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Posts Tagged ‘Ilíada’

El triomf d’Aquil·les, de Louise Glück, de la mà de Salvador (Voro) Ortells

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Voro Ortells tria Louise Glück

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No recorde en quin conte d’El Aleph de Borges vaig llegir que qualsevol destí consta, en realitat, d’un sol moment: el moment en què un sap per a sempre qui és. En aquest poema, Louise Glück (Nova York, 1943) ens mostra «el moment» que forjarà el destí mític d’Aquil·les. Sense grandiloqüències retòriques, amb un estil epigramàtic, de tan sec i punyent. Dubte que de cap altra manera podria haver esbossat el retrat íntim de l’heroi que s’esquinça l’ànima per la pèrdua del seu amic ama(n)t. Homer invocava a la musa per cantar la ira funesta d’Aquil·les Pelida. Louise Glück, en canvi, no invoca res. Simplement ens deixa veure per una escletxa l’home que batega sota l’heroi a punt de consagrar-se a l’eternitat. No li calen epítets homèrics, sols les paraules justes, sempre tan difícils de trobar.

Voro Ortells

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THE TRIUMPH OF ACHILLES
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In the story of Patroclus
no one survives, not even Achilles
who was nearly a god.
Patroclus resembled him; they wore
the same armor.
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Always in these friendships
one serves the other, one is less than the other:
the hierarchy
is always apparent, though the legends
cannot be trusted—
their source is the survivor,
the one who has been abandoned.
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What were the Greek ships on fire
compared to his loss?
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In his tent, Achilles
grieved with his sole being
and the gods saw
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he was a man already dead, a victim
of the part that loved,
the part that was mortal.
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louise_gluck

Louise Glück New York City, 1943

Louise Glück

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EL TRIOMF D’AQUIL·LES
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En la història de Patrocle
ningú no sobreviu, ni tan sols Aquil·les
que era quasi un déu.
Patrocle se li assemblava; portaven
la mateixa armadura.
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Sempre en aquestes amistats
un serveix l’altre, un és menys que l’altre:
la jerarquia
sempre és evident, encara que en les llegendes
no es pot confiar—
provenen del supervivent,
de qui ha estat abandonat.
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Què fou l’incendi de les naus gregues
en comparació d’aquesta pèrdua?
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A la seua tenda, Aquil·les
es planyia amb tota la seua ànima
i els déus veien
que ja era un home mort, una víctima
de la part que estimava,
la part que era mortal.
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voro-ortells

Salvador (Voro) Ortells (Sueca, 1977)

(Traducció de Salvador [Voro] Ortells)

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Revista Caràcters

Publicacions de la Universitat de València

 

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Mortal i fúnebre. Una lectura atenta i rigorosa de la Ilíada de la mà d’Aida Míguez Barciela

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.aida-miguez-mortal-y-funebreTodos somos hijos de eso que llamamos «Grecia», pero bajo la condición de ya no poder ser griegos nosotros mismos. Una engañosa familiaridad disfraza el abismo que nos separa del fenómeno griego, que por eso se nos aparece siempre también como un misterio. En ningún lugar se hace esto más evidente que en nuestro trato con los clásicos: la Ilíada y la Odisea confirman el núcleo de nuestra tradición literaria, pero ¿cuánto hey de griego en nuestra experiencia como lectores de Homero?

En Mortal y fúnebre, Aida Míguez Barciela trata de medir esa distancia. Elaborando una lectura atenta y rigurosa del lenguaje de la Ilíada, la autora nos plantea entre otras cosas el problema de Aquiles —figura que solo en muerte consiste y a quien la muerte acompaña— como una cuestión acerca de la esencia misma del poema: el brillo y la fama de la muerte. Son Aquiles y su relación con la muerte nuestra piedra de toque para preguntarnos cómo hemos dejado de ser (pero seguiremos siempre siendo) griegos.

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(De la presentació editorial)

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VI: El sabio ve el «mundo»

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Entre cielo y tierra

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La écfrasis empezaba con el verso: «En [el escudo] la tierra hizo, y el cielo, y el mar» (18.483). Tierra, cielo y mar delimitan el ámbito en el que sucede todo lo que sucede. «Tierra» se dice en griego khthón, gê, (g)aîa-, también ároura es «tierra», pero vista como tierra de labranza. El sustantivo epikhthónios, algo así como «que está sobre la tierra», es una manera habitual en la Ilíada de referirse al hombre: el que mora en asentamientos situados «bajo el sol y el cielo estrellado», aquel ser terrestre y no celeste (4.44-45). Apolo recuerda a Diomedes su condición mortal: «puesto que nunca de estirpe semejante | son los inmortales dioses y los hombres que marchan sobre el suelo» (5.441-442). Los mortales son los que comen el fruto de la tierra (6.142) y sobre ella ven brillar la luz del sol. Cuando alguien quiere referirse al hecho mismo de vivir puede decir, como Aquiles, «Nadie, mientras yo viva y sobre la tierra tenga visión…» (1.88). Los que pisan la tierra y sobre ella ven la luz la llaman «la que a muchos nutre» (3.89), la que «hace crecer», la que «dona vida» (physízoos: 3.243, zeídoron: 8.486). Crecer es abrirse y romperse, es lucha. Uno pide que se abra la tierra cuando quiere —o dice querer— morir: khaíno es «abrirse», «entreabrirse» en el sentido del inglés yawn y el alemán gähnen: separarse descomunalmente, como una boca que bosteza, de ahí kháos y khásma: abertura, grieta, herida, bostezo, abismo. Perder el suelo bajo los pies es morir; morir es hundirse en la tierra, que oculta y retiene a los muertos. Cuando un guerrero es muerto en combate puede desplomarse como un álamo al suelo (4.482-483). En la tierra —la que los nutre, la que hace surgir vida— se apoyan los hombres en la hora de la muerte. Ella es el umbral y la bisagra, la puerta que se abre y que se cierra. Ser terrestre, dice Apolo, es ser mortal (21.464-466). La tierra es el «aquí» de todo «estar aquí» y de todo «haber sido» (Rilke, Duineser Elegien IX). Arrojar a un hombre al suelo es confrontarlo con su mortalidad; que la tierra te «tenga» es una manera de decir que estás muerto (2.699). La tierra es el retorno, así como una diosa relacionada con los pagos y las retribuciones. No casualmente la erinis camina en la oscuridad y vive «bajo tierra» (19.87, 259); la erinis y las erinias, esas guardianas del orden de las cosas de las que Heráclito (B 94) dice que descubrirían al mismísimo sol si este traspasase la medida. En las profundidades de la tierra están las casas de Hades, el reino de las sombras, de la muerte, que por eso es también espacio de humedad y podredumbre (el Hades es euróeis: mohoso, podrido). Aquiles ironiza sobre la posibilidad de « aprender» si realmente los muertos resurgirán del Hades (de allí) igual que Licaón ha resurgido otra vez ante su vista (21.54-64). Y bajo la tierra se oculta todavía el abismo, el Tártaro lejano y nebuloso (8.13-16).

La tierra es el escenario de cada una de las actividades de los mortales, así como el espacio de proyección de espa­cios distintos. Al amanecer, «el lucero del alba anuncia la luz sobre la tierra» (23.226); cuando el sol se hunde en el Océano, arrastra sobre la tierra «oscura noche» (8.485-486). Noche y día se esparcen sobre todo lo terrestre una y otra vez, marcando así los ritmos y los tiempos de la vida humana. Por algo los astros son los constantes compañeros de los hombres, los que señalan el tiempo de sembrar y de cosechar, de brotar y de extinguirse. Al cielo se extienden las manos de los que suplican, y al cielo conducen los vientos el humo de los sacrificios que los mortales realizan en la tierra, humo que asciende al cielo a través del aire, espacio interme­dio que separa a la vez que comunica con los dioses inmor­tales. Respecto a los fenómenos celestes, Hölderlin dice en una versión del poema Griechenland:

Alltag aber wunderbar zulieb den
Menschen Gott an hat ein Gewand.

(«Todos los días pero maravillosamente por amor a los hombres dios lleva un vestido».)

Y en el comienzo de otro poema

Was ist Gott? unbekannt, dennoch
Voll Eigenschaften ist das Angesicht
Des Himmels von ihm.

(«¿Qué es dios? Desconocido, pero de sus cualidades está lleno el rostro del cielo».)

El vestido de los dioses son los astros: lo cotidiano-inex­plicable, eso que de puro simple y cercano, de puro familiar, nos pasa desapercibido, siendo así vestido del dios: lo más lejano, lo desconocido para los terrestres. El cielo es cotidiano-pero-prodigioso den Menschen zuliebe, es decir, el cielo es cielo por amor a la tierra, en cuanto cielo de la tierra. Por esta interacción, los dioses son también los que en el cielo hacen «señales» (2.308) y muestran «portentos» (teírea son la estrella fugaz, el arco iris o las constelaciones); por esta reciprocidad, el cielo tiene sus límites y las Horas custo­dian sus puertas (8.393). El cielo es el espacio de los astros porque es el espacio de mostrar, brillar, centellear, ilumi­nar; es el ámbito de Zeus, el éter, el fuego que parte en dos y muestra el cielo. Por esto la tormenta, el rayo, la nieve, la lluvia, el trueno, las estrellas, el día y la noche son para los hombres y son algo del cielo.

