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Naissance de l’Odyssée, de Jean Giono // Julio Cortázar, traductor de Nacimiento de la Odisea

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En l’any del centenari del gran cronopio, Julio Cortázar

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Giono - Nacimiento de la Odisea[…]

Acostado en las retamas, Arquías reía; una risa menuda que recordaba el grito de las pintadas. De­tuvo a Ulises y le mostró el mar.

—Óyeme —dijo—, ¿te acuerdas de aquellas her­mosas islas ceñidas de pinares, entre las cuales co­rríamos? ¿Y aquellas otras negras, batidas por la ola esmaltada… y aquella que nos quebró? No de pie­dra, sino de carne hembra, están hechas las islas. ¿Te acuerdas? Al acercarnos, cuando en el viento llega­ban los pájaros y los perfumes, se nos endurecían los nervios como si doncellitas asomaran frotándose contra el flanco de la carena.

Continuó, interiormente, su discurso. Pero Uli­ses se acordaba:

“¡La vuelta, de isla en isla! ¿No era más bien mujer en mujer? El jabeque venía a colgarse de la liga de los puertos. ¿Podíamos resistir al llamado del amor? El niño Eros corre entre las piernas del que quiere andar derecho, lo traba y lo acuesta entre las malvas.”

En verdad, para Ulises las caídas contaban con su asentimiento; y no se trataba tampoco de ahogar los gritos de su conciencia, ya que esa salvaje había terminado por domesticarse a la larga.

Así, contoneándose, el lento jabeque había dis­currido de mujer en mujer. Si el viento demasiado bajo desgarraba las aguas, si alguna oveja de tem­pestad hinchaba su lana marrón en el cielo, o si so­lamente la muchachita se había vuelto tres veces antes de la esquina. Ulises soltaba la amarra, arro­jaba la sonda, y después de sujetar las velas bajaba al muelle, atraillado detrás de Erca. En su recuerdo, los países eran mujeres.

Julio Cortázar

Julio Cortázar
(Brussel·les, 26 d’agost de 1914 – París, 12 de febrer de 1984)

De Circe se acordaba con menos fatuidad. Sabia, hábil en el acoso, lo había mantenido sin aliento, enloqueciéndolo; a punto de ceder cada vez, con la morena carne ofreciéndose, para separarse luego con gritos y golpes, o con sobresaltos de caderas. Al fi­nal fué dueña de un Ulises enervado, deshecho, ine­xorablemente unido a ella.

Poco a poco, cesó hasta de bajar regularmente al puerto.

Se despertaba ya entrada la mañana; las cortinas de rafia tamizaban el sol, la habitación era como un golfo lleno de un agua de sombra semitransparente, azul, fresca. Fuera, las manos del viento hacían en­trechocarse las granadas.

Alargando la mano un poco hacia la izquierda, tocaba la carne desnuda de Circe.

A veces ella lo enviaba a comprar almejas frescas a los pescadores, o violetas, semejantes a tomates po­dridos pero que tienen el perfume del amor.

Una vez que volvía con las manos cargadas de esos frutos chorreantes y salados, encontró al patrón Fotiades. Trató de esquivarlo por la callejuela de los hornos, pero el otro corrió a retenerlo por un ex­tremo de la túnica.

—¡Eh, amigo, qué raro te has puesto! Te extra­ñamos, sabes… Lidia pregunta todos los días.

Pero, oliendo las almejas, bajó su mirada hasta las manos de Ulises y se puso a sonreír.

Con una sonrisa agria.

¡Ah, sí! — dijo solamente.

Y luego, tocando el brazo de Ulises:

—Dime, ¿las come siempre mondando la conchi­lla con el pulgar? ¿Sí, verdad? ¿Y con uvas verdes?

Suspiró.

—Adiós, amigo —dijo por fin—. Pero oye, baja un poco cuando puedas. Ya ves que te digo: cuan­do puedas. Yo sé lo que es eso.

