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Els ὑγρὰ κέλευθα, líquids camins, molles senderes, camins de la mar… que cal cercar, obrir, explorar. Joan Bastardas i Aida Míguez.

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Qui sou, forasters, i d’on veniu pels líquids camins?
Aneu pels vostres afers, o bé a la ventura del mar
com van els pirates, que arrisquen la vida fent mal a la gent.

Himne a Apol·lo Piti
Versió de Joan Maragall. 1913

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Oh, forasters, qui sou? D’on veniu navegant per les molles
senderes? Aneu per cap tràfec o bé correu l’aventura
com a pirates, per mar, que van errívols jugant-s’hi
la vida, i portant desgràcia als homes de terres estranyes?

Odissea, IX 254-257
Traducció (1ª) de Carles Riba. 1919

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Veles e vents han mos desigs complir
faent camins dubtosos per la mar

Ausiàs March
XLVI

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Els camins de la mar destria
la nau de l’àncora d’argent.

Tomàs Garcés
Paradís. 1931

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Les barques de Sinera
no surten més,
perquè els camins de l’aigua
són fets malbé.

Salvador Espriu
Cementiri de Sinera. VI. 1946

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Segurament per una deformació professional —que espero em serà perdonada— vull començar referint-me a una ben coneguda i també debatuda reconstrucció semàntica del mot indoeuropeu que ha donat origen al grec πόντος, ‘mar’. La comparació amb els significats que presenten les paraules del mateix origen en altres llengües indoeuropees (entre elles el llatí pons, ‘pont’, i el sànscrit pánthāh, ‘camí’) havia permès de conjecturar amb bons fonaments que el significat originari, del qual calia partir, era el de ‘camí’. Llavors, el ‘mar’ hauria estat per als grecs el ‘camí’ per excel·lència, com per als llatins ho hauria estat el ‘pont’. Tanmateix, darrerament aquesta idea ha estat rectificada i s’ha aconseguit de precisar que no es tracta d’un camí que el vianant troba obert i fressat, sinó més aviat d’un pas travessós, ple de dificultats i entrebancs, que cal franquejar. És en aquest sentit que per als grecs el ‘mar’ és ‘camí’: obstacle i lloc de pas al mateix temps, lloc per on és possible obrir-se pas; mitjà de comunicació dificultós, però que tanmateix uneix més que separa.

Joan Bastardas
Els «camins del mar» en la poesia catalana del segle xx (accés en línia)

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Bosques, monstruos, soledades

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Decíamos que el adjetivo hierós parecía referirse a todo aquello en lo que se percibe crecimiento y movimiento espontáneo, ímpetu y vitalidad intrínseca: un pez, un pájaro, un río, un bosque. A fin de considerar la cuestión de si hay además determinadas figuras divinas correspondientes a esta noción, vamos a recordar qué tipo de viaje o camino se supone que ha hecho Odiseo en la Odisea.

Se trata de un viaje o camino en el que se pierden el rumbo y la orientación, el cual, precisamente por eso, deviene espacio de investigación, visión y conocimiento. Ya en el proemio, los verbos que definen al personaje cuyo nombre por de pronto se omite son verbos de conocimiento (1.3): el «varón» es quien ha errado y conocido mucho; el anér es precisamente el que ha visto y conocido. A Odiseo lo identifican no tanto su nombre propio y su linaje como más bien sus «aventuras cognoscitivas». Odiseo mismo se refiere en cierto momento a su mucho errar y vagar en términos de «interrogar» o «explorar» las «vías del mar» (12.259, exereeíno, una forma de exeréo, está en la base de ereunáo: buscar, examinar, explorar). Ahora bien, las «vías del mar» no son nada que haya con independencia del inquirir, investigar y explorar mismo, sino que son precisamente su resultado: antes de la navegación, en el mar no hay ni vías ni caminos ni marcas por las que orientarse —el mar carece de límites; lo que no tiene límites no es, no puede pensarse ni figurarse ni conocerse en absoluto: se escurre, se escapa—. […]

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Aida Míguez Barciela
Talar madera.
Naturaleza y límite en el pensamiento griego antiguo