A diferencia de la consistencia de la tierra, el mar (thálassa, póntos, pélagos, halós) es una negrura, una oscuridad, una inmensidad, un cierto borrarse los límites, el abismo del que uno nunca sabe realmente si podrá volver. El mar es el espacio en el que uno siempre pierde pie: es «profundo» y es «estéril» (1.532, 15.27). Su violencia —ruido y olea­je— constituye en cierta ocasión una imagen de la dureza de Aquiles («te parió el reluciente mar | y las escarpadas ro­cas»: 16.34-35). El aullido de dolor de Aquiles hacía emer­ger del fondo submarino el séquito fúnebre que acompaña a Tetis. Los treinta y tres nombres de nereides entrelazan en forma de catálogo los múltiples aspectos del mar; la espu­ma, las olas, los puertos, las grutas, las islas, los destellos: la brillante y la floreciente y la que calma la ola, la isleña y la cavernosa y la rápida y la marina de ojos grandes, y la ola-rá­pida y la costera y la pantanosa, y la meliflua y la veloz y la asombrosa, y la donadora y la primera y la que trae y la capaz, y la que protege y la que da y la que todo-ve y la muy conocida espumosa, y la verdadera y la sin-engaño y la bella-señora, y la famosa, y la centelleante y la de hermosos cabellos arenosa, y todas cuantas nereides eran bajo el profundo mar (18.39-49; omitimos, entre otros, los nombres oscuros en cuanto a significado).

Sobre la vastedad del mar se pierde la mirada de Aquiles humedecida por las lágrimas (1.348-350). Navegar el mar no es sino el proyecto de desarraigo en el que se han embar­cado los aqueos, siendo precisamente el mar la distancia que los separa de la «tierra de los padres», en la que muchos ya no morirán. Los bramidos del mar en tormenta se hacen eco del resonar de la tierra igual que esta lo hace del trueno del cielo. Seres primordiales, seres cósmicos, el mar, el cielo y la tierra perpetúan su existencia a otras escalas, que no son las de los hombres. Dioses protagonistas en Hesíodo, cielo es esposo de tierra, ambos son los padres de Rea y de Crono, los ancestros de Zeus. Los tres ámbitos fundamentales los pone Hefesto en el círculo interior del escudo —o eso pare­ce: solo de la corriente circular del Océano se hace explícito que adorna el borde exterior—, quizá porque el centro es lo que determina posiciones y está por eso en cierto modo en todas partes.

El verso siguiente —«y el sol incansable y la luna llena» (18.484)— pone el día y la noche, así como los meses y las estaciones. A continuación: «y todas las señales [figuras de estrellas: teírea], con las que está adornado [coronado, ro­deado] el cielo» (485). El verbo estephánotai contiene para nosotros una ambigüedad: ¿circundan las estrellas el círculo interior del escudo o circundan el cielo «real»? Tal vez la pregunta sea ociosa: el sol y las constelaciones rodean el cie­lo en el arte porque lo rodean en la vida. En cualquier caso, lo visto a propósito de la ambigüedad de la mímesis es aho­ra relevante: verbos con marca de presente se emplean allí donde la cosa aparece: el sol, la luna, las estrellas aparecen o parecen cosa; los aoristos y pretéritos apuntan en cambio al peculiar «hacer» de Hefesto; son, pues, recuerdos del esta­tuto artístico —productos de tékhne— de sol, luna y estrellas. La inmersión en la mímesis se observa en el verso 488: y allí mismo gira y persigue a Orión. «Ella», la Osa, «persigue» a Orión —en presente, siempre, en cada caso: siempre per­sigue la Osa a Orión—; luego se explica qué es particular en esta constelación: «Es la única sin parte en los baños del Océano» (o sea, no desaparece nunca del horizonte sino que es visible todo el año).

Preguntemos ahora: la ambigüedad del arte y la vida (¿acecha la Osa a Orión en la obra o en la vida?, ¿rodean los astros el cielo en la vida o solo en el escudo?), ¿qué tipo de ambigüedad es? ¿Cómo tenemos que tomárnosla?

No tenemos que tomarla como la ambigüedad inherente al «arte» en cuanto «representación» opuesta a la «reali­dad». Ya hemos visto que Hefesto no «representa» cosas sobre el escudo, sino que las «hace» o las «pone»: son las cosas mismas lo que se muestra en el escudo, no sus represen­taciones. Por lo demás, si en este estudio nos hemos servido alguna vez de conceptos procedentes de la crítica literaria no ha sido porque aspirásemos a describir meramente recursos literarios ni ninguna otra cosa que resultase de separar la for­ma del contenido. No hay un análisis de la forma del poema por un lado y por otro un análisis de sus ideas, conceptos, valores o como se le quiera llamar a eso que «quedaría» si la forma pudiese desprenderse del contenido. Si el análisis de la forma del poema nos dice a la vez cosas sobre cómo ve y comprende el mundo ese decir que los griegos llaman sencillamente la «palabra», es porque el estilo es el mundo; porque en eso que llamamos el estilo de un poema está a la vez, como hemos visto, su ontología, ese preciso estar-en-el-mundo que el poema da por supuesto. En este sentido, si comentando la écfrasis hablamos, por ejemplo, de una se­lección de contenidos no arbitraria sino esencial, poniendo simetría en la composición; o bien resaltamos (nosotros o quien sea) una selección de contenidos por contraposición, ni la forma es algo al margen del contenido ni este nada al margen de la forma, sino que lo que hay en el fondo es una sola cosa.

La secuencia de ciertas escenas y las correspondencias entre escenas en la écfrasis no son problemas formales en un sentido restrictivo; las correspondencias y las parejas de contrarios están en la obra que es el escudo en la medida en que están en el mundo, mundo que la obra tiene como co­metido hacer aparecer. En la obra está el día y está la noche, está el cielo y está la tierra; las mujeres están en una parte y los hombres en otra; los animales domésticos en un sitio y las fieras salvajes en otro, y esto no es casualidad, sino que es así —en la obra es así— en la medida en que en Grecia todavía hay tiempos y espacios cualificados, y no resulta to­davía arbitrario quién hace qué y en qué orden se hace cada cosa. Y si el río Océano aparece adornando el borde exterior de un escudo circular no es por puro capricho poético: el Océano es límite extremo en el cosmos finito de los griegos, y el canto lo hace aparecer como tal. Poner «la gran fuerza de la corriente del Océano» en el último de los cinco cír­culos concéntricos es, pues, una cuestión de ontología, una operación fenomenológica.

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Aida Míguez Barciela
Mortal y fúnebre
Leer la Ilíada

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aida-miguez-mortal-y-funebreAida Míguez Barciela

Mortal y fúnebre
Leer la Ilíada

Ed. Dioptrías. Madrid, 2016
ISBN: 9788494297373

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La Ilíada, l’Odissea, el Gènesi i l’Èxode. Piero Boitani

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MoisèsL’Iliade e l’Odissea, la Genesi e l’Esodo sono le pietre di fondazione della nostra letteratura e del nostro intero immaginario. L’Odissea e la Bibbia, in particolare, hanno un disegno in buona parte parallelo: la prima è la storia di un uomo che vuole tornare a casa dopo una lunga assenza e ricongiungersi a sua moglie, suo figlio, suo padre, e che è destinato a riprendere il viaggio per trovare una terra che non conosce il mare. La seconda è la storia di un popolo che, caduto in schiavitù ed esiliato, cerca di tornare nel paese dei padri, nella Terra Promessa, e che, una volta ritornato, è costretto a riprendere più volte il cammino: esiliato di nuovo, gli viene promesso un altro ritorno. L’Odissea può divenire viaggio di esplorazione e di scoperta, erranza di ricerca e persino di perdizione. Genesi ed Esodo sono l’errare alla ricerca di Dio, l’emigra­zione, la diaspora, lo smarrimento e la caduta perenni, costante rinascita e rinnovata aspirazione al compimento.

