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El miracle precari dels cossos. “Acerca de las heridas de los héroes”, de Miguel Ángel Velasco

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ACERCA DE LAS HERIDAS DE LOS HÉROES

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A Agustín García Calvo

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En la Ilíada nos prende
esa intención precisa en la manera
de describir el daño. Cuántas veces
se demora el hexámetro en el sitio
de la quebrantadura,
en el fiel inventario del estrago:
el lugar que desgarra la espada, cómo hiende
la carne y desmorona ese cartílago;
donde triza el pedrusco
el hueso, el recrujir de sus astillas;
la trayectoria exacta del venablo
que atraviesa las chapas del escudo,
la coraza de bronce.
Y el estruendo que hace al derrumbarse
la torre del guerrero.
Y no hay buenos ni malos, todos son
feroces alimañas que se ceban
en la carne ensartada,
que la agonía infaman del contrario
con palabras de burla,
y que después arrojan los despojos
al festín de los perros.
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Y en esa pulcritud, en el registro
de la calamidad, va una plegaria
por la carne solar, por el milagro
precario de este cuerpo.
La cálida estructura bien trabada
que en la danza aligera su destino,
que se hace esclarecida geometría,
claro esquema en el nado, esa otra danza.
El delicado cuerpo
que reverbera en luz cuando lo anima
el ritmo del amor o del poema.
Porque no hay canto alguno
sin el humor del cuerpo, aunque destile
ese licor amargo de la pérdida.
De Sófocles nos dicen que era diestro
en el baile, y que Byron
gustaba de medirse
a menudo en el pulso de las olas.
Y de Tolstoi que sólo sonreía
después de nadar hondo en un brío de sábanas,
porque tras la liturgia de los cuerpos,
en contra del proverbio, no hay tristeza.
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Velemos por su gracia,
porque el cuerpo es un templo mientras arde
el resplandor de su desnuda gloria.
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Miguel Ángel Velasco
La miel salvaje
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El “Proyecto Homero” de La Joven Compañía.

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ILÍADA

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I

EL LAMENTO DE AQUILES

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AQUILES está completamente solo en el escenario. Su ropa y su espada están empapadas de sangre, su respiración es agitada. Podría decirse que acaba de masacrar a medio ejér­cito troyano él solo. Su tono no tiene nada de heroico.

AQUILES

(A público) La verdad.
La verdad es la primera víctima de cualquier guerra.
Y es la que más duele.
La sangre que mancha mis manos, los cuerpos que cubren el campo de batalla, los seres queridos que la lucha me ha arrebatado… todo eso es resultado de aque­lla primera muerte.
Del día que murió la verdad. De eso hace ya nueve años.
Nueve años de guerra contra Troya. Nueve años de ani­quilación y barbarie. Nueve años arrasando, saqueando y violando para borrar una ciudad de la faz de la tierra. Y aún no lo hemos conseguido.
Ya no pensamos en el precio que hemos tenido que pagar, porque nos volvería a todos locos.
Una profecía vaticinó que al décimo año la victoria sería nuestra. La llamaron la profecía de la serpiente. Pero ya no sabemos con certeza si se va a cumplir, porque nadie recuerda cómo empezó esta locura.
Dicen que todo fue culpa de Paris.
Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, llegó a Esparta, donde reinaban Menelao y su esposa Helena, la mujer más bella del mundo. El príncipe se enamoró de ella al instante. La sedujo y se fugaron juntos. Tras ese agravio imperdonable, Menelao convenció a todos los caudillos griegos para mar­char sobre Troya bajo el mando del rey Agamenón.
Los griegos consiguieron reunir una flota de más de mil barcos.
Y yo, Aquiles, hijo de Peleo, rey de los mirmidones, me sumé a ellos.
Unos dicen que Helena fue raptada. Otros aseguran que se marchó por su propia voluntad. Incluso hay quien afir­ma que todo fue el resultado del enfrentamiento entre tres diosas, Afrodita, Hera y Atenea, que jugaron con el destino de los hombres tras una riña sobre cuál de las tres era la más hermosa.
Cientos de muertos. Miles de muertos. Todos caídos por el honor de Menelao.
O por la pasión de dos enamorados.
O por un concurso de belleza.
¿Fueron ésas las verdaderas razones o quizás todo fue una mala excusa para obtener el control comercial del Mar Egeo?
Quién sabe. Hay tantas verdades como personas dispues­tas a creerlas.
Hace tiempo que el mundo ha olvidado lo que ocurrió en realidad.
Porque con la verdad no se moviliza un ejército. Con la verdad no consigues que un hombre le corte el cuello a otro.
Con la verdad no rezas por la destrucción de países enteros.
Por eso lo primero que hace cualquier guerra es acabar con ella.
Y la sustituye por algo mucho más efectivo.
El mito.

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II

EL RAPTO DE CRISEIDA
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AQUILES abandona el escenario. Entran los demás actores.

ACTRIZ 3

Como ha dicho Aquiles, griegos y troyanos llevan nueve años en guerra.

ACTOR 9

Durante casi todo ese tiempo la ciudad de Troya ha esta­do sitiada.

ACTOR 3

En la costa, la flota griega ha construido un campamento que se ha acabado convirtiendo en una pequeña ciudad fortificada.

ACTOR 1

Los kilómetros que la separan de las murallas troyanas han sido escenario de incontables batallas.

ACTOR 8

Troya no está sola en su defensa. Cuenta con muchos aliados en la zona.

