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«En las tiendas griegas», el manuscrit trobat de «La pesquisa», de Juan José Saer. Superestructura i infrastructura a la guerra de Troia

 

“… durant una o dues hores, el nostre heroi no tingué gaire consciència del que passava al voltant d’ell. […]

De sobte, el sergent cridà als homes:

—Que no veieu l’Emperador, carallots?

Tot d’una l’escorta cridà visca l’Emperador!, a plena veu. No cal que diguem que el nostre heroi obrí uns ulls com unes taronges, però no veié sinó generals que galopaven, seguits també per una escorta. Les llargues crineres voleiadisses que duien als cascs els dragons del seguici li impediren distingir les cares. «O sigui, que no he pogut veure l’Emperador en un camp de batalla, per culpa d’aquests maleïts gots d’aiguardent!» […]

La Cartoixa de Parma

Stendhal

Traducció de Pere Gimferrer

 

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[…]

      –No me refiero a la veracidad de la historia, sino a la mía –dice Pichón–. Si no me creen, les mando los diarios.

     Indeciso, Soldi escupe el carozo de la aceituna en la palma de su mano, y después lo deja en un cenicero. Tomatis advierte su vacilación.

     –No le hagas caso –dice–. Es un lugar común de la crítica francesa. Pichón se echa a reír.

     –No, de veras –dice–. Salió en todos los diarios. Y, además, pasó a la vuelta de mi casa.

     –Argumento irrefutable –dice Soldi con desdén, recuperando su aplomo y entrando nuevamente en el tono de la discusión, que consiste en definitiva en formular, de manera irónica, objeciones o aprobaciones, sin estar nunca demasiado seguro de que han sido aceptadas o siquiera comprendidas por los otros–. Desgraciadamente, el autor de En las tiendas griegas ya se ha abocado a ese problema.

     De manera un poco ostentosa y convencional, Pichón enarca las cejas y asume una expresión interrogativa, destinada a significar más o menos: por lo que me transmitieron de ese texto, no me parece haber entendido que tratara de esa cuestión.

     –Los dos soldados –dice Soldi–. Los dos soldados de guardia en la tienda de Menelao.

     Y ante el interés de Pichón y de Tomatis, que lo estimula y lo embriaga levemente, y que transparenta mucho –tal vez un poco demasiado– en sus expresiones, Soldi explica que del Soldado Viejo y el Soldado Joven –los dos personajes principales de la novela–, el Soldado Joven, que acaba de llegar de Esparta hace apenas unos días, es el que más sabe de la guerra. El Soldado Viejo, que está desde hace diez años en la llanura de Escamandro –la mayor parte de la novela transcurre la noche que precede la introducción del Caballo y por lo tanto la destrucción de la ciudad– no ha visto nunca un solo troyano, en todo caso de cerca, debido quizás a que forma parte del personal de Menelao, que se ocupa de los problemas de intendencia y de seguridad en retaguardia, y para él esa palabra, troyano, evoca únicamente unas figuras humanas diminutas, debatiéndose contra los griegos en un punto de la llanura, y después en otro, y más tarde en un tercero, y así sucesivamente. Cuando Menelao, al comienzo del sitio, encabezando una embajada, había entrado en la ciudad para ir a reclamar a Helena (a la que él nunca había visto), le había tocado quedarse de guardia en el campamento. Y si venía alguna embajada troyana a parlamentar, era siempre en la tienda de Agamenón que la recibían. Para él, Troya era una muralla gris que se elevaba a lo lejos y en la cual, de tanto en tanto, veía pasearse una silueta vagamente humana. En cuanto a las hazañas del héroe cuyo sueño estaban protegiendo en ese mismo momento, el Soldado Viejo no sabía casi nada, tal vez porque en todos los años que había estado a su servicio, su jefe apenas si le había dirigido dos o tres veces la palabra. El Soldado Joven, en cambio, estaba al tanto de todos los acontecimientos, hasta el más insignificante, que habían tenido lugar desde el comienzo del sitio. Y no únicamente él, sino toda Grecia, lo que equivalía a decir el universo entero. Todos los hechos relativos a la guerra les eran familiares hasta al más oscuro de los griegos. Incluso las criaturas que habían nacido cuatro o cinco años después del comienzo de las hostilidades, remedaban los hechos más salientes en sus juegos: todos querían ser Aquiles, Agamenón, Ulises, y únicamente contra su voluntad aceptaban el papel de Paris, de Héctor, de Antenor. 

