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Posts Tagged ‘Julio Cortázar’

Gospodinov i Cortázar, dues visions pròpies del Minotaure

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LA MADONNA COL MINOTAURO

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Madonna col Minotauro

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Un bambino sta seduto in grembo alla mamma. Lei lo sostiene con la mano sinistra, probabilmente ha appena finito di allattarlo e sta in attesa del ruttino. Il bambino è nudo. La scena è una classica icona, infinitamente nota e ripetuta in tutte le raffigurazioni dopo la nascita del Bambino Gesù. C’è però una differenza che rende l’immagine davvero unica. Il bambino ha una testa di toro. Piccole corna, orecchie allungate, occhi disposti lateralmente, muso. Testa di vitello. Pasifae col Minotauro bambino. Secoli prima della Madonna.

L’immagine è unica. È stata trovata nei dintorni nell’antica città etrusca di Vulci, nell’odierno Lazio. Si può vedere tra le collezioni della Biblioteca Nazionale di Parigi. Qualcuno ha avuto il coraggio di ricordare quello che è evidente e che il mito dimentica con facilità. Si tratta di un neonato. Tenuto in grembo e partorito da una donna. Si tratta di un lattante, non di una belva. Un piccolo che sarà presto relegato in un sotterraneo. Probabilmente c’è voluto tempo, mesi, forse uno o due anni, prima che Minosse decidesse di nascondere agli occhi del mondo un bambino marcato a quel modo. Se osserviamo attentamente le espressioni della mamma e del figlio, scopriremo che entrambi ne sono già consapevoli.

Potrebbe essere anche il momento della separazione? La sua mano sinistra già non lo abbraccia più, di distacca e si agita lievemente da dietro il dorso del bambino per dargli l’addio.

In seguito il mito avrebbe tramutato questo bambino in un mostro, per giustificare il peccato della sua reclusione, un peccato estensibile a tutti i futuri bambini che saranno abbandonati.

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Георги Господинов (Georgi Gospodinov)
ФИЗИКА НА ТЪГАТА 
 (Fisica della malinconia)

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THE MADONNA WITH MINOTAUR

A child is sitting in his mother’s lap. She is holding him in her left arm, she has most likely just nursed him and is now waiting for him to burp. The child is naked. The scene is iconic, so well known and repeating in all images after the birth of the Christ Child. There is one difference, however, which makes this drawing unique. The child has a bull’s head. Little horns, long drawn-out ears, wide-set eyes, a snout. The head of a calf. Pasiphaë with the Minotaur Child. Centuries before the Virgin Mary.

The image is one of a kind. It was discovered near the erstwhile Etruscan city of Volci, in present-day Lazio. It can be seen in the collections of the Parisian National Library. Someone dared to recall the obvious, which the myth would quickly forget. We’re talking about a baby. Carried and delivered by a woman. We’re talking about an infant, not a beast. A child, who will soon be abandoned (sent to the basement). Most likely Minos needed time, months, even a year or two, to decide what to do, how to hide this marked child from the world. If we peer at the faces of the mother and the son, we can see that both of them already know.

Perhaps this is the very moment of separation? Her left arm no longer embraces him, but pulls away, waving farewell gently behind the child’s back.

Later the myth will transform the child into a monster, so as to justify the sin of his abandonment, the sin against all children, whom we will abandon in the future.

Georgi Gospodinov
The physics of sorrow

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Se ve entrar a los atenienses precedidos por Teseo. Con ademán liviano, casi indiferente, el héroe lleva en la mano el extremo de un hilo brillante. Ariana deja que el ovillo juegue entre sus curvados dedos. Al quedar sola frente al laberinto, sólo el ovillo se mueve en escena.

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ARIANA

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En la fresca solemnidad de las galerías, su frente será más roja, de un rojo denso de sombra, y como lunas enemigas se enhiestarán los cuernos luminosos. Envuelto en el silencio vacuno que ha presidido su amargo crecimiento, paseará con los brazos cruzados sobre el pecho, mugiendo despacio.

O hablará. Oh sus dolidos monólogos de palacio, que los guardias escuchaban asombrados sin comprender. Su profundo recitar de repetido oleaje, su gusto por las nomenclaturas celestes y el catálogo de las hierbas. Las comía, pensativo, y después las nombraba con secreta delícia, como si el sabor de los tallos le hubiera revelado el nombre… Alzaba la entera enumeración sagrada de los astros, y con el nacer de un nuevo día parecía olvidarse, como si también en su memoria fuera el alba adelgazando las estrellas. Y a la siguiente noche se complacía en instaurar una nueva nominación, ordenar el espacio sonoro en efímeras constelaciones…

No sabré ya nunca por qué su prisión alza en mí las máquinas del miedo. Tal vez entonces comprendí que estaba envuelto en una existencia ajena a la del hombre. Los hermanos parecen menos hombres y menos vivos, imágenes adheridas a la nuestra, apenas libres. Duele decir: hermano. ¡Lo es tan poco, turbio anochecer de nuestra madre! ¡Oh Minotauro, no quiero pensar en Pasifae, tú eres el Toro, el cabeza de toro recogido y amargo! Y alguien marcha contra ti mientras mi ovillo decrece, vacila, brinca como un cachorro en mis manos y bulle quedamente…

Los ojos de Teseo me miraron con ternura. “Cosa de mujer, tu ovillo; jamás hubiera hallado el retorno sin tu astucia.” Porque todo él es camino de ida. Nada sabe de nocturna espera, del combate saladísimo entre el amor a la libertad, ¡oh habitante de estos muros!, y el horror a lo distinto, a lo que no es inmediato y posible y sancionado.