ACTOR 4

Aliados que los griegos no tardan en atacar, con el fin de debilitar el sitio.

ACTRIZ 1

Los ejércitos no tienen contemplaciones. Cuando toman una ciudad, la saquean, la destruyen y se llevan sus tesoros.

ACTRIZ 2

Y  entre esos tesoros están las mujeres.

ACTRIZ 3

El rapto de mujeres es algo muy habitual.

ACTRIZ 1

Paris raptó a Helena y ya hemos visto el problema que ocasionó.

ACTRIZ 3

Y no fue el único. La lista de raptos es interminable.

ACTRIZ 2

El dios Hades, rey del inframundo, raptó a Perséfone.

ACTRIZ 1

El dios Zeus raptó a Hera, a lo, a Europa y hasta a Ganímedes, que era un chico.

ACTOR 10

¿En serio?

ACTRIZ 2

A los dioses griegos les daba igual la carne que el pescado.

ACTOR 4

Y a muchos mortales también.

ACTRIZ 1

Pélope también era un chico y fue raptado por Poseidón.

ACTRIZ 3

Eos raptó a Orion, Clito, Céfalo y Titonio.

ACTRIZ 1

Teseo raptó a Helena antes que Paris. Y luego a Antíope.

ACTRIZ 2

Telamón raptó a Hesíone y dio comienzo a la enemistad eterna entre Troya y Argos.

ACTRIZ 3

Su hermano Peleo raptó a la ninfa Tetis y juntos engen­draron a Aquiles.

ACTRIZ 2

Y el propio Aquiles no podía ser menos. Durante la Guerra de Troya raptó a Briseida y se la llevó con él al campamento.

ACTOR 3

Todos los caudillos griegos acabaron con su botín femenino.

ACTOR 1

Todos menos uno: Agamenón.

ACTOR 9

El rey no se lo tomó nada bien. Y no se le ocurrió nada más que dirigir una incursión al pequeño asentamiento de Tebas y tomar cautiva a Criseida, la hija del sacerdote de Apolo de esa ciudad.

ACTOR 8

Y sin saberlo, esa decisión cambió para siempre el curso
de la guerra.

Entra AQUILES con la ropa limpia de sangre.

ACTOR 2

A los pocos días del rapto, la peste cayó sobre el campa­mento.

ACTOR 6

Empezó entre perros y yeguas, pero pronto se extendió entre los hombres.

ACTOR 7

Cada vez más soldados se contagiaban y morían. El olor a podrido y carne quemada lo invadía todo.

ACTOR 10

Y al décimo día de la peste, Aquiles ejerció su derecho a exigir una asamblea.

Todos ocupan sus posiciones en la tienda, excepto los acto­res que interpretan a personajes tróvanos, que salen.

[…]

Guillem Clua
Ilíada

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ODISEA

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PRÓLOGO

Todos los actores en escena excepto el que interpreta a ULISES.

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CORO

¿Y entonces?
¿Entonces qué?
¿Cómo terminó?
¿Qué?
La guerra de Troya, ¿cómo terminó?
Homero no lo cuenta.
¿Tantas páginas y no cuenta el final?
¿Para qué? Todo el mundo sabe cómo acaba una guerra.
Matas y mueres, matas y mueres, y no hay más.
Eso es la guerra.
¡No! La guerra nunca termina.
Se terminan los hombres.
Y las mujeres. Y los niños. Y los ancianos.
Esta es la cosecha infinita de la guerra:
¡nuestros cuerpos!
Porque la guerra sigue. Nunca termina.
¿De verdad Homero no cuenta cómo termina la guerra?
En la llíada no. Entierran a Héctor y ya está.
Héctor, domador de caballos.
¡Héctor, matador de hombres!
No jodas. ¿Ese es el final?
Del libro.
¿Y lo del caballo?
Eso vino luego.
¡El caballo de Troya!
Pero eso no lo cuenta Homero.
En la Ilíada no.
¡Qué cabrón Homero!
Homero no existió.
¿Cómo que no?
¿Cómo no va a existir Homero?
Homero son los padres.
Dicen que era ciego.
Seguro que fue una mujer.
O peor: varias mujeres.
¡Estúpido!
Entonces, ¿qué ocurrió después?
¿Después de qué?
Después de Troya.
Vamos, lo del caballo de madera.
Ahora vamos.
¿Y el orgulloso Aquiles?
Muerto. Paris lanza la afilada flecha, Apolo la recoge, va recta, recta, y zas, en el talón.
Y la oscuridad cubrió sus ojos.
¿Empate? ¿Vamos empate? ¿Cuántos muertos en cada bando?
Imbécil. (Pausa.) ¡Vamos ganando!
Ha entrado ULISES.

