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Archive for Agost de 2014

Príam i Hèctor, segons C.J.Cela, seguint uns dibuixos de Picasso

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Picasso - Príam

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EL NOBLE ANCIANO

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¡Qué amigo de sus amigos!
¡Qué señor para criados
………………..y parientes!
¡Qué enemigo de enemigos!
¡Qué maestro de esforçados
………………..y valientes!
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Jorge Manrique
Coplas por la muerte de su padre

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Príamo, el noble anciano rey, no ama la guerra. Príamo, el de la lanza gloriosa, no combate. Príamo sabe que Antenor está en lo cierto al proponer que Helena sea devuelta a Menelao, su esposo. (En forma de dulcísima yerba del monte, Antígona reclama a gritos su derecho a la esperanza.)

Sobre el cielo de Troya arde el dolor cuando Príamo, el noble anciano, entierra a su hijo Héctor, joven cazador de héroes alanceado por Aquiles, el vengador de Patroclo. Sobre el hueco vientre de Hécuba — reina que se convertirá en sierva, madre que se verá apartada de sus hijos— retumba el sordo tambor del funeral. (En forma de dulcísima y soberbia loba del monte, Electra reclama a gritos su derecho a la última venganza.)

Príamo, el noble anciano, llora en presencia de la destrucción: esa ruin estupidez sangrienta. (Los poetas épicos —los haraganes, los pordioseros, los débiles poetas épicos— piden limosna en verso heroico, bailando al son de los pífanos del vencedor, mientras la tropa arrastra, ignorando la gloria que le atribuyen, sus cadenas de hambre, de tedio o de indiferencia: hacéis un desierto y le llamáis la paz [Tácito] pero la aureola que corona vuestras cabezas no está tejida con hebras de oro sobre las que brilla el sol, sino que hiede a lívido fuego fatuo del cementerio. La guerra hace los ladrones y la paz los ahorca: las putas y los barberos, a la vejez os espero: algún día lucirá la paz en los campos de Troya.)

*   *   *

Antígona, la hija de los pintorescos escarceos de Edipo y de Yocasta, es pura y dolorosa, heroica y rebosante de misericordia (igual que un vaso colmado, lágrima a lágrima, de licor).

Electra, la hija del sadomasoquista trajín de Agamenón y Clitemnestra, es virgen y dolorosa, iracunda y eterna víctima y verdugo del tupido juego de odios y atroces galanterías que la envuelven (igual que un manto reposado, minuto a minuto durante largos siglos, sobre la carne).

Príamo, el noble anciano, llama «hija mía querida» a Helena, ¡después de la que armó! El mundo anda muy revuelto y el eco de los padres se confunde, a veces, con el inútil ladrar del gozquecillo faldero: del chucho que duerme, con la lengua fuera, bajo (que no sobre) la falda. Príamo, el noble anciano, sueña con morir (ante el altar de Zeus o donde fuere) sin tener tratos con Queequeg, el raro marica que arponeaba ballenas y se adornaba con cabezas humanas.

— ¡Tragaos vuestras demoníacas mañas igual que el condenado a muerte traga saliva, igual que traga el enfermo la soledad! ¡Quiero la vida de mis enemigos no para cortarla, como la mies madura, sino para oirla respirar y latir, como el aliento de las bestias! ¡Guardad bajo siete veces siete llaves la noticia que ni me importa siquiera! ¡Han muerto ya muchos de mis hijos en el combate y de su muerte nada (ni la salvación de la patria, ni la gloria eterna) me compensará! ¡La feroz y mantenida destrucción puede ser un buen lema caníbal pero no troyano! ¡Estoy harto de ver la sangre de los hombres corriendo sobre la agostada sementera! ¡Nada quiero y todo lo que me pertenece —hasta la vida— lo doy a cambio de la paz! ¡Sean mi corona y mi cetro para quien mejor los sepa ganar! ¡Sea mi corazón para el fuego, ya que no tengo poder bastante para entregarlo al olvido! ¡Sea mi caballo Frontalatte para el caballero Sacripante! ¡Sea mi espada Balisarda para el paladín Roldan! ¡Sean mis hijas para el tálamo del vencedor o para la tumba del héroe muerto! ¡Sea para mi voz, la paz!

Príamo, el noble anciano, con la cabeza levantada y en los ojos el radiante fulgor de la majestad, llamó aparte a Neoptólemo, alias Pirro, príncipe mirmidón, hijo de Aquiles.

