Archive

Posts Tagged ‘Narració’

«Adiós, Helena de Troya», de Germán Gullón

..

.

.

Adiós, Helena de Troya

.

A veces el destino juega con nosotros desde la misma cuna, a Helena de Troya se la hizo fina. Su madre eligió esa Helena con h, de tan escaso recibo, porque la señora de la casa donde había servido en Jerez usaba unos productos de Hele­na Rubinstein. La doméstica pasó siete años ad­mirando los anuncios de la susodicha firma en las revistas de doña Rosa, las señoras lindísi­mas, palabras del culebrón televisivo de sobre­mesa, qué porte, qué cutis, y todas parecían di­vinas. Además, como ella se llamaba Higinia, lo de ponerle una hachecita a Elena, ni se lo plan­teó dos veces. Al niñato del registro civil le tuvo que sacar el genio, porque salió con el patatín y el patatán que desde Homero y el código civil, y ella gritó con los bríos heredados de su madre, sardinera de Santander, que hizo al chupatin­tas repetirse acobardado toda la tarde aquello de por qué cono me meteré en camisa de once varas.

De harina de muy otro costal procedía el ape­llido. El hombre de la Ginia, un conocido zote, Lorenzo, nunca había servido para mucho. Ya en la mili el alférez de complemento de Zamo­ra, a quien servía de ayudante, le caló, Lorenzo, Lorenzete, tú sólo sirves para hablar de titis, eres un papanatas emporrado. El tal milite, doc­tor en medicina por Salamanca, le predijo así el futuro, como si leyera en la bola de cristal de Zu­que, el mago de Melilla. El Loren regenta ahora una mísera lechería, donde se despachaban las leches enteras, semis y des, y también cocas, fantas, yogures, y otras cuatro chucherías. La vida se le fue piropeando a las criadas del barrio. Jerónimo, un estudiante de derecho, que se pe­gaba atracones de Hacienda Pública por las no­ches, y residía en el primer piso en cuyos bajos tenía la cueva lechera el fulano, nunca se metía en la cama hasta las ocho de la mañana, cuan­do pasaba la primera oleada de furia piroperil del Lorenzo. Al igual que los fumadores al le­vantarse por las mañanas sufren accesos de tos, Lorenzo cuando levantaba el cierre de la leche­ría se le afinaba el pico. ¡Chica, qué guapa vie­nes! ¡Marisa, estás que lo derramas! ¡Adiós niña, hoy ni saludar, tendrás miedo a que el novio te vea conmigo! ¡Ay, si te cojo! Alguna vez, en la primavera o comienzos del verano, cuando la sangre corría con mayor desembarazo, el Lo­ren especificaba mejor los encantos femeninos, empleando una voz gorda, grave. En varias oca­siones, cuando se amostazó la patrona, se armó la de Troya.

Y hablando de Troyas. Todo fue culpa del pa­dre, de Manuel Antonio, el Tonete, progenitor del lechero de Higinia, que las palmó sin haberlo reconocido, y el Lorenzo estuvo a punto de morir en el arroyo, porque su mamá, Ángela, lo que menos necesitaba era un rorro, precisa­mente cuando el Loren asomó un cogollito de pelo negro grasiento por donde nacen los niños. En ese preciso momento la Gela se cagaba, entre ayes, ay, ay, ay, en todos los santos, diciendo lle­varos a eso de mi vista, pues lo único que ha he­cho es joderme, como el cabrito de su padre. To­tal, Lorenzo nació con la cruz en la frente.

Una amiga de la Gela se lo llevó a Sevilla, con el fin de colocarlo, porque tenía un corazón de oro, o mejor dicho, con el relleno que dicen tie­ne el de la sagrada familia. Tanta bondad y bue­na fe la condujo al Palmar de Troya, guiada por un tal Juan Izquierdo, sujeto avisado que llegó a ser medio obispo de un tinglado espíritu-religio­so. Gustaba de presentarse en público emulando a José (Juan), María (Gela), y el Niño (Lorenzo). Cuando la Guardia Civil vino un día exigiendo papeles, Loren quedó asentado con el nombre de Lorenzo de Troya, y de ahí el Helena de Troya.