L’ombra di un parallelo fra Odissea ed Esodo viene intravista già da uno dei primi Padri della Chiesa cristiana, Clemente di Alessandria, quando, forse seguendo un’esegesi già stabilita negli ambienti giudaico-ellenistici della sua città, descrive nel Protreptikos — l’Esortazione ai Greci — il popolo di Israele errante nel deserto a causa della propria mancanza di fede e, subito dopo, il «vecchio di Itaca» vagabondo per il mare, deside­roso non dell’immortalità, della verità, della Luce della patria celeste, ma soltanto di vedere il fumo della sua terra. E se Clemente intuisce il rapporto quasi figurale fra una vicenda e l’altra sulla soglia tra la fine di un’epoca e l’inizio di un’altra, più vicino a noi, ancora sul limitare tra due ere, James Joyce ha intrecciato nel suo Ulisse l’Odissea e la Bibbia, il ritorno ad Itaca e l’Esodo, in maniera vivificante e “comica” nel più alto senso della parola. […]

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Piero Boitani
Esodi e Odissee (p. 110)

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Boitani - Esodi e OdisseePiero Boitani

Esodi e Odissee

Liguori Editore. Napoli, 2004

ISBN: 9788820737351

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Un Tolstoi homèric, de la mà de Steiner (traduccions d’Andreu Nin i d’Agustí Bartra)

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A la serp blanca, d’Enric Iborra,
que em posà sobre la pista

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VII

La cacera

Tolstoi - Infància Adolescència JoventutAnava al davant de tot, damunt un cavall negrenc de nas aixafat, el munter major, conegut per tothom amb el nom de Turc, que portava un casquet pelut, un enorme corn a l’esquena i un ganivet al cinyell. Per l’aspecte om­brívol i ferotge d’aquest home, s’hauria pogut suposar que anava més aviat a un combat mortal que no pas de cacera. Els gossos, amb el ventre a terra i formant una massa bi­garrada i renouenca, corrien a la vora de les potes poste­riors del seu cavall. Feia llàstima de veure la sort reser­vada a l’infeliç a qui s’acudia de ressagar-se. Li calia retenir el seu company amb gran esforç, i, quan ho havia aconseguit, un dels munters que anaven al darrera el fue­tejava invariablement bo i dient-li: «Apa, amb els altres! ». En travessar el portal, el papà ordenà que els caçadors i nosaltres anéssim pel camí i ell tombà cap al camp de sègol.

La sega es trobava en el seu apogeu. La grogor bri­llant del camp immens era limitada només per una banda per la taca blavenca d’un bosc espès i alt que em sem­blava, llavors, un indret llunyà i misteriós més enllà del qual s’acabava el món o començaven uns països inhabitats. Tot el camp era ple de garbes i de gent. En les cla­rianes deixades per la sega es veia l’esquena encorbada d’una pagesa, el refulgir de les espigues quan les col·locava entre els dits, una dona inclinada damunt un bressol po­sat a l’ombra i les garbes escampades pels rostolls claferts de blauets. A l’altra banda, els camperols drets, en cos de camisa, damunt els carros, hi apilaven les garbes i alçaven la pols damunt la terra resseca i ardent.

El capatàs, amb botes altes, la jaqueta tirada a l’es­quena i unes vergues a la mà, en veure el pare des de lluny, es tragué el capell de feltre, s’eixugà el cap de pèl de panotxa i la barba amb un tovallola i escridassà les dones.

El cavall rogenc que muntava el papà caminava amb un pas lleuger i juganer, acalant de tant en tant la testa fins al pit, estirant les regnes i esquivant amb la seva cua espessa els tàvecs i les mosques que se li encastaven àvidament. Dos llebrers, arronsant la cua tensa en forma de falç i alçant molt les potes, saltaven graciosament pels rostolls, entremig de les potes dels cavalls; la Faluga cor­ria al capdavall i, acotant el cap, esperava el senyal. Jo sentia i veia, commogut, els enraonaments de la gent, el clapoteig dels cavalls i la remor dels carros, el joiós xiulet de les guatlles, la bonior dels insectes, que planaven per l’aire en estols immòbils, la fortor de botja, palla i suor de cavall, els milers de colors i ombres diversos que el sol ardent expandia per la grogor clara dels rostolls, la bla­vor del bosc llunyà i el lilà blanquinós dels núvols, les blanques teranyines que flotaven per l’espai o es posaven damunt els rostolls.

[…]

Lev Tolstoi
Infància
Traducció d’Andreu Nin

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II

La tempesta

lev-tolstoi

Lev Tolstoi (1828-1910)

El sol declinava cap a ponent i els seus raigs esbiaixats em cremaven insuportablement el coll i les galtes; no es podien tocar els ferros ardents de la calessa; una pols espessa s’alçava del camí i omplia l’aire. No hi havia ni el més lleu ventijol que se l’emportés. Davant nostre, es balancejava suaument la caixa alta i empolsegada de la carrossa amb els bagatges, per damunt de la qual es veia de tant en tant la tralla del cotxer, el seu capell i la gorra de Iàkov.

Jo no sabia on posar-me. Ni el rostre, negre de la pols, de Volòdia, que dormisquejava al costat meu, ni els mo­viments de l’esquena de Fílip, ni la llarga ombra de la calessa, que corria darrera nostre no em causaven cap distracció. Tota la meva atenció estava concentrada en els pals indicadors de les verstes, que remarcava des de lluny, i en els núvols, escampats abans per l’horitzó, i que ara, prenent una sinistra negror, es congriaven en un nu­volet ombrívol. De tant en tant se sentia un tro llunyà. Aquesta última circumstància era el que més augmentava la meva impaciència per arribar com més aviat millor en un hostal. La tempesta em produïa un indescriptible i fei­xuc sentiment de tristesa i de basarda.

Ens separaven encara del llogarret més pròxim deu verstes, i el nuvolet de color lila fosc, que havia vingut de no sé on, s’anava atansant ràpidament malgrat que no fes ni gota de vent. El sol, encara no tapat pels núvols, il·lumina vivament la seva ombrívola figura i les franges grises que en parteixen i van fins al mateix horitzó. De tant en tant, brilla al lluny un llampec, i se sent una sorda remor, que s’accentua de mica en mica, s’atansa i es transforma en retrunys sofrenats per tot l’espai. Vassili s’alça del pescant i estén la capota de la calessa; els cotxers es posen els armiaki i cada vegada que esclata un tro es treuen la gorra i es persignen; els cavalls tenen l’orella alerta, eixamplen els narius com si ensumessin l’aire fresc de la tempesta que s’acosta, i la calessa corre veloçment pel camí polsós.

Em ve feresa i sento com la sang em circula ràpida­ment per les venes. Els núvols de davant ja comencen a tapar el sol, que ha tret el cap per darrera vegada, ha il·luminat la banda terriblement ombrívola de l’horitzó i ha desaparegut. Tota la contrada es transforma sobtada­ment i pren un caràcter ombriu. El bosquet de trèmols s’ha estremit; les fulles es tornen d’una blancor tèrbola, que es destaca vivament en el fons lila dels núvols, remoregen i s’agiten; les copes dels bedolls comencen a bran­dar i munts de fulles seques volen a través del camí. Les orenetes de pit blanc, talment amb el propòsit d’aturar-nos, planen al redol de la calessa i volen sota el pit ma­teix dels cavalls; les gralles volen com de costat per l’aire amb les ales esborifades; les vores de la manta de cuiro, que hem cordat, comencen a alçar-se, deixant passar glo­pades de vent humit i, amb una embranzida violenta, col­pegen la caixa de la calessa. Els llamps fulguren talment en el carruatge mateix, ens enlluernen i un instant il·lu­minen la figura de Volòdia, arrupida en un racó. En aquell precís segon, ressona damunt el cap un retruny majestuós que, com si s’anés elevant i eixamplant en una espiral im­mensa, creix de mica en mica i es converteix en un espetec ensordidor, que us fa tremolar i us talla la respiració. La ira de Déu! Quanta poesia hi ha en aquest pensament popular!

Les rodes giren cada vegada més de pressa; per les esquenes de Vassili i Fílip, que dóna estrebades impa­cients a les regnes, remarco que tenen por. La calessa davalla ràpidament per una collada i passa, retrunyint, per damunt els taulons d’un pont; jo tinc por de bellu­gar-me i espero d’un moment a l’altre la nostra fi.

Xo! S’ha desfet la llança i, malgrat la tronada ensordidora, que no para ni un moment, hem d’aturar-nos al pont.

Recolzant el cap a les vores de la calessa, segueixo amb el cor encongit i sense esperança els moviments dels dits negres i gruixuts de Fílip, el qual, amb una lentitud desesperant, fa el nus i endega el tir empenyent el cavall amb la mà i amb el mànec de la tralla.

A mesura que creixia la tempesta augmentaven les meves sensacions inquietants d’angoixa i de basarda; però, quan arribà el moment majestuós del silenci que precedeix habitualment l’espetec de la tempesta, aques­tes sensacions arribaren fins a un grau tal que, si aquest estat hagués durat un quart més, estic segur que m’hau­ria mort d’emoció.

En aquell mateix moment sorgí tot d’una de sota el pont una estranya criatura humana amb una brusa es­parracada i bruta, un rostre inflat i estúpid, un cap rapat descobert i brandant, unes cames tortes sense músculs i un monyó roig i lluent enlloc de mà, que allargà envers la calessa.

«Ger-ma-net!, per l’a-mor de Déu!», fa la veu planyívola del captaire, el qual es persigna i s’inclina a cada paraula que diu.

No puc expressar l’horror que va abassegar la meva ànima en aquell moment. Vaig sentir esgarrifances a l’arrel dels cabells, i els ulls van fitar-se en el captaire amb una por insensata.

Vassili, encarregat de les almoines durant el viatge, dóna ordres a Fílip respecte al reforçament de la llança, i només quan la cosa està endegada i Fílip, arreplegant les regnes, puja al pescant, comença a forfollar al butxacó. Tan bon punt, però, arrenquem, un llamp enlluer­nador, que omple un instant d’una claror de foc tot el barranc, obliga els cavalls a aturar-se i, sense la més pe­tita pausa, ve acompanyat d’un tro tan eixordador que sembla que la volta del cel, esberlada, ens hagi de caure damunt.