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Joan Bastardas

«Els camins del mar» i altres estudis
de llengua i literatura catalanes

Publicacions de l’Abadia de Montserrat
Barcelona, 1998
ISBN: 8478269371

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Aida Míguez Barciela

Talar madera
Naturaleza y límite en el
pensamiento griego antiguo

La Oficina. 2017
ISBN: 9788494615801

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Mortal i fúnebre. Una lectura atenta i rigorosa de la Ilíada de la mà d’Aida Míguez Barciela

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.aida-miguez-mortal-y-funebreTodos somos hijos de eso que llamamos «Grecia», pero bajo la condición de ya no poder ser griegos nosotros mismos. Una engañosa familiaridad disfraza el abismo que nos separa del fenómeno griego, que por eso se nos aparece siempre también como un misterio. En ningún lugar se hace esto más evidente que en nuestro trato con los clásicos: la Ilíada y la Odisea confirman el núcleo de nuestra tradición literaria, pero ¿cuánto hey de griego en nuestra experiencia como lectores de Homero?

En Mortal y fúnebre, Aida Míguez Barciela trata de medir esa distancia. Elaborando una lectura atenta y rigurosa del lenguaje de la Ilíada, la autora nos plantea entre otras cosas el problema de Aquiles —figura que solo en muerte consiste y a quien la muerte acompaña— como una cuestión acerca de la esencia misma del poema: el brillo y la fama de la muerte. Son Aquiles y su relación con la muerte nuestra piedra de toque para preguntarnos cómo hemos dejado de ser (pero seguiremos siempre siendo) griegos.

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(De la presentació editorial)

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VI: El sabio ve el «mundo»

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Entre cielo y tierra

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La écfrasis empezaba con el verso: «En [el escudo] la tierra hizo, y el cielo, y el mar» (18.483). Tierra, cielo y mar delimitan el ámbito en el que sucede todo lo que sucede. «Tierra» se dice en griego khthón, gê, (g)aîa-, también ároura es «tierra», pero vista como tierra de labranza. El sustantivo epikhthónios, algo así como «que está sobre la tierra», es una manera habitual en la Ilíada de referirse al hombre: el que mora en asentamientos situados «bajo el sol y el cielo estrellado», aquel ser terrestre y no celeste (4.44-45). Apolo recuerda a Diomedes su condición mortal: «puesto que nunca de estirpe semejante | son los inmortales dioses y los hombres que marchan sobre el suelo» (5.441-442). Los mortales son los que comen el fruto de la tierra (6.142) y sobre ella ven brillar la luz del sol. Cuando alguien quiere referirse al hecho mismo de vivir puede decir, como Aquiles, «Nadie, mientras yo viva y sobre la tierra tenga visión…» (1.88). Los que pisan la tierra y sobre ella ven la luz la llaman «la que a muchos nutre» (3.89), la que «hace crecer», la que «dona vida» (physízoos: 3.243, zeídoron: 8.486). Crecer es abrirse y romperse, es lucha. Uno pide que se abra la tierra cuando quiere —o dice querer— morir: khaíno es «abrirse», «entreabrirse» en el sentido del inglés yawn y el alemán gähnen: separarse descomunalmente, como una boca que bosteza, de ahí kháos y khásma: abertura, grieta, herida, bostezo, abismo. Perder el suelo bajo los pies es morir; morir es hundirse en la tierra, que oculta y retiene a los muertos. Cuando un guerrero es muerto en combate puede desplomarse como un álamo al suelo (4.482-483). En la tierra —la que los nutre, la que hace surgir vida— se apoyan los hombres en la hora de la muerte. Ella es el umbral y la bisagra, la puerta que se abre y que se cierra. Ser terrestre, dice Apolo, es ser mortal (21.464-466). La tierra es el «aquí» de todo «estar aquí» y de todo «haber sido» (Rilke, Duineser Elegien IX). Arrojar a un hombre al suelo es confrontarlo con su mortalidad; que la tierra te «tenga» es una manera de decir que estás muerto (2.699). La tierra es el retorno, así como una diosa relacionada con los pagos y las retribuciones. No casualmente la erinis camina en la oscuridad y vive «bajo tierra» (19.87, 259); la erinis y las erinias, esas guardianas del orden de las cosas de las que Heráclito (B 94) dice que descubrirían al mismísimo sol si este traspasase la medida. En las profundidades de la tierra están las casas de Hades, el reino de las sombras, de la muerte, que por eso es también espacio de humedad y podredumbre (el Hades es euróeis: mohoso, podrido). Aquiles ironiza sobre la posibilidad de « aprender» si realmente los muertos resurgirán del Hades (de allí) igual que Licaón ha resurgido otra vez ante su vista (21.54-64). Y bajo la tierra se oculta todavía el abismo, el Tártaro lejano y nebuloso (8.13-16).