*   *

El ribazo que llevaba a la casa de Circe prolon­gaba sus ríñones hasta ser casi una isla. En una es­pesura de palmas, a cien pasos de la orilla, un pozo brindaba aguada. Con tiempo tranquilo, el pequeño golfo se llenaba de veleros y barcas; se veía a quie­nes cambiaban de ruta, desde los confines temblo­rosos del mar, para abordarlo y llenar los barriles.

El agua dulce dormía en el fondo de un agujero. Al extremo del largo cable, el cubo subía balan­ceándose entre los musgos.

Cuando asomaba, aquél que había tirado de la cuerda se enjugaba el sudor con una sonrisa de or­gullo. Circe amaba esa agua helada. Ulises venía diariamente a llenar los cántaros.

Julio Cortazar 2Esta vez reconoció contra el brocal los odres de Menelao. Se alegró en secreto por la sorpresa que iba a darle. Lo encontró gordo, relleno como un atún, apacible, vacío de la fiebre corrosiva que lo agitaba espada en mano bajo los muros de Troya. Ahora tenía a Helena hasta hartarse. Un aceite de felicidad fluía de sus ojos. Pero se puso a deplorar los tiempos. Desde su vuelta de la guerra, la vida no era ese Elíseo entrevisto en sueños, por la noche, en las trincheras de guardia. ¡Faltaba tanto! Durante la ausencia, otros hombres habían tajado sus partes en los bienes. Él, un rey, tenía ásperas pendencias con los labradores arrogantes que antaño, en los buenos tiempos, no habrían osado levantar un dedo. Jóvenes sin respeto alguno se atrevían a forzar la puerta de su amante, una pequeña asiática morena como una vaina de algarroba, que Menelao escon­día en un arrabal de Esparta por miedo de Helena.

Poco a poco llegó a contar los excesos de Penélope. Al principio Ulises no quería creer a sus oídos. Apremió a preguntas a Menelao reticente. Éste lo había creído avisado, intentaba vanamente desan­dar sus palabras. Al final le dijo todo: Penélope había tenido amantes, gente joven; luego, ya en­trando en la edad, se había enamorado de un tal Antinoo que la arruinaba y con el cual consumía los bienes. Telémaco, reducido a los peores extremos, había explorado el país en procura de noticias de su padre; ya harto, hablaba de irse a vivir con otros pequeños vagabundos de su edad, resuelto a las peo­res aventuras.

—Es la suerte de todos nosotros — concluyó tris­temente Menelao.

—¡La suerte de todos! ¡La suerte de todos! ¡Muy fácil de decir! ¿Pero por qué a mí? ¿Eh, por qué a mí? ¿Y los cerdos? ¡Ah, si llego a ponerle la mano encima, a ése…!

Y con su látigo de junco hacía en torno de él una masacre de escabiosas.

El recuerdo del crimen de Argos, todavía presen­te en las canciones doloridas, lo llevó a reflexionar. Por encima de la alforja de mentiras, Ulises había cargado siempre con el miedo. Tuvo la brusca vi­sión de un Egisto emboscado en el sombrío corredor. Se vio a sí mismo degollado como un puerco, su vida abierta en un follaje de sangre florecida. Con­sideró como definitivamente perdida a su Penélope, y Penélope se llenó en el mismo instante de toda la belleza del mundo.

Imágenes desagradables lo asaltaron desde enton­ces en el lecho de Circe. Se quedaba desvelado jun­to a ella; una vida cruel animaba la sombra; y veía a su mujer y a Antinoo gimiendo en la dulce tarea del amor.