El vent esdevé encara més fort. Les crineres i les cues dels cavalls, el capot de Vassili i les vores de la manta de cuiro prenen la mateixa direcció i onegen desesperada­ment a l’embat de la furiosa ventada. Damunt la capota de la calessa ha caigut una gota feixuga d’aigua… una altra, una altra, una altra, i, tot d’una, ha semblat que algú hagi tamborinejat damunt nostre i ha ressonat rít­micament per tota la contrada el soroll de la pluja.

Pel moviment de colzes de Vassili, remarco que desfà el portamonedes: el captaire, sense deixar de persignar-se i fer inclinacions, corre ran mateix de les rodes amb perill d’ésser esclafat. «Una gràcia de caritat, per l’amor de Déu!» Finalment, vola per davant nostre una moneda de coure, i aquella lamentable criatura, amb la brusa xopa encastada als membres flacs, s’atura perplex al mig del camí i desapareix dels meus ulls.

La pluja obliqua, empesa per la ventada, queia a bots i barrals; de l’esquena de Vassili s’escolaven torrents cap al bassal d’aigua tèrbola que s’havia format a la manta. La pols, solidificada d’antuvi en motes, es convertí en un fang liqüefós que pastaven les rodes; les sotragades min­varen i rierols d’aigua tèrbola s’escolaren per les roderes gredoses. La resplendor dels llampecs era més ampla i pàl·lida, i, amb la remor compassada de la pluja, els re­trunys del tro no eren tan colpidors.

Heus ací, però, que la pluja esdevé més menuda; la nuvolada comença a desfer-se en nuvolets ondulosos, clareja a l’indret on ha d’haver-hi el sol, i a través de les vores de color blanc grisenc de la nuvolada es veu un bocinet clar d’atzur. Al cap d’un minut, el sol il·lumina amb els seus raigs tímids els tolls del camí, les franges de la pluja dreta i menuda que cau talment a través d’un sedàs i la verdor de l’herba xopa i brillant. La nuvolada negra cobreix encara, amenaçadora, l’altra banda de l’ho­ritzó, però ja no la temo. Experimento una sensació, ine-fablement agradable, d’esperança en la vida, que reem­plaça ràpidament la feixuga sensació de por que m’abas­segava. La meva ànima somriu com la naturalesa, rejovenida i alegre.

Vassili s’abaixa el coll del capot, es lleva la gorra i l’espolsa; Volòdia es treu la manta; jo trec el cap fora de la calessa i aspiro àvidament l’aire fresc i olorós. La caixa lluent i mullada de la carrossa amb les maletes i els baguls es balanceja davant nostre; l’esquena dels cavalls, les rabastes, les regnes, les llandes de les rodes —tot està mullat i brilla al sol, com si estigués cobert de laca.

En una banda del camí, un sembrat immens, tallat en alguns indrets per rierals poc profunds, brilla amb la terra mullada i la verdor i s’estén com una catifa fron­dosa fins al mateix horitzó. A l’altra banda s’alça un bosquet de trèmols, cobert de planter d’avellaners i fràngu-les que, talment sadoll de felicitat, no es belluga i deixa caure lentament de les seves branques mullades gotes transparents de pluja damunt les fulles seques de l’any passat. De pertot arreu s’alcen, cantant alegrement, les cogullades; per les mates humides de la pluja se sent el moviment atrafegat dels moixons i arriben clarament fins a nosaltres, des del bosquet, les notes del puput.

És tan encisadora aquesta sentor deliciosa del bosc després d’una tempesta de primavera, la fragància dels bedolls, de les violetes, de les fulles resseques, de les múrgoles i de les fràngules, que no puc estar-me a la calessa, salto de l’estrep, corro cap a les mates i, tot i que les gotes de pluja em rabegen, arrenco les branques xopes duna fràngula, me les passo per la cara i m’embriago amb llur deliciosa sentor. Sense ni parar esment que porto enormes pegats de fang encastats a les botes i que ja fa estona que tinc les mitges mullades, corro devers la finestra de la carrossa xipollejant pel fang.

—Liúbotxka! Kàtienka! —crido allargant-los unes quantes branques de fràngula—, mireu que són boniques!

Les noies xisclen, llancen exclamacions; Mimi em diu a crits que m’aparti, si no m’aixafaran.

—Olora, olora, quina sentor! —crido.

Andreu Nin

Andreu Nin (1892-1937) (Dibuix de Lluís Juste de Nin)

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Lev Tolstoi
Adolescència
Traducció d’Andreu Nin

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IV

Steiner - Tolstói - DostoievskiHugo von Hofmannsthal observó una vez que no podía leer una página de Los cosacos, de Tolstói, sin recordar a Homero. Esta experiencia la han compartido no solamente los lectores de Los co­sacos sino de toda la obra de Tolstói. Según Gorki, el mismo Tols­tói dijo de Guerra y paz: «Sin falsa modestia, es como la Ilíada», e hizo la misma observación respecto a Infancia, adolescencia, juven­tud. Además, Homero y la atmósfera homérica parecen haber re­presentado un fascinante papel en la imagen que Tolstói tenía de su propia personalidad y estatura como creador. S. A. Bers nos ha­bla en sus Recuerdos de una fiesta que se celebró en la finca de Tols­tói en Samara:

(…) una carrera de obstáculos de cincuenta verstas. Los premios fueron pronto reunidos: un toro, un caballo, un ri­fle, un reloj, una bata, etc. Se escogió un terreno llano, se construyó una pista de más de seis kilómetros, y se hincaron postes. Se asaron carneros, y hasta un caballo, para obse­quiar a los concurrentes. En el día señalado, se reunieron allí algunos millares de personas, cosacos del Ural, campesi­nos rusos, baskires y kirguises, con sus tiendas, sus vasijas de kumis y hasta sus rebaños (…). En una elevación del terreno de forma cónica, llamada Shishka (el lobanillo) en el dia­lecto local, se cubrió el suelo con alfombras y fieltros, y allí se sentaron en círculo, con las piernas cruzadas, los baskires. La fiesta duró dos días y fue muy alegre, pero al mismo tiem­po digna y decorosa.

Es una escena fantástica; saltamos los milenios que separan las llanuras de Troya de la Rusia del siglo XIX y el canto XXIII de la Ilíada surge vividamente:

(…) Mas Aquiles
alli retuvo e hizo tomar asiento a la tropa en amplio circulo.
Y sacó de las naves premios para los certámenes: calderas, trípodes, caballos, mulas, magníficas cabezas de reses, mujeres de bellos talles y grisáceo hierro.

Steiner_George

George Steiner (París, 1929)

[Trad. de Emilio Crespo Güemes, Gredos, Madrid 1991.]

Como Agamenón, Tolstói señorea en la loma; en la estepa se le­vantan tiendas y se encienden hogueras; los baskires y los kir­guises, como los aqueos, recorren los seis kilómetros de la carrera y reciben sus premios de manos del barbado rey. Pero aquí no hay nada de arqueología, de inventada reconstrucción. El elemento homérico era natural en Tolstói, estaba enraizado en su propio ge­nio. Si uno lee sus polémicas contra Shakespeare hallará que su parentesco con el poeta, o los poetas, de la Ilíada y la Odisea era palpable e inmediato. Tolstói habló de Homero como de un igual; entre ellos los siglos transcurridos contaban poco.

¿Qué fue lo que Tolstói consideró como peculiarmente ho­mérico en su compilación de los recuerdos de sus primeros años? Creo que fue tanto la escena como el género de vida que evocó. Veamos el relato de la cacería en el volumen sobre su infancia:

La siega estaba en su apogeo. A un lado del campo inabar­cable, intensamente amarillo, azuleaba un alto bosque ceniciento que entonces me parecía el lugar más lejano y miste­rioso. Más allá debía terminarse el mundo o comenzar los paí­ses inhabitados. Todo el campo estaba cubierto de haces y de gente (…). El caballo alazán que montaba mi padre iba con paso ligero y juguetón, a veces casi tocándose el pecho con el belfo, tironeando de la brida y espantando con la espesa cola a los tábanos y a las moscas que caían ávidamente sobre él. Dos galgos, con las colas enhiestas en forma de media luna, saltaban graciosamente alzando mucho las patas por los altos rastrojos, pegados a los ijares del caballo. Milka corría delan­te y, doblada la cabeza, aguardaba a la presa. El rumor de la gente, el ruido de las cabalgaduras y de los carros, el alegre sil­bido de las codornices, el zumbido de los insectos que cruza­ban el aire en bandadas, el olor del ajenjo, de la paja y del su­dor de los caballos, los miles de colores y sombras diferentes que el ardiente sol vertía sobre los rastrojos amarillos, la leja­nía azul del bosque y las nubes de una blancura liliácea, los níveos hilos de araña que corrían en el aire o se posaban en el campo, eran otras tantas cosas que yo veía, escuchaba y sentía.