Me dijo del triunfo, de su nave y del tálamo. Todo tan claro y manifiesto. A su lado era yo algo maligno e impuro, lácteo punto turbio en la claridad de la esmeralda. Entonces ordené las palabras de la sombra: “Si hablas con él dile que este hilo te lo ha dado Ariana.” Marchó sin más preguntas, seguro de mi soberbia, pronto a satisfacerla. “Si hablas con él dile que este hilo te lo ha dado Ariana…” ¡Minotauro, cabeza de purpúreos relámpagos, ve cómo te lleva la liberación, como pone la llave entre las manos que lo harán pedazos!

El ovillo es ya menudo y gira velocísimo. Del laberinto asciende una sonoridad de pozo, de tambores apagados. Pasos, gritos, ecos de lucha, todo se confunde en el uniforme murmullo como de mar espeso. Sólo yo sé. ¡Espanto, aleja esas alas pertinaces! ¡Cede lugar a mi secreto amor, no calcines sus plumas con tanta horrible duda! ¡Cede lugar a mi secreto amor, no calcines sus plumas con tanta horrible duda! ¡Cede lugar a mi secreto amor! ¡Ven, hermano, ven amante al fin! ¡Surge de la profundidad que nunca osé salvar, asoma desde la hondura que mi amor ha derribado! ¡Brota asido al hilo que te lleva el insensato! ¡Desnudo y rojo, vestido de sangre, emerge y ven a mí, oh hijo de Pasifae, ven a la hija de la reina, sedienta de tus belfos rumorosos! El ovillo está inmóvil. ¡Oh azar!

[…]

 

Julio Cortázar
Los Reyes (fragment)

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Gospodinov - MalinconiaGeorgi Gospodinov

Fisica della malinconia

a cura di Giuseppe Dell’Agata

Voland. Roma, 2013
ISBN: 9788862431408

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Gospodinov - SorrowGeorgi Gospodinov

The physics of sorrow

Translated from de Bulgarian by Angela Rodel

Open Letter. Rochester, NY, 2015
ISBN: 9781940953090

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reyes-cortazarJulio Cortázar

Los Reyes

Alfaguara

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Cortázar: Menelao mira hacia las torres

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Menelao mira hacia las torres

.P1120489 - Version 3

Las manos que quiero torpes de una nodriza troyana
lavan sus muslos, y el dorado correr de su garganta esta noche,
a la hora en que una esclava de ojos viles
alza un espejo sediento hacia su rostro.
Cunden las flautas del festín de los hombres, el recuento
de los fastos. El aire es un yelmo en estas sienes, pero bajo las tiendas
ronca el olvido. Sólo yo soy un puente.

Ahora humillan las antorchas, y una apagada lumbre dejan para su noche.

Helena alisa
la piel de león que incendia el tálamo
y crece como un humo de ámbar.
La caracola de su cuerpo bebe el eco
de los pasos de Paris en la torre. Afuera sigue
el tiempo en las murallas.

Y yo, esta negra ráfaga
que me arrasa los ojos, este fantasma inútil
sólo capaz de ir hasta ellos a mezclarse
llorando en su maraña de caricias.

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Julio Cortázar
De Pameos y meopas
IV. Cantos italianos. Roma, 1953

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Cortázar - PoesíaJulio Cortázar

Poesía y poética

Obras completas IV

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2005

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La Circe de Cortázar i la Petita Circe de Buzzati

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Morelli había pensado una lista de acknowledgements que nunca llegó a incorporar a su obra publicada. Dejó varios nombres: Jelly Roll Morton, Robert Mussil, Dasetz Teitaro Suzuki, Raymond Roussel, Kurt Schwitters, Vieira da Silva, Akutagawa, Anton Webern, Greta Gargo, José Lezama Lima, Buñuel, Louis Armstrong, Borges, Michaux, Dino Buzzati, Max Ernst, Pevsner, Gilgamesh (¿), Garcilaso, Arcimboldo, René Clair, Piero di Cosimo, Wallace Stevens, Izak Dinesen. Los nombres de Rimbaud, Picasso, Chaplin, Alban Berg y otros habían sido tachados con un trazo muy fino, como si fueran demasiado obvios para citarlos. Pero todos debían serlo al fin y al cabo, porque Morelli no se decidió a incluir la lista en ninguno de los volúmenes.

Julio Cortázar
Rayuela

 

 

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[…]

Julio Cortázar

Julio Cortázar   (Ixelles, Brusel·les, 1914 – París, 1984)

Yo me acuerdo mal de Delia, pero era fina y rubia, demasiado lenta en sus gestos (yo tenía doce años, el tiempo y las cosas son lentas entonces) y usaba vestidos claros con faldas de vuelo libre. Mario creyó un tiempo que la gracia de Delia y sus vestidos apoyaban el odio de la gente. […]

[…]