— Neoptólemo, hijo de Aquiles, el esforzado, y de Deidamia la gentil, princesa de Esciro: los dioses han dispuesto que la moneda al aire de mi vida pinte en la inexorable y pálida cara de la muerte.

Príamo, el noble anciano, mudó el tono de su voz.

— ¿Te acuerdas, Neoptólemo, de la fábula que Esopo tituló La rana y los niños? Si haces memoria, podrás escuchar aún la estremecida palabra de la rana: —Esto que para ti, niño, es un juego, para nosotros, las ranas, es la muerte. ¿Recuerdas ahora?

Príamo, el noble anciano rey, volvió al enfático acento del hilo de su discurso.

— A ti entre todos, Neoptólemo, he elegido para el histórico trance de mi muerte. Mi hijo Paris mató a tu padre Aquiles. El hijo de Aquiles, para que las estrellas sigan rodando por el firmamento, debe dar muerte por su propia mano al padre de Paris.  Dentro de nueve lunas (para que en la caldera de mi corazón cobre forma la criatura de la caridad) te esperaré ante el altar de Zeus Herceo. Iré sin armas, para no herirme al caer.

En el cielo la novena luna, Neoptólemo mató a espada a Príamo, rey de Troya. Tuvo que darle dos tajos: el primero en la cara (que se la dejó como una calabaza) y el segundo en el cuello (que le separó la cabeza del tronco, salpicando de sangre hasta los más altos capiteles).

A Príamo, el noble anciano rey, lo lloraron amigos y enemigos, y sobre el mundo de tirios y troyanos revolaron los cien cuervos del luto.

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De la floresta nacen, como melodiosos suspiros, las delicadas notas del salterio. Una dulce voz femenina entona las alabanzas del rey muerto, y el bronco coro de guerreros le responde. Está amaneciendo. (Todos los personajes de la acción se cubren con el antifaz.)

— ¡Qué amigo de sus amigos! ♠ (El rey Artús, Carlomagno.) ♠  ¡Qué señor para criados ♠  y parientes! ♠  (El Caballero de Olmedo ♠  y Aspromonte.) ♠  ¡Qué enemigo de enemigos! ♠  (Príamo a todos perdona.) ♠  ¡Qué maestro de  esforzados ♠  y valientes! ♠  (Los guerreros de su campo ♠  y el ajeno.)

En las ondas de la mansa mar sobrecogida, las sirenas lloran y lloran mientras los pescadores la cara en las ambas manosse ciegan para mejor oir el canto de la paz que resuena, por encima de los montes, en loor del rey que supo amarla.

28 – XI – 61

Camilo José Cela
Gavilla de fábulas sin amor
Tranco segundo: La historia troyana

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Picasso - Hèctor

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POR LA CIUDAD, NO POR HELENA

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¡O triste yo, sin ventura!
¡Un amor tan deseado
la muerte, que non se cura,
avérmelo así robado!
¡Maldito sea aquel día,
Archiles, en que nasciste!
Buen Ector, ¿qué te fazía,
que tanto mal me feziste?
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Marqués de Santillana
El planto que fizo Pantasilea

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Héctor combate por la ciudad, no por Helena. Héctor es la imagen misma del deber. Héctor sabe que Aquiles vengará a Patroclo, pero Héctor, en defensa de la ciudad, le corta el joven chorro de la vida. Todo salió según estaba escrito y Helena, ante el cadáver de Héctor, su cuñado, llora al más justo de los hombres. Pentesilea, reina de las amazonas y secreta enamorada del guerrero muerto (¡O triste yo, sin ventura! ♠ ¡Un amor tan deseado ♠  la muerte, que non se cura, ♠  avérmelo así robado! ♠ Buen Ector, ¿qué te fazía, ♠  que tanto mal me feziste?), maldice al capitán a cuyo embate también ha de suéumbir (¡Maldito sea aquel día, ♠  Archiles, en que nasciste!)

Paris, el amoroso, hiere al matador del hermano de un certero flechazo en el talón (el único punto de su cuerpo no mojado por el agua de la laguna Estigia) y lo remata, ya en tierra, de un tajo que le abre el pecho en dos. (Las palomas de Grecia chillaron, aquel día, como el gavilán.)