Nada hay aquí que hubiese resultado incongruente en las lla­nuras de Argos. Es desde nuestra moderna perspectiva desde la que la escena nos parece extrañamente remota. Es un mundo pa­triarcal de cazadores y campesinos; el vínculo entre el amo, los pe­rros y la tierra es natural y verdadero. La misma descripción com­bina un sentido de movimiento hacia delante con una impresión de reposo; el efecto total, como en los frisos del Partenón, es de un equilibrio dinámico. Y más allá del horizonte familiar, como más allá de las columnas de Hércules, se encuentran los misterio­sos mares y las selvas no holladas.

El mundo de los recuerdos de Tolstói, no menos que el de Ho­mero, está cargado de energías sensuales. Tacto, vista y olfato lo llenan a cada momento de una rica intensidad.

En el zaguán hierve ya el samovar que Mítka, el caballeri­zo, atiza soplando, rojo como un cangrejo. Fuera todo es hu­medad y niebla y diríase que el estiércol oloroso despide vapor. Un alegre sol ilumina con su brillante resplandor la par­te oriental del cielo, y las techumbres de paja de los espa­ciosos cobertizos que circundan el patio resplandecen cu­biertas de rocío. Debajo se ven nuestros caballos, atados a los pesebres, y se escucha su acompasado ronzar. Un perrillo la­nudo, que ha echado un sueño al amanecer sobre un mon­tón de estiércol seco, se despereza y, agitando la cola, se di­rige de una carrerilla hacia el lado opuesto del patio. Una afanosa campesina abre el portón crujiente, suelta a las pen­sativas vacas a una calle donde ya se escuchan las pisadas, los mugidos y los balidos del rebaño.

Así era cuando «la Aurora, de rosados dedos», llegó a ítaca ha­ce dos mil setecientos años. Así debiera ser, proclama Tolstói, si el hombre ha de perdurar en comunión con la tierra. Hasta la tor­menta, con su animada furia, pertenece al ritmo de las cosas:

El resplandor de los relámpagos es más ancho, más páli­do, y el restallar de los truenos no sobrecoge, envuelto en la felpa del ruido mesurado de la lluvia (…).

(…) al otro lado una pobeda salpicada de cerezos silves­tres se alza inmóvil, como desbordante de felicidad, y deja caer lentamente de sus ramas que ha bañado la lluvia unas gotas transparentes sobre las hojas secas del año anterior (…) Es tan excitante este maravilloso aroma del bosque des­pués de la tormenta primaveral, el olor de los abedules, de las violetas, de las hojas descompuestas, de los hongos, del cerezo silvestre, que no puedo permanecer más tiempo en la calesa.

Schiller escribió en su ensayo Über naive und sentimentalische Dichtung que ciertos poetas «son naturaleza», mientras que otros sólo «la buscan». En este sentido, Tolstói es naturaleza; entre él y el mundo natural el lenguaje se levanta no como un espejo o un cristal de aumento, sino como una ventana a través de la cual toda la luz pasa y, sin embargo, es acopiada y recibe permanencia.

Es imposible resumir en una simple fórmula o demostración las afinidades entre los puntos de vista homéricos y los tolstoianos. Hay tantas cosas pertinentes: el ambiente arcaico y pastoral; la poe­sía de la guerra y de la agricultura; la primacía de los sentidos y de la acción; el fondo luminoso y conciliador del ciclo del año; el re­conocimiento de que la energía y la vitalidad son, en sí, sagradas; la aceptación de una cadena del ser que se extiende desde la bru­tal materia hasta las estrellas y a lo largo de la cual los hombres tie­nen el lugar que les corresponde; y, en lo más hondo, una salud esencial, una determinación a seguir lo que Coleridge llamó «el camino real de la vida», en vez de aquellas sombrías oblicuidades en las cuales el genio de alguien como Dostoievski se hallaba com­pletamente en su elemento.

Agustí Bartra

Agustí Bartra (1908 – 1982)

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George Steiner
Tolstói o Dostoievski
Traducció d’Agustí Bartra

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Tolstoi - Infància Adolescència JoventutLev Tolstoi
Infància, adolescència, joventut
Traducció del rus per Andreu Nin

Edicions Proa. Barcelona, 1974
ISBN: 842097112X

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Steiner - Tolstói - DostoievskiGeorge Steiner
Tolstói o Dostoievski
Traducción de Agustí Bartra

Ediciones Siruela. Madird, 2002
ISBN: 9788478446063

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Andreu Nin pLluís Juste de Nin
Andreu Nin
Seguint les teves passes

Edicions de Ponent. Alacant, 2016
ISBN: 9788415944454

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Xavier Antich ens parla de Tersites

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Xavier Antich - La voluntat de comprendre«NO ÉS BO QUE UNA MULTITUD GOVERNI»?

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Hi ha coses per a les quals no passa el temps. Una de les més incomprensibles és la impugnació de la veu i les idees d’algú a causa del seu aspecte físic. Fins i tot analistes amb fama d’equànimes han llançat dards de verí contra samarretes, ser­rells o rastes, i també contra els que no porten corbata, decla­racions que haurien de fer avergonyir, en una democràcia madura, a qui les sosté. No tindria més valor que un exa­brupte impossible de considerar des d’una perspectiva racio­nal si no fos perquè, així, es pretén desautoritzar i privar de legitimitat les veus i idees que, amb aquest aspecte, s’expres­sen. Per això no és una qüestió d’estil o, com es diu avui, de tendències. És una qüestió política, com gairebé tot, encara que aquest recel, més propi de l’aversió de l’oligarquia que considera el poder com la seva finca, no és del tot nou.

En la cèlebre assemblea dels aqueus, en el llibre segon de la Ilíada, Ulisses intenta convèncer les tropes d’Agamèmnon de continuar l’assalt a la ciutat de Troia. Quan Ulisses parla amb prínceps i oficials, els adreça «amables paraules» per provar de convèncer-los, però quan s’enfronta als homes del poble «els colpeja amb el ceptre i els increpa de paraula». És en aquest context quan Ulisses pronuncia les conegudes pa­raules amb què la democràcia és atacada en la seva essència per primer cop en la literatura occidental: «No és bo que una multitud governi». Revoltat contra aquesta posició, Tersites, soldat sense distincions ni grau, pren la paraula. L’episodi és excepcional, perquè és el primer cop i l’últim, en Homer, que un soldat ras dóna la seva opinió i expressa els punts de vista dels soldats de la tropa. Com va assenyalar I. F. Stone en un llibre polèmic,21 «és el debut de l’home comú en la història escrita, el primer exercici de llibertat d’expressió d’un home comú enfront d’un rei».

I és Tersites, precisament, a qui Robert Graves, vint-i-cinc segles després, encara considera «el grec més lleig que hi havia a Troia». I és que Homer mostra, descrivint Tersites, un inclement prejudici de classe: no hi ha cap altre personatge a la Ilíada que hagi estat tan repulsivament descrit com Tersi­tes: és camacurt i coix, les seves espatlles es corben cap al pit, té el cap punxegut i poblat només per una pelussa. La des­cripció del físic prepara la desqualificació de les paraules, ja que, com suggereix el poema, Tersites és tan desagradable a la vista com a l’oïda: no parla amb gràcia ni ordre, és odiós i indigne, i les seves paraules són «insolents» i «indisciplinades». La resposta d’Ulisses a Tersites és brutal: davant de tota l’assemblea el colpeja fins a fer-li sang, humiliant-lo, i l’ame­naça de fer-lo despullar davant de tothom i d’expulsar-lo. La paraula de Tersites és eliminada per la força. I, com que Ter­sites és com és, l’antítesi de l’ideal canònic de bellesa grega, ningú gosa ni aixecar la veu en defensa seva.

Quan el filòsof Jacques Rancière, en El desacord, recorda els orígens de la democràcia a Grècia, assenyala que es funda­va en un repartiment desigual de la paraula: mentre que alguns (els ciutadans lliures) podien parlar i la seva veu era tin­guda en compte, altres (poble comú, esclaus o dones) eren condemnats al silenci i la seva veu, reduïda a simple soroll. Tanmateix, l’aprofundiment democràtic, en els sistemes par­lamentaris moderns, consisteix precisament a impugnar aquest repartiment desigual de la paraula, ja que ningú no pot ser privat de parlar, de dir el que pensa i que la seva paraula sigui tinguda en compte. [24/01/2016]

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21. The Trial of Socrates. Nova York: Little Brown, 1988; El juicio de Sócrates. Madrid: Mondadori, 1988, trad. M. Teresa Fernàndez de Castro.

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Xavier Antich (la Seu d’Urgell, 1962)

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Xavier Antich
La voluntat de comprendre
Filosofia en minúscula

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Xavier Antich - La voluntat de comprendreXavier Antich

La voluntat de comprendre
Filosofia en minúscula

Arcàdia. Barcelona, juny del 2016
ISBN: 9788494468056

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La mitologia explicada als nens per Cecilia Böhl de Faber (o Fernán Caballero). «…pues ya sabéis, niños mios, que los griegos se mataban unos a otros con la mayor facilidad.»

