Archive

Archive for Setembre de 2015

«Adiós, Helena de Troya», de Germán Gullón

..

.

.

Adiós, Helena de Troya

.

A veces el destino juega con nosotros desde la misma cuna, a Helena de Troya se la hizo fina. Su madre eligió esa Helena con h, de tan escaso recibo, porque la señora de la casa donde había servido en Jerez usaba unos productos de Hele­na Rubinstein. La doméstica pasó siete años ad­mirando los anuncios de la susodicha firma en las revistas de doña Rosa, las señoras lindísi­mas, palabras del culebrón televisivo de sobre­mesa, qué porte, qué cutis, y todas parecían di­vinas. Además, como ella se llamaba Higinia, lo de ponerle una hachecita a Elena, ni se lo plan­teó dos veces. Al niñato del registro civil le tuvo que sacar el genio, porque salió con el patatín y el patatán que desde Homero y el código civil, y ella gritó con los bríos heredados de su madre, sardinera de Santander, que hizo al chupatin­tas repetirse acobardado toda la tarde aquello de por qué cono me meteré en camisa de once varas.

De harina de muy otro costal procedía el ape­llido. El hombre de la Ginia, un conocido zote, Lorenzo, nunca había servido para mucho. Ya en la mili el alférez de complemento de Zamo­ra, a quien servía de ayudante, le caló, Lorenzo, Lorenzete, tú sólo sirves para hablar de titis, eres un papanatas emporrado. El tal milite, doc­tor en medicina por Salamanca, le predijo así el futuro, como si leyera en la bola de cristal de Zu­que, el mago de Melilla. El Loren regenta ahora una mísera lechería, donde se despachaban las leches enteras, semis y des, y también cocas, fantas, yogures, y otras cuatro chucherías. La vida se le fue piropeando a las criadas del barrio. Jerónimo, un estudiante de derecho, que se pe­gaba atracones de Hacienda Pública por las no­ches, y residía en el primer piso en cuyos bajos tenía la cueva lechera el fulano, nunca se metía en la cama hasta las ocho de la mañana, cuan­do pasaba la primera oleada de furia piroperil del Lorenzo. Al igual que los fumadores al le­vantarse por las mañanas sufren accesos de tos, Lorenzo cuando levantaba el cierre de la leche­ría se le afinaba el pico. ¡Chica, qué guapa vie­nes! ¡Marisa, estás que lo derramas! ¡Adiós niña, hoy ni saludar, tendrás miedo a que el novio te vea conmigo! ¡Ay, si te cojo! Alguna vez, en la primavera o comienzos del verano, cuando la sangre corría con mayor desembarazo, el Lo­ren especificaba mejor los encantos femeninos, empleando una voz gorda, grave. En varias oca­siones, cuando se amostazó la patrona, se armó la de Troya.

Y hablando de Troyas. Todo fue culpa del pa­dre, de Manuel Antonio, el Tonete, progenitor del lechero de Higinia, que las palmó sin haberlo reconocido, y el Lorenzo estuvo a punto de morir en el arroyo, porque su mamá, Ángela, lo que menos necesitaba era un rorro, precisa­mente cuando el Loren asomó un cogollito de pelo negro grasiento por donde nacen los niños. En ese preciso momento la Gela se cagaba, entre ayes, ay, ay, ay, en todos los santos, diciendo lle­varos a eso de mi vista, pues lo único que ha he­cho es joderme, como el cabrito de su padre. To­tal, Lorenzo nació con la cruz en la frente.

Una amiga de la Gela se lo llevó a Sevilla, con el fin de colocarlo, porque tenía un corazón de oro, o mejor dicho, con el relleno que dicen tie­ne el de la sagrada familia. Tanta bondad y bue­na fe la condujo al Palmar de Troya, guiada por un tal Juan Izquierdo, sujeto avisado que llegó a ser medio obispo de un tinglado espíritu-religio­so. Gustaba de presentarse en público emulando a José (Juan), María (Gela), y el Niño (Lorenzo). Cuando la Guardia Civil vino un día exigiendo papeles, Loren quedó asentado con el nombre de Lorenzo de Troya, y de ahí el Helena de Troya.