CORO

¿Y Príamo?
Sacrificado. Zas, un tajo en el cuello.
Lo mató el hijo de Aquiles, después de besarle las manos.
Y la oscuridad cubrió sus ojos.
¿Y entonces? ¿Lo del caballo?
Fue a Ulises a quien se le ocurrió lo del caballo.
¿Por qué dices «Ulises»?
Es Odiseo. La Odisea y Odiseo. Está claro, ¿no?
Da igual. Suena mejor Ulises.
¿A quién le suena mejor?
A mí. Que lo estoy contando.
Los troyanos pensaron que la guerra había terminado
Y que los aqueos /
¿Quiénes?
Los otros, los griegos, Menelao, Aquiles, Agamenón, esos. Déjale seguir.
Y que los aqueos se habían retirado dejando allí una
ofrenda.
Un enorme caballo de madera.
¡Hay que temer a los griegos incluso cuando traen regalos!
Abren las murallas. Meten el caballo.
En el vientre del caballo se esconden los aqueos.
Cae la noche.
Y los troyanos celebran el final de la guerra.
El final de diez años de lágrimas y de mortajas. ¡La guerra ha terminado! ¡La guerra ha terminado! Alzan las copas. Ríen.
La primera noche en diez años en la que podremos dor­mir tranquilos.
Sin temer el cuchillo.
Sin temer el grito.
Sin temer la noche en las ventanas.
Y se echan a dormir. A lo lejos suena el mar. En la bóveda del cielo brillan las constelaciones. Por primera vez en diez años la vida se parece a la vida.
Y entonces los griegos salen del caballo,
como una plaga de hormigas,
todo lo arrasan, todo lo destruyen,
no queda nada, ¡fuego!, ¡fuego!
Nos disparan. Nos aniquilan. Las llamas nos devoran.
Dejan nuestros cadáveres en las calles para festín de los buitres.
Se confunden los gritos
por los muertos
con los gritos de
¡victoria!
Menelao, el cornudo,
acompañado de Ulises,
encuentran a Deífobo, hijo de Príamo, y amante de
Helena.
Porque Paris ya había muerto.
Lo había matado Filoctetes. De un disparo de arco. Zas, y la oscuridad cubrió sus ojos.
¿Dónde estábamos?
Ah, Menelao y Ulises encuentran a Deífobo.
Le cortan las manos.
Le cortan las orejas.
Le cortan la lengua.

ULISES

Basta.

CORO

Y la oscuridad cubrió los ojos.

ULISES

¿Por qué tenéis que contar eso?

CORO

¿Por qué no? Lo dejaron allí, desangrándose, como un cerdo.
Le cortan la nariz. Se le escapó el alma entre los dientes.
¡De Troya no quedó nada!
Ceniza. Ceniza. Ardió hasta los cimientos.
Te equivocas. Algo sí quedó.
Una buena historia para ser contada.

ULISES

¡Que te calles, joder!

CORO

¿Y quién eres tú para mandarnos callar?

ACTOR I / ULISES

Ulises. Yo hago de Ulises. Dejad eso. Es suficiente con lo del caballo. Ya está. La guerra terminó.

¿Quién la ganó?
Dirás: ¿quién no la perdió dos veces?
¿Y luego?
¿Qué fue de los que no murieron?
Regresaron.
Todos menos uno.

ULISES

Ulises. Hijo de Laertes y Anticlea.

CORO

¿No regresó?
Sí, pero tardó otros diez años.
Eso es la Odisea.
En Ítaca lo esperaban.
Su hijo.
Telémaco.
Y su mujer. Penélope.
Y su perro
¿Y dónde estuvo esos diez años?
¿Empezamos?
Ya era hora.
Háblame, Musa, de aquel hombre astuto que, después de destruir Troya, anduvo perdido mucho tiempo.
Háblame. Cuéntamelo. Sus aventuras en el mar.
Tratando de salvar su vida y la de sus compañeros.
Pero no los pudo librar, como deseaba, y todos perecie­ron tras cometer locuras.
Ya me has estropeado el final.
No, no es lo que ocurre sino cómo ocurre. Sigamos.
Cuéntanos, Musa, las aventuras de aquel varón.
Ulises, de gran ingenio, que después de destruir la ciudad sagrada de Troya
peregrinó errante muchos años.
Vio las ciudades, conoció las costumbres de muchos hombres
y en el mar padeció grandes calamidades.
Cuéntanos, oh, Musa,
con palabras que vuelen como pájaros.
El Cíclope, Circe, el descenso al Hades, la isla de Calipso, los pretendientes.
¿Todo?
¡Lo que se pueda!
Cuando la historia empieza Penélope y Telémaco esperan en Ítaca el regreso de Ulises.
Pero a él lo retiene la ninfa Calipso,
con dulces y tiernas palabras aturde su mente.
¿Lo retiene o está en sus brazos?
La diosa Atenea quiere que regrese.
Pero Poseidón lo odia por haber dejado ciego al Cíclope.
¡No adelantes!

[…]

Alberto Conejero
Odisea

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Proyecto Homero

Ilíada (Guillem Clua) / Odisea (Alberto Conejero)

La Joven Compañía

Ediciones Antígona. Madrid, 2016

ISBN : 9788416923014

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De Dant a Melville, d’Ulisses al capità Ahab

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How many great men have been sailors, White-Jacket! They say
Homer himself was once a tar, even as his hero, Ulysses, was both
a sailor and a shipwright.

Herman Melville
White Jacket. Cap. 65

Quants grans homes han estat mariners, White-Jacket! Diuen
que el mateix Homer fou una vegada un nauta, tal com el seu heroi, Ulisses, fou tant
un mariner com un mestre d’aixa.