[…] Un gato seguía a Delia, todos los animales se mostraban siempre sometidos a Delia, no se sabía si era cariño o dominación, le andaban cerca sin que ella los mirara. Mario notó una vez que un perro se apartaba cuando Delia iba a acariciarlo. Ella lo llamó (era en el Once, de tarde) y el perro vino manso, tal vez contento, hasta sus dedos. La madre decía que Delia había jugado con arañas cuando chiquita. Todos se asombraban, hasta Mario que les tenía poco miedo. Y las mariposas venían a su pelo —Mario vio dos en una sola tarde, en San Isidro—, pero Delia las ahuyentaba con un gesto liviano. Héctor le había regalado un conejo blanco, que murió pronto, antes que Héctor. […]

[…]

Julio Cortázar
Circe

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[…]

Buzzati2

Dino Buzzati (Belluno, 1906 – Milano, 1972)

Due giorni dopo la conobbi. Era nel suo studio, seduta sul divano. Giovanissima, una faccia arguta da bambina, la pelle tesa nell’inesprimibile freschezza dell’età, i capelli neri e lunghi avvoltolati in una strana pettinatura ottocentesca, il corpo da adolescente, ancora. Bella? Non so. Certo un tipo insolito, popolaresco e insieme chic. Ma c’era, fra il suo aspetto e le cose che mi aveva raccontato Umberto, una contraddizione  insuperabile. Tutto in lei era allegria, spensieratezza, gioia di vivere, ingenuo abbandono alle sollecitazioni della vita; o almeno pareva.

Con me fu gentilissima. Cinguettava, guardandomi, e le labbra si aprivano a sorrisi maliziosi. Esagerava anzi, in questo senso, come per un’aperta intenzione di conquista. E a Umbertop non badava, come si non esistesse. Umberto, in piedi, con uno stentato sorriso sulle labbra, la contemplava, istupidito.

Con un gesto di meravigliosa inverecondia, Lunella si aggiustò la gonna lasciando intravereder più del lecito. Poi piegò la testa, provocante, da scolaretta impertinente: «Sa chi sono? Io sono il ciclone» mi disse «io sona la tromba marina, io sono l’arcobaleno. Io sono… io sono una bambina deliziosa». E rideva, apparentemente felice.

[…]

Dino Buzzati
Piccola Circe

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Cortázar publica en Buenos Aires el relato que lleva por título Circe en el año 1951, dentro del volumen Bestiario, en un momento que él mismo califica de “emocionalmente difícil”. Quince años después, Dino Buzzati publica Piccola Circe en la colección de relatos breves que lleva por título Il Colombre. Ambos autores toman voluntariamente un motivo que es conocido por todos gracias a la herencia común de la cultura occidental. El motivo de Circe. Inspirándose en la Odisea trasladan la trama del capítulo dedicado a la diosa-bruja a la época actual, convirtiendo así a sus protagonistas en modernos odiseos que tienen que pasar por numerosas pruebas y dificultades.

En el caso de los textos que nos ocupan, la alusión al mito clásico convierte los dos relatos en un tejido de símbolos y motivos que converten su lectura en una búsqueda de paralelismos entre la obra moderna y su inspiración clásica. Se predispone de antemano al lector a recoger en el recorrido del texto alusiones argumentales a la obra homérica, observando al mismo tiempo en qué punto o puntos la versión moderna se aleja de la antigua.

La primera alusión que encontramos al mito clásico es el título. En el caso de Cortázar, éste es sencillamente Circe. No vuelve a aparecer una alusión directa al texto homérico en ningún otro momento del texto, pero el efecto ya está logrado. En Buzzati el título, Piccola Circe, es también la única alusión directa, pero no sólo nos prepara de cara a la trama argumental sino que también subraya el concepto de Lolita que encontraremos posteriormente en el argumento gracias al adjetivo piccola.

En todo caso, es claro que si el lector conoce el mito originario será capaz de ver más en el texto moderno. Prevemos lo que vamos a encontrar en el texto gracias a la herencia cultural, pero reelaboramos al mismo tiempo los conceptos a medida que se alejan de la línea original. Con ello cuentan los autores, que manejan de esta manera nuestro horizonte de expectativas. De manera que el mito cobra hoy un nuevo significado que es la suma de los significados que se le ha ido dando a lo largo de la historia, entendida ésta en el sentido hermenéutico. En el caso del mito clásico que nos ocupa, se sintetiza de manera absoluta en el concepto mismo del término Circe, que pasa a utilizarse en la lengua cotidiana con el significado de “mujer astuta y engañosa” [RAE]. Cortázar y Buzzati reinterpretan dicho concepto.

[…]

Aránzazu Calderón Puerta
La trampa de Circe. El motivo mitológico en dos relatos de Julio Cortázar y Dino Buzzati.
Dins de: Reescritura e intertextualidad: literatura-cultura-historia
Editat per Urszula Aszyk

 

 

 

 

[…] la posibilidad de establecer un parentesco literario entre Buzzati y Cortázar nace del análisis de los mecanismos de lo fantástico en las obras de ambos autores. Mecanismos que, en ocasiones […], determinan también una construcción del cuento parecida. Tanto en Buzzati como en Cortázar, lo fantástico cotidiano peculiar del siglo XX se obtiene recurriendo a “vacíos”, formas distintas de reticencia que contribuyen a volver cada vez más lábil el nexo causal entre los eventos y a cubrir con ambigüedad e indefinición el discurso fantástico entero.

[…] lo que se calla, en estos textos, se vuelve aún más significativo que lo que se narra, pues lo no dicho no solo forma parte de una estrategia pensada para la creación del suspense, sino que constituye el sentido mismo del texto fantástico, coincidente con dicha indecibilidad e inexplicabilidad.