Lo del nombre pasó desapercibido hasta que en la escuela un maestro, que había asistido a las clases de Agustín García Calvo en la Univer­sidad de Sevilla, buen conocedor de la literatura clásica, levantó la liebre. De nuevo ardió Troya, porque la Helena dijo que nanay de guerras y complicaciones, y trazó con tino seguro su ge­nealogía, de Higinia a los anuncios de la Rubinstein, una mujer que nunca envejecía, nunca se la conoció ningún lío, y que se la podía cono­cer mirando un retrato suyo en el escaparate de la farmacia de la plaza mayor. La cosa quedó ahí, únicamente el lechuguino, que una vez al mes peregrinaba a cierto piso de la calle de la Ballesta de Madrid a tomar clases de alemán del maestro García Calvo, cuando pasaba lista, tras leer Helena de Troya levantaba la cara hacia ella con una media risita; la alumna se decía para sí: vaya cara de gilipollas que pones, macho.

Con tales antecedentes nadie se sorprenderá de saber que Helena de Troya acabó siendo ofi­cial de aduanas, destinada en la frontera hispano-francesa. El trabajo era fácil; sólo cuando ha­bía alarma de droga, un día sí y otro también, o de atraco en un banco próximo a la divisoria, se complicaba la cosa; la verdad, los franceses le tienen miedo hasta a su sombra, y les gusta sa­car la autoridad, especialmente a los polis de in­tervención rápida, los fardones que van vestidos a lo estarwars. Desempeñaba sus funciones em­parejada con un compañero francés, Héctor Fournier, un rubito de ojos azules bastante majete, agradaba verlo con su uniforme bien plan­chado. Desde el primer día que les presentaron, Helena a partir de ahora trabajaremos en pare­ja, un aduanero español con uno francés, se ca­yeron bien, ella incluso dijo: encantada. Notó enseguida que Héctor la prestaba poca atención, y que ninguna postura, inclinarse hacia delan­te para que el culito quedara bien levantado, los infalibles, según la revista Cosmopolita, puñetacitos en el pecho (le faltaban los pelazos negros) para excitar al macho, o arrastrarle por el bra­zo para que perdiera el equilibrio y tuviera que agarrarse a algo sólido, nada. Héctor sonreía como los políticos, sin sentir ni frío ni calor.

El trabajo, aparte de las alertas de alijo de dro­ga, era sencillo: a los europeos, pista libre, al res­to registro e intimidación. Los que se aproxima­ban al perfil robot del sospechoso confeccionado por Europol, comprobación de la identidad y re­gistro de la persona y de las pertenencias. El procedimiento a seguir, repetido por los instruc­tores de la escuela de aduaneros millones de ve­ces, se reducía a: identificar a los sospechosos aplicando el perfil, cabello negro y rizado, sos­pechoso; si venía acompañado por ojos negros y mirada desafiante, a ésos interrogatorio; báje­se del camión, y pase a la oficina, por favor. Sen­tarles, pedir documentación, verificar su auten­ticidad, y pase a la habitación. Tras un par de minutos entrar y cachear al sospechoso.

Literalmente ardió Troya el día en que Helena y Héctor cacheaban a un tal París Maujab, un jovencito moreno, de mirada penetrante, que no se ajustaba al perfil, por tener el pelo liso y esca­so, pero que Héctor insistió en que sí. Sin discu­tir, Helena le dijo alce los brazos, y cuando em­pezó a cachear le miró a los ojos, notando que se le ponían brillantes, entonces vio que Héctor tenía los suyos cerrados y pasaba su mano ¡por el culo! del individuo en cuestión. ¡El muy mari­cón! Lo sospechaba, pensó Helena. ¿Por qué me lo ocultó? Sin pensarlo dos veces prosiguió el re­gistro, pero le metió la pierna entre las suyas al registrado, apretándole suavemente al bulto, y se acercó a él, hasta notar su agradecimiento.

Al terminar el cacheo, Héctor rellenaba parsi­monioso y funcionarial una forma. ¿Encontras­te algo? Ella miró a París Maujab, y no contestó. Puede irse, señor Maujab, dijo Héctor. Salimos al mismo tiempo de la oficina, y esa noche en Biarritz, en el aparcamiento para camiones, La Fleur d’Occident, durante un cacheo menos pro­fesional del sospechoso para entender por qué Héctor se detuvo donde lo hizo se escuchó: Yo tampoco discrimino, me gusta tanto lo que mira al sur como lo que mira al norte.

