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Ramon Vinyes. La humanitat dels personatges homèrics, no reduïbles a categories morals

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… en el callejón que terminaba en el río, y donde en los tiempos de la compañía bananera se adivinaba el porvenir y se interpretaban los sueños, un sabio catalán tenía una tienda de libros…

Tenía una hermosa cabellera plateada que se le adelantaba en la frente como el penacho de una cacatúa, y sus ojos azules, vivos y estrechos, revelaban la mansedumbre del hombre que ha leído todos los libros.

Gabriel García Márquez
Cien años de soledad

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LA MORAL DE ULISES

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Así, estridentemente: «La moral de Ulises», rotula José Ingenieros una conferencia que pronunció en la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires, y que publica hoy en uno de los números de la «Revista Filosófica» que dirige.

¿Por qué José Ingenieros habrá escogido a los héroes griegos para hacer sociología? Por qué, para trazar un tipo muy nuestro, el del fraudulento, fue a buscar al divino Laertida Odiseo?

A través de toda la conferencia se nota el esfuerzo de acomodar a patrón lo que patrón no tiene. Las múltiples citas vienen cogidas por el cabello y se aplican de manera chocante para los que sabemos una Grecia bella, una Gre­cia con hombres héroes, lejanos, gigantescos, luminosos. ¿Quién habría podi­do imaginar que Odiseo sea el arquetipo de los bribones afortunados? A quién se le habrá podido ocurrir que Ulises fuera el tipo sombrío de la inmoralidad exitista? Dejen los sociólogos a la poesía lo que definitivamente a la poesía pertenece. No mezclen a sus anotaciones, para darles brillantez, nombres augustos que deben quedar fuera de sus manos. No conviertan en líneas rectas los admirables caracteres que la antigüedad delineó. Aquiles, el bueno; Ulises, el malo. No tuerzan a Homero haciéndole corroborar lo que les salió precon­cebido de la mente. Porque ni Aquiles es todo corazón, ni es recto como su lanza; ni Ulises es vulpino y fullero, ni lleno de intenciones oblicuas. Ambos son hombres, intensamente hombres, con defectos, con cualidades; hombres sin molde, hombres de la fuerte edad en que la tierra daba sus frutos con el vigor del árbol joven. No representan ni la Avaricia, ni la Lujuria ni la Justicia ni el Amor. No son abstracciones. Son seres reales. Todos delinquen; todos asaltan; todos son héroes; todos son nobles; todos son débiles; todos son fuertes. El momento les da su luz y ellos la reflejan como el agua refleja el cielo ardiente de sol y el cielo abrasado de astros… Cuál de los héroes no ha temblado al pie de las fuertes murallas de Ilion? Cuál no ha sentido el egoísmo del botín? Cuál no ha envidiado al amigo triunfante?

De Aquiles, —antítesis de Ulises—, y que, según Ingenieros, es todo corazón y «llora como un niño cuando Príamo le reclama el cadáver de Héctor» (Ilíada, lib XXIV), así citado en la conferencia, —y esta es la razón que Ingenieros nos da de su bondad—, Homero nos dice, en la Ilíada misma y en el mismo libro, que llora no por Héctor sino porque recuerda a su padre y a Patroclo muerto. Y nos dice también, a seguido, que cuando Príamo le pide humildemente permiso para llevarse el cadáver de su hijo, Aquiles siente de­seos de matarlo.

Y no es esto sólo! Cuan fácil nos seria convertir en malo al buen Aquiles siguiendo el fácil procedimiento de Ingenieros!… Por orgullo, por venganza, anteponiendo su amor propio a toda razón de compañerismo y de deber, por Briseida su esclava que Agamenón le roba, Aquiles se encierra en sus naves, no sin antes haber rogado a Zeus que aparte la victoria de sus amigos que combaten contra Troya. Es Thetis, la argéntea ninfa madre del Peleida, la que ruega al dios de los inmortales… y el dios de los inmortales la oye… Y Aquiles ve impertérrito perecer a guerreros y a más guerreros, a amigos y a más ami­gos, sin deponer su venganza, pensando sólo en él, en la esclava amorosa que altivamente Agamenón le hurtó.

El Rey Atrida manda emisarios a desagraviar a Aquiles, Hector comba­te ya cerca de las naves; casi han triunfado las huestes troyanas, Odiseo, Ayax. Néstor, Diomedes, los más nobles guerreros, ofrecen al héroe en nombre del Atrida. ricos presentes y la devolución de la dulce esclava Briseida, intacta… Aquiles persiste en su rencor.

Sigamos, porque no es esto sólo aun!

Patroclo sale a combatir… Y Aquiles permite el fraude de que Patroclo use sus armas. Y por fin, cuando, no ya el olvido de una ofensa sino el deseo de vengar al amigo querido lleva a Aquiles al combate, no existe la piedad para él. Mata a Troos quien de rodillas le pide la vida; mata a Licaon que salía sin coraza ni armas, desnudo, de las rápidas aguas del Scamandro; se niega a escuchar a Héctor cuando le pide el pacto de que el que triunfe permita que el cuerpo del que sucumba sea enterrado. —Es de hierro tu corazón,— le dice el héroe troyano,—bien lo sabia—… Y por espacio de doce días el cadáver del Priamida es arrastrado por el polvo; y son los dioses, más misericordes que el hijo de la ninfa Thetis, los que lo salvan de las negras aves de rapiña y de los hambrientos canes.