Lo del nombre pasó desapercibido hasta que en la escuela un maestro, que había asistido a las clases de Agustín García Calvo en la Univer­sidad de Sevilla, buen conocedor de la literatura clásica, levantó la liebre. De nuevo ardió Troya, porque la Helena dijo que nanay de guerras y complicaciones, y trazó con tino seguro su ge­nealogía, de Higinia a los anuncios de la Rubinstein, una mujer que nunca envejecía, nunca se la conoció ningún lío, y que se la podía cono­cer mirando un retrato suyo en el escaparate de la farmacia de la plaza mayor. La cosa quedó ahí, únicamente el lechuguino, que una vez al mes peregrinaba a cierto piso de la calle de la Ballesta de Madrid a tomar clases de alemán del maestro García Calvo, cuando pasaba lista, tras leer Helena de Troya levantaba la cara hacia ella con una media risita; la alumna se decía para sí: vaya cara de gilipollas que pones, macho.

Con tales antecedentes nadie se sorprenderá de saber que Helena de Troya acabó siendo ofi­cial de aduanas, destinada en la frontera hispano-francesa. El trabajo era fácil; sólo cuando ha­bía alarma de droga, un día sí y otro también, o de atraco en un banco próximo a la divisoria, se complicaba la cosa; la verdad, los franceses le tienen miedo hasta a su sombra, y les gusta sa­car la autoridad, especialmente a los polis de in­tervención rápida, los fardones que van vestidos a lo estarwars. Desempeñaba sus funciones em­parejada con un compañero francés, Héctor Fournier, un rubito de ojos azules bastante majete, agradaba verlo con su uniforme bien plan­chado. Desde el primer día que les presentaron, Helena a partir de ahora trabajaremos en pare­ja, un aduanero español con uno francés, se ca­yeron bien, ella incluso dijo: encantada. Notó enseguida que Héctor la prestaba poca atención, y que ninguna postura, inclinarse hacia delan­te para que el culito quedara bien levantado, los infalibles, según la revista Cosmopolita, puñetacitos en el pecho (le faltaban los pelazos negros) para excitar al macho, o arrastrarle por el bra­zo para que perdiera el equilibrio y tuviera que agarrarse a algo sólido, nada. Héctor sonreía como los políticos, sin sentir ni frío ni calor.

El trabajo, aparte de las alertas de alijo de dro­ga, era sencillo: a los europeos, pista libre, al res­to registro e intimidación. Los que se aproxima­ban al perfil robot del sospechoso confeccionado por Europol, comprobación de la identidad y re­gistro de la persona y de las pertenencias. El procedimiento a seguir, repetido por los instruc­tores de la escuela de aduaneros millones de ve­ces, se reducía a: identificar a los sospechosos aplicando el perfil, cabello negro y rizado, sos­pechoso; si venía acompañado por ojos negros y mirada desafiante, a ésos interrogatorio; báje­se del camión, y pase a la oficina, por favor. Sen­tarles, pedir documentación, verificar su auten­ticidad, y pase a la habitación. Tras un par de minutos entrar y cachear al sospechoso.

Literalmente ardió Troya el día en que Helena y Héctor cacheaban a un tal París Maujab, un jovencito moreno, de mirada penetrante, que no se ajustaba al perfil, por tener el pelo liso y esca­so, pero que Héctor insistió en que sí. Sin discu­tir, Helena le dijo alce los brazos, y cuando em­pezó a cachear le miró a los ojos, notando que se le ponían brillantes, entonces vio que Héctor tenía los suyos cerrados y pasaba su mano ¡por el culo! del individuo en cuestión. ¡El muy mari­cón! Lo sospechaba, pensó Helena. ¿Por qué me lo ocultó? Sin pensarlo dos veces prosiguió el re­gistro, pero le metió la pierna entre las suyas al registrado, apretándole suavemente al bulto, y se acercó a él, hasta notar su agradecimiento.