París insistió en que lo acompañara de rutera, ella contestó que la obligación la mandaba incor­porarse al trabajo, añadiendo que cada vez que cruzara la frontera preguntase por Helena de Troya, y que lo atendería con cariño y amistad.

El destino las juega que pa qué. París acabó convenciendo a Helena, y terminó llevándosela a su país. Hoy la conocen con el nombre de He­lena Maujab, y sus hijos se parecen al padre, he­redaron también el talento para las lenguas. El maestro recomienda que el mayor estudie latín y griego, enorme trastorno porque la única es­cuela está a quince kilómetros de la casa. Héc­tor, que también abandonó los líos de las fron­teras, y funge de administrador del negocio de transportes, Mercancías Maujab, se ofreció con su amabilidad habitual a llevarlo todos los días, o si no que lo haría Mohammed, su compañero. La pequeña Salomé de momento no se descose de las faldas de la madre.

París sigue cruzando fronteras, a veces des­cansa nostálgico en La Fleur d’Occident, y nun­ca deja de congratularse por la suerte de haber encontrado un talismán como Helena. Ella, a su vez, todavía se derrite cuando la llama por su nombre, y desde la cabina del camión, con el pelo algo más ralo y luciendo unas gafitas con marco de metal, con lo que recuerda a Salman Rushdie, le dice sonriendo moruno: Adiós, Hele­na de Troya.

(Una sesión continua de Los diez mandamien­tos y Le chien andalou complementan la lectura anterior. Si hubiese que poner una ilustración al cuento podría utilizarse alguna imagen abstracto-paródica pintada por Salvador Dalí o, me­jor, cualquiera de las imágenes de Salomé que tanto les gustaban a los modernistas.)

Germán Gullón (Santander, 1945)

Germán Gullón
(Santander, 1945)

.

Germán Gullón
Adiós, Helena de Troya

.

.

.

.

.

Adiós HelenaGermán Gullón

Adiós, Helena de Troya

Col. Ánfora y Delfín, 796
Ediciones Destino. Barcelona, 1997
ISBN: 9788423328482

.

.

.

«…veig el vent sense ales ni plomatge i tinc paralitzades les barques a la platja…»; David Jou.

.

.

.

Agamèmnon.- No hi ha remor ni d’ocells ni del mar,
en efecte, i el silenci dels vents s’estén per aquest
estret de l’Eurip.

Eurípides
Ifigenia a Àulida
Traducció de Maria Rosa Llabrés Ripoll

.

.

.

.

VARIACIONS SOBRE EL TEMA
D’IFIGÈNIA A ÀULIDA

.

Com una forma trista d’ocell en un cel baix,
anònim, veig el vent sense ales ni plomatge
i tinc paralitzades les barques a la platja
i el meu desig es migra de no poder marxar.
.
Els ideals no saben a quin incert demà
estan predestinats, i volen aventura,
i giren dintre meu i em torben amb la dura
mirada de rancúnia d’un llarg ressentiment.
.
Caldrà algún sacrifici, ja ho veig, per cridar el vent,
per envestir la sort i anar d’una vegada
a Troia i a la pura ciutat imaginada
dels versos impossibles d’un altre naixement.
.

David Jou (Sitges, 1953)

David Jou
(Sitges, 1953)

David Jou
Mirall de vellut negre

.

.

.

.

.

.

.

David Jou - Mirall de vellut negreDavid Jou

Mirall de vellut negre

Els llibres de l’Escorpí. Poesia, 67
Edicions 62. Barcelona, 1981
ISBN: 8429717447

.

.

.

«Vreden, Gudinde! besyng, som greb Peleiden Achilleus». La invocació de la Ilíada en danès, per Christian Wilster

.

.

.

.

Vreden, Gudinde! besyng, som greb Peleiden Achilleus
Rædsomt, og Qvaler i tusinde Tal Achaierne voldte.
Heel mangfoldige Heltes behjertede Sjele den skikked
Ned til Hades’s Hjem, og for Hunde til Rov som for alskens
Fugle den gav deres Liig, — fuldbragt blev Zeus’s Beslutning —
Alt fra den Stund, Uenighed først og Splid havde reist sig
Mellem den Ædling Achilles og Mændenes Drot Agamemnon.
.

(1797 - 1840)

Christian Wilster (1797 – 1840)

Homers
Iliade, I, 1-7
Traducció al danès de Christian Wilster (1836)

.