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Fernán Caballero - Portada e
En España, las primeras referencias a Homero a su mundo literario y mitológico dentro de la naciente literatura infantil las encontramos en 1878, en plenos albores de las editoriales que se dedicaráa la publicación de obras recreativas infantiles (Bastinos en Barcelona y Calleja en Madrid): aparece en la obra de Cecilia Bohl de Faber titulada Mitología Clásica contada a los niños e Hª de los grandes hombres de la Grecia. Esta pequeña obra está dividida en tres partes denominadas Mitología, Historia de los héroes semidioses de los griegos e Historia de los Hombres célebres de la Grecia se gestó a partir de una serie de artículos aparecidos desde 1837 en el semanario Leducación pintorescarecogidos después en forma de libro. Dentro de una obra de carácter general planteada como compendio mitológico-biográfico, los hechos que remiten a la literatura homérica tienen cabida dentro de la segunda parte del libro, en los capítulos titulados Aquiles y Ulises respectivamente, complementados por la visión que se nos da de la figura de Homero en la última parte del libro, dedicada a las biografías de los griegos ilustres. En la semblanza que se hace de ambos héroes es muy breve el espacio dedicado a describir propiamente los hechos homéricos, ya que la autora ocupa la mayor parte del texto a narrar la genealogía de los caudillos, así como los antehomérica posthomérica, probablemente con el fin de presentar completo a sus jóvenes lectores el bosquejo histórico del personaje. Concretamente, todo el contenido correspondiente a la acción de la Ilíada lo resuelve en las siguientes líneas:
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Fernán Caballero - Portada«Durante el sitio de Troya, Agamenón le arrebató una esclava llamada Briseida. Esto le ofendió a tal punto, que se metió en su tienda y no quiso tomar más parte en los combates, lo cual dio muchas ventajas a los troyanos. Pero habiendo muerto Héctor, hijo del rey de Troya Príamo, a Patroclo, amigo íntimo de Aquiles, volvió este a empuñar las armas para vengar aquella muerte, lo que hizo dándosela a Héctor, cuyo cadáver arrastró atado a su carro alrededor de la ciudad y del sepulcro de Patroclo. Después de esto, y ablandado por las súplicas y lágrimas del anciano Príamo, le devolvió el cadáver de su hijo»
(Fernán Caballero, La Mitología Clásica contada a los niños e Historia de los grandes hombres de la Grecia, Bastinos, Barcelona, 1888, 4ª ed. pp. 156-157)
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Resulta inusitado que, en la España del XIX, con su secular descuido de los estudios clásicos, aparezca una obra dedicada al mundo griego y, aún es más, escrita por mano femenina. Parece determinante el origen de la autora la formación recibida durante su infancia en Alemania en la que tanto peso tuvo su padre, el hispanista alemán Juan Nicolás Bohl de Faber. No debió de conocer, sin embargo, Fernán Caballero la lengua griega, aunque sin duda manejó traducciones de los clásicos en la excelente biblioteca paterna sí conoció en profundidad el latín, como herencia de su formación germano-francesa. Detalles de su cultura humanística se pueden entreveren esta velada alusión a la Querelle, el gran debate que se suscitóen Francia en el siglo XVII:

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Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero) (1797 - 1877)

Cecilia Böhl de Faber (Fernán Caballero) (1796 – 1877)

«Hase dicho que los dioses que pinta en sus obras son extravagantes, sus héroes groseros; pero él pintó las cosas tal cual eran, y las creencias tal cual existían en su tiempo»
(Fernán Caballero, O.C., p. 221)
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Las fuentes últimas de la autora, deben de ser, al margen de los poemas épicos, que seguramente conocía en traducción, distintas obras mitográficas o previas versiones extranjeras adaptadas. Por otra parte, la visión que nos transmite de la figura del Homero errante, que recita sus versos por toda Grecia, sea cual sea su fuente directa, remonta en último lugar a las Vitae Homeri con que la Antigüedad intentó esclarecer la personalidad del vate griego. […]
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[…]
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Pilar Hualde
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CAPÍTULO IV
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ULISES
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Fernán Caballero - Ulises g
Hijo de Laertes y de Anticléa era Rey de la isla de Itaca y de la de Dulicio, llamada aquella hoy Théaki. Cuando nació rogaron sus Padres á su abuelo Antolico, hijo de Mercurio, que le pusiese nombre, y éste contestó: Fuí en otros tiempos el terror de la tierra; que de ahí se deducía el nombre del niño, y que se llamase Ulises, que significa ser temido. Fue un Príncipe sagaz, astuto y prudente, que en la guerra de Troya contribuyó mas al triunfo de los griegos con la astucia que lo hicieron los otros con sus proezas. Habia eludido por todos medios partir para aquella expedicion por estar recien casado con la hermosa Penélope, hija de Icaro, Rey de Esparta, pero no le valieron. Terminada la guerra de Troya, emprendió su viaje de vuelta, el que fué tan desgraciado y lleno de contratiempos, que este viaje ha dado materia al insigne poeta griego Homero para un famoso poema titulado la «Odisea». Echóle primero el temporal sobre las costas de Tracia, volvió á salir á la mar, y los vendavales le llevaron á Africa, al pais de los Lotófagos, así llamado por crecer allí el árbol Lotos, cuya fruta es tan agradable, que hace olvidar su patria al forastero que la come; por lo cual es ese árbol el símbolo del olvido. Perdió allí á varios de sus compañeros, y pasó á Sicilia, en donde el Cíclope Polifemo, que no tenia mas que un ojo, y éste en medio de la frente, se engulló otros cuantos. Ulises le emborrachó, le saltó su ojo y huyó, llegando á la mansion de Eólo, Dios de los vientos, que por complacerlo encerró en pellejos aquellos que le eran contrarios; pero sus compañeros, curiosos de ver lo que contenian aquellos pellejos, los abrieron, saliendo de ellos furiosos los vientos contrarios, que echaron las naves de Ulises sobre una costa, en que encontró á la famosa hechicera Circe, que después de convertir á sus compañeros en toda clase de animales, le encantó de tal suerte á él, que olvidó que estaba casado con su querida Penélope, se casó con ella, y tuvieron un hijo, que se llamó Telégono. No obstante, merced á una yerba que le dio Mercurio, llamada «moli,» que escapó al hechizo de Circe, así como á la atraccion del abismo de Caribdes, y á las seducciones del canto de las Sirenas, precaviendo de ellas á sus compañeros tapánadoles los oidos con cera; pero Neptuno resentido con él por haberle saltado el ojo á su querido y precioso hijo Polifemo, embraveció los mares, é hizo naufragar su esquife, salvándose sólo Ulises, que á nado llegó á la isla Ogigia, donde halló á la Ninfa Calipso, que le retuvo siete años; pero viendo que no hacia mas que llorar por su patria, por su mujer y su hijo, al cabo de estos siete años le proporcionó un barco en el que pudiese regresar á sus lares. —Despues de veinte años de ausencia arribó al fin a Ítaca, en donde nadie le reconoció, sino un pobrecito perro viejo que al verlo murió de alegria! Entre tanto creyendo viuda á la hermosa Penélope, habian acudido infinidad de pretendientes que la hostigaban á que eligiese entre ellos marido, y se volviese á casar. Penélope que no perdia las esperanzas de volver á ver á su querido Ulises, les respondia que no contraeria segundas nupcias hasta concluir de bordar una tela que habia destinado para mortaja de su suegro Laertes. Bordaba de dia, y de noche desbarataba lo que habia hecho, para que no se concluyese su obra, por lo cual se dice de lo que se empieza y no se acaba, á pesar de trabajar en ello, que es «la tela de Penélope.» Ulises se dio á conocer á su hijo Telémaco, y á algunos criados antiguos, y ayudado por ellos mató á todos los pretendientes de su mujer, pues ya sabéis, niños mios, que los griegos se mataban unos á otros con la mayor facilidad. Su hijo Telémaco habia hecho infructuosamente un viaje para buscar á su padre, acompañado por un anciano sábio y respetable, llamado Mentor, lo que ha dado pábulo á un docto eclesiástico francés, llamado Fenelon, para escribir una obra de gran mérito para enseñanza de los Príncipes.
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El fin de Ulises fué triste. Le habían predicho que moriría á manos de su hijo; esta profecía le inquietaba. Circe envió á Telégono en busca de su padre. Desembarcó con su tributación en Itaca; creyéndolos piratas los quisieron rechazar los isleños; trabóse un combate, en el que Telégono mató á su padre sin conocerlo. Después de muerto le tributaron los honores, que llaman heróicos, y aun tuvo un oráculo en Etolia.
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Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) (1867)
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Fernán Caballero.
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CAPÍTULO VIII
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AQUILES
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Fernán Caballero - Aquiles gAquiles era hijo de Tétis, y de uno de los reyes de Tesalia. Su madre le sumergió en la Estígia para que fuese invulnerable, no quedando parte de su cuerpo que lo lo fuese sino el talon, que era por donde lo tenia agarrado su Madre. Cuidó de su educacion el Centauro Quiron, que lo alimentaba con sesos de leones y tigres.
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Advertida su Madre por los oráculos de que la ciudad de Troya no podría ser conquistada sin su ayuda, pero que pereceria en aquella guerra, le disfrazó de mujer, y con el nombre de Pirra lo envió á la corte del Rey de Sciros, Licomedes.
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Allí se enamoró de la hija de éste, Deidamia, le reveló quien era, y se casó secretamente con ella.
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Como tambien á los Príncipes griegos les habia sido predicho que no podrian tomar la ciudad sin la ayuda de Aquiles, le andaban buscando, y Ulises, que, como ya sabeis, era astuto, se disfrazó de mercader, y presentó á la Princesa Deidamia y á sus Damas una caja que contenia joyas y armas; todas eligieron joyas, pero Aquiles cogió una espada, por lo cual fué conocido por Ulises, que lo convenció fácilmente á que se uniese á la expedicion-—Aquiles fué el primero de los héroes de la Grecia y el terror de sus enemigos. Conquistó varias ciudades, entre ellas á Tebas. Durante el sitio de Troya, Agamenon le arrebató á una esclava llamada Briseida. Esto le ofendió á tal punto que se metió en su tienda y no quiso tomar mas parte en los combates, lo cual dio mucha ventaja á los Troyanos. Pero habiendo muerto Héctor, hijo del Rey de Troya Príamo, á Patroclo amigo íntimo de Aquiles, volvió éste á empuñar las armas para vengar aquella muerte, lo que hizo dándosela á Héctor, cuyo cadáver arrastró atado á su carro al rededor de la ciudad y el sepulcro de Patroclo. Despues de esto y ablandado por las súplicas y lágrimas del anciano Príamo, le devolvió el cadáver de su hijo.
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Príamo había llevado consigo á la tienda de Aquiles á su familia, y éste se enamoró de Polixena, hija de aquel, y se la pidió á su Padre. Este se la concedió, y estándose efectuando en el templo la ceremonia nupcial, Páris, hermano de Héctor, tiró una flecha á Aquiles que le hirió en el talon, y le mató.
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Al saber la muerte de su hijo salió Tetis con un coro de Nereidas del seno de las ondas, y vino á llorar á su hijo. Tambien las nueve Musas dejaron oír sus lamentos, porque era Aquiles gran poeta y músico. A los diez y siete días fué enterrado este héroe en un suntuoso sepulcro, que se le construyó en el promontorio Sigeo, á la orilla del Helesponto. Fué reverenciada su memoria como la de un Semidios. Se le erigió un templo, y se establecieron fiestas en su honor.
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Fernán Caballero (Cecilia Böhl de Faber) (1867)
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Fernán Caballero - Aquiles
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Fernán Caballero - PortadaFernan Caballero
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La Mitología contada á los niños
é Historia de los grandes hombres de la Grecia.
Obra ilustrada con 100 grabados
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Librería de Juan Bastinos é hijo, editores
Barcelona, 1867
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Els començaments «in media res». Homer i Shakespeare en l’orígen. «El món, un escenari», de J. Balló i X. Pérez

