Inici > Ecos de l'Odissea > Les sirenes a l’Elpènor de Jean Giraudoux

Les sirenes a l’Elpènor de Jean Giraudoux

.

.

Jean Giraudoux - Elpénor 2

.

.

Elpénor est un récit; et c’est une œuvre de jeunesse. Une première édition a paru en 1919; puis Giraudoux a ajouté une suite, et le vrai Elpénor, complet, a paru en 1926. Les souve­nirs des études de jeunesse sont encore frais; et cet ouvrage charmant se présente comme une plaisanterie — en argot de l’École Normale, on dirait un «canular».

Le héros, les personnages, les aventures, tout vient tout droit de l’Odyssée, Mais, en un sens, c’est une contre-Odyssée, puis-qu’au lieu de se dérouler essentiellement autour d’Ulysse, le récit est dédié au matelot dont Homère précise qu’il ne se distingua jamais ni par sa valeur ni par sa prudence. Et l’épi­sode final, qui correspond à l’arrivée d’Ulysse chez les Phéaciens, imagine qu’Elpénor arrive à la place d’Ulysse et que les Phéaciens, prévenus, lui offrent en vain des épreuves où il de­vrait se déclarer, mais où il échoue toujours.

Une contre-Odyssée, donc. Et une œuvre qui se sert d’Ho­mère pour refuser résolument tout grandissement épique, choisissant bien plutôt l’humain et le quotidien. Déjà se dessine une philosophie: le choix de Giraudoux ici sera ailleurs celui de son Alcmène…

Mais le récit est aussi une contre-Odyssée par son ton et sa fantaisie.

L’irrévérence est partout. Giraudoux s’amuse à mêler l’an­tique et le moderne, l’épique et le familier. Le récit est coupé de bouts rimes — du genre de l’épigramme qu’Elpénor est censé avoir composée pour Hercule:

Hercule — parlons moins fort ! —
A tué le lion de Belfort.

Ou bien l’on trouve des plaisanteries d’étudiant — comme lorsque Giraudoux écrit : «Le Cyclope se frappa le front — sur le côté comme font les Cyclopes quand ils ont une idée.»

Certes, il n’y a là rien de très nouveau. On a commencé dès l’époque d’Homère à faire des farces sur l’épopée : témoin ce Combat des rats et des grenouilles, que l’Antiquité prenait par­fois pour une œuvre d’Homère! On a continué à toutes les époques — comme la Belle Hélène est là pour nous le rappeler. Et Giraudoux n’est ni le premier ni le dernier à avoir ainsi plaisanté au XXe siècle.

Mais son originalité est d’avoir associé à ce ton de plaisan­terie et d’anachronisme toute une vie concrète, très familière, mais poétique, avec des saveurs, des odeurs, des couleurs — comme ces larmes d’espoir que verse le Cyclope : «Elles tom­baient dans le seau où le lait caillait, et il fit ce jour-là le plus délicieux de ses fromages.» L’exemple prouve aussi qu’avec cette poésie concrète vient la tendresse. Alors que l’on re­trouve, par exemple chez Gide ou chez Anouilh, les procédés de la modernisation, du jeu intellectuel, de l’anachronisme, cette présence d’un monde humain nimbé de poésie est propre à Giraudoux et donne à son ton un attrait sans pareil. C’est un peu comme la buée légère qui enveloppe un fruit jamais encore touché. C’est aussi comme un perpétuel clin d’œil, qui se mo­querait mais rayonnerait d’indulgence, qui toucherait ensemble l’esprit et le cœur.

De fait, la moquerie et la poésie naissent ici d’un même sentiment de connivence et d’amitié avec ces œuvres grecques dont la jeunesse de Giraudoux fut nourrie.

[…]

Jacqueline de Romilly
L’amitié de Giraudoux avec l’hellénisme: Elpénor

.

.

.

 

.

Las sirenas

.