Ilíade - Christian Wilster.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Ilíade - Christian Wilster - 2

.

.

.

Ilíade - Christian WilsterHomers

Iliade

Traducció al danès de Christian Wilster

Forlagt as Universitetsboghandler, C.A. Reitzel
Kjøbenhavn, 1836

.

.

 

Ifigenia a «Jacobè», de Joaquim Ruyra

.

.

“Els grecs. Meravellosa font, model puríssim”

Joaquim Ruyra

.

.

.

Joaquim Ruyra

Joaquim Ruyra (Girona, 1858 – Barcelona, 1939)

[…]

L’estiu passat, al tornar de les aules a fi de curs, vaig rebre al cor una forta sotragada al compendre tot d’una la terrible veritat. La Jacobè estava feta una calavera. Magra, tremolosa, amb els ulls fondos i el mirar esbarriat, va comparèixer a saludar-me. Només va adreçar-me un somrís, com si m’hagués anat veient cada dia, i de seguida va retirar-se a la seva cambra amb un caminar desmanyotat, arrossegant pesadament les xinel·les, que duia a retaló. Vaig restar com aombrat d’un llamp. La dida m’estava observant dreta a la llinda d’una porta, sadollant-se amargament de la dolor que es pintava en la meva cara; però no em va ser possible dissimular. Després d’un llarg silenci, la bona dona va rompre en un gemec:

—Filla meva! ¡filla de les meves entranyes!

Les llàgrimes li degotaven per les galtes, i jo em sentia escanyat per un sanglot contingut.

—Ja ho veus, Minguet —Va afegir de seguida—; —aquesta noia se’m fon com un terrosset de neu. Jo no sé pas què fer-hi: li dono tot lo que vol… vianda, més que un llop no en dragaria… Oh! i que se la menja! perquè de gana no n’hi manca pas; però res no li aprofita: se m’aflaqueix com si li robessin la carn a grapats; ella, que feia aquell goig que enartava, ¡tan grassoneta! I surt amb uns estaribots!… ¡Redéu, com s’és tornada! Hi ha dies que la dóna per rentar, i em tira al safaretx els quadros, els llibres, les sabates… tot lo que li sembla brut, sigui lo que vulgui; i, apa!, ensabona que ensabona. ¡N’ha malmeses, de coses! I ara sempre té calor, ella que era tan fredeluga. Moltes nits, a l’hivern, me la trobava asseguda sobre el llit, en camisa, amb la finestra oberta. Entén-ho, això. El metge no sap lo que s’hi pesca: que banys freds, que potingues de ca l’apotecari… Res hi val. Els veïns… mala pesta els sec!… s’hi diverteixen i diuen que ès boja. I jo no sé si sóc jo mateixa, que m’hi he tornada; perquè, vaja això no em cap al magí: és horrorós, horrorós! Què hi dius, tu, Minguet?

[…]

—I què ha dit el metge? No ha vingut, avui? .

—Mira, no me’n parlis, del metge: ja em té sofregida. Fa més de tres setmanes que llenço les receptes a les escombraries. És un toca-sardanes: no sap per quines mars navega. Ramonet, Ramonet, quina paret toques!… uix!… Ara surt amb que el mal gam de la noia ve de les borratxeres del seu pare i dels seus avis. ¿Oi, quina pensada? Jo bec i tu et mareges. ¿Vol-se’n anar al… Déu me contingui!… I mentrestant la Jacobè se’m va morint, se’m va assecant com els pàmpols de la parra, emmalaltint-se més i més a cada glop de medicina que pren. ¡Al diable, les potingues!… No, aquest mal no ès dels que es poden guarir de mà de metge o de manescal: prou que ho veig! Ah, Minguet! corren unes persones ben dolentes!…

 […]

Surto de la casa apesarat. Capbaix i caminant d’esma, me’n vaig ensomniat anguniosament per les imatges de la realitat i per les d’un esdevenidor, més dolorós encara, que estic preveient.