Y Aquiles según Ingenieros, representa el tipo moral, el tipo que, en parangón con Ulises, —el hipócrita, el mentiroso, el simulador, el fraudulen­to,— define de manera inequívoca las actitudes fundamentales frente a la lu­cha por la vida… Y los cargos a que Ingenieros se ampara para hacer notar las diferencias entre los dos héroes, son los cargos que contra el Laertida lanzan Ayax, en el diálogo de Ovidio, y Filoctetes, en la tragedia de Sófocles. Nada le importan al conferencista las palabras de Odiseo cuando se vindica, ni nada le dice la explicación razonada de los móviles que impusieron al Laertida. La cuestión se reduce a encontrar corroboraciones para una tesis preconcebida, y ensartarlas.

Ulises nació del fraude, dice Ingenieros. Del fraude nacieron muchos otros héroes griegos. Del fraude nació el Mirmidón Menestio, el de la coraza refulgente, hijo del rio Sperkio y de la hija de Peleo. Del fraude nació Eudoro, hijo de Polimela, la de las danzas ágiles, y de Hermes, el de las oscuras mira­das.

«Nam genus, et probaos, et quoe non facimus ipsi Vixea nostra voco».

«Ni el nacimiento, ni los abuelos, ni las hazañas de otros nos pertenecen», contesta Ulises a Ayax en las «Metamorfosis» de Ovidio. Nosotros cree­mos como él. Ni los abuelos, ni las hazañas de otros, ni el nacimiento, deben contar entre nuestros actos. Es mucho más moderno y más actual el pensar de Ulises, y el nuestro, que el de Ayax y el del demócrata conferencista argentino.

Ulises era vengativo y sin escrúpulos, dice Ingenieros, «Sin reparar en medios se vengó de Palamedes acusándole de haber robado un tesoro que él mismo puso de antemano en la tienda».

Ulises le dice a sus jueces: «Ayax os insulta. Si es vergonzoso para mi el haber dirigido contra Palamedes una acusación imaginaria, podrá ser glo­rioso para vosotros el haberlo condenado?»

Por consejo de Ulises,—dice Ingenieros,— Filoctetes fue perdidamen­te abandonado en Lemnos.

En el «Filoctetes» de Sófocles, Ulises le dice a Neptolemo: «Aquí en estas orillas desiertas, para obedecer a los Jefes de las naves, dejé abandonado a Filoctetes».

En las «Metamorfosis» de Ovidio, Ulises dice a sus mismos compañe­ros, a los que se reunieron para concederle las armas de Aquiles: «El abando­no de Filoctetes en la Isla de Lemnos no fue obra mía»,

Y  con oír las palabras del Telamonio Ayax antes de su enemistad por Odiseo y después de su enemistad, se puede ver que valor puede darse a sus palabras, que varían según sus circunstancias. En el canto IX de la Ilíada. cuando en nombre de Agamenón visitan la nave de convexas proas en donde Aquiles descansa, dice que Ulises, el divino hijo de Laertes, es sagacísimo. En los «Diálogos de los muertos» de Luciano al hablar Ayax con Agamenón, le dice: «Aunque Minerva me lo prohibiera, me sería imposible dejar de odiar a Ulises».

Y  basta, basta de citas que podríamos multiplicar. No quisimos defen­der a Ulises ni quisiéramos trocarle el papel de malo, que José Ingenieros le otorgó, por el de bueno que le asignemos nosotros. Quede tal como es: Hom­bre: quede sin ser estudiado psicológicamente y sin que se confunda con los odiosos fraudulentos; sin que al mencionarlo se pueda hablar conjuntamente de la «necesidad de aborrecer la hipocresía, y el confesionario». En nuestra infancia sus hazañas nos llenaron de trémula admiración. Lo vimos abordar en las pequeñas islas, ya fértiles, ya rocosas, que arrulla al mar con su innúmeros rumores; lo vimos vencer a Polifemo, el gigante feroz, el que rugía como rugen los volcanes; lo vimos pasar entre escollos furiosos y junto a las sirenas de canto fatídico; lo vimos entre tempestades y en las mesas de los rústicos reyes que sabían levantar la copa en la sagrada libación y empuñar el cayado entre los rebaños incontables. Héroes de cien hazañas, lo transportamos a un mundo que siempre debía quedar lejos del nuestro, en el mundo del refugio, en el mundo de la santa poesía. Despertador de cien sueños, nunca lo pudimos mezclar con nuestra realidad. Lo veíamos entornando los ojos y envolviéndo­lo en una luz radiosa, luz de evocación y de quimera.