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Herman Melville

Siempre lo cercó el mar de sus mayores,
los sajones, que al mar dieron el nombre
ruta de la ballena, en que se aúnan
las dos enormes cosas, la ballena
y los mares que largamente surca.
Siempre fue suyo el mar. Cuando sus ojos
vieron en alta mar las grandes aguas
ya lo había anhelado y poseído
en aquel otro mar, que es la Escritura,
o en el dintorno de los arquetipos.
Hombre, se dio a los mares del planeta
y a las agotadoras singladuras
y conoció el arpón enrojecido
por Leviathán y la rayada arena
y el olor de las noches y del alba
y el horizonte en que el azar acecha
y la felicidad de ser valiente
y el gusto, al fin, de divisar a Itaca.
Debelador del mar, pisó la tierra
firme que es la raíz de las montañas
y en la que marca un vago derrotero,
quieta en el tiempo, una dormida brújula.
A la heredada sombra de los huertos,
Melville cruza las tardes de New England
pero lo habita el mar. Es el oprobio
del mutilado capitán del Pequod,
el mar indescifrable y las borrascas
y la abominación de la blancura.
Es el gran libro. Es el azul Proteo.

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Jorge Luis Borges
La moneda de hierro

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……………………………………«Quan
vaig deixar Circe, que em va retenir
més d’un any per allà prop de Gaeta,
abans que Eneas li donés el nom,
ni la dolçor del fill ni la pietat
pel meu vell pare, ni l’amor degut,
quew hauria fet Penèlope contenta,
no van poder vèncer en mi l’ardor
que tenia de fer-me expert del món
i dels valors i vicis dels humans;
i vaig entrar en l’alta mar oberta
sol amb la nau i aquella companyia
petita que mai no m’havia deixat.
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[…]
i, amb la popa girada a l’orient,
dels rems vam fer ales per un vol boig,
sempre guanyant camí cap a l’esquerra.
A la nit veia totes les estrelles
de l’altre pol, i el nostre era tan baix
que no s’alçava ja del sòl del mar.
Cinc voltes s’encengué i cinc s’apagà
la llum que es veu per sobre de la lluna
després de travessar el pas terrible,
quan va sorgir una muntanya, bruna
per la distància, i em semblà tan alta
com no n’havia vista mai cap altra.
La nostra joia aviat es tornà plor:
de la nova terra nasqué un gran vent
que va envestir el vaixell per davant.
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El feu girar tres voltes amb les aigües;
a la quarta, la popa es va aixecar
i la proa baixà, com volgué un altre,
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fins que damunt nostre es tancà la mar».

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Dante Alighieri
Divina Comèdia
Infern, XVI, 90-102, 124-142
Traducció de Joan F. Mira

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«Quando
mi diparti’ da Circe, che sottrasse
me più d’un anno là presso a Gaeta,
prima che sì Enëa la nomasse,
né la dolcezza di figlio, né la pieta
del vecchio padre, né ‘l debito amore
lo qual doveva Penelopè far lieta,
vincer potero dentro a me l’ardore
ch’i’ ebbi a divenir del mondo esperto
e de li vizi umani e del valore;
ma miso me per l’alto mare aperto
sol con un legno e con quella compagna
picciola da la qual non fui diserto.
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[…]
e volta nostra poppa nel mattino,
de’ remi facemmo ali al folle volo,
sempre acquistando dal lato mancino.
Tutte le stelle già de l’altro polo
vedea la notte, e ‘l nostro tanto basso,
che non surgëa fuor del marin suolo.
Cinque volte raccese e tante casso
lo lume era di sotto da la luna,
poi che ‘ntrati eravamo ne l’alto passo,
quando n’apparve una montagna, bruna
per la distanza, e parevi alta tanto
quanto veduta non avëa alcuna.
Noi ci allegrammo, e tosto tornò in pianto;
ché de la nova terra un turbo nacque
e percosse del legno il primo canto.
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Tre volte il fé girar con tutte l’acque;
a la quarta levar la poppa in suso
e la prora ire in giù, com’ altrui piacque,
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infin che ‘l mar fu sovra noi richiuso».
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Dante Alighieri
Divina Commedia
Inferno, XVI, 90-102, 124-142
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Es va disparar l’arpó. La balena ferida va volar cap endavant. Amb una velocitat inflamadora, la cabestrera va passar per la ranura… i es va travar. Ahab es va acotar per destravar-la i ho va fer. Però la duja a lloure se li va entortolligar al coll i, silenciosament com els turcs silenciosos estrangulen la seva víctima, va ser arrossegat fora del bot abans que la tripulació pogués adonar-se que se n’havia anat. Un moment després, la pesada gassa de l’extrem final de la cabestrera va sortir volant del bidó completament buit, va colpejar un remer i, petant contra l’aigua, va desaparèixer en les fondàries.

La tripulació de la balenera varen quedar un instant silenciosos, aclaparats. Després es giraren.

—I el vaixell? Gran Déu, on és el vaixell?

Prest, a través d’una atmosfera boirosa i atordidora, varen veure el fantasma escorat que s’esvaïa en la fata morgana gasosa. Només la part superior dels mastelers eren fora de l’aigua, i els tres arponers pagans, clavats per l’orgull, per fatalitat, o per fidelitat, als llocs que abans havien estat les seves talaies en l’altura, encara mantenien les seves vigilàncies damunt la mar, tot enfonsant-se.

I aleshores cèrcols concèntrics rodejaren el bot solitari, tota la tripulació, cada rem que surava, cada mànec de llança. I fent giravoltar i giravoltar tot plegat coses animades i inanimades al voltant d’un vèrtex, engoliren l’estella més menuda del Pequod.