Jean Giraudoux - Muesrtes de Elpenor

Bogaba la nave a la deriva. Los remeros habían rodado bajo sus bancos, ebrios, mas esta vez de fatiga. ¡Veinte años duraba el banquete de Tro­ya! Y los tripulantes lamentábanse con el menor estrépito posible, mientras masticaban menudos cordajes para engañar el hambre y la sed, pero re­sueltos a no moverse por nada del mundo. Enton­ces, el sagaz Ulises hizo tocar por Perimedes la corneta que los congregaba para la cena y todos se abalanzaron, excepto, como siempre, Elpenor, que adquirió de los Lotofagos el hábito de fu­mar, derrumbado en el entrepuente.

—¡Qué maravilloso banquete se apresta!… — clamaban los marineros—. ¡Oh, Ulises, tú, en quien hasta el silencio promete, cuanto más nos valdrá la de tu trompeta!… ¡Ya no sentimos sed, hijo de Laertes, pues un agua deliciosa nos inva­de la boca!

Así dijeron mientras repiqueteaban con los cu­biertos contra los escudos, pues los platos peque­ños habían desaparecido durante el largo asedio.

—¡Ay! —dijo Ulises— para un banquete la trom­peta nos congrega ¡mas no será el vuestro!… Nos reúne para pitanza de los monstruos ante los cuales nos hará desfilar de inmediato el tapiz mo­vedizo del mar. Dentro de una hora nos encontraremos al alcance de las tres sirenas. Tras hora y media pasaremos a la vera de la ignoble perra, la divina Scylla. Dentro de dos, si alguien entre nosotros perdura, desfilará ante el infecto Caribdis, a los dioses semejantes.

El entusiasmo de los tripulantes no conoció lí­mites.

—Rey de Itaca —clamaron— lo habíamos su­puesto: tus mismas promesas sobrepasas.

Ulises rehusó las alabanzas.

—¡Camaradas! —se lamentó Ulises— ¡Amados compañeros!. . . Seis de entre vosotros, mis seis favoritos, los seis más valerosos, serán devorados de inmediato por las sirenas.. .

Mas los compañeros de Ulises acogieron sin temblar la infausta nueva.

—¡Ay! —repusieron en coro— ¿Por qué no se­remos esos seis privilegiados?… ¡Es grato pere­cer para salvar a los hermanos!… Ulises, no nos honres con tu preferencia… Tú, que descubris­te a Aquiles bajo atavíos de mujer, habrás sin duda entrevisto bajo nuestras armaduras almas femeninas… ¡Ay! ¿Por qué somos cobardes?… Abriguemos, por lo menos, el valor de recono­cerlo… Nos satisfaceremos escuchando el cántico de las sirenas… Dicen que la música engaña el hambre.

—¡Guárdense muy bien de hacerlo!… —repu­so el hijo de Laertes—. Tan sólo yo, al mástil amarrado, gozaré del deplorable llamado… La tripulación remará, tapadas las orejas con trozos de cera. Siempre que sea posible encontrarla aún…

—¡Oh, Ulises —replicaron los marineros— bas­taría para hallarla seguir las abejas innumerables que sin reposo pasan entre tus labios!…

Después, precipitáronse a la despensa, donde, en cajas de bizcochos, conservaban trozos de cera para tapar los agujeros que en el casco del navio horadan los gusanos del mar. A su retorno vie­ron a Ulises buscando afanosamente la cuerda que debía ligarlo al palo mayor. Irritábase sin hallarla.

—Ulises —le dijeron— sólo existe una cuerda sólida. Es la que desliza tu palabra alrededor del cuello del auditorio y lo trueca por siempre en tu prisionero.

Hablando, afanábanse por unir los trozos dis­persos de cordel, su único alimento.

Era tiempo. Ya elevábase la costa Trinacria, palpitante y como si naciera. No habían terminado de llegar a sus bancos cuando las seis cabezas de Scylla —espantosos dedos de una mano con exce­so perfecta—, arrebataron seis de los marineros. Ulises, junto al mástil, los vio volar, saludándolo por encima de su cabeza.

—Es hermoso —gritaban— morir víctimas de las sirenas.