La tierra es el escenario de cada una de las actividades de los mortales, así como el espacio de proyección de espa­cios distintos. Al amanecer, «el lucero del alba anuncia la luz sobre la tierra» (23.226); cuando el sol se hunde en el Océano, arrastra sobre la tierra «oscura noche» (8.485-486). Noche y día se esparcen sobre todo lo terrestre una y otra vez, marcando así los ritmos y los tiempos de la vida humana. Por algo los astros son los constantes compañeros de los hombres, los que señalan el tiempo de sembrar y de cosechar, de brotar y de extinguirse. Al cielo se extienden las manos de los que suplican, y al cielo conducen los vientos el humo de los sacrificios que los mortales realizan en la tierra, humo que asciende al cielo a través del aire, espacio interme­dio que separa a la vez que comunica con los dioses inmor­tales. Respecto a los fenómenos celestes, Hölderlin dice en una versión del poema Griechenland:

Alltag aber wunderbar zulieb den
Menschen Gott an hat ein Gewand.

(«Todos los días pero maravillosamente por amor a los hombres dios lleva un vestido».)

Y en el comienzo de otro poema

Was ist Gott? unbekannt, dennoch
Voll Eigenschaften ist das Angesicht
Des Himmels von ihm.

(«¿Qué es dios? Desconocido, pero de sus cualidades está lleno el rostro del cielo».)

El vestido de los dioses son los astros: lo cotidiano-inex­plicable, eso que de puro simple y cercano, de puro familiar, nos pasa desapercibido, siendo así vestido del dios: lo más lejano, lo desconocido para los terrestres. El cielo es cotidiano-pero-prodigioso den Menschen zuliebe, es decir, el cielo es cielo por amor a la tierra, en cuanto cielo de la tierra. Por esta interacción, los dioses son también los que en el cielo hacen «señales» (2.308) y muestran «portentos» (teírea son la estrella fugaz, el arco iris o las constelaciones); por esta reciprocidad, el cielo tiene sus límites y las Horas custo­dian sus puertas (8.393). El cielo es el espacio de los astros porque es el espacio de mostrar, brillar, centellear, ilumi­nar; es el ámbito de Zeus, el éter, el fuego que parte en dos y muestra el cielo. Por esto la tormenta, el rayo, la nieve, la lluvia, el trueno, las estrellas, el día y la noche son para los hombres y son algo del cielo.

A diferencia de la consistencia de la tierra, el mar (thálassa, póntos, pélagos, halós) es una negrura, una oscuridad, una inmensidad, un cierto borrarse los límites, el abismo del que uno nunca sabe realmente si podrá volver. El mar es el espacio en el que uno siempre pierde pie: es «profundo» y es «estéril» (1.532, 15.27). Su violencia —ruido y olea­je— constituye en cierta ocasión una imagen de la dureza de Aquiles («te parió el reluciente mar | y las escarpadas ro­cas»: 16.34-35). El aullido de dolor de Aquiles hacía emer­ger del fondo submarino el séquito fúnebre que acompaña a Tetis. Los treinta y tres nombres de nereides entrelazan en forma de catálogo los múltiples aspectos del mar; la espu­ma, las olas, los puertos, las grutas, las islas, los destellos: la brillante y la floreciente y la que calma la ola, la isleña y la cavernosa y la rápida y la marina de ojos grandes, y la ola-rá­pida y la costera y la pantanosa, y la meliflua y la veloz y la asombrosa, y la donadora y la primera y la que trae y la capaz, y la que protege y la que da y la que todo-ve y la muy conocida espumosa, y la verdadera y la sin-engaño y la bella-señora, y la famosa, y la centelleante y la de hermosos cabellos arenosa, y todas cuantas nereides eran bajo el profundo mar (18.39-49; omitimos, entre otros, los nombres oscuros en cuanto a significado).