Al terminar el cacheo, Héctor rellenaba parsi­monioso y funcionarial una forma. ¿Encontras­te algo? Ella miró a París Maujab, y no contestó. Puede irse, señor Maujab, dijo Héctor. Salimos al mismo tiempo de la oficina, y esa noche en Biarritz, en el aparcamiento para camiones, La Fleur d’Occident, durante un cacheo menos pro­fesional del sospechoso para entender por qué Héctor se detuvo donde lo hizo se escuchó: Yo tampoco discrimino, me gusta tanto lo que mira al sur como lo que mira al norte.

París insistió en que lo acompañara de rutera, ella contestó que la obligación la mandaba incor­porarse al trabajo, añadiendo que cada vez que cruzara la frontera preguntase por Helena de Troya, y que lo atendería con cariño y amistad.

El destino las juega que pa qué. París acabó convenciendo a Helena, y terminó llevándosela a su país. Hoy la conocen con el nombre de He­lena Maujab, y sus hijos se parecen al padre, he­redaron también el talento para las lenguas. El maestro recomienda que el mayor estudie latín y griego, enorme trastorno porque la única es­cuela está a quince kilómetros de la casa. Héc­tor, que también abandonó los líos de las fron­teras, y funge de administrador del negocio de transportes, Mercancías Maujab, se ofreció con su amabilidad habitual a llevarlo todos los días, o si no que lo haría Mohammed, su compañero. La pequeña Salomé de momento no se descose de las faldas de la madre.

París sigue cruzando fronteras, a veces des­cansa nostálgico en La Fleur d’Occident, y nun­ca deja de congratularse por la suerte de haber encontrado un talismán como Helena. Ella, a su vez, todavía se derrite cuando la llama por su nombre, y desde la cabina del camión, con el pelo algo más ralo y luciendo unas gafitas con marco de metal, con lo que recuerda a Salman Rushdie, le dice sonriendo moruno: Adiós, Hele­na de Troya.

(Una sesión continua de Los diez mandamien­tos y Le chien andalou complementan la lectura anterior. Si hubiese que poner una ilustración al cuento podría utilizarse alguna imagen abstracto-paródica pintada por Salvador Dalí o, me­jor, cualquiera de las imágenes de Salomé que tanto les gustaban a los modernistas.)

Germán Gullón (Santander, 1945)

Germán Gullón
(Santander, 1945)

.

Germán Gullón
Adiós, Helena de Troya

.

.

.

.

.

Adiós HelenaGermán Gullón

Adiós, Helena de Troya

Col. Ánfora y Delfín, 796
Ediciones Destino. Barcelona, 1997
ISBN: 9788423328482

.

.

.

Ifigenia a «Jacobè», de Joaquim Ruyra

.

.

“Els grecs. Meravellosa font, model puríssim”

Joaquim Ruyra

.

.

.

Joaquim Ruyra

Joaquim Ruyra (Girona, 1858 – Barcelona, 1939)

[…]

L’estiu passat, al tornar de les aules a fi de curs, vaig rebre al cor una forta sotragada al compendre tot d’una la terrible veritat. La Jacobè estava feta una calavera. Magra, tremolosa, amb els ulls fondos i el mirar esbarriat, va comparèixer a saludar-me. Només va adreçar-me un somrís, com si m’hagués anat veient cada dia, i de seguida va retirar-se a la seva cambra amb un caminar desmanyotat, arrossegant pesadament les xinel·les, que duia a retaló. Vaig restar com aombrat d’un llamp. La dida m’estava observant dreta a la llinda d’una porta, sadollant-se amargament de la dolor que es pintava en la meva cara; però no em va ser possible dissimular. Després d’un llarg silenci, la bona dona va rompre en un gemec:

—Filla meva! ¡filla de les meves entranyes!

Les llàgrimes li degotaven per les galtes, i jo em sentia escanyat per un sanglot contingut.