Cuidóse de desengañarlos el rey de Itaca. An­sioso por verlos satisfechos, simuló una sonrisa ante el fin horroroso. Suele ocurrir lo mismo en las ciudades cuando los jóvenes, extraviados por una mujer sin pudor, creen hasta lo postrimero de la ancianidad haber sido las víctimas del amor en persona. ¡Que la ignominia caiga sobre quienes los saquen de su error!… Mas ya Caribdis inun­daba la cubierta, la trirreme íntegra, de bilis, san­gre y baba…

Por fin surgieron las sirenas. Cada una de ellas erguíase sobre un promontorio y, totalmente des­nuda, agitaba con desgana su túnica como el náu­frago protestante y pudibundo que hubiera debi­do desvestirse para atraer al salvador. La prime­ra era rubia, la segunda morena, la tercera pe­lirroja. Eran los colores que prefería el hijo de Laertes entre las mujeres y ya tendía hacia ellas sus brazos venerables cuando se dejaron oir. Mas, precisamente ese día, melancólicas, como suele ocurrirle a las poetisas cuando las han desengaña­do los poetas, no las enfurecía el odio contra los navegantes, los exploradores, los inventores… Por lo contrario, sentíanse inclinadas a revelar a esos timoneles sus divinos secretos.

—Ulises amado —cantó la primera de ellas—, si llevas tu navio hasta más allá de las columnas de Hércules, si vogas durante treinta días y treinta noches —hasta haber costeado una isla lo bastan­te ancha como para que mujeres de ojos de fue­go tiendan de través sus hamacas—, llegarás a un continente nuevo donde salvajes rojos con plu­mas tricolores cabalgan los cocodrilos: ellos los llaman caimanes. Entonces, una tarde, contem­plando como surge la vela del navío antes del casco, germinará en tu mente la idea de que la tierra es redonda.

Mas Ulises no lograba oiría, pues los tripulan­tes, para aligerar el remo, entonaban a plena voz el elogio del Catoblepas, que, cuando acosábale el hambre, con sus propios pies se nutría. Traspues­to el promontorio, cada hilera de remeros liberó el oído del lado de Ulises de su tapón de cera.

—Amo nuestro —gritaron— ¿qué te dijo la sire­na?… Convulso de placer, doblabas el mástil co­mo a un junco.

—¡Un cántico realmente divino!… —mintió Ulises, ansioso por no defraudarlos—. Amigos, es­cuchad la copla hechicera:

“¡Oh, dueño de la luz, oh esplendoroso
duque en la claridad, lámpara pura,
tómate a mí, sirena, en tu ardoroso
lecho de brasas donde el luego dura!”

Pronto, tapaos los oidos; llegamos al segundo promontorio…

—Ulises amado —cantó la segunda sirena— re­clínate un día bajo el manzano y contempla caer sus frutos. Quizá, entonces, un relámpago atra­viese tu cerebro. Distráete, también, observando lo que ocurre si mezclas el carbón de madera api­sonado con salitre común. En un tubo de bronce, en sus extremos horadado, raya el alma del tubo si tu enemigo está lejos, vierte tu mezcla, introduce después una bola de piedra y  enciéndelo con ayuda de una mecha inflamada.

Pero el cantar de los marineros cubría su voz:

— ¡Necio el hambriento que sólo de manjares se preocupa! —vociferaban—. Arranquemos su recuerdo de nuestro pensamiento, como se arran­ca del buey inmolado los inmensos pulmones, el suculento hígado y la entraña nutrida… Basta de aludir en nuestros cantos a los higos que esta­llan sobre Baco como divinos parásitos atiborra­dos de púrpura. Olvidemos las tenebrosas uvas, pendientes de la vid como racimos de almejas… ¡Ni una palabra pronunciemos que a los peces re­cuerde!… ¡Y si alguien nos pregunta, oh, camaradas, por la miel y el vino y la cuajada, juremos no conocerlas!… Mas, traspuesto ya el islote ¿qué dijo la segunda sirena? Ulises, nadaban en lágri­mas tus ojos y las uñas ensangrentaban tu pecho. ¿Insultó acaso tu prestigio?

— Tan sólo injurió mi alma modesta, —repuso Ulises—. Rubia era y lo hizo con malicia. Sabed como esgrimió la alabanza indirecta:

“Me disgusta, divino;
lo abomino, adorable,
¡Te amo, oh detestable,
efímero y cetrino!”