Sobre la vastedad del mar se pierde la mirada de Aquiles humedecida por las lágrimas (1.348-350). Navegar el mar no es sino el proyecto de desarraigo en el que se han embar­cado los aqueos, siendo precisamente el mar la distancia que los separa de la «tierra de los padres», en la que muchos ya no morirán. Los bramidos del mar en tormenta se hacen eco del resonar de la tierra igual que esta lo hace del trueno del cielo. Seres primordiales, seres cósmicos, el mar, el cielo y la tierra perpetúan su existencia a otras escalas, que no son las de los hombres. Dioses protagonistas en Hesíodo, cielo es esposo de tierra, ambos son los padres de Rea y de Crono, los ancestros de Zeus. Los tres ámbitos fundamentales los pone Hefesto en el círculo interior del escudo —o eso pare­ce: solo de la corriente circular del Océano se hace explícito que adorna el borde exterior—, quizá porque el centro es lo que determina posiciones y está por eso en cierto modo en todas partes.

El verso siguiente —«y el sol incansable y la luna llena» (18.484)— pone el día y la noche, así como los meses y las estaciones. A continuación: «y todas las señales [figuras de estrellas: teírea], con las que está adornado [coronado, ro­deado] el cielo» (485). El verbo estephánotai contiene para nosotros una ambigüedad: ¿circundan las estrellas el círculo interior del escudo o circundan el cielo «real»? Tal vez la pregunta sea ociosa: el sol y las constelaciones rodean el cie­lo en el arte porque lo rodean en la vida. En cualquier caso, lo visto a propósito de la ambigüedad de la mímesis es aho­ra relevante: verbos con marca de presente se emplean allí donde la cosa aparece: el sol, la luna, las estrellas aparecen o parecen cosa; los aoristos y pretéritos apuntan en cambio al peculiar «hacer» de Hefesto; son, pues, recuerdos del esta­tuto artístico —productos de tékhne— de sol, luna y estrellas. La inmersión en la mímesis se observa en el verso 488: y allí mismo gira y persigue a Orión. «Ella», la Osa, «persigue» a Orión —en presente, siempre, en cada caso: siempre per­sigue la Osa a Orión—; luego se explica qué es particular en esta constelación: «Es la única sin parte en los baños del Océano» (o sea, no desaparece nunca del horizonte sino que es visible todo el año).

Preguntemos ahora: la ambigüedad del arte y la vida (¿acecha la Osa a Orión en la obra o en la vida?, ¿rodean los astros el cielo en la vida o solo en el escudo?), ¿qué tipo de ambigüedad es? ¿Cómo tenemos que tomárnosla?

No tenemos que tomarla como la ambigüedad inherente al «arte» en cuanto «representación» opuesta a la «reali­dad». Ya hemos visto que Hefesto no «representa» cosas sobre el escudo, sino que las «hace» o las «pone»: son las cosas mismas lo que se muestra en el escudo, no sus represen­taciones. Por lo demás, si en este estudio nos hemos servido alguna vez de conceptos procedentes de la crítica literaria no ha sido porque aspirásemos a describir meramente recursos literarios ni ninguna otra cosa que resultase de separar la for­ma del contenido. No hay un análisis de la forma del poema por un lado y por otro un análisis de sus ideas, conceptos, valores o como se le quiera llamar a eso que «quedaría» si la forma pudiese desprenderse del contenido. Si el análisis de la forma del poema nos dice a la vez cosas sobre cómo ve y comprende el mundo ese decir que los griegos llaman sencillamente la «palabra», es porque el estilo es el mundo; porque en eso que llamamos el estilo de un poema está a la vez, como hemos visto, su ontología, ese preciso estar-en-el-mundo que el poema da por supuesto. En este sentido, si comentando la écfrasis hablamos, por ejemplo, de una se­lección de contenidos no arbitraria sino esencial, poniendo simetría en la composición; o bien resaltamos (nosotros o quien sea) una selección de contenidos por contraposición, ni la forma es algo al margen del contenido ni este nada al margen de la forma, sino que lo que hay en el fondo es una sola cosa.