A l’arribar a mig carrer de Mar m’aturo, perquè he vist el doctor Calvet i desitjo preguntar-li de la malalta. El bo de l’home deu tenir alguna visita urgent: va de pressa de pressa. Duu les mans encalofornades a les butxaques del paltó, la mangala sota l’aixella, i el barret al clatell. És blanc de celles, blanc de pestanyes, blanc de cabells i blanc de cutis: en la seva carassa magra i ossuda no hi ha més que blancor, llevat de la tinta blavissa que li acoloreix esblaimadament les nines dels ulls i les venes, que li arboregen pels polsos. Camina de pressa, i tan distret, que no s’adona de mi fins que em planto al davant seu a mitja passa de distància. Aleshores fa un surt, s’atura, m’examina un moment amb mirar miop, i deseguida tanca les parpelles, amb lo qual la seva cara acaba d’esblanqueir-se del tot. Vaig a parlar, però no em dóna temps. Sense obrir els ulls més que de tard en tard i a mitges, diu així, de correguda:

—Ja sé lo que em vols preguntar. Es tracta de la teva teta: oi?… de la Jacobè. Està mala, mala, malíssima. Res: t’ho diré en quatre paraules. Tu, que has estudiat els clàssics grecs, recordaràs, segurament, el cas de la Ifigenia, filla del rei Agamenó, que va ser condemnada a morir en expiació d’una falta del seu pare. Doncs vet aquí un símbol de gran realitat. ¿No m’entens?… He, he, he… En la naturalesa passa així mateix que en la faula, igual, igual: els innocents expien els pecats dels culpables. No es perdona res: cada falta ha de portar el seu càstig, i lo que no ha satisfet en Pau, ho paga en Nicolau. És salat: oi?… He, he, he… Tal vegada jo no patiria de ronquera si el meu besavi no hagués sigut tan aficionat a mastegar tabac negre. Què hi hem de fer? És la llei: flectamus genua. La Jacobè està sota el ganivet del gran sacrificador, un sacerdot implacable en l’exercici de les seves funcions sagrades. Vés: detura el cop, tu. És lo mateix que si et volguessis despullar de la pesantor quan caus daltabaix d’una timba. He, he, he… Aquelles disbauxes, aquelles embriagueses, aquelles brutalitats de tota mena dels serradors, algú les ha de pagar. És inútil que m’estireu els faldons «-Senyor doctor! senyor doctor! un remei, una medicina!…» No hi sóc a temps. Us heu atipat de metzines durant anys i panys i generacions, i voleu que se us curi en el curt espai d’una malaltia. ¡Aneu-los esperant, els miracles!… Allò de que la Ifigenia, ja dalt de l’ara, s’hagués salvat per obra i gràcia d’un déu, és la part inverosímil de la llegenda; és lo que no esdevé mai. ¡Aneu-los esperant pla, els miracles!… He, he, he… Res: no hi comptis, amb la teva teta. Lasciate ogni speranza.

Es treu el rellotge de la butxaca, se’l posa a frec del nas per mirar l’hora, i exclama, arrencant a caminar desaforadament:

—Dos quarts de tres!… Ui, ui, ui!…

Jo prossegueixo el meu passeig, tot donant voltes a les fondes idees que el doctor Calvet acaba de suggerir-me en mig de les seves rialletes cíniques. ¿Serà cert que els nostres vicis més secrets i més íntims no ens afecten a nosaltres sols, sinó que produeixen una sement de dolor que anirà grillant de generació en generació en el cor dels nostres fills? ¡És clar com l’aigua… i no m’hi havia parat mai!… O Déu meu! Tots ens apenem d’oprimir algun cor, de causar algun turment als nostres semblants, i, no obstant, ens lliurem tranquilament a certs excessos que en apariència no danyen tercer i… ¡ah, si veiéssim les llàgrimes que faran vessar!…

[…]

.Jacobé - Ruyra

Joaquim Ruyra
Jacobè
Pinya de rosa

.

.

.

.

.

.

.

.

Ruyra - Pinya de rosaJoaquim Ruyra

Pinya de rosa – Vol. I

Biblioteca Selecta, 19
Editorial Selecta
Barcelona, 1952 (5ª ed.)

.

.

.

Els estralls dels dies a l’«Odisseu» de Josep M. Fulquet

.

.

.

ODISSEU

.
Hoste dels anys, entres, peu nu,
…..a la casa en silenci:
.
el corredor fosc, suspès
a la quietud calenta de migdia,
els llençols damunt mobles antics,
una calma de llavis.
.
Tot això entra sens treva
per les escletxes del temps,
pels finestrals
d’aquest record que salva.

.