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1. «IN MEDIA RES»

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La immediatesa defineix fins a tal punt ei món contemporani que ningú no es pot sorprendre de la velocitat amb què la millor ficció audiovisual sap instal·lar el públic, sense preàmbuls ni con­templacions, al centre dels conflictes que es disposa a abordar. En aquest sentit, és comprensible que quan el dramaturg i guionista Aaron Sorkin assumeix en La xarxa social (The Social Network, 2010) la tasca de posar en circulació fílmica la vida del controver­tit creador de Facebook, Mark Zuckerberg, ho faci introduint sense previ avís els seus espectadors al centre d’una acalorada dis­cussió entre Zuckerberg (Jesse Eisenberg) i la seva efímera compa­nya Erica Albright (Rooney Mara), discussió que acabarà amb una immediata ruptura sentimental. Així li ho anuncia ella al final de la conversa (una conversa, doncs, que ja està en marxa quan el re­lat fílmic s’ha iniciat) i en la qual Mark expressa acceleradament els seus temors —la por de no ser acceptat en un club d’elit de Har­vard, la por que la noia s’acabi enamorant d’un regatista atlè­tic—, a més d’una incomoditat manifesta, en què l’emergència de la vanitat i una ingènua actitud de superioritat volen amagar les seves debilitats.

El món un escenari

Aquesta conversa crispada entre el protagonista de La xarxa social i la noia que vol seguir mantenint al seu costat es produeix de manera convulsa, i anuncia alguns dels temes que aniran apa­reixent inexorablement al llarg de la pel·lícula. No ens trobem, per tant, davant d’un pròleg, ni d’una recapitulació, sinó de la posada en situació d’un personatge que s’expressa més ràpidament que les accions que la narració és capaç de produir. Amb tot plegat, Aaron Sorkin no només ha definit magistralment el protagonista del seu guió, sinó que ha deixat establerta, com si es tractés d’un teaser televisiu (un fet gens estrany tractant-se d’un escriptor consolidat en aquest mitjà), la magnitud tràgica dels esdeveniments que es produiran a continuació, i dels quals l’abrandat Zuckerberg ha es­tat advertit per la noia.

A pesar de l’absoluta brusquedat d’aquest inici, cap espectador de La xarxa social pot sentir-se agredit o incomodat, ni ha de fer el més petit esforç per adequar-se a la comprensió del que ha suc­ceït a la pantalla. L’organització de l’obertura respon a un principi habitual de la dramatúrgia de tots els temps, la forma coneguda com in media res, i només la coincidència amb un moment histò­ric com el nostre, tan caracteritzat per l’assumpció vital que tot pot succeir en qualsevol moment, permet que hi admirem, en paral·lel, el pertinent sentit d’època que aquest inici sobtat atorga també al film. Es tracta, en efecte, d’un tret avui irrenunciable: en un per­centatge molt alt dels productes audiovisuals que es facturen anualment arreu del món, els personatges, en la primera seqüèn­cia, parlen entre ells com si la història ja hagués començat, o estan implicats en una acció que fa temps que tenen preparada. L’espec­tador sent que la vida flueix, que tot ja existia abans que connectés amb l’escena que s’acaba d’il·luminar davant seu, que el relat enge­gat no l’espera, per bé que el reclama. Però el principi en què es fonamenta aquest afortunat sistema d’iniciar la història ha acom­panyat la cultura de la ficció des dels seus orígens. I va tenir en l’edat d’or del teatre isabelí la seva plasmació més influent i para­digmàtica.

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COMENÇAR «AL MÉS TARD POSSIBLE»

Si ens fixem en la història filològica de l’expressió, sabem que in media res és un terme fixat per Horaci a l’Ars Poètica.1 La teoria literària l’observa en l’estructura narrativa de la Ilíada i, de manera més decisiva encara, de l’Odissea i de l’Eneida, ja que en aquests dos poemes el començament, quan la història és molt avançada, ens porta a una estructura en flash-back, en què es nar­raran els fets heroics que s’han produït abans i que suposaran el cos central de les aventures èpiques que faran llegendaris aquests textos immortals. Però quan la ficció audiovisual moderna fa ser­vir aquest model dramàtic, no li és imprescindible, ni moltes vega­des necessari, el clàssic recurs de tornar enrere. Començar «al més tard possible» és, simplement, una forma d’acceleració de l’acció, de confiança en el fet que és en la mateixa construcció dels perso­natges on es trobaran finalment les referències al passat, que no caldrà visualitzar episodis ja viscuts, sinó que, com en el dinàmic teatre isabelí, serà al cap de l’espectador on es reconstruiran els ponts amb els episodis anteriors. El mateix Shakespeare ho defi­neix sense embuts al pròleg de Troilus i Cressida (una obra centra­da justament en la guerra de Troia), que li serveix, en una atrevida paradoxa, per defensar de forma nítida l’estratègia de l’in media res: «I jo he vingut aquí, / com a Pròleg armat, no pas per defensar / la ploma de l’autor o les veus dels actors, / sinó vestit d’acord amb el nostre argument, / per dir-vos, bons espectadors, que l’obra / salta l’origen i les primeries / d’aquestes lluites, i comença al mig / i continua fins a tot allò que es pot tractar en una obra».

Nota 1: L’expressió llatina correcta és in medias res, però ha derivat funcionalment en in media res, com recull Margarida Aritzeta al seu Diccionari de termes literaris.

I és que, a més, una cosa és començar la història per un mo­ment avançat, com ja succeïa a l’èpica grecollatina, i una altra més contundent, iniciar l’escena en un moment particularment dinà­mic, sorprenent els personatges en ple moviment, com Shakespea­re portarà a un grau radical d’efectivitat. La diferència entre la for­ma retòrica de l’epopeia (o la seva extensió en la novel·lística moderna) i la celeritat de la immediatesa teatral és, en aquest sen­tit, notable. La Ilíada o l’Odissea poden començar in media res, amb l’aventura dels seus herois en un punt avançat, però els dis­positius retòrics del gènere fan pausada i descriptiva la introducció del lector en aquest punt de la trama. El teatre, en canvi, exigeix sempre immediatesa, perquè el que mostra precedeix allò que explica. En la primera gran forma teatral d’Occident, la tragèdia àtica, l’estratègia de l’in media res ja s’utilitzava, si ens atenem al fet que, quan l’acció s’iniciava, el conflicte ja estava plantejat (Clitemnestra i Egist havent esdevingut amants a l’Orestíada, Jàson decidit a abandonar a seva dona a Medea), o era la immediata conseqüèn­cia d’un altre conflicte tancat de forma indigna (el tractament dels vençuts a Les troianes). Però l’organització ritual de l’escena àtica, amb la necessitat, teoritzada per Aristòtil, del pròleg previ a l’apari­ció del cor, i els parlaments explicatius inicials de déus o herois dificultaven, en general, l’entrada en situació dels personatges ja en ple moviment. Va ser el gènere de la comèdia (i particularment la seva evolució llatina, en mans de Plaute o Terenci) que, en abordar les trames quotidianes des d’una perspectiva laica, despro­veïda de cor i de tot requeriment ritual, va adoptar una forma més avançada de l’in media res: la captura de l’acció enmig d’una con­versa entre diversos personatges.