La secuencia de ciertas escenas y las correspondencias entre escenas en la écfrasis no son problemas formales en un sentido restrictivo; las correspondencias y las parejas de contrarios están en la obra que es el escudo en la medida en que están en el mundo, mundo que la obra tiene como co­metido hacer aparecer. En la obra está el día y está la noche, está el cielo y está la tierra; las mujeres están en una parte y los hombres en otra; los animales domésticos en un sitio y las fieras salvajes en otro, y esto no es casualidad, sino que es así —en la obra es así— en la medida en que en Grecia todavía hay tiempos y espacios cualificados, y no resulta to­davía arbitrario quién hace qué y en qué orden se hace cada cosa. Y si el río Océano aparece adornando el borde exterior de un escudo circular no es por puro capricho poético: el Océano es límite extremo en el cosmos finito de los griegos, y el canto lo hace aparecer como tal. Poner «la gran fuerza de la corriente del Océano» en el último de los cinco cír­culos concéntricos es, pues, una cuestión de ontología, una operación fenomenológica.

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Aida Míguez Barciela
Mortal y fúnebre
Leer la Ilíada

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aida-miguez-mortal-y-funebreAida Míguez Barciela

Mortal y fúnebre
Leer la Ilíada

Ed. Dioptrías. Madrid, 2016
ISBN: 9788494297373

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«La visión de la Odisea», d’Aída Míguez Barciela

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Aída Míguez Barciela va publicar el 2008 (Publicacions de la Universitat de Barcelona), la seva tesi Problemas hermenéuticos en la lectura de la Ilíada, disponible en línia a Tesis en xarxaAra acaba de publicar el seu treball sobre l’Odissea La visión de la Odisea, també de gran interès i profunditat. En transcrivim part del pròleg i part de l’inici del primer capitol:

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Aída Míguez - La visión de la Odisea

¿Cómo es posible que un lector moderno, separado de la antigua Grecia por una distancia de milenios, lea de manera no del todo incompetente un poema griego antiguo: la Odisea? Adquirir cierta competencia lectora en este campo de estudio requiere en primer lugar tomar conciencia del hecho de que el lector moderno no es de entrada lector; tiene que convertirse en lector, llegar a ser lector, lo cual exige de él no solo un trabajo de formación especializada, sino también una continua problematización de ciertos hábitos de lectura cuyo funcionamiento automático entorpece o incluso im­pide la lectura del poema antiguo en la medida en que no solo nos encontramos ante una lengua que, en sentido estricto, no podemos aprender, sino también ante un conjunto de convenciones poéticas, principios de composición y organización formal de los conteni­dos, nociones de unidad y cohesión narrativas, etcétera, a las que como lectores modernos no estamos acostumbrados, habiendo sido sin embargo familiares para el oyente griego antiguo. El pre­sente estudio constituye tanto un resultado como un momento en esta tarea formativa a lo largo de la cual uno va corrigiendo una y otra vez sus ensayos de lectura, de manera que lo que aquí aparece no es sino una fase en una corrección nunca del todo concluida.

