, il rêvait à des seins. L’abri féminin ou l’enfermait sa mère devenait pour cet embusqué une sublime aventure ; il s’agissait d’entrer, sous la protection d’un corset ou d’une robe, dans ce vaste continent inexploré des Femmes ou l’homme, n’a pénétré jusqu’ici en vainqueur, et à la lueur des incendies de l’amour. Transfuge du camp des mâles, Achille venait risquer ici la chance unique d’être autre chose que soi. Il appartenait pour les esclaves à la race asexuée des maîtres, le père de Déidamie poussait l’aberration jusqu’à aimer en lui la vierge qu’il n’était pas ; les deux cousines seules ses refusaient de croire en cette fille trop pareille à l’image idéale qu’un homme se fait des femmes. Ce garçon ignorant des réalités de l’amour commençait dans le lit de Déidamie l’apprentissage des luttes, des râles, des subterfuges ; son évanouissement sur cette tendre victime servait de substitut à une joie plus terrible qu’il ne savait où prendre, dont il ignorait le nom, et qui n’était que la Mort. L’amour de Déidamie, la jalousie de Misandre refaisaient de lui le dur contraire d’une fille. Les passions ondoyaient dans la tour comme des écharpes tourmentées par la brise : Achille et Déidamie se haïssaient comme ceux qui s’aiment ; Misandre et Achille s’aimaient comme ceux qui se haïssent. Cette ennemie musclée devenait pour Achille l’équivalent d’un frère ; ce rival délicieux attendrissait Misandre comme une espèce de sœur. Chaque onde passant sur l’Ile apportait des messages : des cadavres grecs, poussés en pleine mer par des vents inouïs, étaient autant d’épaves de l’armée naufragée faute de secours d’Achille ; des projecteurs le cherchaient au ciel sous un déguisement d’astre. La gloire, la guerre, vaguement entrevues dans les brumes de l’avenir, lui faisaient l’effet de maîtresses exigeantes dont la possession l’obligerait à trop de crimes : il croyait échapper au fond de cette prison de femmes aux sollicitations de ses victimes futures. Une barque grosse de rois fit halte au pied du phare éteint qui n’était qu’un écueil de plus : Ulysse, Patrocle, Thersite, avertis par une lettre anonyme, avaient annoncé leur visite aux princesses ; Misandre, complaisante tout à coup, aidait Déidamie à fixer des épingles dans la chevelure d’Achille. Ses larges mains tremblaient comme si elle venait de laisser choir un secret. Les portes grandes ouvertes firent entrer la nuit, les rois, le vent, le ciel plein de signes. Thersite soufflait, fatigué par l’escalier de mille marches, frottant entre ses mains ses genoux pointus d’infirme : il avait l’air d’un roi qui par lésine se serait fait son propre bouffon. Patrocle, hésitant devant ce furet caché à l’intérieur des Dames, tendait au hasard ses mains gantées de fer. La tête d’Ulysse faisait penser à une monnaie usée, rognée, rouillée, ou se voyait encore les traits du roi d’Ithaque : la main en auvent sur les yeux, comme au sommet d’un mât, il examinait les princesses adossées au mur comme une triple statue de femme ; et les cheveux courts de Misandre, ses grandes mains, secouant celles des chefs, son aisance, la lui firent prendre d’abord pour la cachette d’un mâle. Les marins de l’escorte déclouaient des caisses, déballaient ; mêlées au miroir, aux bijoux, aux nécessaires d’émail, les armes qu’Achille sans doute allait se hâter de brandir. Mais les casques maniés pas les six mains fardées rappelaient ceux dont se servent les coiffeurs ; les ceinturons amollis se changeaient en ceintures ; dans les bras de Déidamie, un bouclier rond avait l’air d’un berceau. Comme si le déguisement était un mauvais sort auquel rien n’échappait dans l’Île, l’or devenait du vermeil, les marins des travestis, et les deux rois des colporteurs. Patrocle seul résistait au charme, le rompait comme une épée nue. Un cri d’admiration de Déidamie le désigna à l’attention d’Achille qui bondit vers cette vivante épée, prit entre ses mains la dure tête ciselée comme le pommeau d’un glaive, sans s’apercevoir que ses voiles, ses bracelets, ses bagues faisaient de son geste un transport d’amoureuse. La loyauté, l’amitié, l’héroïsme cessaient d’être des mots servant aux hypocrites à travestir leurs âmes : la loyauté, c’était ces yeux demeurés limpides devants cet amas de mensonges ; l’amitié serait leurs cœurs ; la gloire leur double avenir. Patrocle rougissant repoussa cette étreinte de femme : Achille recula, laissa pendre ses bras, versa des larmes qui ne faisaient que parfaire son déguisement de jeune fille, mais donnaient à Déidamie une raison nouvelle de préférer Patrocle. Des œillades, des sourires interceptés comme une correspondance amoureuse, le trouble du jeune enseigne à demi naufragé sous cette houle de dentelles changèrent le désarroi d’Achille en jalousie furieuse. Ce garçon vêtu de bronze éclipsait les images nocturnes que Déidamie conservait d’Achille, autant qu’un uniforme primait à ses yeux de femme le pâle éclat d’un corps nu. Achille se saisit maladroitement d’un glaive qu’il lâcha sur-le-champ, se servit pour serrer le cou de Déidamie de ses mains de fille envieuse du succès d’une compagne. Les yeux de la femme étranglée jaillirent comme deux longues larmes ; des esclaves intervinrent ; les portes se refermant avec un bruit de milliers de soupirs étouffèrent les dernies hoquets de Déidamie : les rois déconcertés se retrouvèrent de l’autre côté du seuil. La chambre des Dames s’emplit d’une obscurité suffocante, interne, qui n’avait rien à voir avec la nuit. Achille agenouillé écoutait la vie de Déidamie s’échapper de sa gorge comme l’eau du goulot trop étroit d’un vase. Il se sentait plus séparé que jamais de cette femme qu’il avait essayé, non seulement de posséder, mais d’être : devenue de moins en moins proche à mesure qu’il resserrait son étreinte, l’énigme d’être une morte s’était ajoutée chezelle au mystère d’être une femme. Il palpait avec horreur ses seins, ses flancs, ses cheveux nus. Il se leva, tâtant les murs où ne s’ouvrait plus aucune issue, honteux de n’avoir pas reconnu dans les rois les secrets émissaires de son propre courage, sûr d’avoir laissé fuir sa seule chance d’être un dieu. Les astres, la vengeance de Misandre, l’indignation du père de Déidamie s’unirait pour le maintenir enfermé dans ce palais sans façade sur la gloire : ses mille pas autour de ce cadavre composeraient désormais l’immobilité d’Achille. Des mains presque aussi froides que celles de Déidamie se posèrent sur son épaule : stupéfait, il entendit Misandre lui proposer de fuir avant que n’éclatât sur lui la colère de ce père tout-puissant. Il confia son poignet à la main de cette fatale amie, régla son pas sur celui de cette fille à l’aise dans les ténèbres sans savoir si Misandre obéissait à une rancune ou à une gratitude sombre, s’il avait pour guide une femme qui se vengeait ou une femme qu’il avait vengée. Des battants cédaient, puis se refermaient : les dalles usées s’abaissaient doucement sous leurs pieds comme le creux mou d’une vague ; Achille et Misandre continuaient de plus en plus vite leur descente en spirale, comme si leur vertige était une pesanteur. Misandre comptait les marches, égrenait à haute voix une sorte de chapelet de pierre. Une porte enfin s’ouvrit sur les falaises, les digues, les escaliers du phare : l’air salé comme le sang et les larmes jaillit à la face de l’étrange couple étourdi par cette marée de fraîcheur. Avec un rire dur, Misandre arrêta le bel être ramassant ses jupes, déjà prêt à bondir, lui tendit un miroir ou l’aube lui permettait de trouver son visage, comme si elle n’avait consenti à le mener au jour libre que pour lui infliger, dans un reflet plus effrayant que le vide, la preuve blême et fardée de sa non-existence de dieu. Mais sa pâleur de marbre, ses cheveux ondoyant comme la crinière d’un casque, son fard mêlé de pleurs collant à ses joues comme le sang d’un blessé rassemblaient au contraire dans ce cadre étroit tous les futurs aspects d’Achille, comme si ce mince morceau de glace avait emprisonné l’avenir. Le bel être solaire arracha sa ceinture, défit son écharpe, voulut se débarrasser de ses mousselines asphyxiantes, mais craignit de s’exposer davantage au feu des sentinelles, s’il avait l’imprudence de se laisser voir nu. Un instant, la plus dure de ces deux femmes divines se pencha sur le monde, hésitant si elle ne prendrait pas sur ses propres épaules le poids du sort d’Achille, de Troie en flammes, et de Patrocle vengé, puisque aussi bien le plus perspicace des dieux ou des bouchers n’aurait pu distinguer ce cœur d’homme de son cœur. Prisonnière de ses seins, Misandre écarta les deux battants qui gémirent à sa place, poussa du coude Achille vers tout ce qu’elle ne serait pas. La porte se referma sur l’ensevelie vivante ; lâché comme un aigle, Achille courut le long des rampes, dégringola des marches, dévala des remparts, sauta des précipices, roula comme une grenade, fila comme une flèche, vola comme une Victoire. Les points du roc déchiraient ses vêtements sans mordre sa chair invulnérable : l’être agile s’arrêta, dénoua ses sandales, offrit à ses plantes nues une chance d’être blessées. L’escadre levait l’ancre : des appels de sirènes se croisaient sur la mer ; le sable agité par le vent enregistrait à peine les pieds légers d’Achille. Une chaîne tendue par le ressac amarrait au môle la barque déjà toute trépidante de machines et de départ : Achille s’engagea sur ce câble des Parques, les bras grands ouverts, soutenu par les ailes de ses écharpes flottantes, protégé comme par un blanc nuage par les mouettes de sa Mère marine. Un bond hissa sur l’arrière du vaisseau de haut bord cette fille échevelée en qui naissait un Dieu. Les matelots s’agenouillèrent, s’exclamèrent, saluèrent de jurons émerveillés l’arrivée de la Victoire, Patrocle tendit les bras, crut reconnaître Déidamie ; Ulysse secoua la tête ; Thersite éclata de rire. Personne ne se doutait que cette déesse n’était pas femme.

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Marguerite Yourcenar
Feux

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Javier Gomá Lanzón

Aquiles en el gineceo

colección textos y pretextos, 869

Pre-textos. València, 2007

ISBN: 9788481918137

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Marguerite Yourcenar

Feux

L’imaginaire Gallimard, 294

Gallimard, 2010

ISBN: 9782070733125

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