—Ja ho veus, Minguet —Va afegir de seguida—; —aquesta noia se’m fon com un terrosset de neu. Jo no sé pas què fer-hi: li dono tot lo que vol… vianda, més que un llop no en dragaria… Oh! i que se la menja! perquè de gana no n’hi manca pas; però res no li aprofita: se m’aflaqueix com si li robessin la carn a grapats; ella, que feia aquell goig que enartava, ¡tan grassoneta! I surt amb uns estaribots!… ¡Redéu, com s’és tornada! Hi ha dies que la dóna per rentar, i em tira al safaretx els quadros, els llibres, les sabates… tot lo que li sembla brut, sigui lo que vulgui; i, apa!, ensabona que ensabona. ¡N’ha malmeses, de coses! I ara sempre té calor, ella que era tan fredeluga. Moltes nits, a l’hivern, me la trobava asseguda sobre el llit, en camisa, amb la finestra oberta. Entén-ho, això. El metge no sap lo que s’hi pesca: que banys freds, que potingues de ca l’apotecari… Res hi val. Els veïns… mala pesta els sec!… s’hi diverteixen i diuen que ès boja. I jo no sé si sóc jo mateixa, que m’hi he tornada; perquè, vaja això no em cap al magí: és horrorós, horrorós! Què hi dius, tu, Minguet?

[…]

—I què ha dit el metge? No ha vingut, avui? .

—Mira, no me’n parlis, del metge: ja em té sofregida. Fa més de tres setmanes que llenço les receptes a les escombraries. És un toca-sardanes: no sap per quines mars navega. Ramonet, Ramonet, quina paret toques!… uix!… Ara surt amb que el mal gam de la noia ve de les borratxeres del seu pare i dels seus avis. ¿Oi, quina pensada? Jo bec i tu et mareges. ¿Vol-se’n anar al… Déu me contingui!… I mentrestant la Jacobè se’m va morint, se’m va assecant com els pàmpols de la parra, emmalaltint-se més i més a cada glop de medicina que pren. ¡Al diable, les potingues!… No, aquest mal no ès dels que es poden guarir de mà de metge o de manescal: prou que ho veig! Ah, Minguet! corren unes persones ben dolentes!…

 […]

Surto de la casa apesarat. Capbaix i caminant d’esma, me’n vaig ensomniat anguniosament per les imatges de la realitat i per les d’un esdevenidor, més dolorós encara, que estic preveient.

A l’arribar a mig carrer de Mar m’aturo, perquè he vist el doctor Calvet i desitjo preguntar-li de la malalta. El bo de l’home deu tenir alguna visita urgent: va de pressa de pressa. Duu les mans encalofornades a les butxaques del paltó, la mangala sota l’aixella, i el barret al clatell. És blanc de celles, blanc de pestanyes, blanc de cabells i blanc de cutis: en la seva carassa magra i ossuda no hi ha més que blancor, llevat de la tinta blavissa que li acoloreix esblaimadament les nines dels ulls i les venes, que li arboregen pels polsos. Camina de pressa, i tan distret, que no s’adona de mi fins que em planto al davant seu a mitja passa de distància. Aleshores fa un surt, s’atura, m’examina un moment amb mirar miop, i deseguida tanca les parpelles, amb lo qual la seva cara acaba d’esblanqueir-se del tot. Vaig a parlar, però no em dóna temps. Sense obrir els ulls més que de tard en tard i a mitges, diu així, de correguda:

—Ja sé lo que em vols preguntar. Es tracta de la teva teta: oi?… de la Jacobè. Està mala, mala, malíssima. Res: t’ho diré en quatre paraules. Tu, que has estudiat els clàssics grecs, recordaràs, segurament, el cas de la Ifigenia, filla del rei Agamenó, que va ser condemnada a morir en expiació d’una falta del seu pare. Doncs vet aquí un símbol de gran realitat. ¿No m’entens?… He, he, he… En la naturalesa passa així mateix que en la faula, igual, igual: els innocents expien els pecats dels culpables. No es perdona res: cada falta ha de portar el seu càstig, i lo que no ha satisfet en Pau, ho paga en Nicolau. És salat: oi?… He, he, he… Tal vegada jo no patiria de ronquera si el meu besavi no hagués sigut tan aficionat a mastegar tabac negre. Què hi hem de fer? És la llei: flectamus genua. La Jacobè està sota el ganivet del gran sacrificador, un sacerdot implacable en l’exercici de les seves funcions sagrades. Vés: detura el cop, tu. És lo mateix que si et volguessis despullar de la pesantor quan caus daltabaix d’una timba. He, he, he… Aquelles disbauxes, aquelles embriagueses, aquelles brutalitats de tota mena dels serradors, algú les ha de pagar. És inútil que m’estireu els faldons «-Senyor doctor! senyor doctor! un remei, una medicina!…» No hi sóc a temps. Us heu atipat de metzines durant anys i panys i generacions, i voleu que se us curi en el curt espai d’una malaltia. ¡Aneu-los esperant, els miracles!… Allò de que la Ifigenia, ja dalt de l’ara, s’hagués salvat per obra i gràcia d’un déu, és la part inverosímil de la llegenda; és lo que no esdevé mai. ¡Aneu-los esperant pla, els miracles!… He, he, he… Res: no hi comptis, amb la teva teta. Lasciate ogni speranza.

Es treu el rellotge de la butxaca, se’l posa a frec del nas per mirar l’hora, i exclama, arrencant a caminar desaforadament:

—Dos quarts de tres!… Ui, ui, ui!…

Jo prossegueixo el meu passeig, tot donant voltes a les fondes idees que el doctor Calvet acaba de suggerir-me en mig de les seves rialletes cíniques. ¿Serà cert que els nostres vicis més secrets i més íntims no ens afecten a nosaltres sols, sinó que produeixen una sement de dolor que anirà grillant de generació en generació en el cor dels nostres fills? ¡És clar com l’aigua… i no m’hi havia parat mai!… O Déu meu! Tots ens apenem d’oprimir algun cor, de causar algun turment als nostres semblants, i, no obstant, ens lliurem tranquilament a certs excessos que en apariència no danyen tercer i… ¡ah, si veiéssim les llàgrimes que faran vessar!…

[…]

.Jacobé - Ruyra

Joaquim Ruyra
Jacobè
Pinya de rosa

.

.

.

.

.

.

.

.

Ruyra - Pinya de rosaJoaquim Ruyra

Pinya de rosa – Vol. I

Biblioteca Selecta, 19
Editorial Selecta
Barcelona, 1952 (5ª ed.)

.

.

.

Paràbola sobre la ceguesa (d’Homer), a l’Extinció, de Sebastià Alzamora

.

.

And poor old Homer blind, blind, as a bat

Ezra Pound
Canto II

.

Orb  com una rata pinyada […]  Homer…

Sebastià Alzamora
L’Extinció

.

.

.

ExtincióEscrivia:

Primera paràbola sobre la ceguesa. Orb com una rata pinyada, el vell i bon lladre Homer s’encaminava cap a Es­mirna, de bracet d’un companyó que havia fet per aquells camins que només ell coneixia. Es dirigien a un prostíbul ben conegut pels ciutadans d’aquell indret, que era regentat per una puta tan vella com el mateix Homer. Aquesta bagassa era coneguda amb el nom d’Europa, i, tot i que era protagonista de diversos coverbos i facècies populars, relatius a blennorràgies, gonorrees, lladelles i tota casta de xacres afectes als baixos, no deixava de ser una antiga i bona amiga d’Homer, i aquest sabia que ell i el seu mosso podien esperar-ne els beneficis de les comoditats que el cansament dels seus cossos exigia. Feia vint anys que Homer havia marxat d’Esmirna i mai fins aquell dia no hi havia pogut tornar, de manera que ja eren molts els qui el donaven per mort, gairebé tants com els pretendents a ocupar el jaç que Europa li reservava, sempre net i adesat, per si mai es decidia a revisitar el seu bordell. I avui era el dia en què Homer tornava a Esmirna i ho feia sense cap més possessió que la companyia i l’assistència del seu jove amic, però sense un ral dins la bossa, perquè ja feia anys que havia perdut la joventut i la vista, i ningú no mena­va por ni respecte a un lladre en aquelles condicions, per molt temut i sanguinari que hagués estat en altres èpoques: Homer, en efecte, era un lladre molt cercat, però d’un temps ençà, quan topava amb agutzils o sol­dats, el deixaven anar amb condescendència, ruixant-lo amb un plugim de befes doloroses. Aleshores Homer se sentia atacat per la melangia, i referia al seu company el relat de com havia estat, de jove, hostaler a la Bretanya, cap d’una família bella, pacífica i temorosa del Destí, i amo d’un negoci modest però pròsper. Se’l menjava, però, en aquells dies calmosos, una estranya recança: te­nia necessitat de recórrer terres llunyanes, i s’enyorava de llocs remots i ignorats que mai no havia de conèixer, si no era al preu d’abandonar casa, fortuna, fills i muller. Tanmateix es va determinar a fer-ho quan va conèixer un músic insòlit sobre el qual era capaç de divagar temps i temps, enraonant i inventant històries; en qual­sevol cas es devia tractar d’un home francament singu­lar, que li havia produït un impacte extraordinari. Gràcies a l’impuls que en va saber treure, Homer es va endinsar continent endins, convertint-se en un bandejat cèlebre, fins al punt que la plebs havia arribat a atribuir-li l’autoria d’una certa obra poètica. Però sobretot, l’entrega a un vagareig inajornable havia compensat Homer amb la coneixença d’Europa, la prostituta d’Esmirna, el verta­der amor que havía conegut al llarg de la seva vida, ja tan dilatada com atzarosa.

I ara hi tornava. Al cap de vint anys tornava a Es­mirna per reposar el cap damunt la falda del seu amor, perduts el nom, la força i les possessions, i ric tan sols d’un gaiato i de les atencions d’aquell noi que es deia el seu deixeble. Caminaven pels carrers i les places porticades de la ciutat, i, tan trista i desolada devia ser la seva estampa, que molts els oferien almoina, o, si més no, un plat de calent a la seva taula. Homer anava foragitant els samaritans amb renecs i improperis, i d’aquesta ma­nera acabaren trobant el portal del prostíbul d’Europa. Quan hi arribaren tot foren festes per part de les meu­ques, car totes coneixien el vell i bon lladre Homer: les més velles, perquè hi havien conviscut molts anys enre­re; les més joves, perquè anaven amb el cap ple de les històries que se’n contaven i amb els ulls humits pel gest de la seva madona, que cada dia preparava el llit per a aquell desconegut que tots donaven per difunt. Final­ment Europa davallà les escales i, amb els seus ulls ena­morats, veié tot el vestíbul de casa seva ple de la huma­nitat d’aquell rodamón que tornava amb el propòsit de deixar-se estimar per ella fins a la mort. Ho acceptà se­renament, sense sorpresa, amb l’alegria segura de qui rep una paga justa. Somrigué contemplant com Homer espantava els pretendents amb les últimes engrunes de la seva llegenda ferotge, i després l’abraçà i el besà entre els cridets d’emoció de totes les altres putes. Homer demanà llavors, commogut, pel seu companyó, i fou gran la seva sorpresa quan li respongueren que no havien re­parat, a la seva arribada, que anàs acompanyat de ningú, i que si de veres un jove havia vingut amb ell fins a la casa, es devia haver esmunyit del seu costat en el mo­ment de picar a la porta.