La pregunta fundamental se desliza pues de “què quiere decir lo dicho” a “qué es lo que se dice a través de lo no dicho”.

[…]

Buzzati y Cortázar organizan las elipsis en sus textos de manera parecida, aunque las modulaciones de lo fantástico y la función que este desempeña en sus cuentos alcanzan resultados diferentes.

[…]

 

Anna Boccuti
“Vacíos” fantásticos y absurdo: una lectura de los cuentos de Dino Buzzati y Julio Cortázar.
Les Ateliers du SAL 1-2 (2012): 75-92.

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Julio Cortázar

Cortázar - RelatosLos relatos

Círculo de Lectores

Barcelona, 1974

ISBN: 8422606038

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Buzzati - Il colombreDino Buzzati

Il colombre
e altro cinquanta racconti

Col. Oscar scrittori moderni, 1,235

Oscar Mondadori. Milano, 2013

ISBN: 9788804461104

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Naissance de l’Odyssée, de Jean Giono // Julio Cortázar, traductor de Nacimiento de la Odisea

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En l’any del centenari del gran cronopio, Julio Cortázar

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Giono - Nacimiento de la Odisea[…]

Acostado en las retamas, Arquías reía; una risa menuda que recordaba el grito de las pintadas. De­tuvo a Ulises y le mostró el mar.

—Óyeme —dijo—, ¿te acuerdas de aquellas her­mosas islas ceñidas de pinares, entre las cuales co­rríamos? ¿Y aquellas otras negras, batidas por la ola esmaltada… y aquella que nos quebró? No de pie­dra, sino de carne hembra, están hechas las islas. ¿Te acuerdas? Al acercarnos, cuando en el viento llega­ban los pájaros y los perfumes, se nos endurecían los nervios como si doncellitas asomaran frotándose contra el flanco de la carena.

Continuó, interiormente, su discurso. Pero Uli­ses se acordaba:

“¡La vuelta, de isla en isla! ¿No era más bien mujer en mujer? El jabeque venía a colgarse de la liga de los puertos. ¿Podíamos resistir al llamado del amor? El niño Eros corre entre las piernas del que quiere andar derecho, lo traba y lo acuesta entre las malvas.”

En verdad, para Ulises las caídas contaban con su asentimiento; y no se trataba tampoco de ahogar los gritos de su conciencia, ya que esa salvaje había terminado por domesticarse a la larga.

Así, contoneándose, el lento jabeque había dis­currido de mujer en mujer. Si el viento demasiado bajo desgarraba las aguas, si alguna oveja de tem­pestad hinchaba su lana marrón en el cielo, o si so­lamente la muchachita se había vuelto tres veces antes de la esquina. Ulises soltaba la amarra, arro­jaba la sonda, y después de sujetar las velas bajaba al muelle, atraillado detrás de Erca. En su recuerdo, los países eran mujeres.

Julio Cortázar

Julio Cortázar
(Brussel·les, 26 d’agost de 1914 – París, 12 de febrer de 1984)

De Circe se acordaba con menos fatuidad. Sabia, hábil en el acoso, lo había mantenido sin aliento, enloqueciéndolo; a punto de ceder cada vez, con la morena carne ofreciéndose, para separarse luego con gritos y golpes, o con sobresaltos de caderas. Al fi­nal fué dueña de un Ulises enervado, deshecho, ine­xorablemente unido a ella.

Poco a poco, cesó hasta de bajar regularmente al puerto.

Se despertaba ya entrada la mañana; las cortinas de rafia tamizaban el sol, la habitación era como un golfo lleno de un agua de sombra semitransparente, azul, fresca. Fuera, las manos del viento hacían en­trechocarse las granadas.

Alargando la mano un poco hacia la izquierda, tocaba la carne desnuda de Circe.

A veces ella lo enviaba a comprar almejas frescas a los pescadores, o violetas, semejantes a tomates po­dridos pero que tienen el perfume del amor.

Una vez que volvía con las manos cargadas de esos frutos chorreantes y salados, encontró al patrón Fotiades. Trató de esquivarlo por la callejuela de los hornos, pero el otro corrió a retenerlo por un ex­tremo de la túnica.

—¡Eh, amigo, qué raro te has puesto! Te extra­ñamos, sabes… Lidia pregunta todos los días.

Pero, oliendo las almejas, bajó su mirada hasta las manos de Ulises y se puso a sonreír.

Con una sonrisa agria.

¡Ah, sí! — dijo solamente.

Y luego, tocando el brazo de Ulises:

—Dime, ¿las come siempre mondando la conchi­lla con el pulgar? ¿Sí, verdad? ¿Y con uvas verdes?

Suspiró.

—Adiós, amigo —dijo por fin—. Pero oye, baja un poco cuando puedas. Ya ves que te digo: cuan­do puedas. Yo sé lo que es eso.

*   *

El ribazo que llevaba a la casa de Circe prolon­gaba sus ríñones hasta ser casi una isla. En una es­pesura de palmas, a cien pasos de la orilla, un pozo brindaba aguada. Con tiempo tranquilo, el pequeño golfo se llenaba de veleros y barcas; se veía a quie­nes cambiaban de ruta, desde los confines temblo­rosos del mar, para abordarlo y llenar los barriles.