—Ulises ¿cómo pudiste resistir tan bello madri­gal?… ¡Déjanos, déjanos doblar el nudo de tus cuerdas!

Así clamando ensordecieron de nuevo los oidos del héroe, pues ya, resplandeciente, la tercera si­rena, la pelirroja, giraba sobre su promontorio como la luz de un faro.

—Ulises —cantaba— ¿ansias que tus hazañas no perezcan?… Inventa, entonces, signos que sean imagen de las palabras o de fragmentos de ellas. Grábalos, —al revés, no es preciso aclarártelo—, sobre una plancha de madera o de cobre. Cúbre­lo todo con un aceite oscuro y aprieta el molde contra un tejido. Si deseas vengarte de Aquiles, no grabes su nombre en el metal y no habrá Ilíada.

Pero los marineros vociferaban hasta desgañitarse.

—Saturno nutríase de piedras con pañales, mas no se encuentran rocas sobre el cambiante mar… Ulises, uno de tus ojos salíase de su órbita y rete­nías en vano sobre tu cuerpo las vestiduras que arrebataba el viento… ¿Osó esa pelirroja insul­tar tu pudor?

—Camaradas —suspiró Ulises desganado y sin deseos de improvisar—. ¡Cuan delicioso!…

—¡Felices sirenas —prorrumpió el coro deliran­te— felices sirenas que tienen a Ulises por eco!… ¿Qué dijo esa hechicera?

—¿Qué dijo?… —repitió Ulises, corto ya de inspiración—. Me dijo… me dijo prefiriendo a la rima la asonancia… moduló simplemente:

“Ulises
Caribdis
Sirena
Trirreme.”

—¡Qué himno prodigioso!… —comentó la tri­pulación defraudada.

Pero Ulises recobraba, a falta de un poema iné­dito, fragmentos de las odas aprendidas de su maestro y juzgó útil para su nombradía dejar a su auditorio bajo una impresión más brillante.

—Verdad es, marineros, que esos versos parecen mediocres modulados por la voz humana. Mas, es­cuchándolos, a ellos no se los oía. Las cuatro pa­labras de la sirena pelirroja, al llegar al oído, transfigurábanse de improviso en un cantar ex­traño que oprimía el corazón y, cada una de ellas abría el cerrojo de una época distinta. Arreba­tado lejos de la Hélade y de nuestros tiempos heroicos, veíase, dentro de tres mil años, sobre la tierra tapizada de las Galias, un pueblecito sin al­calde e insondable amor por la pesca del cangrejo y la caza del huevo de Pascua en las verdes pra­deras saturaba el alma de mortal ansiedad.

Escuchad este fragmento —tan irreal, luminoso, logrado a costa de irradiaciones y reflejos— que para alabarlo es preciso usar vocablos de óptica:

“Veo de Bellac
la triste abadía,
el Mail y ese lago
que no existe;

Y veo también
a Otoño en persona
soplar en un cuerno,
que no suena;

¡Ferias del estío!
Y tía Solange
odia al invitado,
que no come.

Mi juventud…—¡Dios,
sabe sin encanto!… —
de un corazón seco
extrae esta lágrima.”

—¡Qué reflejo!… ¡Qué prisma!… ¡Qué ful­gor!… —exclamaron los marineros de Ulises que, sabiéndolo por sobre todas las cosas deseoso de re­citar sus epigramas, proponíanse lisonjearlo—. ¿Oh, rey de Itaca, no es acaso verdad que el segundo canto, como el espejo ante el espejo, apenas po­sado en el alma y por ella violentamente rechaza­do, transformábase en un estallido de risa de la sirena y se la hubiera creído recitando versos fes­tivos?

—Precisamente ¡oh, griegos sagaces! —replicó Ulises caído en la trampa—, creíase oir un epigra­ma. La sirena aludía a esa obesa danzarina que tuve ocasión de ver en el teatro de Colonna y bajo cuyo andar crujía la escena. Es el producto de la constante rivalidad de bailarinas y cantan­tes. Así decía:

“¿Por qué Eva, bailarina,
jamás a Colonna va
y no danza en esa escena?:
¡La acústica la encadena!”