Andrómaca ha visto ya morir en la punta de la espada de Aquiles a su padre Eeción, el rey de Tebas, y a sus siete hermanos. [Y a su madre, atravesada por el dardo de la amargura.] Ahora sabe que Héctor, que es para ella «padre y madre venerables, y hermano, y esposo florido», también ha de caer ante Aquiles, y le llora —aún vivo y en su propia casa— como si muerto fuera.

Héctor, el sensato, no cree que los griegos luchen por el rescate de la bellísima esposa de Menelao, rey de Esparta. Paris, el príncipe que tañía la lira y pastoreaba ovejas, no raptó a Helena a la fuerza: que se vino con él enamorada y de grado y buena voluntad. Héctor piensa que Zeus provocó el combate, deseoso de aligerar la tierra del peso de tanto hombre como amenaza hundirla. Eris, la diosa de la discordia, fue sólo su instrumento. Hermes se llegó hasta las praderas del Ida, en pos de Paris: el príncipe músico y gañán. Él debe decidir a cual de las tres diosas [o cortesanas, al decir de Antíclides], Afrodita, Hera o Atenea, debe dársele la manzana que Eris, despechada porque no la habían invitado, arrojó sobre el cortejo nupcial de la nereida Tetis, la de los pies de plata como la espuma de la mar, y de Peleo, el cazador de bestias.

tum Thetidis Peleus incensus fertur amore,
tum Thetis humanos non despexit hymenaeos,
tum Thetidi pater ipse iugandum Pelea sensit.

Paris elige a Afrodita, la diosa del amor y de la hermosura, quien le enseña —en premio a su gentileza— las mañas que le brindarán, como un puntual presente, la pasión de Helena.

— No es preciso raptar —piensa Héctor, el prudentísimo— a una mujer que desea ponerse de camino. Menelao y los capitanes griegos bien lo saben, aunque el orgulloso silencio selle sus bocas. Si el poderoso Zeus piensa que sobran hombres pegándose, como la lapa a la roca marina, a la piel de la tierra, a nosotros los troyanos nos toca demostrarle que no somos los que debemos desaparecer.

Héctor, el aplomado, no es un guerrero brillante: que es un soldado eficaz. Héctor, el discreto, sabe pelear pero ignora las arrebatadoras artes de la arenga. Héctor es la viva imagen de la acción: la leal estampa del hombre que defiende la misma tierra que pisa (la ciudad de Troya). Héctor, el sereno, sabe que la lanzada que mata por la patria es el glorioso pasavante de la última navegación. (La dulcísima Tecla von Wallenstein, la flor del corazón de Max Piccolomini, pudo haber pensado que se sabe a ciencia cierta todo lo que se cree con los ojos cerrados y los pies juntos.)

*   *   *

Héctor, que pelea con el pecho al aire —como el azor—, se cubre el cuello con una breve y herrumbrosa cota en figura de mágica mano de Fátima; poco le defiende —cierto es— pero Héctor, que nació para morir en la guerra, no ignora que de nada vale querer vivir un solo día más de los dispuestos por el inexorable destino.

— ¡Sálvese la ciudad, que es lo eterno: perezcan los efímeros hombres en su defensa! ¡Que el todopoderoso Zeus vea, con sus propios y fuertes ojos, que los troyanos no volvemos la cara al deber! Paris, mi gracioso hermano, nació para el amor y la música y la cortesía. Cada cual es hadado por los sabios dioses a un fin previsto y nadie debe nadar a contracorriente de los divinos deseos. Admiro en Paris, mi hermano, su galana apostura, la belleza y el ritmo de sus facciones, el noble aliento de sus lides de amor. Otro es mi rumbo, más espinoso pero no menos noble ni necesario.

Héctor, sentado entre sus soldados y con una copa de vino en la mano, siguió hablando con muy evidente seriedad.

—   Pero os equivocaríais de medio a medio si pensaseis que Paris, mi apuesto hermano, es incapaz de empuñar las armas con igual arrojo y valentía que el más valiente y arrojado de vosotros. Os diré más (servidme vino, d’Artagnan, y desarrugad el ceño que os preocupa): cuando Aquiles se haya cobrado en mi sangre el precio de la derramada sangre de Patroclo, será Paris, con su certera puntería, mi único vengador. Recordad siempre las palabras que acabáis de oir.

Los guerreros, con el mirar clavado en el suelo, guardan silencio. Ninguno de ellos hubiera osado contradecir a Héctor, pero ninguno de ellos, tampoco, cree que sus palabras estén lastradas de verdad sino de amoroso y bien medido y sopesado afecto.

*   *   *

Cuando Aquiles, con las armas nuevas que Vulcano le forjó por orden de Tetis, derriba —mortalmente herido— a Héctor, el predestinado, el cielo de Troya se cegó de dolor.

Héctor, en la agonía (la que fue soberbia y desafiadora cresta de gallo de pelea, flaccida ya y derrotada sobre el duro suelo), aún tuvo tiempo de mirar para los recios muros de Troya, las altas piedras condenadas a ser, mientras la tierra dé vueltas, polvo de las sandalias caminantes.

29 – XI – 61

Camilo José Cela
Gavilla de fábulas sin amor
Tranco segundo: La historia troyana

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[…] la intención de Cela no consiste, de ningún modo, en llevar a cabo una «écfrasis». Esto se debe al hecho de que la «ilustración verbal» de Cela no es fiel, pues no respeta el dibujo. Aparenta inspirarse en él, pero acaba casi siempre por parodiarlo. Es decir, el dibujo (pre-texto visual) se aprovecha como punto de partida de un minirelato que no es ecfrásico sino, a lo sumo, un simulacro de écfrasis. Esta simulación, o sea, la decepción intencionada de la expectativa –por parte del lector- de estar ante la descripción seria de aquel dibujo que se ha impreso al principio del relato, la podríamos considerar una técnica seudoecfrástica.

Creemos, no obstante, que lo esencial de la relación texto/imagen en Cela no está en la descripción, sino en el comentario. De hecho, no vemos a Cela en la tradición de la écfrasis, sino de la emblemática. Como es sabido, el emblema resulta de la combinación de una imagen (pictura) con un lema (inscriptio) y un comentario (suscriptio). Durante el Renacimiento y el Barroco, el comentario tiene la función de aclarar el significado de la imagen. En muchos casos se le atribuye un significado simbólico, moral o didáctico. De todos modos, la pictura y la suscriptio forman un todo homogéneo y persiguen la misma intención semántica. Y esto, precisamente, no es el caso en la combinación de pictura y suscriptio que hay en el relato híbrido de Cela. El comentario celiano no es leal, sino irónico y burlesco. Explica, a lo sumo, un aspecto periférico de la imagen y se dedica, por lo demás, a minarla y subvertirla. Esta falta de solidaridad entre comentario e imagen es el rasgo constitutivo de lo que podemos denominar seudoemblema celiano.

En su famoso ensayo Laocoonte (1756), Lessing expone —simplificamos aquí la argumentación— que lo específico de la pintura (arte simultáneo) es la descripción, mientras que lo específico de la literatura (arte sucesivo) es la narración. Cuando un pintor quiere representar una acción, lo debe hacer —según Lessing— mediante el «momento fecundo», o sea, debe pintar una escena que permita extrapolar un antes y un después. Cuando, por un lado, un escritor como Homero, quiere describir un objeto suele renunciar a la abrumadora enunciación de rasgos característicos y narra, en lugar de ello, la génesis o producciónd el objeto (por ejemplo, un escudo).

Cela, en sus relatos seudoemblemáticos, hace algo parecido. No recurre a la descripción de la imagen (lo estático), sino a su narrativización (lo dinámico). Es decir, la imagen se convierte en acción. Como hemos dicho, el término “relato seudoemblemático” lo utilizamos tan sólo si la imagen es un dibujo, un grabado o un cuadro. (Los relatos basados en fotos funcionan d emanera distinta y se tratarán en un capítulo aparte). Hablamos, pues, de textos “seudoemblemáticos” cuando nos referimos a libros como Gavilla de fábulas sin amor, Once cuentos de fútbol y El solitario.

 

Cela - Picasso - Gavilla

1.2.- Gavilla de fábulas sin amor

La primera colección de relatos seudoemblemáticos se publica en 1962 bajo el título Gavilla de fábulas sin amor. Tenemos poca información acerca de la génesis del libro. Lo que sí sabemos, es que, en 1960, Cela viaja a Cannes para enseñarle a Picasso el número monográfico de Papeles de Son Armadans dedicado al pintor malagueño. Picasso está encantado y hace “un dibujo diferente en cada uno de los ejemplares destinados a los colaboradores del homenaje” (Cela Conde 2002: 127). Cela toma enseguida la decisión de escribir textos sobre los dibujos de Picasso y reunirlo todo en un libro. Al poco tiempo, el pintor da su consentimiento. Aunque el ministro de información (Arias Salgado) prohíba la publicación por el carácter presuntamente pornográfico de los dibujos, con la toma de posesión del cargo por Fraga, en 1962, el libro puede salir.