Josep M. Fulquet
Platges de temps

.

.

.

.

“A poemes com «Odisseu» de Josep M. Fulquet (Barcelona, 1948), […] l’heroi amb prou feines és un nom i un altre lleu motiu per a la reflexió omnipresent en el llibre, Platges de temps (1980): el retorn constata els estralls dels dies.”

Miquel Àngel Navarrete / Josep M. Sala-Valldaura
La tela de Penèlope: Entre la grècia clàssica i la poesia catalana actual.
Zeitschrift für Katalanistik 1 (1988) 93-105

 

.

.

Fulquet - Platges de tempsJosep M. Fulquet

Platges de temps

Els llibres de l’Escorpí. Poesia, 58
Edicions 62- Barcelona, 1980
ISBN: 842971594-O

.

.

.

 

Paràbola sobre la ceguesa (d’Homer), a l’Extinció, de Sebastià Alzamora

.

.

And poor old Homer blind, blind, as a bat

Ezra Pound
Canto II

.

Orb  com una rata pinyada […]  Homer…

Sebastià Alzamora
L’Extinció

.

.

.

ExtincióEscrivia:

Primera paràbola sobre la ceguesa. Orb com una rata pinyada, el vell i bon lladre Homer s’encaminava cap a Es­mirna, de bracet d’un companyó que havia fet per aquells camins que només ell coneixia. Es dirigien a un prostíbul ben conegut pels ciutadans d’aquell indret, que era regentat per una puta tan vella com el mateix Homer. Aquesta bagassa era coneguda amb el nom d’Europa, i, tot i que era protagonista de diversos coverbos i facècies populars, relatius a blennorràgies, gonorrees, lladelles i tota casta de xacres afectes als baixos, no deixava de ser una antiga i bona amiga d’Homer, i aquest sabia que ell i el seu mosso podien esperar-ne els beneficis de les comoditats que el cansament dels seus cossos exigia. Feia vint anys que Homer havia marxat d’Esmirna i mai fins aquell dia no hi havia pogut tornar, de manera que ja eren molts els qui el donaven per mort, gairebé tants com els pretendents a ocupar el jaç que Europa li reservava, sempre net i adesat, per si mai es decidia a revisitar el seu bordell. I avui era el dia en què Homer tornava a Esmirna i ho feia sense cap més possessió que la companyia i l’assistència del seu jove amic, però sense un ral dins la bossa, perquè ja feia anys que havia perdut la joventut i la vista, i ningú no mena­va por ni respecte a un lladre en aquelles condicions, per molt temut i sanguinari que hagués estat en altres èpoques: Homer, en efecte, era un lladre molt cercat, però d’un temps ençà, quan topava amb agutzils o sol­dats, el deixaven anar amb condescendència, ruixant-lo amb un plugim de befes doloroses. Aleshores Homer se sentia atacat per la melangia, i referia al seu company el relat de com havia estat, de jove, hostaler a la Bretanya, cap d’una família bella, pacífica i temorosa del Destí, i amo d’un negoci modest però pròsper. Se’l menjava, però, en aquells dies calmosos, una estranya recança: te­nia necessitat de recórrer terres llunyanes, i s’enyorava de llocs remots i ignorats que mai no havia de conèixer, si no era al preu d’abandonar casa, fortuna, fills i muller. Tanmateix es va determinar a fer-ho quan va conèixer un músic insòlit sobre el qual era capaç de divagar temps i temps, enraonant i inventant històries; en qual­sevol cas es devia tractar d’un home francament singu­lar, que li havia produït un impacte extraordinari. Gràcies a l’impuls que en va saber treure, Homer es va endinsar continent endins, convertint-se en un bandejat cèlebre, fins al punt que la plebs havia arribat a atribuir-li l’autoria d’una certa obra poètica. Però sobretot, l’entrega a un vagareig inajornable havia compensat Homer amb la coneixença d’Europa, la prostituta d’Esmirna, el verta­der amor que havía conegut al llarg de la seva vida, ja tan dilatada com atzarosa.