[…]

Jean Giono
Nacimiento de la Odisea
Traducción de Julio Cortázar

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Giono - Naissance de l'Odissée[…]

Couché dans les genêts, Archias notait : un petit rire qui ressemblait au cri des pintades. Il arrêta Ulysse et, lui montrant la mer :

— Ecoute-moi, dit-il, tu te souviens de ces belles Iles enchappées de pinèdes entre lesquelles nous courions ? Puis des noires battues par la vague émaillée, et de celle qui nous brisa ? Non point de pierres mais de chair fe­melle sont faites les îles. Tu te souviens ? A l’approche, quand dans le vent les oiseaux venaient et les parfums, nos nerfs durcissaient comme si pucellettes eussent jailli, se frottant contre le flanc de la carène.

De là, il continua intérieurement son discours. Mais, Ulysse se souvenait :

« Le retour d’île en île ! N’était-ce pas plutôt de femme en femme ? Le chebec venait se pendre à la glu des ports. Pouvait-on résister à l’appel de l’amour? L’enfant Eros court entre les jambes de celui qui veut marcher droit, l’entrave et le couche dans les mauves. »

Certes, pour Ulysse, les chutes se faisaient avec son agrément; point n’était besoin d’étouffer des hurle­ments de conscience, cette sauvage elle-même s’était à la longue apprivoisée.

Ainsi, se dandinant, le lent chebec avait glissé de femme en femme. Si le vent trop plat déchirait l’eau, si quelque brebis d’orage gonflait sa laine brune dans le ciel, ou seulement si la petite fille s’était retournée trois fois avant le coin de la rue, Ulysse filait l’amarre, jetait les plombs, entrait les voiles, descendait à quai, en laisse derrière Erca. Dans son souvenir, les pays étaient des femmes.

jean_giono

Jean Giono
(30 març 1895 – 8 octubre 1970)

De celle-là, il se souvenait avec moins de fatuité. Sa­vante, entraînée au pourchas, elle l’avait tenu en haleine, l’affolant : chaque fois sur le point de céder, sa large chair ombrée offerte, puis s’arrachant par cris et coups, ou par soubresauts de hanches. Elle avait eu à la fin un Ulysse énervé, mol, lié inexorablement à elle.

Peu à peu, il cessa même de descendre régulièrement au port.

Il s’éveillait tard dans le matin ; les rideaux de raphia tamisaient le soleil, la chambre était comme un bassin plein d’une eau d’ombre semi-transparente, bleue, fraî­che. Dehors, les mains du vent faisaient s’entrechoquer les grenades.

En étendant la main un peu vers la gauche, il touchait la chair nue de Circé.

Parfois, elle l’envoyait chez les pêcheurs pour ache­ter des moules fraîches ou des « violets » pareils à des tomates pourries, mais qui ont l’odeur de l’amour.

Une fois, comme il revenait, les deux mains chargées de ces fruits ruisselants et salés, il rencontra patron Photiadès. Il essaya de s’esquiver par la ruelle des fours, mais, l’autre courut, le retint par un pan de la robe:

— Hé, l’ami, tu deviens rare! On languit, tu sais! Lydia demande chaque jour… » Mais, ayant senti les moules, il baissa ses regards vers les mains d’Ulysse et se mit à sourire.

Un sourire aigre.

— Ah, oui… dit-il seulement.

Puis touchant le bras d’Ulysse :

— Dis-moi, elle les mange toujours en curant la co­quille avec son pouce? Dis? Et avec des grains de raisins verts ? Il soupira.

— Adieu, l’ami, dit-il enfin, écoute-moi: descends un peu, quand tu pourras. Je te dis, quand tu pourras; je sais ce que c’est.

*   *

Le coteau qui portait la maison de Circé allongeait ses reins en presqu’île. Dans une touffe de palmes à cent pas de la rive, un puits donnait aiguade. Par temps calme, le petit golfe s’emplissait de voiliers et de bar­ques : on en voyait qui, des confins tremblants de la mer, pliaient leur route pour aborder et remplir les barils.

L’eau douce dormait au fond d’un trou. Au bout du long câble, la seille montait en se balançant dans les longues mousses.