Hoy seguimos considerando a Odiseo alejado de nosotros. El feliz mundo griego fue otro mundo, Theognis de Megara nos dijo que las Musas y las Gracias, hijas de Júpiter, al asistir a las bodas de Cadmo dejaron a los hombres su canción: «Amamos lo bello; lo que no es bello no lo podemos amar». El mundo griego vivió en belleza. Nuestro mundo lleva muchos siglos de feal­dad. No podemos buscar la continuación de nuestra moral complicada en la simple moral del pueblo heleno. André Gide apunta que la Grecia idealizó tanto la vida, que la vida de todo artista era ya una realización poética y la vida de todo filósofo un ensayo de su filosofía. La acción entre nosotros no se inquieta por ser bella. Cómo nos mezclaremos, cómo nos diremos continua­dores, cómo buscaremos nuestros iguales en aquel mundo tan distinto y tan distante?

La moral de Ulises? ¿Cuál seria esta moral?… La de su instinto. El pue­blo griego en el instinto fundó su ética. Así se ve en el Filebo, en la República y en el Gorgias de Platón; así se ve en Ética a Nicomaco de Aristóteles. Los héroes de Homero son feroces, son generosos, son prudentes, son temerarios, son codiciosos, son liberales; no han convenido la vida en fárrago de concep­tos y de raciocinios; una igualdad primitiva de instinto los gobierna. Todos se parecen y todos son diversos. En la lucha matan sin piedad, en la casa son magnánimos, en el reparto del botín reconoce al fuerte, en sus odios se mani­fiestan con una extraña espontaneidad. La moral helénica no había dictado normas de acción para coaccionar la conducta. Hay una juventud genesíaca en cada uno de los héroes homéricos, una absoluta sinceridad; no se disimulan, no se ocultan, no hacen gala de virtudes que no practican. Profundamente humanos, su valor de humanidad los diviniza. Del fondo mismo de su instinto sacan la chispa que enciende la hoguera de su grandeza. Todo lo que en Ulises puede haber de bajo, —y anotaríamos muchos detalles dudosos que a José Ingenieros le pasaron— queda borrado por la grandiosidad de sus otras accio­nes. El vencedor de Polifemo bien puede pedirle a Telémaco que quite las armas a los pretendientes de Penélope para que sea fácil matarlos seguro. Hay una vida que va por encima de la vida misma. Cuando el héroe ha logrado crearla, no es a su humanidad a la que nos debemos dirigir, es a su divinidad. Un pueblo justo como el griego no le hubiera otorgado a Ulises las armas de Aquiles sin merecerlas. Un cantor como Homero no hubiera divinizado a su héroe, si la maravilla de sus hazañas no le hubiera dado aureola de divinidad. Acordémonos del absoluto amor que la Hélade consagró a la belleza. Ninguna deformación física, ninguna deformación moral, tienen cantor. No seamos nosotros los que enturbiemos la linfa pura de sus aguas, llevando hasta ellos el catálogo de nuestras deformaciones morales. No seamos nosotros los que con­virtamos en abstracciones representativas la divina humanidad de los héroes helenos.

Dante —Ingenieros dice que se olvidó de poner en el Infierno a Ulises. a pesar de haberle dedicado el canto XXIV de «La Divina Comedia», lo cual prueba que Ingenieros no ha leído la obra del poeta florentino— fue en prime­ro en colocar a Ulises entre los fraudulentos. Se comprende! Dante era un moralista que llenó su infierno gótico de héroes helenos. Con todo, anotemos que la acusación que le hace el Dante es bien distinta de la acusación de Inge­nieros:

«La dentro si martira
Ulises e Diomedes, e cosi insieme
alla vendetta vano come all’ira
“…»

Jean Moreás, después. —y en Jean Moreás, resucitador de la luz helena. sí que no se comprende,— recargó de color y angulosidad la figura de Ulises en su tragedia “Iphigénie”—la tragedia griega que Charles Mourras y su séqui­to monárquico-clasista encuentran tan maravillosa, y que a nosotros, con per­dón sea dicho, nunca nos lo ha parecido. —Si bien hallamos justo encontrar al Laertida en el infierno dantesco— porque la belleza de la obra de Dante radica más en conjunto que en el detalle de los que en el infierno penan, —no nos pareció bien que Moreás cayera en el renuncio de corporizar feamente a Odiseo. Y protestamos de su interpretación tiempo ha, como hoy protestamos de la interpretación de Ingenieros…

El divino Odiseo! Nadie debe atreverse a despojarle el titulo de divino que el divino Homero le otorgó; nadie debe atreverse a medirlo con la misma medida con que nos mide a nosotros!

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Ramon Vinyes i Cluet (Berga, 8 de maig de 1882 – Barcelona, 5 de maig de 1952)

Ramon Vinyes i Cluet (Berga, 8 de maig de 1882 – Barcelona, 5 de maig de 1952)

Ramón Vinyes
Publicat a “Voces” Núm. 47 (20. 7. 19 19)
Barranquilla, Colòmbia

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Vegeu: Quirze Grifell: Voces, la revista americana de Ramon Vinyes

i Jordi Marrugat: “En la boca de las nubes” (A la boca dels núvols) y con los pies en el suelo. Ramon Vinyes: contra la literatura, la vida”. (PDF)

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