Però mentre les darreres coses que s’enfonsaven queien barrejades damunt del cap ja submergit de l’indi que era al pal major, que encara era visible unes quantes polzades, juntament amb llargues iardes de bandera onejant que es gronxava tranquil·lament amb coincidència irònica damunt les onades destructores que gairebé fregava, en aquell instant, un braç vermell i un martell brandat enlaire cap enrera varen sortir a la superfície en l’acte de clavar més fort la bandera al galop que desapareixia.

Un falcó del cel, que havia seguit ofensivament la galeta del pal major, davallà des de la seva llar natural entre les estrelles, va bequejar la bandera i va amoïnar Tashtego. Per casualitat aquella au va interceptar amb la seva ala ampla i bellugadissa el martell que anava cap a la fusta. En aquell instant, el salvatge que estava submergit a sota, va sentir-ne el tremolor eteri i, en la seva ranera de mort, va clavar allí el seu martell glaçat. I així, l’ocell del cel, amb esgarips arcangèlics, amb el bec imperial girat cap amunt, amb tota la figura captiva embolcallada en la bandera d’Ahab, s’enfonsà amb el seu vaixell que, com Satan, no volia baixar a l’infern fins que no arrossegués amb ell una part viva del cel que li servís d’elm.

Llavors petites aus volaren xisclant damunt el gorg encara bocabadat. Una onada trencada, blanca i tètrica, va petar contra els costers abruptes. Després tot es va enfonsar, i la gran mortalla de la mar va continuar gronxant-se com feia cinc mil anys que es gronxava.

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Herman Melville
Moby Dick
Traducció de Maria-Antònia Oliver

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The harpoon was darted; the stricken whale flew forward; with igniting velocity the line ran through the groove;—ran foul. Ahab stooped to clear it; he did clear it; but the flying turn caught him round the neck, and voicelessly as Turkish mutes bowstring their victim, he was shootout of the boat, ere the crew knew he was gone. Next instant, the heavy eye-splice in the rope’s final end flew out of the stark-empty tub, knocked down an oarsman, and smiting the sea, disappeared in its depths.

For an instant, the tranced boat’s crew stood still; then turned. “The ship? Great God, where is the ship?” Soon they through dim, bewildering mediums saw her sidelong fading phantom, as in the gaseous Fata Morgana; only the uppermost masts out of water; while fixed by infatuation, or fidelity, or fate, to their once lofty perches, the pagan harpooners still maintained their sinking lookouts on the sea. And now, concentric circles seized the lone boat itself, and all its crew, and each floating oar, and every lance-pole, and spinning, animate and inanimate, all round and round in one vortex, carried the smallest chip of the Pequod out of sight.

But as the last whelmings intermixingly poured themselves over the sunken head of the Indian at the mainmast, leaving a few inches of the erect spar yet visible, together with long streaming yards of the flag, which calmly undulated, with ironical coincidings, over the destroying billows they almost touched;—at that instant, a red arm and a hammer hovered backwardly uplifted in the open air, in the act of nailing the flag faster and yet faster to the subsiding spar. A sky-hawk that tauntingly had followed the main-truck downwards from its natural home among the stars, pecking at the flag, and incommoding Tashtego there; this bird now chanced to intercept its broad fluttering wing between the hammer and the wood; and simultaneously feeling that etherial thrill, the submerged savage beneath, in his death-grasp, kept his hammer frozen there; and so the bird of heaven, with archangelic shrieks, and his imperial beak thrust upwards, and his whole captive form folded in the flag of Ahab, went down with his ship, which, like Satan, would not sink to hell till she had dragged a living part of heaven along with her, and helmeted herself with it.

Now small fowls flew screaming over the yet yawning gulf; a sullen white surf beat against its steep sides; then all collapsed, and the great shroud of the sea rolled on as it rolled five thousand years ago.

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Herman Melville

Moby-Dick

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Dante Alighieri

Divina Comèdia

Versió de Joan F. Mira

Proa. Barcelona, 2000
ISBN: 9788484370024

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moby-dick-catalaMerman Melville

Moby Dick

Traducció de Maria-Antònia Oliver

Les millors obres de la literatura universal, 30

Edicions 62 i “la Caixa”. Barcelona, 1984

ISBN: 8429720936

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moby-dick-melvilleHerman Melville

Moby-Dick

Everyman’s Library

Northwestern University Press and The Newberry Library, 1988

ISBN: 1857150406

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Alba i José Emilio, a la riba de l’Escamandre, amb Helena, o no…

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Helena
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Salió del huevo con cuerpo de mujer y gracia de ave.
Por cada uno de sus poros cantaban la vida y la hermosura de sus triunfos y sus goces.
En el fondo de sus ojos claros, esperaba una montaña de guerreros muertos.
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Alba Omil
Con fondo de jazz

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Orillas del Escamandro
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Atravesaron en hondas naves el mar. Desembarcaron a orillas del Escamandro y durante diez años mantuvieron el sitio de la ciudad. Tras miles de combates y muertes penetraron en Troya mediante un ardid y la tomaron a sangre y fuego. Buscaron por todas partes a Helena. Al no encontrarla comprendieron que la causante de la guerra sólo había existido en la imaginación de un poeta ciego.
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José Emilio Pacheco
La sangre de Medusa y otros cuentos marginales

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El nacimiento de Venus. Fernando del Paso

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Cantaré Afrodita, bella, venerable, de corona d’or,
a la qui pertoquen els castells i torres de Cipros marina,
aon fou portada damunt blana escuma per el buf humit
del Zèfir sobre les ones innúmeres del mar sorollós,
i allí l’acolliren les Hores benèvoles de mitres daurades,
vestint sa divina nuesa; i posaren-li al cap immortal
una corona d’or formosa i molt ben treballada,
i a ses orelles posaren unes flors daurades,
i entorn de son coll delicat i damunt el seu pit, tant blanc,
aquells collarets amb que elles mateixes, les Hores, s’ornaren
anant a la casa paterna, al chor adorable dels déus.