Gavilla de fábulas sin amor consta de dos partes. Algunos dibujos de la primera parte, a pesar de su carácter no mimético, se pueden relacionar con aquellas personas que estuvieron en los encuentros de Cannes. La segunda parte es, recpecto del tema, más homogénea porque Cela trata, en los correspondientes relatos, de la mitología griega y la guerra de Troya. […]

 

Christoph Rodiek
Del cuento al relato híbrido: en torno a la narrativa breve de Camilo José Cela

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Cela - Picasso - GavillaCamilo José Cela

Gavilla de fábulas sin amor

Ilustraciones de Picasso

Museo Secreto

Ed. Alfaguara. Barcelona, 1965

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Els Himnes Homèrics en versió de Joan Maragall

L’èpica homèrica en l’Evangeli de Marc

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…los hombres, a lo largo del tiempo, han repetido siempre dos historias: la de un bajel perdido que busca por los mares mediterráneos una isla querida, y la de un dios que se hace crucificar en el Gólgota…

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Jorge Luis Borges
El Evangelio según Marcos
El informe de Brodie (1970)

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Homeric epics & Gospel of MarkReading Mark as a Homeric hypertext permits a new solution to the vexing problem of the kind of book Mark intended to write. Earlier scholarship viewed Mark as a passive transcriber of tradition and his gospel as a product of oral-traditional memories of Jesus, but subsequent studies have demonstrated Mark’s artful and thorough redaction of traditions into a coherent literary work, his use of written sources (perhaps even Q, the hypothetical source Matthew and Luke used in addition to Mark), and his sophisticated development of characteriza­tion and plot. Mark must have used one or more literary models, and the quest for them has focused on identifying texts closest to Mark’s genre, the elusive Holy Grail of gospel studies. Scholars have wandered through ancient literature searching for analogs and have returned with several suggestions: Jewish martyrologies, Plato’s death of Socrates, Greek tragedies, aretalogies, folk literature, historical novels, and biographies. The most popular solution avers that Mark intended to write a biography of sorts but was humbugged by the unreliable, legendary traditions available to him. In this book I argue, however, that the key to Mark’s composition has less to do with its genre than with its imitation of specific texts of a different genre: Mark wrote a prose epic modeled largely after the Odyssey and the ending of the Iliad.

Mark’s Jesus shares much with Hector and, even more so, with Odysseus. Odysseus and Jesus both sail seas with associates far their inferiors, who weaken when confronted with suffering. Both heroes return home to find it infested with murderous rivals that devour the houses of widows. Both oppose supernatural foes, visit dead heroes, and prophesy their own returns in the third person. A wise woman anoints each protagonist, and both eat last suppers with their comrades before visiting Hades, from which both return alive. In both works one finds gods stilling storms and walking on water, meals for thousands at the shore, and monsters in caves. Furthermore, Mark’s dependence on the Odyssey suggests elegant solutions to some of the most enigmatic and disputed aspects of the Gospel: its depiction of the disciples as inept, greedy, cowardly, and treacherous; its interests in the sea, meals, and secrecy; and even its mysterious reference to the unnamed young man who fled naked at Jesus’ arrest. But Mark did not steal from the epics, he transvalued them by making Jesus more virtuous and powerful than Odysseus and Hector. Like Hector, Jesus dies at the end of the book, his corpse is rescued from his executioner, and he is mourned by three women. But unlike Hector, Jesus is raised from the dead. Mark may have cut his literary teeth on epic, which also might explain a major incongruity in his composition: despite its rustic, at times barbaric Greek, the Gospel’s literary achievement is brilliant. Some of Mark’s brilliance, I submit, is Homeric radiation.

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Denns R. MacDonald
The Homeric Epics and the Gospel of Mark (pàgs. 3-4)

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[…]

The Calming of the Storm is an apparent imitation of Homer’s story of Aeolus’s bag of winds. Jesus plays a role similar to that of Odysseus; the disciples imitate the crew:

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Homeric epics & Gospel of Mark  2

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Mark not only imitates, he emulates. Odysseus was helpless in the storm, but Jesus, like Aeolus, could calm it.