El agua dulce dormía en el fondo de un agujero. Al extremo del largo cable, el cubo subía balan­ceándose entre los musgos.

Cuando asomaba, aquél que había tirado de la cuerda se enjugaba el sudor con una sonrisa de or­gullo. Circe amaba esa agua helada. Ulises venía diariamente a llenar los cántaros.

Julio Cortazar 2Esta vez reconoció contra el brocal los odres de Menelao. Se alegró en secreto por la sorpresa que iba a darle. Lo encontró gordo, relleno como un atún, apacible, vacío de la fiebre corrosiva que lo agitaba espada en mano bajo los muros de Troya. Ahora tenía a Helena hasta hartarse. Un aceite de felicidad fluía de sus ojos. Pero se puso a deplorar los tiempos. Desde su vuelta de la guerra, la vida no era ese Elíseo entrevisto en sueños, por la noche, en las trincheras de guardia. ¡Faltaba tanto! Durante la ausencia, otros hombres habían tajado sus partes en los bienes. Él, un rey, tenía ásperas pendencias con los labradores arrogantes que antaño, en los buenos tiempos, no habrían osado levantar un dedo. Jóvenes sin respeto alguno se atrevían a forzar la puerta de su amante, una pequeña asiática morena como una vaina de algarroba, que Menelao escon­día en un arrabal de Esparta por miedo de Helena.

Poco a poco llegó a contar los excesos de Penélope. Al principio Ulises no quería creer a sus oídos. Apremió a preguntas a Menelao reticente. Éste lo había creído avisado, intentaba vanamente desan­dar sus palabras. Al final le dijo todo: Penélope había tenido amantes, gente joven; luego, ya en­trando en la edad, se había enamorado de un tal Antinoo que la arruinaba y con el cual consumía los bienes. Telémaco, reducido a los peores extremos, había explorado el país en procura de noticias de su padre; ya harto, hablaba de irse a vivir con otros pequeños vagabundos de su edad, resuelto a las peo­res aventuras.

—Es la suerte de todos nosotros — concluyó tris­temente Menelao.

—¡La suerte de todos! ¡La suerte de todos! ¡Muy fácil de decir! ¿Pero por qué a mí? ¿Eh, por qué a mí? ¿Y los cerdos? ¡Ah, si llego a ponerle la mano encima, a ése…!

Y con su látigo de junco hacía en torno de él una masacre de escabiosas.

El recuerdo del crimen de Argos, todavía presen­te en las canciones doloridas, lo llevó a reflexionar. Por encima de la alforja de mentiras, Ulises había cargado siempre con el miedo. Tuvo la brusca vi­sión de un Egisto emboscado en el sombrío corredor. Se vio a sí mismo degollado como un puerco, su vida abierta en un follaje de sangre florecida. Con­sideró como definitivamente perdida a su Penélope, y Penélope se llenó en el mismo instante de toda la belleza del mundo.

Imágenes desagradables lo asaltaron desde enton­ces en el lecho de Circe. Se quedaba desvelado jun­to a ella; una vida cruel animaba la sombra; y veía a su mujer y a Antinoo gimiendo en la dulce tarea del amor.

[…]

Jean Giono
Nacimiento de la Odisea
Traducción de Julio Cortázar

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Giono - Naissance de l'Odissée[…]

Couché dans les genêts, Archias notait : un petit rire qui ressemblait au cri des pintades. Il arrêta Ulysse et, lui montrant la mer :

— Ecoute-moi, dit-il, tu te souviens de ces belles Iles enchappées de pinèdes entre lesquelles nous courions ? Puis des noires battues par la vague émaillée, et de celle qui nous brisa ? Non point de pierres mais de chair fe­melle sont faites les îles. Tu te souviens ? A l’approche, quand dans le vent les oiseaux venaient et les parfums, nos nerfs durcissaient comme si pucellettes eussent jailli, se frottant contre le flanc de la carène.

De là, il continua intérieurement son discours. Mais, Ulysse se souvenait :

« Le retour d’île en île ! N’était-ce pas plutôt de femme en femme ? Le chebec venait se pendre à la glu des ports. Pouvait-on résister à l’appel de l’amour? L’enfant Eros court entre les jambes de celui qui veut marcher droit, l’entrave et le couche dans les mauves. »

Certes, pour Ulysse, les chutes se faisaient avec son agrément; point n’était besoin d’étouffer des hurle­ments de conscience, cette sauvage elle-même s’était à la longue apprivoisée.

Ainsi, se dandinant, le lent chebec avait glissé de femme en femme. Si le vent trop plat déchirait l’eau, si quelque brebis d’orage gonflait sa laine brune dans le ciel, ou seulement si la petite fille s’était retournée trois fois avant le coin de la rue, Ulysse filait l’amarre, jetait les plombs, entrait les voiles, descendait à quai, en laisse derrière Erca. Dans son souvenir, les pays étaient des femmes.

jean_giono

Jean Giono
(30 març 1895 – 8 octubre 1970)

De celle-là, il se souvenait avec moins de fatuité. Sa­vante, entraînée au pourchas, elle l’avait tenu en haleine, l’affolant : chaque fois sur le point de céder, sa large chair ombrée offerte, puis s’arrachant par cris et coups, ou par soubresauts de hanches. Elle avait eu à la fin un Ulysse énervé, mol, lié inexorablement à elle.

Peu à peu, il cessa même de descendre régulièrement au port.