Mas ya la tripulación adormilábase, hasta tal punto exhausta que ni siquiera pensó en desatar las ligaduras de Ulises —¡su único alimento!— ni en arrancarse los tapones de cera… El navio bo­gaba, sin más oidos que para las olas; y Ulises oía, sin que nadie se lo impidiera esta vez, la voz terrible del océano, la cuarta sirena. Contento de hallarse maniatado, opreso por vaga sensación de culpa, despreciaba de pronto a los poetas, gentes que se enorgullecen de escuchar las musas y a quienes sólo llega a sus oidos el clamor de los hombres.

—¡Por lo menos —reflexionaba— las he visto!…

No se veía la costa. El sol poniente iluminaba el flanco de estribor de la nave y el derecho de los tripulantes, ese rozado por las mismas sirenas; y perduraba sobre ellos el enrojecimiento como sobre el brazo inocente que rasguñaron las ortigas. La popa estaba cubierta de inmundicia; de sangre la proa. Pendían las velas, sucias de fango y de espuma…

Fué entonces cuando Elpenor, finalizada su pi­pa, ascendió del entrepuente. La tempestad ase­diaba el navio. Vacilante sobre sus piernas inse­guras, sonreía. Alabó, entonces, al cielo, por haberle dispensado una calma jornada y una noche apacible. Y dijo, mientras sus ojos vagaban des­de la proa al timón:

—¡Bello y amado navio!… ¡Cuan limpio y re­luciente eres!… ¡Cuánto se alegraría contem­plándolo nuestra prima la intendente, Euriclea, hija de Ops, nacida a su vez de Pisenor!…

.

Jean Giraudoux
Muertes de Elpenor
Traducció de Julio Ellena de la Sota

.

.

giraudoux

Jean Giraudoux (Belac, Alta Viena, 1882 – París, 1944)

.

.

 

Les sirènes

.

Jean Giraudoux - Elpénor

Le navire allait à la dérive, car les ra­meurs avaient roulé sous leur banc, ivres, mais de fatigue. C’est que le banquet de Troie avait duré vingt ans. Ils se lamen­taient, le moins bruyamment possible, mâchant de menus cordages pour tromper leur faim, leur soif, et ils étaient résolus de leur vie à ne plus bouger. Alors l’astu­cieux Ulysse fit sonner par Perimède la trompette des repas, et tous s’élancèrent, à l’exception toutefois d’Elpénor, qui avait pris des Lotophages la coutume de fumer, affalé dans l’entrepont…

— Quel merveilleux repas pour nous s’apprête! criaient les matelots. O Ulysse, toi qui tiens les promesses mêmes de ton silence, que ne vaudra pas la promesse de ta trompette ! Voilà déjà que nous n’avons plus soif, ô fils de Laerte, une eau délectable nous montant à la bouche!

Ils dirent et tapaient de leurs cuillers contre leurs boucliers, toutes assiettes moindres ayant disparu au cours du siège.

— Hélas, dit Ulysse, c’est bien un repas que la trompette a sonné, mais pas le vôtre. C’est le repas des monstres devant lesquels nous fera défiler aujourd’hui le tapis rou­lant de la mer. Dans une heure nous pas­sons à portée de voix des sirènes; dans une heure et demie au large de l’ignoble chienne, la divine Scylla; dans deux heures, s’il en reste, devant l’infect Charybde, semblable aux dieux!

L’enthousiasme de l’équipage ne connut plus de bornes :

— O Roi d’Ithaque, cria-t-il, nous l’avions dit! Tu surpasses tes promessesmêmes.

Mais Ulysse refusa leur louange:

— O mes chers compagnons, gémit-il, six d’entre vous, mes six favoris, les six plus courageux, vont être dans l’instant dévorés par les sirènes…

Mais ils reçurent sans trembler la fatale nouvelle:

— Hélas! crièrent-ils d’une voix, pour­ quoi ne sommes-nous pas ces six favoris? Il est doux de périr pour sauver ses frères! Mais, ô divin Ulysse, tu ne nous honores point de ta préférence, à juste titre, et toi qui découvris Achille sous des robes, tu as su, sous nos armures, découvrir des âmes femelles. Hélas! Pourquoi sommes-nous lâches? Ayons du moins le courage de notre lâcheté. Nous nous contenterons donc d’écouter le chant des sirènes, la musique, dit-on, trompe la faim!