[…]

Himnes Homèrics
Himne VI
Traducció en vers de Joan Maragall

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LXIII

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EL NACIMIENTO DE VENUS

(gongoriana)256px-Venus_redon

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Éstas que me dictó, rimas sonoras,
pertinaz y solícita premura
de mis dorados días en las horas
más propicias al ocio y la ventura,
y que son de mi amor ejecutoras,
ofrendo enamorado a tu hermosura,
a cuya alcurnia y claridad se suma
haber nacido, virgen, de la espuma.
 
Mojada aún tu piel, y con mil flores
coronada tu testa, de tus senos
he de beber dulcísimos licores,
y el agua más azul de tus serenos
ojos de submarinos resplandores,
y enjugaré la sal de los amenos
rincones de tu cuerpo, pues no mengua
para hacerlo la industria de mi lengua.
 
Venus: la rosa genital, la rosa
que nació de la espuma y su blancura
y se hizo rosa flor y primorosa
con la sangre de un dios y su rojura,
nació para que el ansia presurosa
en esa rosa de encarnada hondura,
parida rosa del rubí y la nieve,
de mi sediento amor, en ella abreve.
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Fernando del Paso
PoeMar

Fernando del Paso (México DF, 1935)

Fernando del Paso
(México DF, 1935)

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PoeMarFernandel del Paso

PoeMar

Fondo de Cultura Económica de España. 2015

ISBN: 9788437507415

 

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256px-Venus_redonOdilon Redon

La naissance de Venus (The birth of Venus) c. 1912

MoMa – Museum of Modern Art. New York, NY

 

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Les «Palabras de Tersites» de Guillermo Carnero

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PALABRAS DE TERSITES

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Esa carcaza ocre es Helena, la gracia de la nuca
aureolada de cabellos traslúcidos.
Los que la amaron son inmortales ahí, en la tierra inverniza,
o bien envejecieron con una pierna rota
dislocada para mendigar unos vasos de vino—
y yo, el giboso, el patizambo, me acuerdo algunas veces
de la altivez biliosa de los jefes aqueos
considerando la pertinencia del combate,
inspiración segura de algún poema heroico
cantor de esta campaña y su cuerpo de diosa:
polvo para quien no la amó, sus versos humo.
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Es la decrepitud lo que enciende esta guerra.

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Guillermo Carnero
Variaciones y figuras sobre un tema de La Bruyère (1974)

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VARIACIONES Y FIGURAS SOBRE UN TEMA DE LA BRUYÈRE

1  “Discurso del Método”
2  “Giovanni Battista Piranesi”
3  “Paestum”

…. Variaciones
4  Variación I. “Domus Aurea”
5  Variación II. “Queluz”
6  Variación III. “Sotheby’s”
7  Variación IV. “Dad limosna a Belisario”

…. Figuras
8  “Décimo Magno Ausonio, poeta de la decadencia latina”
9  “Palabras de Tersites”
10  “Puisque réalisme il y a”
11  “Santa María della Salute”
12  “Mira el breve minuto de la rosa”

….Epílogo
13  “L’Enigme de l’heure”

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VIII. 4.4. FIGURAS. POEMAS ANALÍTICOS

Como hemos señalado anteriormente, la “figura” se va a erigir en una aclaración de la variación y, como tal, la descripción, la minuciosidad y curiosamente la brevedad acabarán convirtiéndose en elementos clave de los cinco poemas agrupados bajo este epígrafe: “Décimo Magno Ausonio, poeta de la decadencia latina”, “Palabras de Tersites”, “Puisque réalisme il y a”, “Santa María della Salute” y “Mira el breve minuto de la rosa”.

El uso del correlato objetivo se hace evidente en el primer poema de “Figuras”, donde el poeta Ausonio se convertián en la voz y el emblema de un momento histórico, la postmodernidad, paralelo al ocaso de la cultura latina. El poema parece poetizar sobre la misma conciencia de la nada. Las palabras de Carnero respecto a este texto vertidas en la entrevista realizada por Jover son definitivas. El poeta equipara los dos momentos históricos: ambos son entendidos como un “callejón sin salida”, como “una estación de fin de trayecto”. El diálogo con la tradición es patente en el poema, pero intensificado en esta ocasión por el halo de falsedad. Es tanta la certidumbre de dicha falacia que el poeta recoge citas inventadas para poner de relieve lo equívoco, la falsedad de la postmodernidad.

En idéntica tesitura se construye el correlato objetivo en torno a Tersites —el griego más feo de cuantos acudieran a la guerra de Troya, el pendenciero ruin y delator de Aquiles, el asesino de Pentesilea— en la segunda “figura” “Palabras de Tersites”, texto breve cuyo verso final sintetiza magistralmente la lucha interna del poeta con el poema y la plasmación del período de agotamiento que supone la postmodernidad: “Es la decrepitud lo que enciende esta guerra” (“Palabras de Tersites”, v. 12).