Il s’éveillait tard dans le matin ; les rideaux de raphia tamisaient le soleil, la chambre était comme un bassin plein d’une eau d’ombre semi-transparente, bleue, fraî­che. Dehors, les mains du vent faisaient s’entrechoquer les grenades.

En étendant la main un peu vers la gauche, il touchait la chair nue de Circé.

Parfois, elle l’envoyait chez les pêcheurs pour ache­ter des moules fraîches ou des « violets » pareils à des tomates pourries, mais qui ont l’odeur de l’amour.

Une fois, comme il revenait, les deux mains chargées de ces fruits ruisselants et salés, il rencontra patron Photiadès. Il essaya de s’esquiver par la ruelle des fours, mais, l’autre courut, le retint par un pan de la robe:

— Hé, l’ami, tu deviens rare! On languit, tu sais! Lydia demande chaque jour… » Mais, ayant senti les moules, il baissa ses regards vers les mains d’Ulysse et se mit à sourire.

Un sourire aigre.

— Ah, oui… dit-il seulement.

Puis touchant le bras d’Ulysse :

— Dis-moi, elle les mange toujours en curant la co­quille avec son pouce? Dis? Et avec des grains de raisins verts ? Il soupira.

— Adieu, l’ami, dit-il enfin, écoute-moi: descends un peu, quand tu pourras. Je te dis, quand tu pourras; je sais ce que c’est.

*   *

Le coteau qui portait la maison de Circé allongeait ses reins en presqu’île. Dans une touffe de palmes à cent pas de la rive, un puits donnait aiguade. Par temps calme, le petit golfe s’emplissait de voiliers et de bar­ques : on en voyait qui, des confins tremblants de la mer, pliaient leur route pour aborder et remplir les barils.

L’eau douce dormait au fond d’un trou. Au bout du long câble, la seille montait en se balançant dans les longues mousses.

Quand elle émergeait, celui qui avait tiré la corde es­suyait sa sueur en souriant d’orgueil. Circé aimait cette eau glacée. Ulysse, chaque jour, venait en chercher deux cruches.

Jean Giono 2Cette fois-là, contre la margelle, il reconnut les outres de Ménélas. Il se réjouit en son cœur de la surprise qu’il allait lui faire. Il le retrouva épaissi, gras comme un thon, béat, vidé de cette fièvre rongeuse qui l’agitait, sabre en main sous les murs de Troie. Il avait mainte­nant Hélène tout son saoul. Une huile de bonheur coulait de ses yeux. Mais il se mit à gémir sur les temps. Depuis le retour de la guerre, la vie n’était pas cet Elysée entrevu en rêve, la nuit, dans les tranchées de garde. Tant s’en fallait! Pendant l’absence, d’autres hommes s’étaient taillé larges parts dans les biens. Il avait, lui le roi, d’âpres démêlés avec des laboureurs ar­rogants qui jadis, au bon temps, n’auraient pas osé lever les cils. Des jeunes gens sans respect allaient forcer la porte de sa maîtresse : une petite asiatique brune comme une gousse de caroube et qu’il cachait dans un faubourg de Sparte par peur d’Hélène.

Il en vint peu à peu à conter les débordements de Pé­nélope. Ulysse sur le coup n’en crut pas ses oreilles. Il pressa de questions Ménélas réticent. Celui-ci l’avait cru averti, il essayait vainement de rattraper ses paroles. Enfin, il lui dit tout : elle avait pris des amants, des jeu­nes; puis, l’âge venant, s’était amourachée d’un certain Antinous qui la grugeait et avec lequel elle mangeait son bien. Télémaque, réduit à la portion congrue, avait couru la campagne à la recherche de nouvelles de son père et, de guerre lasse, parlait d’aller vivre avec de petites ganaches de son âge, résolu aux pires aventures.

— Le sort commun, avait conclu tristement Ménélas.

— Le sort commun ! Le sort commun ! C’est vite dit ! mais, pourquoi moi ? Mais alors ? Oui, et les porcs ? A!. si je lui mets la main dessus, à celui-là !…

Et de sa cravache de jonc il faisait autour de lui un massacre de scabieuses.

Le souvenir du crime d’Argos, dont on chantait en­core la complainte, le fit ensuite réfléchir. Par-dessus la besace à mensonges il avait de tout temps porté la peur. Il eut la brusque vision d’un Egisthe embusqué dans le couloir obscur. Il se vit lui-même égorgé comme un porc, sa vie épandue dans une touffe de sang fleuri. Il considéra sa Pénélope comme définitivement perdue. Elle prit au moment même toute la beauté du monde.

Dans le lit de Circé il fut assailli désormais d’images désagréables. Il restait éveillé à côté d’elle; une cruelle vie animait l’ombre : il y voyait sa femme et Antinous geignant le doux travail d’amour !

[…]

Jean Giono
Naissance de l’Odyssée

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Per aprofundir-hi:

Le rideau déchiré de l’épopée dans Naissance de l’Odyssée de Jean Giono, par Sylvie Ballestra-Puech (Université de Nice-Sophia Antipolis)

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Giono - Nacimiento de la OdiseaJean Giono

Nacimiento de la Odisea

Traducción de Julio Cortázar

Ed. Argos

Buenos Aires, 1946.