— Gardez-vous-en bien! répartit le fils de Laerte. Seul, attaché au mât, je jouirai de leur déplorable appel. Vous autres rame­rez, les oreilles bouchées par des tampons de cire. Si toutefois vous trouvez de la cire!

— O Ulysse, s’écrièrent les matelots, il sulht de suivre jusqu’à leur ruche les innom­brables abeilles qui sans répit paissent tes lèvres!

Ils dirent et se précipitèrent à la cam­buse, où, dans des boîtes de biscuits, ils conservaient les blocs de cire dont on comble les trous que les vers de mer per­cent dans la coque. Déjà ils revenaient, et voyaient Ulysse chercher vainement les cordes qui devaient le lier au grand mât, n’en point trouver, s’en irriter:

— O Ulysse, crièrent-ils, ils n’est qu’une corde solide, celle que ta parole passe au col de tes auditeurs, et pour jamais ils sont tes prisonniers!

Et cependant ils s’empressaient de réu­nir par des noeuds les morceaux épars de cordages, leur seul repas.

Il était temps. Déjà s’élevait la côte trinacrienne, palpitante et comme si elle naissait. A peine regagnaient-ils leurs bancs que les six têtes de Scylla, effroyables doigts d’une main trop complète, hapèrent six matelots. Ulysse de son mât les vit voler au-dessus de sa tête, et ils le sa­luaient!

— Il est beau, criaient-ils, de mourir victimes des sirènes!

Le roi d’Ithaque se gardait de les dé­tromper, et, les voulant heureux, il feignait de sourire à leur fin honorable. C’est ainsi, dans les villes, que les jeunes gens égarés par une fille sans vergogne croient jusqu’à leur dernière vieillesse avoir été victimes de l’amour lui-même, et honte à qui les tire de l’erreur! Mais déjà Charybde inon­dait le carré, la trirème entière, de bile, de sang et de bave.

Enfin les sirènes apparurent. Chacune était debout sur un promontoire, et, toute nue, agitant maussadement son péplum, semblait une naufragée protestante et pudi­bonde qui dût se dévêtir pour appeler le sauveteur. La première était blonde, la se­conde brune, la troisième rousse: c’étaient les couleurs que le fils de Laerte préférait chez les femmes et déjà il tendait vers elles ses bras vénérables. Alors s’élevèrent leurs voix. Mais ce jour-là, mélancoliques, et comme parfois les poétesses quand les poètes les ont déçues, elles ne se sentaient point de haine pour les navigateurs, les explorateurs, les ingénieurs, et résolurent au contraire de révéler à ces timonniers leurs secrets divins.

— Cher Ulysse, chanta la première, si poussant ton bateau au delà des colonnes d’Hercule, tu vogues trente jours et trente nuits, après qu’il aura côtoyé une île longue, mais juste assez large pour que les femmes aux yeux de feu tendent en travers leurs hamacs, tu aborderas un nou­veau continent, où des sauvages rouges coiffés de plumes tricolores s’asseyent sur des crocodiles (là-bas appelle-les caïmans), et un soir, voyant la voile d’un navire avant sa coque, l’idée te viendra que la terre est ronde!

Mais Ulysse ne pouvait entendre, car les matelots, pour alléger la rame, avaient entonné l’éloge du Katablépas qui se nourrit, quand il a faim, de ses propres pieds. Puis, doublé le promontoire, chaque bord enleva, de l’oreille qui donnait sur Ulysse, le petit tampon de cire.

— O maître, criaient-ils, que t’a dit la sirène ? Tu te convulsais de désir, le mât se courbait comme un jonc…

— Un chant divin! répliqua Ulysse, car il ne voulait point les décevoir. O mes amis, écoutez ce couplet enchanteur:

Ulysse, empereur des lumières,
Lampe des yeux, duc des clairières,
Si brillant, si bel et poli,
Prends-moi Sirène dans ton lit!