[…]

Marisa Torres Badia
Introducción a la obra poética de Guillermo Carnero (1967-2002)
De Dibujo de la Muerte a Espejo de Gran Niebla
Universitat de Lleida (Tesi doctoral)

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«Adiós, Helena de Troya», de Germán Gullón

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Adiós, Helena de Troya

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A veces el destino juega con nosotros desde la misma cuna, a Helena de Troya se la hizo fina. Su madre eligió esa Helena con h, de tan escaso recibo, porque la señora de la casa donde había servido en Jerez usaba unos productos de Hele­na Rubinstein. La doméstica pasó siete años ad­mirando los anuncios de la susodicha firma en las revistas de doña Rosa, las señoras lindísi­mas, palabras del culebrón televisivo de sobre­mesa, qué porte, qué cutis, y todas parecían di­vinas. Además, como ella se llamaba Higinia, lo de ponerle una hachecita a Elena, ni se lo plan­teó dos veces. Al niñato del registro civil le tuvo que sacar el genio, porque salió con el patatín y el patatán que desde Homero y el código civil, y ella gritó con los bríos heredados de su madre, sardinera de Santander, que hizo al chupatin­tas repetirse acobardado toda la tarde aquello de por qué cono me meteré en camisa de once varas.

De harina de muy otro costal procedía el ape­llido. El hombre de la Ginia, un conocido zote, Lorenzo, nunca había servido para mucho. Ya en la mili el alférez de complemento de Zamo­ra, a quien servía de ayudante, le caló, Lorenzo, Lorenzete, tú sólo sirves para hablar de titis, eres un papanatas emporrado. El tal milite, doc­tor en medicina por Salamanca, le predijo así el futuro, como si leyera en la bola de cristal de Zu­que, el mago de Melilla. El Loren regenta ahora una mísera lechería, donde se despachaban las leches enteras, semis y des, y también cocas, fantas, yogures, y otras cuatro chucherías. La vida se le fue piropeando a las criadas del barrio. Jerónimo, un estudiante de derecho, que se pe­gaba atracones de Hacienda Pública por las no­ches, y residía en el primer piso en cuyos bajos tenía la cueva lechera el fulano, nunca se metía en la cama hasta las ocho de la mañana, cuan­do pasaba la primera oleada de furia piroperil del Lorenzo. Al igual que los fumadores al le­vantarse por las mañanas sufren accesos de tos, Lorenzo cuando levantaba el cierre de la leche­ría se le afinaba el pico. ¡Chica, qué guapa vie­nes! ¡Marisa, estás que lo derramas! ¡Adiós niña, hoy ni saludar, tendrás miedo a que el novio te vea conmigo! ¡Ay, si te cojo! Alguna vez, en la primavera o comienzos del verano, cuando la sangre corría con mayor desembarazo, el Lo­ren especificaba mejor los encantos femeninos, empleando una voz gorda, grave. En varias oca­siones, cuando se amostazó la patrona, se armó la de Troya.

Y hablando de Troyas. Todo fue culpa del pa­dre, de Manuel Antonio, el Tonete, progenitor del lechero de Higinia, que las palmó sin haberlo reconocido, y el Lorenzo estuvo a punto de morir en el arroyo, porque su mamá, Ángela, lo que menos necesitaba era un rorro, precisa­mente cuando el Loren asomó un cogollito de pelo negro grasiento por donde nacen los niños. En ese preciso momento la Gela se cagaba, entre ayes, ay, ay, ay, en todos los santos, diciendo lle­varos a eso de mi vista, pues lo único que ha he­cho es joderme, como el cabrito de su padre. To­tal, Lorenzo nació con la cruz en la frente.

Una amiga de la Gela se lo llevó a Sevilla, con el fin de colocarlo, porque tenía un corazón de oro, o mejor dicho, con el relleno que dicen tie­ne el de la sagrada familia. Tanta bondad y bue­na fe la condujo al Palmar de Troya, guiada por un tal Juan Izquierdo, sujeto avisado que llegó a ser medio obispo de un tinglado espíritu-religio­so. Gustaba de presentarse en público emulando a José (Juan), María (Gela), y el Niño (Lorenzo). Cuando la Guardia Civil vino un día exigiendo papeles, Loren quedó asentado con el nombre de Lorenzo de Troya, y de ahí el Helena de Troya.

Lo del nombre pasó desapercibido hasta que en la escuela un maestro, que había asistido a las clases de Agustín García Calvo en la Univer­sidad de Sevilla, buen conocedor de la literatura clásica, levantó la liebre. De nuevo ardió Troya, porque la Helena dijo que nanay de guerras y complicaciones, y trazó con tino seguro su ge­nealogía, de Higinia a los anuncios de la Rubinstein, una mujer que nunca envejecía, nunca se la conoció ningún lío, y que se la podía cono­cer mirando un retrato suyo en el escaparate de la farmacia de la plaza mayor. La cosa quedó ahí, únicamente el lechuguino, que una vez al mes peregrinaba a cierto piso de la calle de la Ballesta de Madrid a tomar clases de alemán del maestro García Calvo, cuando pasaba lista, tras leer Helena de Troya levantaba la cara hacia ella con una media risita; la alumna se decía para sí: vaya cara de gilipollas que pones, macho.