Aquest mecanisme és el que el teatre isabelí utilitzaria no sols en el camp de la comèdia, sinó, de manera revolucionària, també en l’àmbit del drama històric i la tragèdia, que perdrien la solemnitat ritual dels grecs (o del llatí Sèneca). Amb la barreja de tons que ca­racteritzarà tan bé el conjunt de la seva obra, Shakespeare redimensiona el procediment, amb totes les seves conseqüències. La gran força dels inicis en la seva dramatúrgia rau no tant a comen­çar en un punt més o menys avançat de la trama, com a sorpren­dre l’acció dels personatges ja en ple moviment a l’interior de l’es­cena, absorts en una dinàmica de conflicte en marxa a la qual l’espectador és invitat a entrar sense cap prolegomen.

L’efectivitat d’aquest procediment ha estat tan estimulant per a la narrativa audiovisual que no ens pot estranyar que un dels teòrics del guió més canònics en els temps contemporanis, Syd Field, se senti impel·lit a invocar Shakespeare quan aconsella els futurs guionistes sobre les estratègies d’arrencada dels seus films: «Shakespeare era un mestre dels començaments. O bé obre amb una seqüència d’acció, com el fantasma que camina pel parapet de la muralla a Hamlet, o les bruixes de Macbeth, o utilitza una esce­na que reveli alguna cosa sobre el personatge: Ricard III és geperut i es lamenta per l’hivern del nostre descontentament; Lear exigeix saber quant l’estimen les seves filles, en termes de diners».

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AL BELL MIG DE LA GUERRA

Si admetem que el primer in media res de la literatura data dels mateixos orígens de l’èpica, amb la Ilíada, i que la seva for­mulació moderna es troba en el format teatral isabelí, no ens serà difícil identificar l’estat de guerra permanent com el veritable (i no gaire tranquil·litzador) teló de fons del cànon de la gran ficció oc­cidental. El que Shakespeare va formular amb una contundència que no ha estat superada (però sí emulada simptomàticament) és que la guerra és un estat natural de les comunitats. Les discussions i baralles que hem anat resseguint com a elements d’arrencada són la punta de l’iceberg, a escala metonímica, d’una consideració de la guerra total com l’espai en què aflora, si us plau per força, la immanència de l’in media res.

Des d’aquesta perspectiva isabelina, l’entrada en la ficció és, sempre, l’assumpció d’un estat de guerra. Entre les obres que millor modelen aquesta poètica, Macheth es posiciona com un referent in­eludible. Al començament, l’exèrcit escocès es troba en lluita amb els noruecs, aliats a més a més amb una facció gal·lesa. Es en aquest territori de convulsos combats que Macbeth escolta la profecia de les bruixes i precipita el seu país cap a un conflicte també civil, en assassinar el seu cosí i monarca. Shakespeare no dóna compte dels orígens de la guerra en què Macbeth ja estava immers, com no ho fa respecte a la conflagració entre noruecs i danesos que articula la geografia dramàtica de Hamlet, o a les lluites entre grecs i troians de Troilus i Cressida, o a les baralles de Montagús i Capulets de Romeo i Julieta, o a les incansables guerres entre França i Anglaterra, i en­tre la casa de York i la casa de Lancaster, que emmarquen les cròni­ques monàrquiques que va obrir Enric VI. El món està sempre en conflicte, i la ficció, comenci per on comenci, ha de recollir aquest estat d’excepció que la inèrcia del combat naturalitza.

Aquesta lliçó dramàtica ha estat molt ben adoptada pel cinema bèl·lic modern. Replicant la tradicional estructura en tres actes (allistament-formació-combat) que va establir King Vidor en La gran desfilada (The Big Parade, 1925) i que va culminar Kubrick a La jaqueta metàl·lica (Full Metal Jacket, 1987), molts films incisius prescindeixen de les dues primeres parts d’aquest dispositiu i instal·len el públic, de bon començament, en el vertigen dels enfronta­ments. Més enllà de la validesa intrínseca de la majestuosa pel·lícula de Kubrick, la majoria dels altres grans films sobre el Vietnam par­teixen gairebé sempre d’aquest principi: la guerra ja existeix, i és en el seu si on es produeixen els drames i la tensió violenta. El docu­mental francès La section Anderson (1967), de Pierre Shoendoerflfer, començava amb aquest joc temporal de gran eficàcia dramàtica: es veia els membres d’una patrulla americana al mig de la selva d’Indoxina, i quan la imatge s’aturava en un d’ells, una veu over infor­mava de quin havia de ser el seu destí, si seria ferit o si moriria els dies següents. Aquesta forma de narrar va tenir un gran impacte: el film, que va guanyar un Oscar al millor documental, va ser proba­blement una de les primeres obres que van avisar de la manca de sentit de la presència militar nord-americana en aquella guerra in­justa. Aquest principi dramàtic explica la fortalesa i l’impacte de l’inici d’Apocalypse Now (1979), de Francis Ford Coppola: un pla general de la selva, fum de bombes, un helicòpter fugaç, un bom­bardeig, una jungla inflamada, tot amb la música de «The End» dels Doors, com una manera conscient d’expressar que el principi i la fi són a tocar, que aquest començament in media res ens dóna un cop més la informació suplementària que el film explicarà, un tros de vida i de destrucció continuada, sense ordre ni sentit, i nega així qualsevol justificació estratègica de la seva existència. La guerra ja ha començat, és abstracta, sense cap raó que pugui justificar-la.

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Jordi Balló / Xavier Pérez

El món, un escenari
Shakespeare: el guionista invisible

 

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M’atreviria a dir que poques vegades s’ha dibuixat amb tanta intensitat, passió, intel·ligència i exhaustivitat el caràcter visionari del geni shakespearià com al llibre que Jordi Balló i Xavier Pérez acaben de publicar amb l’intent de resseguir el rastre de Shakespeare en les estratègies narratives de les creacions contemporànies, des dels films més rellevants i significatius del cinema del nostre temps fins a les sèries televisives que ens han retornat el gust per les històries ben explicades i interpretades que no ens prenen, als espectadors, per imbècils: El món un escenari. Shakespeare el guionista invisible (Anagrama). Tots dos,  […] en aquest llibre absolutament memorable, que acompanyarà durant molt temps qualsevol lector que s’hi acosti, han furgat en l’arsenal de la nostra memòria fílmica, de Hitchcock a Godard, i en les sèries que han reinventat la narració televisiva, de Los Soprano o The wire, a Mad men o Studio 60, per descobir-hi l’arrel shakespeariana dels mecanismes dramàtics de les narracions audiovisuals contemporànies que han acabat per conformar la nostra forma d’explicar els esdeveniments, d’articular la nostra pròpia identitat i la manera de pensar sobre el cos, el desig, el poder, la mort, i tots els racons, fins i tot els més amagats, de les passions humanes.

I, així, s’han atrevit a articular una enciclopèdia fascinant de la presència difusa d’alguns descobriments enlluernadors de Shakespeare en les nostres ficcions, i sobretot en les nostres vides, que desborda, per excés, la sospita que ens feia intuir que Shakespeare té més a veure amb nosaltres que molts dels nostres contemporanis. D’aquesta manera, ens descobreixen l’arrel shakespeariana de la nostra forma d’explicar les coses, in media res; la ja hegemònica importància de la trama coral; la fascinació pels personatges excessius, hiperbòlics; el paper del monòleg i del diàleg com a motors de l’acció; la rellevància del desig i del dispositiu circular en la nostra concepció del món; la dificultat d’encarar-nos, directament, amb la presentació o representació d’allò que, per obscè, no voldríem veure…

Shakespeare, doncs, amb qui, per fi, la paraula escrita arriba a ser constructora de mons que no existien abans de ser dits: “El do taumatúrgic de la literatura, que en Shakespeare arriba al cim”. Facin-me cas: corrin a la seva llibreria de guàrdia, comprin el llibre i entrin en aquesta aventura de la qual ja no sortiran durant mots anys.

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Xavier Antich
Shakespeare guionista invisible
La Vanguardia, dilluns 7 de desembre de 2015, pàg. 30

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El món un escenariJordi Balló / Xavier Pérez

El món, un escenari
Shakespeare: el guionista invisible

Llibres Anagrama, 17
Editorial Anagrama. Barcelona, octubre de 2015
ISBN: 9788433915252

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El mundo, un escenarioJordi Balló / Xavier Pérez

El mundo, un escenario
Shakespeare: el guionista invisible

Colección Argumentos, 488
Editorial Anagrama. Barcelona, octubre de 2015
ISBN: 9788433963918

 

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