Hasta los que todavía gateaban querían ir a recoger el cadáver de Patroclo, lo mismo que los hombres hechos y derechos que, erguidos sobre sus miembros vigorosos, adoptaban en la plaza pública actitudes que creían imitar de Filoctetes o de Ayante, o los viejos que, ayudándose con un bastón, que solían revolear en la fiebre de sus relatos, andaban por los caminos repitiendo las hazañas que todo el mundo conocía de memoria y que sin embargo nadie se cansaba de escuchar. En las noches de invierno, cuando caía la nieve en las montañas solitarias, familias enteras, señores y criados, amos y esclavos, hombres y mujeres, adultos y criaturas, se apretujaban alrededor del fuego para escuchar, por milésima vez, los relatos. Si un viajero atravesaba algún lugar desierto, y se cruzaba con un algún desconocido, o con algún pastor que cuidaba su rebaño desde hacía meses en algún valle perdido, apenas habían intercambiado un saludo convencional, el tema de la guerra se instalaba en la conversación. De vuelta de una de esas temporadas, un pastor pretendió que una mañana sus cabras, inexplicablemente, se habían puesto a gemir desconsoladas, y que él se había enterado un poco más tarde por un viajero de que había sido el día de la muerte de Patroclo. 

Al Soldado Viejo, todos esos nombres de héroes se le mezclaban en la cabeza, porque tenía muy poco contacto con ellos e ignoraba la mayor parte de las hazañas que al Soldado Joven le parecían tan gloriosas. Los pocos efectos palpables de la guerra para el Soldado Viejo, se resumían en dos o tres hechos concretos: un día, por ejemplo, después de una batalla de la que todo el mundo comentaba que había sido muy violenta, pero de la que él no había visto más que una nube de polvo en un punto lejano de la llanura, su jefe había vuelto ligeramente herido, y varias veces también había podido deducir del humor de Menelao, si el curso de los acontecimientos era favorable o adverso a los griegos. Una cosa parecía segura: había una guerra, porque alguno de sus viejos camaradas que habían sido seleccionados para la acción nunca volvieron al campamento, y porque a veces faltaban el pan y el aceite –nunca en la mesa de los jefes desde luego– y otras cosas similares, lo que era signo de tiempos difíciles. Si se hubiese topado con Ulises o Agamenón, el Soldado Viejo no los hubiese reconocido. Cuando los otros jefes venían a la tienda de Menelao, siempre lo hacían en grupo, y cuando venían solos, al Soldado Viejo le costaba igualmente distinguirlos. De todas maneras, a su edad –en realidad apenas si tenía cuarenta años– ya había aprendido desde hacía tiempo que al soldado raso le conviene ser ciego, sordo y mudo y tratar de pasar completamente desapercibido. Para el Soldado Joven era exactamente lo contrario: tampoco él había visto nunca a Helena, pero conocía todas las historias, anécdotas y leyendas que circulaban sobre ella. Sabía de ella probablemente más que su marido y que el amante troyano –el nombre de Paris al Soldado Viejo no le decía nada– que, infringiendo las leyes de la hospitalidad, la había seducido y secuestrado en ausencia de Menelao. Más aún: afirmaba que Helena era la mujer más hermosa del mundo, y la consideraba también como la más casta, porque un rey de Egipto que había dado alojamiento a la pareja durante un alto en su viaje hacia Troya, cuando descubrió el secuestro, expulsó a Paris y, gracias a manipulaciones mágicas, fabricó un simulacro de Helena tan semejante al original que Paris se la había llevado consigo a Troya creyendo que era la verdadera, la cual, según el Soldado Joven había oído decir, seguía todavía en Egipto, donde había envejecido considerablemente, esperando la vuelta de su marido. A lo cual el Soldado Viejo contestó (según Soldi memorablemente, y en la novela con mejores palabras que las que él estaba transmitiéndoles en forma sucinta) que, si todo eso era cierto, la causa de esa guerra era un simulacro, lo cual en cierto modo no cambiaba nada para él, porque teniendo en cuenta lo poco que sabía de ella, no únicamente su causa, sino también la guerra misma era un simulacro y que, si algún día volvía a Esparta y alguien le pedía que contase la guerra, se encontraría en una situación delicada, pero si le quedaba algún ocio en su vejez, lo dedicaría a informarse de todos esos acontecimientos tan conocidos en el mundo entero y que el Soldado Joven acababa de referirle.