The next story in Mark is the exorcism of the Geranese Demoniac, where Mark seems to have borrowed from two of Homers’s most memorable tales, Odysseus’s escape from the giant Polyphemus and the rescue of his comrades from Circe, who had turned them into swine. From the Circe tale Mark adapted the adjuring of the hero to do no harm and the motive of turning people (or demons) into swine. Most of the parallels, however, pertain to Homer’s Cyclopeia, which appears in the Odyssey immediately before Aeolos’s bag of winds. In other words, Homer and Mark both told similar tales consecutively, though in reversed order. Once again, Jesus plays the part of Odysseus.

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Homeric epics & Gospel of Mark  3

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The density and order of these motifs, especially the immediate juxtaposition of the stories of sleeping on a ship and the encountering of a monster, surely issue from mimesis. The differences in the stories issue in part from emulation. Odysseus’s violence left Polyphemus blind; Jesus’ powers over de demoniac returned the savage to his senses.

[…]

Mark’s narration of the death of John anticipates the death of Jesus, increasing the reader’s awareness of danger. His models for the death of John seem to have been the story of Esther and especially Agamemnon’s murder at the hands of Clytemnestra.

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Homeric epics & Gospel of Mark  5

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Dennis R. MacDonald
The Homeric Epics and the Gospel of Mark (pàgs. 174-176)

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The reading of Mark proposed here also locates the primary cultural context of the Gospel in Greek religious tradition, not in Judaism. This is not to deny Mark’s Jewish concerns or the influence of the Septuagint. Like many ancient narratives, the earliest gospel was eclectic in its dependence on literary models; Mark was an equal-opportunity imitator. Nonetheless, the bulk of the narrative issues from emulation of Greek epic. None of these three implications — Marcan priority, Johannine dependence on the Synoptics, or Greek cultural context —is new. In fact, they have been accepted by many if not most New Testament scholars for decades. Two other implications, however, are more radical.

This method, if correct, will require a reassessment of the adequacy of form criticism for describing the creation of gospel stories. Like Athena, born full-grown and armed from the head of Zeus, the narratives discussed in this book seem to have been born fully developed from classical poetry. It is entirely possible that before Mark picked up his quill no one had heard of Jesus stilling the sea manifesting his glory to three disciples, sending disciples to follow a water carrier or agonizing all night about his death. Homer, not history or tradition, explains the Gerasene demoniac, the anointing woman, the fleeing naked youth, Joseph of Arimathea, the women who came to anoint Jesus, and the youth sitting in the tomb. This is not to deny the historicity of other information in Mark or the legitimacy of form criticism for describing the origins and transmission of other narratives, but it is a reminder that the earliest evangelist was no mere editor; he was an artist uninhibited in his creation of theological fiction. Mark not only handed on tradition; more than anyone else in the early church with the possible exception of Luke, he created it.

Second, the identification of mimesis in Mark suggests a radical shift in herme-neutics, a reorienting from history or tradition to aesthetics. Mark crafted a myth to make the memory of Jesus relevant to the catastrophes of his day. The recent fall of Jerusalem, the failure of triumphalistic prophecies, and the carnage and probable deaths of his coreligionists prompted this daring artistic response. No narrative from the ancient world was more adaptable to this task than Homer’s Odyssey, the story of another suffering wise man who, after a long absence, returned to punish the wicked and reward the faithful. Mark borrowed from the ending of the Iliad, the death and burial of Hector, another suffering hero, to narrate the death and burial of Jesus. He thus imitated, adapted, and transformed Homer’s epics — as well as biblical texts and oral traditions — and the result is one of the most powerful, compelling, and influential narratives in the history of literature. To mistake Mark’s fiction for early Christian reality, whether historical or traditional, is to slight his enormous and enduring contribution to theology. To appreciate him fully is to accept him as an artist.

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Dennis R. MacDonald
The Homeric Epics and the Gospel of Mark (pàgs. 189-190)

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Jesucrist i Ulisses 

Entrada del blog la serp blanca, en la que
el professor Enric Iborra fa una ressenya de la
tesi de Dennis R. MacDonald (a més de comentaris,
com sempre, molt amables cap a aquest blog)

 

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Homeric epics & Gospel of MarkDennis R. MacDonald

The Homeric Epics and the Gospel of Mark

Yale University Press

New Haven & London, 2000

ISBN: 9780300172614

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Giovanni Pascoli. La pala. El darrer viatge – I

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I

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LA PALA

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I el timó al fogar penjà
a Ítaca l’Heroi navegant.