I ara hi tornava. Al cap de vint anys tornava a Es­mirna per reposar el cap damunt la falda del seu amor, perduts el nom, la força i les possessions, i ric tan sols d’un gaiato i de les atencions d’aquell noi que es deia el seu deixeble. Caminaven pels carrers i les places porticades de la ciutat, i, tan trista i desolada devia ser la seva estampa, que molts els oferien almoina, o, si més no, un plat de calent a la seva taula. Homer anava foragitant els samaritans amb renecs i improperis, i d’aquesta ma­nera acabaren trobant el portal del prostíbul d’Europa. Quan hi arribaren tot foren festes per part de les meu­ques, car totes coneixien el vell i bon lladre Homer: les més velles, perquè hi havien conviscut molts anys enre­re; les més joves, perquè anaven amb el cap ple de les històries que se’n contaven i amb els ulls humits pel gest de la seva madona, que cada dia preparava el llit per a aquell desconegut que tots donaven per difunt. Final­ment Europa davallà les escales i, amb els seus ulls ena­morats, veié tot el vestíbul de casa seva ple de la huma­nitat d’aquell rodamón que tornava amb el propòsit de deixar-se estimar per ella fins a la mort. Ho acceptà se­renament, sense sorpresa, amb l’alegria segura de qui rep una paga justa. Somrigué contemplant com Homer espantava els pretendents amb les últimes engrunes de la seva llegenda ferotge, i després l’abraçà i el besà entre els cridets d’emoció de totes les altres putes. Homer demanà llavors, commogut, pel seu companyó, i fou gran la seva sorpresa quan li respongueren que no havien re­parat, a la seva arribada, que anàs acompanyat de ningú, i que si de veres un jove havia vingut amb ell fins a la casa, es devia haver esmunyit del seu costat en el mo­ment de picar a la porta.

Homer deixà de cavil·lar sobre el noi quan Europa el prengué de la mà i el féu pujar a la cambra dins la qual un llit havia restat intacte durant vint anys, esperant aquell encontre. Una vegada allà, i sense més preàmbuls, la dona es despullà de les fines vestidures que cobrien el seu cos, el qual, tot i que havia envellit també, ho havia fet millor que el d’Homer, i deixà que les mans tan des­pertes del cec palpassin la tebiesa d’una pell que, a pesar de les arrugues, s’havia conservat delicada i poderosa. A continuació el despullà a ell, i abans de donar inici als jocs de l’amor, Europa oferí a Homer una copa d’un brandi vell, robust i olorós, procedent d’aquella Bretan­ya que havia vist néixer el lladre. Quan Homer se l’ha­gué pres, Europa afirmà que aquell era el beuratge amb el qual Circe encantava la voluntat d’Odisseu. Homer començà a sentir un lleu i dolç mareig; si hagués estat capaç de veure-hi, se n’hauria adonat que la figura nua d’Europa no es reflectia en el mirall que hi havia penjat del sostre, part damunt el llit.

.

Sebastià Alzamora
L’Extinció

.

.

SEBASTIÀ ALZAMORA

Sebastià Alzamora (Llucmajor, Mallorca, 1972)

 

.

 

..

 

.

ExtincióSebastià Alzamora

L’Extinció

El balancí, 345
Edicions 62.Barcelona, 1999
ISBN: 9788429745061

.

.

.

 

La ceguesa d’Homer, segons Gemma Gorga

Per a l’Oreto
@ariadnalaberint

.

And poor old Homer blind, blind, as a bat

Ezra Pound
Canto II

.

.

Processionària

.
Com cada primavera
el cuc del pi abandona les capçades
i camina disciplinat cap a la devastació
.
(vénen de la seda i de la joia del blau
i baixen cap a l’obscuritat il·legible
que regna entre els morts).
.
Cap i cua, cap i cua, cap i cua,
erugues enganxades les unes a les altres
com un reguerot indistingible de carn i sofre,
.
enganxades com les paraules que formen el vers,
cap i cua, cap i cua, cap i cua,
urticants i voraces de sentit.
.
Deien els avis que si en acabat
de tocar-les et fregaves els ulls
podies quedar-te cec.
.
I penso en Homer,
penso en el poeta que dorm incaut
a l’ombra del pi
d’on cada primavera
baixen inacabables rengleres
de qui sap què.
.
Gemma Gorga
Mur

.

.

Gemma Gorga (Barcelona, 1968)

Gemma Gorga
(Barcelona, 1968)

.

 

.

 

..

.
.

.

 

.

Gorga - MurGemma Gorga

Mur

Mitilene, 35
Meteorα. Barcelona, 2015
ISBN: 9788494247590

.

.

.