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Giono - Naissance de l'OdisséeJean Giono

Naissance de l’Odyssée

Les Cahiers Rouges

Grasset, París 2011

ISBN: 9782246123132

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La Circe (Delia) de Cortázar

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[…]

A Rolo le habían gustado los licores de Delia, Mario lo supo por unas palabras de Mañara dichas al pasar cuando Delia no estaba: “Ella le hizo muchas bebidas. Pero Rolo tenía miedo por el corazón. El alcohol es malo para el corazón.” Tener un novio tan delicado, Mario comprendía ahora la liberación que asomaba en los gestos, en la manera de tocar el piano de Delia. Estuvo por preguntarle a los Mañara qué le gustaba a Héctor, si también Delia le hacía licores o postres a Héctor. Pensó en los bombones que Delia volvía a ensayar y que se alineaban para secarse en una repisa de la antecocina. Algo le decía a Mario que Delia iba a conseguir cosas maravillosas con los bombones. Después de pedir muchas veces, obtuvo que ella le hiciera probar uno. Ya se iba cuando Delia le trajo una muestra blanca y liviana en un platito de alpaca. Mientras lo saboreaba -algo apenas amargo, con un asomo de menta y nuez moscada mezclándose raramente-, Delia tenía los ojos bajos y el aire modesto. Se negó a aceptar los elogios, no era más que un ensayo y aún estaba lejos de lo que se proponía. Pero a la visita siguiente -también de noche, ya en la sombra de la despedida junto al piano- le permitió probar otro ensayo. Había que cerrar los ojos para adivinar el sabor, y Mario obediente cerró los ojos y adivinó un sabor a mandarina, levísimo, viniendo desde lo más hondo del chocolate. Sus dientes desmenuzaban trocitos crocantes, no alcanzó a sentir su sabor y era sólo la sensación agradable de encontrar un apoyo entre esa pulpa dulce y esquiva.

[…]

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De:  Circe, de Julio Cortázar
Bestiario

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El 1963 el director de cinema Manuel Antín está preparant o ja rodant una película sobre el conte “Circe“, de Cortázar. Aquest li envia una “fonocarta” i en ella, entre moltes altres coses, li diu: 

Manuel Antín (Las Palmas, el Chaco, Argentina, 27 de febrer de 1926)

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[…] ¿Vos sabés que me acuerdo muy bien de que cuando escribí “Circe” , hace como quince años, en ningún momento se me ocurrió ir a releer en La Odisea el episodio de Odiseo y de Circe? Ahora que la cosa es más sutil porque el diálogo me va haciendo pensar en montones de cosas, esta tarde me dio por buscar La Odisea. Aunque en general no creo que haya que acentuar las semejanzas en esta clase de trasposiciones de mitos como en el de un mito muy arcaico como el de “Circe” a un episodio contemporáneo, para que lo anotes y a lo mejor en el curso de tu versión definitiva encuentras dónde colocarlo, te señalo que hay un pasaje bastante sugestivo cuando los compañeros de Odiseo llegan por primera vez al palacio de Circe. Antes de que ella los convierta en cerdos, Homero dice: “Se detuvieron a las puertas de la diosa de hermosos cabellos y escucharon a Circe que cantaba con una hermosa voz en su morada mientras tejía una divina tela, tal como son las labores ligeras, graciosas y espléndidas de los dioses.” A veces la gente capta las analogías muy por debajo, por el subconsciente. Es muy posible que en algún momento te pueda convenir mostrar a Delia tarareando alguna cosa mientras teje algo, un pullover, una cosa así. No tiene absolutamente nada que ver con La Odisea pero es la repetición de una actitud y de una ocupación de la diosa.

[Tararea]

Julio Cortázar

Fonocarta a Manuel Antín

París, 17 de junio de 1963

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Graciela Borges a Circe, de Manuel Antín

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Julio Cortázar

Cartas 1955-1964 (2)

Edición a cargo de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga

Biblioteca Cortázar

Alfaguara. 2012

ISBN: 9789870421405.

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La Ilíada de Julio Cortázar

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… la edición de la Ilíada de Homero (s. VIII a. C.) que el joven Cortázar compró a los dieciocho años con sus primeros pesos pertenece a la serie barata de los “tomitos a un peso” de la editorial Prometeo (Valencia). El libro, en dos tomos, es una traducción en segundo grado, que consistía en una versión española que Germán Gómez de la Mata había basado en la traducción francesa de Leconte de Lisle, “a pesar de todas las modificaciones que eso significaba”.

Sin embargo, su primera lectura de la Ilíada fue un choque tremendo. Cortázar recuerda que al avanzar en la lectura, “sobre todo hacia la última etapa del desenlace, la lenta aproximación al combate final de Héctor y Aquiles”, entró en un estado alucinatorio, “este estado prácticamente anormal en que uno deja de vivir en sus condiciones habituales para pasar a un estado en el que todo es posible y por donde entran las cosas más inesperadas, más extrañas y a veces más maravillosas”. Este estado lo describe también como un “estado de pasaje” en que él se colocó del otro lado del puente y vio las cosas de otra manera. Recuerda también que estaba tan absorto en la lectura de la Ilíada que los miembros de su familia se preocupaban porque él “daba vueltas como un zombi por la casa y lo único que [l]e interesaba era volver a [su] habitación para terminar la lectura”

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La vocación helenística de Julio Cortázar. Sus lecturas y su formación clásica en el Mariano Acosta (1929-1936)” Aagje Monballieu (Ghent University)

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Ilíada. Ed. Prometeo (València) Vol. I

Ilíada. Ed. Prometeo (València ) Vol. II

Segell de l'Editorial Prometeo.