Fatigat arribava d’un errar terrenal,
cansat de cames, que havia acomplert
portant sobre l’ampla espatlla un rem.
Aquells cercava que no saben el mar
ni naus negres de proes roges,
i sense adobar amb sal tenen viandes.
I ja més llunes s’havien escolat
darrera isardes roques, cercant en va
la blava mar on banyar-hi la llum;
i feia molt que no sentia el cel
l’olor de sal, sinó l’olor del verd:
quan es creuà amb un altre vianant,
que digué; i el vent que udolà nocturn,
es debatia, al seu voltant, als cims,
com un ós en un fossat pregon caigut:

Home estranger, vers el rei vas? Oh! tardà!
Al rei, ja batut és al graner el gra.
Un déu envià aquest oratge, que bufa
avui encara, i ahir ventà la bolla.
Avui, oh tasca tardana, vana és la teva pala.

Digué; però el cor li reia tot de sobte
a l’Heroi que pensava en els mots
del mort, cec, del ceptre d’or.
Que és cec i hi veu, i tot ho sap per mort:
entre els alts àlbers i els salzes estèrils,
en la calitja, ell, beguda a la fossa
la sang, diu: Míser, tindràs pau
quan el rem amanós de la nau
te l’anomenin una ventadora de palla.
I ara, el cor, amb aquell pensament, li riu.

I diu: Home terrenal, hala! no és pala!
Però sia. Bé que ara plantar-la jo vull
a la compacta aridesa del sòl.
Tot té una fi. Odiat per un déu fa temps
jo volo fulla amb qui es rabegen els vents.

I l’altre encara a Odisseu parlava:
Qui ets i de quins homes? vingut
com, entre nosaltres? No ja per l’aire erm,
com algun dels cignes de coll larg,
sinó movent, un rere l’altre, els genolls.
Parla’m, i narra el que és ver sense falla.

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Giovanni Pascoli
El darrer viatge
Poemes convivials
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220px-Giovanni_Pascoli

Giovanni Pascoli (San Mauro di Romagna, 1855 – Bologna, 1912)

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I

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LA PALA

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Ed il timone al focolar sospese
in Itaca l’Eroe navigatore.
 
Stanco giungeva da un error terreno,
grave ai garretti, ch’egli avea compiuto
reggendo sopra il grande omero un remo.
Quelli cercava che non sanno il mare
né navi nere dalle rosse prore,
e non miste di sale hanno vivande.
E già più lune s’erano consunte
tra scabre rupi, nel cercare in vano
l’azzurro mare in cui tuffar la luce;
né da gran tempo più sentiva il cielo
l’odor di sale, ma l’odor di verde:
quando gli occorse un altro passeggero,
che disse; e il vento che ululò notturno,
si dibatteva, intorno loro, ai monti,
come orso in una fossa alta caduto:
 
Uomo straniero, al re tu muovi? Oh! tardo!
Al re, già mondo è nel granaio il grano.
Un dio mandò quest’alito, che soffia
anc’oggi, e ieri ventilò la lolla.
Oggi, o tarda opra, vana è la tua pala.
 
Disse; ma il cuore tutto rise accorto
all’Eroe che pensava le parole
del morto, cieco, dallo scettro d’oro.
Che cieco ei vede, e tutto sa pur morto:
tra gli alti pioppi e i salici infecondi,
nella caligo, egli, bevuto al botro
il sangue, disse: Misero, avrai pace
quando il ben fatto remo della nave
ti sia chiamato un distruttor di paglie.
Ed ora il cuore, a quel pensier, gli rise
 
E disse: Uomo terrestre, ala! non pala!
Ma sia. Ben ora qui fermarla io voglio
nella compatta aridità del suolo.
Un fine ha tutto. In ira a un dio da tempo
io volo foglia a cui s’adira il vento.
 
E l’altro ancora ad Odisseo parlava:
Chi, donde sei degli uomini? venuto
come, tra noi? Non già per l’aere brullo,
come alcuno dei cigni longicolli,
ma scambiando tra loro i due ginocchi.
Parlami, e narra senza giri il vero.
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Giovanni Pascoli
L’ultimo viaggio
Poemi conviviali
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