Mais rebouchez vos oreilles, camarades, hâtez-vous, voici le second promon­toire!

— Cher Ulysse, chanta la seconde sirène. Etends-toi un jour sous un pommier et regarde tomber les pommes. Peut-être un éclair traversera-t-il alors ton cerveau. Ou encore amuse-toi, pour voir, à mélanger du charbon de bois pilé avec du salpêtre vulgaire. Dans un tube de bronze foré aux deux bouts (rayes-en l’âme si ton ennemi est plus loin), verse ta mixture, un boulet de pierre et enflamme le tout, par aide d’une mèche allumée.

Mais le chœur des matelots couvrait sa voix:

—  Il est stupide pour un affamé, criaient-ils, de parler toujours de repas! Tirons de notre pensée, comme on le fait du bœuf assommé, les larges poumons, les foies succulents et la nombreuse fraise! Plus d’allusions dans nos chants aux figues, qui éclatent sur Bacchus comme de divins parasites gorgés de pourpre, aux raisins noirs qui pendent aux treilles comme des grappes de moules! Pas un mot d’ailleurs des poissons ! Pour le vin et pour le miel, pour la crème et pour le caillé, affirmons, ô mes camarades, que jamais nous n’en avons vu… Mais le cap est dou­blé, ô Ulysse, que t’a dit la seconde sirène? Tes yeux nageaient dans les larmes, de tes ongles tu ensanglantais ta poitrine… Aurait-elle insulté ta gloire?

— Elle n’insulta que mon âme modeste, répartit Ulysse. Aussi bien elle le fit avec malice: c’est la blonde. Ecoutez, écoutez comme elle manie la louange indirecte:

Moi je déteste l’adorable,
Le divin me déplaît,
O qui es-tu, toi que j’adore,
Mortel et laid!

—O Ulysse, clama l’équipage, comment as-tu pu résister à ce madrigal! O laisse-nous, laisse-nous, faire un double nœud à tes cordages!

Ils dirent et assourdirent à nouveau leurs oreilles, car déjà, étincelante, la troi­sième sirène tournait sur son cap comme le jet d’un phare.

— O Ulysse, chantait-elle. Veux-tu que tes exploits ne périssent jamais ? Conviens alors de signes qui seront l’image des mots ou des fragments de ces mots mêmes. Grave-les, à l’envers il va sans dire, dans une table de bois ou de cuivre, enduis le tout d’une huile noire, et presse-le contre un tissu. Si tu veux te venger d’Achille, ne traduis point son nom dans le métal, et il n’y aura pas d’Iliade!

Mais les matelots clamaient à perdre haleine:

— Saturne se nourrissait de bornes emmaillotées, mais il n’est même pas de bornes sur la route changeante des flots!.. O Ulysse, un de tes yeux sortait, et tu rap­pelais en vain sur ton corps le voile qu’en écartait le vent. Cette rousse aurait-elle insulté ta pudeur?

— O mes compagnons, soupira le roi d’Ithaque, soudain las d’improviser, quelles délices!

— Heureuses sirènes, cria le chœur déli­rant, heureuses sirènes qui ont Ulysse pour écho. 0 Ulysse, qu’a dit cette enchan­teresse?

—   Ce qu’elle a dit? répéta Ulysse, cette fois court d’inspiration… Elle a dit… elle a dit… préférant aux rimes l’assonance; elle a dit simplement:

Ulysse
Charybde
Sirène
Trirème

— Quel hymne merveilleux ! cria l’équi­ page déçu.

Mais Ulysse auquel revenait, à défaut d’un poème inédit, la mémoire et les frag­ments des odelettes apprises de son maître, crut utile pour son prestige de laisser ses sujets sous une plus brillante impression.