Impensable sin las investigaciones homéricas desarrolladas en el ámbito de la filología clásica, este estudio no se interpreta a sí mismo como un trabajo de filología, tampoco de crítica literaria, pero quizá menos aún cumpla con las exigencias de un trabajo de filosofía si por esto último entendemos la tarea de buscar en el poema respuestas a preguntas presuntamente filosóficas, de tal manera que el lector encontrase aquí información sobre la «posi­ción homérica» respecto al «problema del hombre» y la cuestión del «alma», su visión de «la vida», «la muerte», «el tiempo» y otras abstracciones similares que, tomadas como punto de partida de la investigación, quizá no sean sino la mejor manera de no leer el poema o pasar por alto el poema. La actitud que se ha intentado potenciar en este libro es justamente la contraria: no nos interesa­ban las preguntas impuestas desde fuera; nos interesaban las que se autoformulaban a partir de la propia lectura del poema, las que surgían del poema y en el trato con el poema, aunque éstas fue­sen cuestiones que a primera vista podían parecer tan inocentes y poco problemáticas como el baño que elimina el salitre incrus­tado en la piel de un náufrago o la reluctancia de una esposa ante el abrazo de su marido. Ahora bien, exponer implica siempre se­leccionar; hemos seleccionado aquellas cuestiones cuyo desarro­llo nos parecía que formaba un conjunto más coherente o unitario. Por lo demás, no hace falta decir que las lecturas que aquí defende­mos no son todas ellas necesariamente nuevas; lo nuevo es quizá el proyecto o el contexto interpretativo del que ellas forman parte.

[…]

Aída Míguez Marciela.   Pròleg a La visión de la Odisea

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Las primeras palabras de nuestra Odisea («Di el varón, musa, el de muchos recursos»: 1.1) muestran un desplazamiento relevante para comprender el planteamiento de este poema en relación con la Ilíada. A la musa no se le pide que cante cierto acontecimiento episódico, sino que diga algo en torno a lo cual se ordenan ciertos acontecimientos episódicos: la musa dirá un anér, no cualquier anér, sino precisamente el polytropos, esto es, el versátil, el sagaz, el ingenioso, el inteligente, el rico en medios, giros, recursos, salidas; de hecho, el epíteto es determinativo, es decir, identifica al anér hasta tal punto que un oyente griego anti­guo probablemente no hubiese albergado duda alguna acerca de quién era el anér en cuestión.

Si bien la palabra anér tiene en griego un significado bastante amplio, y no podemos sino traducirla por nuestro castellano «hom­bre», lo cierto es que más que designar al «hombre» en abstracto esta palabra nos proporciona una información bastante precisa acerca de su género y su edad: el polytropos no es ni un anciano ni un niño pequeño, sino un varón en edad adulta, por más que el relevante anonimato no deje de sugerir una cierta abstracción cuyo preciso sentido tendrá que esclarecerse a lo largo de este es­tudio. En cualquier caso, la palabra temática de la Odisea, esa que más que ninguna otra nos indica cuál es el elemento cohesivo del poema, no es ningún acontecimiento episódico (tal y como sí lo era «cólera» en la Ilíada), sino un cierto varón adulto cuyo nom­bre, en principio, no se dice, llamativa omisión que refuerza tanto más el desplazamiento respecto a la Ilíada, cuyo primer verso men­ciona no solo un acontecimiento muy concreto, sino también un nombre propio, vinculándolo además, mediante un patronímico, con una estirpe ampliamente conocida («Aquiles, el de Peleo»).

Con el epíteto identificativo polytropos hemos llegado al cuarto dáctilo del primer hexámetro, teniendo ya lo que escolarmente lla­mamos una primera «oración», «oración» de la que cuelga (me­diante un pronombre que escolarmente llamamos «de relativo») una segunda, la cual, concordando con la omisión del nombre pro­pio que el oyente antiguo, familiarizado con ciertas convenciones relativas a comienzos de poema, quizá habría esperado (tal y como probablemente habría esperado el «Dime, diosa» o «Dime, musa»), proporciona más datos acerca del anér en cuestión.

[…]

[…] los primeros cinco versos del poema dirían algo así como: «Dime el varón, musa, el ingenioso, que por muchas partes fue desviado, después de destruir [o: porque destruyó] la sagrada ciudad de Troya, y de muchos hombres vio los asentamientos y el carácter conoció, y en el mar sufrió muchos dolores en su aliento, esforzándose por su alma y por el regreso de los compañeros».

[…]

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Aída Míguez Barciela.   Capítol primer,  El hombre y la ley, de   La visión de la Odisea

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També:

Troya es un recuerdo, d’Aída Míguez, publicat a Revista R@mbla

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Aída Míguez BarcielaAída Míguez - La visión de la Odisea

La visión de la Odisea

Serie Bauhaus
La Oficina ediciones. Madrid, 2014
ISBN: 9788494127021

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