Con tales antecedentes nadie se sorprenderá de saber que Helena de Troya acabó siendo ofi­cial de aduanas, destinada en la frontera hispano-francesa. El trabajo era fácil; sólo cuando ha­bía alarma de droga, un día sí y otro también, o de atraco en un banco próximo a la divisoria, se complicaba la cosa; la verdad, los franceses le tienen miedo hasta a su sombra, y les gusta sa­car la autoridad, especialmente a los polis de in­tervención rápida, los fardones que van vestidos a lo estarwars. Desempeñaba sus funciones em­parejada con un compañero francés, Héctor Fournier, un rubito de ojos azules bastante majete, agradaba verlo con su uniforme bien plan­chado. Desde el primer día que les presentaron, Helena a partir de ahora trabajaremos en pare­ja, un aduanero español con uno francés, se ca­yeron bien, ella incluso dijo: encantada. Notó enseguida que Héctor la prestaba poca atención, y que ninguna postura, inclinarse hacia delan­te para que el culito quedara bien levantado, los infalibles, según la revista Cosmopolita, puñetacitos en el pecho (le faltaban los pelazos negros) para excitar al macho, o arrastrarle por el bra­zo para que perdiera el equilibrio y tuviera que agarrarse a algo sólido, nada. Héctor sonreía como los políticos, sin sentir ni frío ni calor.

El trabajo, aparte de las alertas de alijo de dro­ga, era sencillo: a los europeos, pista libre, al res­to registro e intimidación. Los que se aproxima­ban al perfil robot del sospechoso confeccionado por Europol, comprobación de la identidad y re­gistro de la persona y de las pertenencias. El procedimiento a seguir, repetido por los instruc­tores de la escuela de aduaneros millones de ve­ces, se reducía a: identificar a los sospechosos aplicando el perfil, cabello negro y rizado, sos­pechoso; si venía acompañado por ojos negros y mirada desafiante, a ésos interrogatorio; báje­se del camión, y pase a la oficina, por favor. Sen­tarles, pedir documentación, verificar su auten­ticidad, y pase a la habitación. Tras un par de minutos entrar y cachear al sospechoso.

Literalmente ardió Troya el día en que Helena y Héctor cacheaban a un tal París Maujab, un jovencito moreno, de mirada penetrante, que no se ajustaba al perfil, por tener el pelo liso y esca­so, pero que Héctor insistió en que sí. Sin discu­tir, Helena le dijo alce los brazos, y cuando em­pezó a cachear le miró a los ojos, notando que se le ponían brillantes, entonces vio que Héctor tenía los suyos cerrados y pasaba su mano ¡por el culo! del individuo en cuestión. ¡El muy mari­cón! Lo sospechaba, pensó Helena. ¿Por qué me lo ocultó? Sin pensarlo dos veces prosiguió el re­gistro, pero le metió la pierna entre las suyas al registrado, apretándole suavemente al bulto, y se acercó a él, hasta notar su agradecimiento.

Al terminar el cacheo, Héctor rellenaba parsi­monioso y funcionarial una forma. ¿Encontras­te algo? Ella miró a París Maujab, y no contestó. Puede irse, señor Maujab, dijo Héctor. Salimos al mismo tiempo de la oficina, y esa noche en Biarritz, en el aparcamiento para camiones, La Fleur d’Occident, durante un cacheo menos pro­fesional del sospechoso para entender por qué Héctor se detuvo donde lo hizo se escuchó: Yo tampoco discrimino, me gusta tanto lo que mira al sur como lo que mira al norte.

París insistió en que lo acompañara de rutera, ella contestó que la obligación la mandaba incor­porarse al trabajo, añadiendo que cada vez que cruzara la frontera preguntase por Helena de Troya, y que lo atendería con cariño y amistad.

El destino las juega que pa qué. París acabó convenciendo a Helena, y terminó llevándosela a su país. Hoy la conocen con el nombre de He­lena Maujab, y sus hijos se parecen al padre, he­redaron también el talento para las lenguas. El maestro recomienda que el mayor estudie latín y griego, enorme trastorno porque la única es­cuela está a quince kilómetros de la casa. Héc­tor, que también abandonó los líos de las fron­teras, y funge de administrador del negocio de transportes, Mercancías Maujab, se ofreció con su amabilidad habitual a llevarlo todos los días, o si no que lo haría Mohammed, su compañero. La pequeña Salomé de momento no se descose de las faldas de la madre.

París sigue cruzando fronteras, a veces des­cansa nostálgico en La Fleur d’Occident, y nun­ca deja de congratularse por la suerte de haber encontrado un talismán como Helena. Ella, a su vez, todavía se derrite cuando la llama por su nombre, y desde la cabina del camión, con el pelo algo más ralo y luciendo unas gafitas con marco de metal, con lo que recuerda a Salman Rushdie, le dice sonriendo moruno: Adiós, Hele­na de Troya.

(Una sesión continua de Los diez mandamien­tos y Le chien andalou complementan la lectura anterior. Si hubiese que poner una ilustración al cuento podría utilizarse alguna imagen abstracto-paródica pintada por Salvador Dalí o, me­jor, cualquiera de las imágenes de Salomé que tanto les gustaban a los modernistas.)

Germán Gullón (Santander, 1945)

Germán Gullón
(Santander, 1945)

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Germán Gullón
Adiós, Helena de Troya

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Adiós HelenaGermán Gullón

Adiós, Helena de Troya

Col. Ánfora y Delfín, 796
Ediciones Destino. Barcelona, 1997
ISBN: 9788423328482

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