Satisfecho de la larga explicación de Soldi, Tomatis deja de mirarlo y ausculta con cierta expectativa la cara de Pichón, para ver si las palabras de Soldi han producido el efecto que él desearía, a saber que Pichón esté tan interesado en la novela como en la personalidad del albacea literario –designado por la hija gracias a las maniobras del propio Tomatis– de Washington. Y como considera que de ese efecto depende también un poco su propia reputación, la sonrisa pensativa de Pichón lo tranquiliza. Él conoce bien, desde hace más de treinta y cinco años, esa sonrisa, en la que hay al mismo tiempo reconocimiento, simpatía y reflexión, y que anuncia siempre una réplica, precedida de un corto silencio. Y la réplica llega:

     –El Soldado Viejo posee la verdad de la experiencia y el Soldado Joven la verdad de la ficción. Nunca son idénticas pero, aunque sean de orden diferente, a veces pueden no ser contradictorias –dice Pichón.

     –Cierto –dice Soldi–. Pero la primera pretende ser más verdad que la segunda.

[…]  

Juan José Saer

La pesquisa

 

En Marxismo y forma Frederic Jameson definía un “tropo histórico,, como aquella operación mental que “permite poner en contacto dos realidades distintas e inconmensurables, una en la superestructura y la otra en la base, una cultural y la otra socioeconómica”

En su inquietante novela La pesquisa, el escritor Argentino Juan José Saer nos ofrece un ejemplo esquemático y un tanto alegórico de esta “inconmensurabilidad” que vale la pena explorar un momento.

Con una prosa marcadamente existencialista que, sin embargo, empuja una trama de novela negra, Saer nos refiere la historia de un extraño y viejo manuscrito encontrado por los protagonistas de la novela. Estos, mientras intentan determinar su autoría, nos van desvelando diferentes pasajes de la historia que contiene dicho manuscrito: un Soldado Joven y un Soldado Viejo (griegos ambos) montan guardia en el campamento levantado ante las murallas de la ciudad de Troya justo la noche antes de que el mítico caballo de madera precipite su, también mítica, destrucción. Esa noche, mientras montan guardia frente a las tiendas de sus superiores, el Soldado Joven recién llegado de Esparta le explica al Soldado Viejo, quien lleva ya 10 años frente a las murallas, todos los detalles y vicisitudes de una guerra que él no ha vivido pero que, sin embargo, parece conocer mucho mejor que el Soldado Viejo (y no sólo el Soldado Joven, sino que toda Grecia conocen todos los hechos relativos al sitio y a la guerra de Troya). El Soldado Viejo escucha con atención: las hazañas de Aquiles, Agamenón, Ulises, Héctor… Toda Grecia vive atravesada por dichos relatos y hazañas que el Viejo desconoce.

Ocupado en problemas de intendencia y seguridad en la retaguardia para el Soldado Viejo la guerra apenas ha significado una nube de polvo que se levanta en la llanura cuando empiezan las batallas, y sus superiores apenas le han dirijo cuatro palabras en 10 años de sitio a la ciudad. Sorprendido por esas historias que le cuenta el Joven, el Viejo decide que cuando vuelva a su Esparta natal dedicará el poco tiempo que le quede de vida y de ocio a informarse sobre todos esos héroes y acontecimientos tan conocidos sobre los cuales (reales o falsos) él nada sabía…

En la magnífica novela de Saer se nos ofrece, pues, una representación esquemática entre, por un lado, la “superestructura” —el Soldado Joven que, más allá de su realidad inmediata, consume sin reservas las representaciones patricias de la historia, de héroes y gestas que se baten por el honor y la gloria de sus pueblos— y, por otro, la “infraestructura” —el Soldado Viejo cuya experiencia real y vivida se consume en una cotidianeidad de explotación y trabajo vacía de todo valor y sentido—.

Para nuestro propósito, en esta introducción, queremos hacer dialogar brevemente esta escena con la que abre lo que se ha venido a llamar la “gran novela épica del siglo XX”, La estética de la resistencia. En esta novela, el escritor y dramaturgo alemán Peter Weiss dotará de una interesante fluidez dialéctica estos dos órdenes de la realidad, “el Soldado Joven” y el “Soldado Viejo”, la “infraestructura” y la “superestructura”, que en Saer aparecen tan absolutamente contrapuestos.

En el texto de Weiss nos situamos en la Alemania de los años 30. Unos obreros comunistas dedican el poco tiempo que consiguen arañar al trabajo en la fábrica a ir al Museo de Berlín y estudiar el friso de Pérgamo donde se representa el triunfo de Zeus y de Atenea frente a sus enemigos los gigantes.

Lo que ven en el friso imperial estos obreros en medio de la Alemania nazi imperialista de los años 30 dista mucho de la mirada crédula y sin reservas del Joven Soldado frente a las representaciones de la guerra de Troya que veíamos en la novela de Saer; muy distinta es también la relación de “inconmensurabilidad” que se establece entre dichas representaciones y la experiencia inmediata de lucha cotidiana por la existencia que veíamos en el Viejo Soldado espartano.

Los obreros de La estética de la resistencia enseguida reconocen en los hijos de Gea que se enfrentan a los dioses del Olimpo un hilo rojo compartido. Y entre los fragmentos desprendidos de la piedra y sus huecos ven a los ausentes, los que han perecido en esta lucha. Lo que retuerce la piedra en gestos y muecas de dolor no es un simple “conflicto de intereses económicos”, el efecto mecánico de unas determinaciones económicas. En la escena, la lucha de clases aparece como una confrontación de sistemas éticos y estéticos (una economía moral) que comprende deseos, emociones y valores que estructuran también las razones de sus protagonistas, “una visión del mundo” que historiza el presente y politiza el pasado; abriendo las puertas a un futuro diferente.

Los titanes a punto de perecer en ese instante esculpido en la piedra de Pérgamo refractan, pues, la lucha actual contra el fascismo que emprenden los protagonistas de la novela de Peter Weiss. Una lucha irreconciliable con la barbarie fascista y capitalista (con su mundo) a punto de triunfar nuevamente sobre los hijos de la tierra, y ello moviliza valores, experiencias de lucha y solidaridad que constituyen el “punto de vista”, el punto de partida de la reflexión teórica y del conocimiento práctico de una clase, de los oprimidos en lucha.

Marc Casanovas

Una Rayuela revolucionaria para el siglo XXI

Prólogo a: El Marxismo olvidado, de Michael Löwy

 

 

Stendhal La Cartoixa de Parma

Traducció de Pere Gimferrer

Les millors obres de la literatura universal, 8

Edicions 62 i la Caixa. Barcelona, 1981

ISBN: 842971782X

 

 

Juan José Saer

La pesquisa

Rayo verde editorial. Barcelona, 2012

ISBN: 9788415539001

 

 

 

Michael Löwy

El marxismo olvidado

Pròleg de Marc Casanovas

Editorial Fontamara. Barcelona, 1978

ISBN: 9788494833908  

 

 

Francesc Parcerisas i Llorenç Riber. L’Eneida a l’aeroport. «Timeo danaos …»

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Al fi, per a que entràs [el cavall], los murs romperen,
y assí, de nostres lleys, què és lo que feren?
Los de Troya matexa ho esforçaven,
y assí los de la Audiència ho procuraven.
Allà los del cavall van cremar Troya,
y assí los de a cavall la millor joya.
Allà no·ls van dexar bufets ni taules,
Assí mos han cremat fins als retaules.
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[Anònim]
Comparació de Cathalunya ab Troya (1641)

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Tinc una estona ben llarga a l’aeroport mentre espero l’ar­ribada del vol de la Mireia. Per sort m’he endut una bona lectura per poder distreure el temps mort. Busco un seient i avanço en el primer volum de la traducció de mossèn Llo­renç Riber de l’Eneida. Fa anys que la vaig comprar, quan col·leccionava els volums de la Biblioteca Catalana, però mai no l’he oberta. I l’altre dia, que van sortir a la conversa amb el Carles Miralles les traduccions de mossèn Riber, vaig pen­sar que ara, a l’estiu, sense presses, era el moment ideal per fer una lectura d’aquesta mena. No he avançat gaire, perquè de vegades els noms em confonen i se m’obliden (no recordo que els teucres són els troians i els aqueus els grecs), o hi ha alguna digressió que em fa perdre el fil. Però la llengua de mossèn Riber, el 1917, és farcida de girs i solucions cultes i d’aquell divertit repte —compartit per altres autors de l’èpo­ca, com Carner— d’«anostrar» mots forasters o d’inventar verbs o adjectius que va bé de posar perquè són una peça exigida per la traducció: oblidosa, contrariosos, cli (per in­clinat), feixugós, rioler... Llorenç Riber, que va acabar dis­tanciat del catalanisme cultural i polític, és un personatge que segurament descriu molt bé l’engrescament i defecció d’una part del catalanisme del primer terç del segle xx. Ell, un mallorquí d’origen humil, arribà a tenir un paper impor­tant dins la intel·lectualitat catalana fins a la dictadura de Primo de Rivera, però sembla que les seves col·laboracions a Madrid i les traduccions al castellà van acabar de distan­ciar-lo, abans i després de la guerra, d’aquell mediterraneisme conservador mallorquí, que és el context que dóna sentit a la seva obra. De fet, la traducció de l’Eneida és dedicada a Henrici Prat de la Riba Manibus Sacrum, és a dir, a la màxi­ma personalitat política darrere l’impuls del nou-cents i, al colofó dels dos volums de la traducció, es parla de «l’Eneida de Virgili, ara primerament traduïda en rims catalanescs per Llorenç Riber Campins, prevere, català de Mallorca, nadiu de Campanet…». El pancatalanisme hi sembla de pedra pi­cada. I, per si l’adscripció total al nou-cents pogués deixar algun dubte, en aquesta edició cada part va encapçalada amb una senzilla vinyeta de Joan d’Ivori que recorda una mica les neoclàssiques de John Flaxman per a les obres d’Homer. Al davant de tot, a manera de proemi, hi ha un poema de mossèn Riber dedicat a Virgili i, a la vinyeta cor­responent a aquest pròleg, apareix la imatge d’un poeta togat tocant la lira vora una font amb un bon broll d’aigua i una taula amb craters i bols de fruites a vessar (hi ha un raïm que penja de la vora, sucós), i al fons de tot, menuda, una masia catalana, amb el fumerol que surt de la xemeneia i dos pallers a un costat de l’edifici. Tot un programa estètic d’implanta­ció del classicisme al paisatge rural català!

 

 

Com que el vol duu força retard, de tant en tant m’aixe­co per estirar les cames i canvio de lloc. Aprofito per ob­servar els tipus humans, les ètnies, les llengües, les maneres de vestir, la gesticulació dels qui pul·lulen per aquests ports moderns que són els aeroports. Un badoc a Troia, Tir o Cartago devia fer el mateix que jo faig ara. Tota aquesta gerna­ció moderna —viatgers, turistes, passavolants— no és pas tan diferent de les que descriu Virgili. Potser els seus déus, que feien i desfeien els destins dels homes, eren més con­crets que els nostres (el Progrés, la Tecnologia, els Diners, el Plaer…), però davant de tant anar i venir, dels xiscles dels retrobaments, dels comiats plorosos, també acabo veient els troians departint-se de llurs terres, o plorant els fami­liars o els amics morts. I em retorna, com un eco al fons de la memòria, aquella màxima de la filosofia existencialista, el «ser per a la mort». Començo a fer associacions mentals amb la condició de «transeünt» —«transient»— aplicada a la gernació que emergeix, cofoia o consternada, cada cop que s’obren les portes, o que és engolida pel barquer de torn quan criden el seu vol. Es curiós que les passarel·les per embarcar i desembarcar dels avions es diguin fingers, com si una mà superior expulsés o acollís els viatgers que marxen d’aquesta terra enlairant-se cap al cel o desembar­quen després de travessar l’èter per a un descans merescut.

Sortosament abandono aquesta especulació quan la lectu­ra m’engresca i arribo a la discussió que mantenen els troians sobre si els cal acceptar o destruir l’obsequi del gran cavall de fusta que els han deixat arterosament els grecs. Hi desco­breixo l’opinió desconfiada —i encertada— de Laocoont:

aquest giny, des d’on espien
nostres maisons per a llançar-se assobre
de la ciutat, o altre parany oculta.
No us en fieu d’aquest cavall, o teucres!
Qualsevol cosa aquesta mole sia,
jo tem els grecs, i més quan fan ofrenes!

És una frase que sembla treta en viu de la política ac­tual: com Laocoont, els catalans desconfiem de l’Estat cen­tral perquè sabem que mai no atorga res, que només ens fa ofertes enverinades que, com el cavall de Troia, busquen el nostre anorreament total. Bé, torno a la lectura: ara m’espe­ra la destrucció de Troia i, a continuació, quan arribi la Mi­reia, agafar el tren i fer via, suposo, cap al Cartago de Dido.

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Francesc Parcerisas
Un estiu

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O dins d’aquesta fusta, reclosos, s’oculten els aqueus, o és una màquina que bastiren contra els nostres murs per espiar-nos les cases i caure’ns a plom damunt la ciutat, o escondeix algun ardit. No us fieu d’aquest cavall, teucres. Sigui com sigui, temo els dànaus, fins quan aporten ofrenes!

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Eneida, II, 44-49
Traducció de Miquel Dolç

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O bé dintre d’aquestes fustes hi van amagats els aqueus, o bé aquesta màquina de guerra ha estat construïda per a assaltar les nostres muralles, espiar les cases i caure damunt la ciutat, o bé amaga algun altre engany; troians no us fieu del cavall. Sigui el que sigui, recelo dels grecs fins i tot quan fan ofrenes.

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Eneida, II, 44-49
Traducció de Joan Bellès

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Francesc Parcerisas
Un estiu

Quaderns Crema
Barcelona, maig de 2018
ISBN: 9788477275954

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Virgili
Eneida
Traducció de Mossèn Llorenç Riber, Pvre.

Editorial Catalana
Barcelona, 1917

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P. Virgili Maró
Eneida. Vol. I

Fundació Bernat Metge
Barcelona, 1972

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Virgili
Eneida
Traducció de Joan Bellès

Ed. Empúries
Barcelona, 1998
ISBN: 9788475966199

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A les portes de Troia amb Quim Monzó

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Li respongué aleshores el ros Menelau [a Helena], i va dir-li:
«Dona, tot el que acabes de dir és ben just i correcte.

He conegut, amb el temps, molts guerrers, i les seues idees
i pensaments, i també he viatjat per nombrosos països:
mai, però, he pogut veure amb els ulls ningú que tinguera
un cor tan gran i valent com Ulisses l’intrèpid tenia.
Mai no he vist res com allò que va fer i aguantar aquell home
dins del cavall fet de fusta, en el qual els aqueus esperàvem,
tots els millors, per portar als troians la mort i ruïna.
Tu, aleshores, t’hi vas acostar —devia enviar-t’hi
un déu, potser, que volia donar als troians la gran fama—,
i et seguia Deífob, d’aspecte diví, quan venies.
Tres colps voltares la trampa còncava i buida, palpant-la,
i nomenant pel seu nom els millors dels aqueus: els cridaves
tot imitant la veu que tenien les seues esposes.
Dins, jo mateix, i el fill de Tideu, i Ulisses l’insigne,
sèiem enmig dels companys i vàrem sentir com cridaves.
L’altre i jo hauríem saltat decidits, plens de ganes
o de sortir cap a fora o bé, des de dins, contestar-te.
Ell, Ulisses, tallà el nostre impuls i pogué retenir-nos,
mentre la resta de fills dels aqueus van quedar-se en silenci.
Un només, Ànticle, va intentar contestar i parlar-te,
però Ulisses li va pressionar amb mà forta la boca,
molt durament, i així aconseguí que els aqueus se salvaren:
va tindré’ls quiets fins que Pal·las Atena per fi va allunyar-te».

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Odissea, IV, (266-289)
Traducció de Joan F. Mira

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A LES PORTES DE TROIA

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Quim Monzó (Barcelona, 1952)

Quim Monzó (Barcelona, 1952)

El cavall de fusta queda definitivament acabat, polit i envernissat, a primera hora del matí. Ha estat una feina dura, que ha ocupat dotzenes de soldats dirigits per tres mestres fusters. S’alça, magestuós i immòbil, al bell mig de la platja. El deixen assecar durant tot el dia. A la nit, vigilant que no els vegin des de la muralla, els guerrers escollits pugen per una escala de cànem, un darrere l’altre, ràpidament i sense fer soroll. Van armats, amb una petita bossa nuada al cinturó, amb carn en salmorra per agafar forces al matí i una porció d’aigua per calmar la set. Després que l’últim guerrer hagi pujat, recullen l’escala i tanquen la porta de manera que des de fora no es noti.

Seuen tots amb ordre i paciència, ben estrets, omplint la panxa de la bèstia. L’olor de vernís no ha desaparegut del tot i els embriaga lleugerament. Dormen amb el neguit que dóna la certesa de la victòria imminent. Tal i com havien quedat, arriba el matí, els del campament recullen les coses, calen foc a les tendes i pugen a les naus, fent veure que donen la guerra per perduda i que es retiren definitivament. Els guerrers escollits contemplen aquests moviments per les escletxes que hi ha entre els taulons del cavall. Quan les naus aquees desapareixen a l’horitzó, giren els ulls cap a les portes de la ciutat. Aviat s’obriran, els troians sortiran, prendran el cavall com un bnotí de guerra i l’entraran a la ciutat. Els guerrers aprofiten l’espera per menjar la carn que portaven.

Lentament passen les hores i de la ciutat no surt ningú. Al primer que se n’estranya, Ulisses li ordena guardar silenci. Ningú no ha d’obrir la boca i tots han de fer el mínim soroll possible. Si cap troià sortís i sentís que dins del cavall hi ha homes que parlen, tota argúcia se n’aniria per terra.

A primera hora de la tarda acaben l’aigua que els quedava. Sota aquell sol implacable, la panxa del cavall és un forn. A la nit dormen sense fred. Són tants i estan tan estrets que no els cal cap manta. El problema són les miccions. Hi han passat tot el dia i la nit abans i, dissimuladament, incapaços d’aguantar-se més, alguns decideixen orinar pels racons. Però les necessitats d’Anticle no són menors sinó majors. Ulisses li ordena aguantar-se-les. Anticle diu que no pot (el ventre se li retorça, es veu incapaç de resistir ni un instant més), perd els nervis i es queixa que els troians ja haurien d’haver-se endut el cavall. No hi havien d’estar tantes hores, allà dins. Diu tot això cridant; per fer-lo callar, Ulisses l’escanya.

Amb l’arribada de l’alba reneixen les espe­rances. Avui sí que vindran els troians, pendran finalment el cavall i el duran dins. És lògic que ahir no ho fessin, perquè encara no se’n refia­ven. Avui se’ls deu fer del tot evident que els aqueus han marxat de debò. Els ho confirma el fet que, a mig matí, senten música que els arriba de la ciutat, uns càntics estranys però innega­blement alegres. Deuen celebrar la victòria. A la tarda, els troians obren finalment les portes de la ciutat. Els guerrers aqueus se n’alegren i observen (excitats i immòbils per no fer cap so­roll) com un grup de troians surt de la ciutat i s’acosta al cavall. Els aqueus s’aguanten la res­piració. Els troians envolten la bèstia de fusta i la contemplen amb curiositat. Enraonen entre ells, però els aqueus, tot i que paren l’orella, no entenen què diuen. Els arriba una remor de paraules barrejades amb el so de les onades. Ara finalment pendran el cavall i el duran dins. Però per comptes d’això desfan el camí, tornen a la ciutat i tanquen les portes.

Als guerrers aqueus aquella nit els és més di­fícil dormir. La gana i la set es generalitzen. No els queda aigua ni menjar, ni tenen possibilitats d’aconseguir-ne, i això fa que hi hagi disputes freqüents, que Ulisses talla d’arrel: no vol sen­tir ni una paraula. Ni un ronc. Qualsevol so­roll podria alertar de la trampa els troians. Arri­ba l’alba. Passa el dia sense que ningú vingui a buscar-los. Ulisses dissimula el nerviosisme. La resta de guerrers no. Tenen gana i, cada cop que algú es queixa que allò no funciona com hau­ria de funcionar, Ulisses amenaça que escanya­rà qui no calli.

Dos dies més tard n’hi ha dos que propo­sen sortir, sigui com sigui i encara que fer-ho descobreixi la trampa als troians. Es evident, diuen, que l’argúcia no ha funcionat, i és de cre­tins continuar endavant un projecte que no funciona. Ulisses sufoca l’intent de motí tal com havia amenaçat de fer: escanyant-los tam­bé, igual que a Anticle. Com que fa dies que no mengen, els guerrers devoren tots dos cadàvers.

Hi ha un guerrer, d’estómac massa delicat, que vomita al primer tast. Per no deshidratar-se, tots decideixen beure’s la pròpia orina.

A la pudor d’orins i excrements s’afegeix ara la ferum del primer cadàver (el d’Anticle, que comença a descompondre’s amb aquella calo­rada) i de les entranyes dels altres dos. N’hi ha un que proposa desfer-se’n obrint un instant la porta i llençant-los. Ulisses s’exaspera. ¿Com se’ls pot acudir una idea així? ¿Com podrien llençar-los fora sense despertar les sospites dels troians? Deixar als peus del cavall tres cadàvers (dos d’ells reduïts només a un munt d’ossos i vísceres) seria descobrir clarament la trampa. Un altre suggereix que podrien desfer-se’n de nit: baixar-los per l’escala i llençar-los al mar. Un altre opina que el més greu no és conviure amb la ferum dels cadàvers i dels excrements, sinó la incertesa del futur. Tots aquests dies, les naus aquees deuen haver anat enviant explora­dors per veure si el cavall de fusta, tal com ha­vien previst, era ja dins Troia. No aguantaran gaires dies més amagades abans de donar l’ar­gúcia per fracassada i tornar a casa, acceptant definitivament la derrota. Això si no ho han fet ja. Ulisses s’hi llança al damunt, però ni ell té ja forces i, incapaços de barallar-se amb un mí­nim d’energia, cauen tots dos sobre els altres guerrers, que es fan a un costat, cada cop més prims i sense ni esma. N’hi ha que jeuen tan immòbils que es fa difícil saber si encara són vius. El mateix Ulisses se sent defallir, però no s’ho pot permetre. Els troians, repeteix cada cop amb menys convenciment, sortiran en qualsevol moment i s’enduran el cavall. No­més és qüestió d’esperar. Quan això passi, ells (els millors guerrers, escollits entre la flor i nata de la joventut aquea) esperaran que arribi la nit, sortiran quan tothom dormi, saquejaran la ciu­tat i n’abatran les portes. Per les escletxes entre els taulons, observa amb avidesa les muralles de la ciutat; i es tapa les orelles per no sentir els ge­mecs agònics dels seus guerrers.

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Quim Monzó
Guadalajara

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Sergio_Aragonés The trojan horse (2)

Sergio Aragonés“The Trojan Horse: A True Account”

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Sergio_Aragones

Sergio Aragonés Domènech (Sant Mateu, Baix Maestrat, 6 de setembre de 1937)

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Quim Monzó - GuadalajaraQuim Monzó

Guadalajara

Mínima de butzaca, 65

Quaderns Crema. Barcelona, 1996

ISBN: 9788477271642

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Odissea_MiraHomer

Odissea

Versió de Joan F. Mira

A Tot Vent, 562
Raval Edicions S.L.U., Proa. Barcelona, octubre del 2011

ISBN: 9788475882598

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