Quand elle émergeait, celui qui avait tiré la corde es­suyait sa sueur en souriant d’orgueil. Circé aimait cette eau glacée. Ulysse, chaque jour, venait en chercher deux cruches.

Jean Giono 2Cette fois-là, contre la margelle, il reconnut les outres de Ménélas. Il se réjouit en son cœur de la surprise qu’il allait lui faire. Il le retrouva épaissi, gras comme un thon, béat, vidé de cette fièvre rongeuse qui l’agitait, sabre en main sous les murs de Troie. Il avait mainte­nant Hélène tout son saoul. Une huile de bonheur coulait de ses yeux. Mais il se mit à gémir sur les temps. Depuis le retour de la guerre, la vie n’était pas cet Elysée entrevu en rêve, la nuit, dans les tranchées de garde. Tant s’en fallait! Pendant l’absence, d’autres hommes s’étaient taillé larges parts dans les biens. Il avait, lui le roi, d’âpres démêlés avec des laboureurs ar­rogants qui jadis, au bon temps, n’auraient pas osé lever les cils. Des jeunes gens sans respect allaient forcer la porte de sa maîtresse : une petite asiatique brune comme une gousse de caroube et qu’il cachait dans un faubourg de Sparte par peur d’Hélène.

Il en vint peu à peu à conter les débordements de Pé­nélope. Ulysse sur le coup n’en crut pas ses oreilles. Il pressa de questions Ménélas réticent. Celui-ci l’avait cru averti, il essayait vainement de rattraper ses paroles. Enfin, il lui dit tout : elle avait pris des amants, des jeu­nes; puis, l’âge venant, s’était amourachée d’un certain Antinous qui la grugeait et avec lequel elle mangeait son bien. Télémaque, réduit à la portion congrue, avait couru la campagne à la recherche de nouvelles de son père et, de guerre lasse, parlait d’aller vivre avec de petites ganaches de son âge, résolu aux pires aventures.

— Le sort commun, avait conclu tristement Ménélas.

— Le sort commun ! Le sort commun ! C’est vite dit ! mais, pourquoi moi ? Mais alors ? Oui, et les porcs ? A!. si je lui mets la main dessus, à celui-là !…

Et de sa cravache de jonc il faisait autour de lui un massacre de scabieuses.

Le souvenir du crime d’Argos, dont on chantait en­core la complainte, le fit ensuite réfléchir. Par-dessus la besace à mensonges il avait de tout temps porté la peur. Il eut la brusque vision d’un Egisthe embusqué dans le couloir obscur. Il se vit lui-même égorgé comme un porc, sa vie épandue dans une touffe de sang fleuri. Il considéra sa Pénélope comme définitivement perdue. Elle prit au moment même toute la beauté du monde.

Dans le lit de Circé il fut assailli désormais d’images désagréables. Il restait éveillé à côté d’elle; une cruelle vie animait l’ombre : il y voyait sa femme et Antinous geignant le doux travail d’amour !

[…]

Jean Giono
Naissance de l’Odyssée

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Per aprofundir-hi:

Le rideau déchiré de l’épopée dans Naissance de l’Odyssée de Jean Giono, par Sylvie Ballestra-Puech (Université de Nice-Sophia Antipolis)

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Giono - Nacimiento de la OdiseaJean Giono

Nacimiento de la Odisea

Traducción de Julio Cortázar

Ed. Argos

Buenos Aires, 1946.

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Giono - Naissance de l'OdisséeJean Giono

Naissance de l’Odyssée

Les Cahiers Rouges

Grasset, París 2011

ISBN: 9782246123132

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  1. 15/02/2014 a les 12:38 PM

    Bellísimo. Gracias por descubrirlo. Lo comparto. Un saludo

    • 15/02/2014 a les 12:44 PM

      Si puedes agenciarte un ejemplar y leerlo completo verás que es un torrente incesante de prosa poética. Sigo con mucho interés tu blog. Gracias y un saludo.

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