 

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La sageta de Pàndar i la “Flecha” de Cortázar

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I ella [Atenea], en semblança d’heroi, penetrà dels troians en les tropes,

estrafent Laodoc, Antenòrida, fort branda-llances,

Pàndar cercant deissímil, si en lloc s’escaigués de trobar-lo.

I trobà de Licàon el fill, forçarrut i sens tara,

dret i parat; i entorn d’ell les valentes falanxs escudades

tropes vingudes amb ell de vora els corrents de l’Esepos.

I, posant-se-li prop, amb alades paraules va dir-li:

“Fores capaç d’obeir-me, tu, fill bel·licós de Licàon?

Gosaries llançâ a Menelau una alada sageta?

Mèrit, davant de tots els troians, i glòria tindries;

principalment, entre tots, davant del rei Alexandre.

D’ell, ben cert, hauries, primer que ningú, dons esplèndits,

si veiés ell Menelau, l’Atreida, devot del déu Ares,

per ta fletxa domtat, i al cim dut de la fúnebre pira.

Via, doncs, llança un dard contra el pros Menelau baró il·lustre!

Fes, però, un vot a Apòl·lon, el Lici, arquer famosíssim,

d’oferir-li una rica hecatombe d’anyells primogènits

de retorn a ta casa, en la sacra ciutat de Zelea”.

Tal Atena digué. I la ment de l’estult seduïa.

L’arc, ben polit, de seguida es va treure, de banya d’un àgil

boc salvatge: l’havia apuntat sota el pit temps enrera,

esperant-lo a l’aguait, al moment de sortir d’una roca,

i el colpí del pit; i en la roca va caure d’esquena.

Setze mans de llarg tenien els corns de la testa;

i un artífex torner, havent-los obrat, va juntar-los,

i, tot ben allisat, a un extrem emmetxà l’auri ganxo.

El posà, doncs, a punt, tens el nervi, dessobre la terra

estrebant-lo; amb escuts el tapaven companys seus addictes

perquè els fills dels aqueus bel·licosos sobre ell no es llancessin

ans que fos colpit Menelau, el bèl·lic Atreida.

I ell la tapa llevà del buirac, i en va treure una fletxa

mai llançada, alada, de negres dolors portadora.

I, seguit, al nervi el tret punyidor adaptava

i vot feia a Apòl·lon, el Lici, arquer famosíssim,

d’oferir-li una rica hecatombe d’anyells primogènits,

de retorn a sa casa, en la sacra ciutat de Zelea.

I estirà presos les mosses i els nervis bovins tots alhora,

i arribà al mugró el nervi, i a l’arc la punta de ferro.

I una volta plegat el gran arc en rodó, amb l’estirada,

dringà l’arc; i brunzí fort el nervi; i el tret saltà fora,

punxegut, arborat en desig de volar vers la turba.

Poc, però, Menelau, de tu els déus benaurats s’oblidaren,

els immortals; sobretot, la filla de Zeus, rapissera,

que, posant-se’t davant, el punyent projectil desviava.

Decantava’l un xic de la pell, com quan una mare

una mosca desvia del fill, que en son plàcid reposa,

i al lloc va dirigir-lo, en el qual, del cinyell es cordaven

les sivelles d’or, i l’asberg presentava gruix doble.

I dessobre el cinyell ajustat el punyent tret va caure,

i, a través del cinyell artitzat, endins penetrava,

i es clavava, passant la cuiraça de bell artifici,

al cingló, dut per guarda del cos, i dels dards en defensa.

Fou el que més el lliurà; però va també travessar-lo.

I arribà a esgarrintxar-li la pell a l’heroi la sageta,

i a l’instant rajà sang la ferida, color fosc de núvol.

I així com el vori tenyeix de porpra una dona

de Meònia o de Cària, que agenci els cavalls a la brida,

i és a la cambra desat, i molts cavallers cobejosos

són de portar-lo; però reservat és a la gala del príncep;

ornament, ensems, del cavall i esplendor de qui el guia;

així a tu, Menelau, de sang se’t tenyiren les cuixes

ben formades, les cames, i els bells turmells al dessota.

Josep Maria Llovera i Tomàs (Castelló d’Empúries, 1874 – Barcelona, 1949)

Va esgarrifar-se, llavors, el cabdill de la host, Agamèmnon,

quan la sang negra veié, que deixava rajar la ferida.

S’esgarrifà, també, Menelau, del déu Ares dilecte;

quan de la fletxa, però, la lligada i ganxets veié fora,

refluint, en son pit el coratge tornà a reunir-se.

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Ilíada, IV, 86-153.

Traducció de Josep Maria Llovera

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Flecha


Seguir  de flecha rápida la estrecha dedicación

al blanco destinado.

Ver el astil que luego de emplumado

se figura ser ave a más de la flecha

y sufre horizontal, donde no echa

peso de garra sobre el descuidado,

y sujeta pasión en el fijado

volar por ojo y por mano derecha.

¡Oh, Pándaro!, no sabes los destinos

que da tu arquear, los vuelos no pensados

de plumas fenecidas, de campanas;

en el aire hay un mundo de caminos

sin esquinas ni señas, traspasados

por los hoy que se van a los mañanas.

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Julio Cortázar

Presencia

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