— Certes vous avez raison, ô matelots, reprit-il, et ces quatre vers semblent mé­diocres, répétés par l’humaine voix. Mais, aussi, en les entendant, ce n’est pas eux qu’on entendait. Les quatre mots de la sirène rousse, parvenus à votre oreille, devenaient soudain un chant étrange, et qui rongeait le cœur, et chacun ouvrait la serrure d’une époque inconnue. Portés loin de la Grèce et de nos temps illustres, on se voyait, dans trois mille ans, sur la terre tapissée des Gaules, dans une bour­gade sans préfet, et un insondable goût pour les pèches à l’écrevisse, la chasse aux œufs de Pâques par des vertes prairies donnait à l’âme un mouvement mortel! Voici ce petit morceau, et pour le louer, tant il semble irréel, lumineux, obtenu par des reflets et des rayons, on ne peut guère employer que les mots d’optique…

Je vois de Bellac
l’abbatiale triste,
le Mail, et ce lac
(Qui n’existe !)
.
Et je vois encor
L’automne en personne
Sonner dans un cor
Qui ne sonne;
.
La foire d’été;
et tante Solange
haïr l’invité
Qui ne mange;
.
Ma jeunesse avec,
Qui, — Dieu sait sans charme ! —
Tire d’un coeur sec
Cette larme!

— Quel reflet ! Quel prisme. Quel foyer! criaient les matelots, qui avaient compris la ruse d’Ulysse, et, sachant qu’il aimait surtout placer ses épigrammes, qui déci­daient de le flatter… Mais, ô roi d’Ithaque, comme le reflet d’un miroir dans des mi­roirs, est-ce que ce second chant, à peine posé sur l’âme, par elle violemment rejeté, ne devenait pas un éclat de rire de la sirène et ne croyait-on pas entendre des vers badins et moqueurs ?

— Justement, ô Grecs astucieux, reprit Ulysse, qui donna dans le piège, on croyait entendre une épigramme! La sirène pre­nait à partie cette lourde danseuse que j’eus jadis l’occasion de voir au Théâtre de Colonne, et sous laquelle la scène cra­quait: c’est là la vieille haine des chan­teuses et du ballet. D’où vient, disait-elle :

D’où vient que la danseuse Eva
Jamais à Colonne ne va
Et ne danse sur cette scène?
C’est que l’acoustique la gène!

Mais déjà l’équipage somnolait, à ce point épuisé qu’il ne songeait à dénouer les cordages d’Ulysse, pourtant son seul repas, ni à arracher les tampons de cire. Ce navire qui voguait n’avait plus d’oreilles pour les flots, et seul Ulysse entendait, tout à loisir cette fois, la voix terrible de l’Océan, quatrième sirène. Heureux d’être attaché, comme s’il se sentait cou­pable, il méprisait soudain les poètes, qui se vantent d’ouïr les Muses et n’ont dans les oreilles que la clameur des hommes.

— Du moins, disait-il, je les ai vues…

Toute terre avait disparu; le soleil cou­chant illuminait tout le flanc tribord du navire, le flanc droit des matelots, celui-là qui avait frôlé les sirènes, et il restait d’elles ce rougeoiment, comme sur le bras candide qui frôla les orties. La poupe n’était plus qu’immondice, la proue n’était que sang. Les voiles traînaient, souillées de limon et d’écume… C’est alors qu’Elpénor, sa pipe achevée, monta de l’entre­pont. La tempête assaillait la nef. Vacil­lant, il souriait, louait le ciel d’avoir dispensé une journée aussi calme, un soir aussi paisible, et il pensait, lais­sant errer ses yeux de l’avant au gouver­nail:

— Le cher, le beau navire! Ah! qu’il est propre et luisant! Que prendrait de joie à le contempler notre cousine l’inten­dante, Euryclée, fille d’Ops, issu lui-même de Pisénor!

.

Jean Giraudoux
Elpénor

.

.

.

Jean Giraudoux - ElpénorJean Giraudoux

Elpénor

Emile-Paul frères, éditeurs

Paris, 1919

.

.

.

Jean Giraudoux - Muesrtes de ElpenorJean Giraudoux

Muertes de Elpenor

Traducción de Julio Ellena de la Sota

Ediciones Dintel

Buenos Aires (Argentina), 1957

.

.

.

 

  1. Encara no hi ha cap comentari.
  1. No trackbacks yet.

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s

%d bloggers like this: