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Cees Noteboom escriu a Posidó i Kafka observa com fa càlculs al seu escriptori

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Ovidio, Homero, todos hablan de ti. Te colaste en los gran­des relatos, aunque en el mundo real fueras invisible. Habrá voces que sostengan que eso fue precisamente el motivo de tu ocaso. A Ulises le hiciste la vida imposible durante su viaje a ítaca; junto con Atenea, apoyaste a Aquiles cuando se enfrentó a Apolo en las orillas del furioso río Escamandro. Ahora bien, ¿hasta qué punto amaste a los griegos de los siglos posteriores que continuaron adorándote pero que ya no protagonizaban ninguna obra maestra? ¿Dónde estabas en el año 338, cuando Filipo II de Macedonia venció a los atenienses y tebanos en Queronea anunciando así el fin de la antigua civilización grie­ga? ¿Es propio de los dioses manifestarse exclusivamente en for­mas de ficción y, a la hora de la verdad, dejarnos en la estacada? ¿Tantas oraciones y sacrificios para nada? Queronea, ciudad de Beocia, ahí deberías haber estado. La batalla se describe en la historia universal de Polibio, una historia que podría figurar en cualquier periódico de hoy. Movimientos de tropas, legacías, alianzas, traición, enfrentamientos… Siempre ha sido así, nada ha cambiado: Siria, Egipto, Libia. La historia de Polibio es de una gran actualidad, pues en nuestros días tampoco existe nin­gún dios que se preocupe de los mortales. Demóstenes acusó a los arcadios de haber traicionado Grecia por luchar en el bando de Filipo de Macedonia. ¿Hasta cuándo persiste la traición y su memoria? Han transcurrido casi dos mil años y la infortunada Grecia actual se opone a que la Macedonia independiente de hoy lleve el nombre de entonces, puesto que todavía posee una parte de su territorio. Polibio se pronuncia claramente sobre la acusación de Demóstenes: «Al traer a Filipo al Peloponeso y humillar a los lacedemonios (espartanos), lograron que los habitantes del Peloponeso respiraran de nuevo y volvieran a sentir lo que es la libertad». El dolor de la grandeza perdida no se manifestará hasta más tarde, en Kavafis, quien, en un juego de espejos de anacronismos, presagió la llegada de los bárbaros y la decadencia del helenismo, un futuro disfrazado de pasado. Tú no quisiste detener esa decadencia. Tal vez porque ya no se trataba de un mito, sino de la realidad, de la historia, de hechos. Quien ostenta el poder impone a sus dioses, quien pierde el poder, los abandona. Visto desde esta perspectiva, los templos consagrados a ti que se han conservado son la prueba de tu im­potencia. Vainas vacías de mármol por las que penetra el viento. Solo en la ficción fuiste capaz de sobrevivir, y yo me pregunto: ¿qué dios se impondrá cuando lleguen los bárbaros?

Cees Noteboom

Cees Nooteboom (La Haia, Països Baixos, 1933)

Cees Nooteboom
(La Haia, Països Baixos, 1933)

Poseidón XII

Cartas a Poseidón

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Omnividente. Omnipresente. Así se califica a nuestro Dios. La comparación contigo sigue siendo inevitable, por mucho que te fastidie. En tu caso, el don de la ubicuidad y la omnivi-dencia se limitan al mar, aunque yo sé que no es así. Ya en la Ilíada te adentraste en tierra firme para participar en la batalla y más adelante hiciste de todo con el mar con tal de perjudicar a Ulises. Según Kafka, en cambio, siempre permaneciste en tus dominios. La imagen que Kafka ha transmitido de ti se ha im­puesto a la de Homero, por lo que no logro desprenderme de ella. Leí en cierta ocasión que Borges durante una travesía en barco, mientras este recorría lentamente la desembocadura del Río de la Plata después de zarpar del puerto de Buenos Aires, lanzó una moneda al agua desde la cubierta más alta, tal vez como suele hacer la gente en la Fontana de Trevi de Roma, con la esperanza de poder regresar alguna vez. […]

Cees NoteboomNapoli_05_12_ 362

Poseidón XI

Cartas a Poseidón

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Poseidón hacía cálculos sentado a su escritorio. La adminis­tración de todas las aguas le daba un trabajo infinito. Podía disponer de cuantos colaboradores quisiera y, en efecto, te­nía muchos, pero como se tomaba su cargo tan en serio, vol­vía a calcularlo todo, de suerte que de poco le servían los co­laboradores. No podía afirmarse que su trabajo le resultara placentero; de hecho, solo lo realizaba porque le había sido impuesto, y lo cierto es que ya había solicitado en varias ocasiones un trabajo más ameno, como solía expresarse, pero cada vez que se le hacían diversas propuestas se demos­traba que, a pesar de todo, nada le gustaba tanto como el cargo ostentado hasta el momento. Por cierto, era muy di­fícil conseguirle algo diferente. Y lo que resultaba imposible, desde luego, era asignarle un mar determinado, pues, con independencia de que en tal caso los trabajos de cálculo no serían menores sino simplemente más minuciosos, al gran Poseidón solo se le podía adjudicar, como mínimo, un pues­to de mando. Cuando se le ofrecía un puesto fuera del ám­bito acuático, la mera idea le provocaba malestar, su res­piración divina se trastocaba, su férreo torso se agitaba. Además, sus quejas no eran tomadas en serio, a decir ver­dad; cuando un poderoso martiriza, es preciso ceder en apa­riencia, aunque el asunto no tenga visos de poder resolver­se; nadie pensaba en desposeer realmente a Poseidón de su cargo, había sido nombrado dios de los mares en los oríge­nes y así debía seguir.

Franz Kafka  (Praga  1883 – Kierling 1924)

Franz Kafka
(Praga 1883 – Kierling 1924)

Cuando más se enfadaba -y esta era la principal causa de su descontento con el cargo- era cuando se enteraba de la idea que se hacían de él, a quien imaginaban con el tridente, surcando las olas sin cesar en un carro. Lo cierto es que per­manecía sentado en las honduras del océano y no paraba de hacer cálculos, algún viaje para ver a Júpiter era la única interrupción de la monotonía, un viaje, por cierto, del que casi siempre regresaba furioso. Así pues, apenas había visto los mares, solo fugazmente durante los presurosos ascensos al Olimpo, y nunca los había recorrido de verdad. Solía decir que esperaría hasta el fin del mundo, que entonces sin duda se produciría un momento de calma que aprovecharía para, poco antes del final, después de revisar la última cuenta, rea­lizar a toda prisa una breve gira.

1920

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Franz Kafka

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Cees Noteboom Cartas a PoseidonCees Noteboom

Cartas a Poseidón

Nuevos Tiempos, 251
Ediciones Siruela. Madrid, 2013

ISBN: 9788498419993

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Kafka - SirenasFranz Kafka

El silencio de las sirenas
Escritos y fragmentos póstumos

Traducción de Juan José del Solar,
Joan Parra Contreras y Adan Kovacsics
Prólogo de Jordi Llovet

Random House Mondadori. Barcelona, 2005
ISBN: 9788497937900

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El silenci de les sirenes, de Kafka

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Yo he escrito también algunos cuentos
en los cuales traté ambiciosa e
inútilmente de ser Kafka

Jorge Luis Borges

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Hi ha les poderoses i bellíssimes figures de l’incons­cient: les sirenes, que Kafka va evocar […], les sirenes que, després de tants segles, s’estiren, es regiren, deixen onejar al vent els horripilants cabells solts i desple­guen les urpes damunt la roca. Canten com al temps d’Ulisses. No pas històries de la guerra de Troia, com aleshores, sinó paraules misterioses i terribles que els déus revelen als Citati - Kafkahomes. El seu cant penetra a tot arreu. Sedueix les ments i els cors. No serveixen de res les cadenes amb què els ma­riners es lliguen als arbres mestres ni la cera a les orelles a la qual recorre Ulisses. Tots els qui senten la veu sagrada van a la perdició. No poden suportar la revelació. I damunt les roques hi ha un piló d’ossos i de pell arrugada. Però, del temps d’Ulisses al nostre, les sirenes encara s’han fet més poderoses. Ara la seva temptació suprema és el silenci. Mentre que a Construint la muralla xinesa els déus desapa­reixien i morien, aquí fan veure que són morts. Per tant la seva mort—el tema que fascinava Kafka aquests anys—no és sinó la més insidiosa de les seves astúcies. En aquest si­lenci hi ha una intolerable seducció. Tan bon punt callen, nosaltres pequem d’hybris: ens pensem que els hem reduït al silenci amb la nostra força, un orgull irresistible ens om­ple el cor, i allò que ens pensàvem que era la nostra victòria es converteix en la nostra definitiva derrota: l’encegament. Quan l’Ulisses de Kafka arriba al mar de les sirenes, re­sulta que no canten. Creuen que el poden vèncer amb el si­lenci, o es descuiden de cantar en veure la benaurança que emana del seu rostre. Ja no desitgen seduir, només volen aprofitar tant de temps com puguin la brillantor dels seus ulls grossos. Per defensar-se d’elles, Ulisses encara és més cautelós que l’Ulisses d’Homer. Es fa encadenar a l’arbre mestre, es tapa les orelles amb cera, mentre que a l’Odissea, com a gran expert en temptacions i misteris, s’havia deixat les orelles lliures per sentir el cant de les sirenes. Està con­tent i confia en els seus mitjans insuficients i puerils, men­tre que tots els viatgers havien experimentat que no servien de res. No sent el silenci de les sirenes. Es pensa que can­ten i està convençut que és l’únic que no les sent, protegit per la cera a les orelles. Fugisserament en veu les contor­sions dels colls, com respiren profundament, es fixa en els seus ulls plens de llàgrimes, en la boca mig oberta, i es pen­sa que tot això forma part de les melodies que, sense que les senti, es perden al seu voltant. L’espectacle amb prou feines li passa per davant dels ulls dirigits a la llunyania del retorn. Si se salva i derrota les sirenes és pel seu caràcter limitat, decidit, ferm. És un simple, un il·lustrat, un home actiu: el contrari del personatge polimorf, complex, atent a les veus i a les màgies divines que era a l’Odissea. Ni se li acudeix que el cant de les sirenes podria vèncer les seves ridícules defenses, i és tan insensible al silenci mortal dels déus que el confon amb un cant que no sent. Però tampoc no és un descregut: no es deixa vèncer per l’orgull d’haver matat els déus. Així, per una curiosa combinació de casua­litats, Ulisses és l’únic home que sobreviu a la desaparició de la divinitat.

Tot i que amb moltes cauteles, Kafka proposa una altra versió de la llegenda de les sirenes, l’única en la qual, evi­dentment, creu. Ulisses no és pas l’heroi limitat i pueril que, per burla, Kafka havia hipotitzat, sinó que continua essent l’home de l’Odissea, dotat simultàniament de la més subtil saviesa religiosa i de les astúcies humanes que ens permeten enganyar els déus i conviure-hi. Quan veu que les sirenes pleguen el coll, respiren profundament amb els ulls plens de llàgrimes i mig obren la boca, no es pensa que canten, ni que l’estratagema de la cera li impedeix sentir­ies. S’adona que les sirenes callen, que assisteix al silenci i la mort dels déus. Però, a diferència dels altres homes, no es deixa vèncer per la seducció d’aquest silenci, pensant-se que les ha derrotat amb les seves forces. Astut com una guineu, fa veure que encara canten. Aquest Ulisses modern és Kafka, l’home que ens ensenya a conviure amb la mort dels déus.

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Pietro Citati
Kafka
Traducció d’Anna Casassas

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Riki Blanco - Silencio sirenas 2

Il·lustració de Riki Blanco a “el silencio de las sirenas”. Ed. Laberinto de las Artes

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Para protegerse de las sirenas, Odiseo se taponó los oídos con cera y se hizo encadenar al mástil. Lógicamente, todos los viajeros antes que él (excepto aquellos a los que las sire­nas atraían ya desde la distancia) podrían haber hecho algo parecido, pero todo el mundo sabía que hubiera sido en vano. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, hasta la cera, y las víctimas de su seducción habrían hecho saltar, en su apasionamiento, las cadenas, el mástil y cualquier otra cosa. Sin embargo, Odiseo, aunque había oído hablar de ello, hizo caso omiso, y confiando plenamente en el puñado de cera y el manojo de cadenas, puso rumbo hacia las sirenas ufanándose ingenuamente de su truco.Kafka - Sirenas

Pero resulta que las sirenas tienen un arma aún más terri­ble que su canto: su silencio. Cabe imaginar, aunque nunca ha sucedido, que alguien pudiera escapar a los efectos de su canto; pero a los de su silencio jamás. Nada terrenal puede resistirse a la sensación de haber sido capaz de doblegarlas y a la consecuente soberbia, que lo arrolla todo.

Y en efecto, cuando llegó Odiseo, aquellas formidables cantoras no cantaron, fuera porque creyesen que ante tama­ño rival no había otra arma posible que el silencio, fuera porque, al contemplar la felicidad en la cara de Ulises, que no pensaba en otra cosa que la cera y las cadenas, se olvida­ran por completo de cantar.

Sin embargo, Odiseo no oyó su silencio, si puede decirse así: creyó que cantaban pero que él, al estar protegido, no las oía; al principio las vio por un momento arquear el cuello y respirar hondo, vio sus ojos arrasados en lágrimas y sus bocas semiabiertas, pero creyó que todo eso formaba parte de las arias que sonaban a su alrededor sin ser oídas. Pronto, sin embargo, su mirada se fijó en la lejanía y se tornó imper­meable a todo aquello; fue como si las sirenas desaparecieran para él, y justo cuando las tenía más cerca, las perdió completamente de vista.

Mientras tanto, ellas, más bellas que nunca, se estiraban y contorsionaban, dejaban ondear al viento sus estremecedoras cabelleras, extendían las garras abiertas sobre la roca, y ya no pretendían seducir, solo apurar hasta el límite el fulgor de los grandes ojos de Odiseo.

Si las sirenas tuvieran conciencia, habrían quedado ani­quiladas, pero, al no tenerla, sobrevivieron, aunque, eso sí, Odiseo se les escapó.

Por lo demás, hay quien añade un detalle a esta historia. Se cuenta que Odiseo era tan astuto, tan ladino, que ni siquie­ra la diosa del hado podía penetrar en su interior, y quizá, aunque esto es difícil de entender para una mente humana, sí se dio cuenta de que las sirenas guardaban silencio, pero, para escudarse, fingió, de cara a ellas y a los dioses, lo que acabamos de contar.

1917-1918

Franz Kafka

Traducción de Juan José del Solar,
Joan Parra Contreras y Adan Kovacsics

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Citati - KafkaPietro Citati

Kafka

Traducció d’Anna Casassas

Quaderns Crema. Barcelona, 2012.

ISBN: 9788477275220

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Riki Blanco - Silencio sirenasel silencio de las sirenas

franz kafka

ilustraciones de riki blanco

Laberinto de las Artes. Zaragoza, 2008

ISBN: 9788461237968.

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Kafka - SirenasFranz Kafka

El silencio de las sirenas
Escritos y fragmentos póstumos

Traducción de Juan José del Solar,
Joan Parra Contreras y Adan Kovacsics
Prólogo de Jordi Llovet

Random House Mondadori. Barcelona, 2005
ISBN: 9788497937900

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