Homer deixà de cavil·lar sobre el noi quan Europa el prengué de la mà i el féu pujar a la cambra dins la qual un llit havia restat intacte durant vint anys, esperant aquell encontre. Una vegada allà, i sense més preàmbuls, la dona es despullà de les fines vestidures que cobrien el seu cos, el qual, tot i que havia envellit també, ho havia fet millor que el d’Homer, i deixà que les mans tan des­pertes del cec palpassin la tebiesa d’una pell que, a pesar de les arrugues, s’havia conservat delicada i poderosa. A continuació el despullà a ell, i abans de donar inici als jocs de l’amor, Europa oferí a Homer una copa d’un brandi vell, robust i olorós, procedent d’aquella Bretan­ya que havia vist néixer el lladre. Quan Homer se l’ha­gué pres, Europa afirmà que aquell era el beuratge amb el qual Circe encantava la voluntat d’Odisseu. Homer començà a sentir un lleu i dolç mareig; si hagués estat capaç de veure-hi, se n’hauria adonat que la figura nua d’Europa no es reflectia en el mirall que hi havia penjat del sostre, part damunt el llit.

.

Sebastià Alzamora
L’Extinció

.

.

SEBASTIÀ ALZAMORA

Sebastià Alzamora (Llucmajor, Mallorca, 1972)

 

.

 

..

 

.

ExtincióSebastià Alzamora

L’Extinció

El balancí, 345
Edicions 62.Barcelona, 1999
ISBN: 9788429745061

.

.

.

 

«Después de Troya», microrelats hispànics de tradició clàssica

.

.

.Después de Troya
.
.

.

.

La venganza

.

En la isla Intiqarka, en el lago Titicaca, nació un niño cíclope. Sus padres, avergonzados, se lo entregaron a un viejo pastor que lo crió, enseñándole la vida sana, el buen juicio y las artes de la guerra: la lucha cuerpo a cuerpo, simulacros de combate, trepar cerros, nadar, hacer seña­les de humo, construir trampas. Y le puso por nombre Juan Quispi.

Cierta noche Juan soñó con una isla lejana y una voz que le decía: «Ven a cobrar venganza».

Su mentor le dijo: «Sé preciso, que no te tiemble la mano, que el Dios Inti te proteja, toma, lleva esto para tu viaje», le dijo y le extendió una bolsita con coca. Juan tomó su huacachina y huachi, su arco y las flechas; su escudo cubierto con cuero de venado; su umachina, casco de metal, y su coraza de oro, plata y bronce.

La aurora temprana de dedos de rosa lo vio partir. Y voló sobre la ruta de las aguas.

Una lóbrega noche sin luz y sin vista, Juan Quispi descendió en la playa de la isla. Llegó al palacio, cruzó el umbral de madera de fresno. Euriclea dormía profunda­mente. Laertes, distante del palacio, no escuchó nada, tampoco Eumeo, mayoral de los cerdos. Argos no hubie­se ladrado.

Juan ingresó al salón de las armas de bronces glorio­sos. En el muro colgaban yelmos, combados broqueles, lanzas agudas, el arco retráctil con la aljaba preñada de hirientes saetas bajo las cuales perecieron los nobles galanes. Un poco más allá, un escudo y un yelmo de bron­ce con altos penachos de crines. Y en el centro del salón, el trono de fúlgido bronce desde donde gobernaba el Rey de la isla.

Avanzó con cautela. Ingresó al segundo piso del pala­cio. Juan Quispi parecía flotar en el aire. La diosa protec­tora no lo escuchó mientras abría la puerta del dormitorio y allí, en el lecho yacían Ulises y Penélope bajo el hechi­zo del sueño. Tensó su huacachina y disparó la flecha al corazón de Ulises. «Por Polifemo», murmuró Juan Quispi mientras su ojo resplandecía. La coca, como un manto de bruma, lo envolvió.

Juan Quispi, hijo de dioses, sobrevoló Ítaca para luego regresar a su amada isla de Intiqarka.

.

Pedro Guillermo Jara

Disponible també en línia a letrasdechile.cl i a La nave de los locos 

.

.

 

Microrelats inclosos en el llibre, en l’apartat “La ruta homérica“:
.
Helena. Alba Omil
Vodevil griego. Marco Denevi
La guerra interminable. José Jiménez Lozano
La amenaza. Pedro Guillermo Jara
Orillas del Escamandro. José Emilio Pacheco
La verdad sobre Helena. Eduardo Gudiño Kieffer
Pentesilea. Rosalba Campra
Iras de Polifemo. Diego Muñoz Valenzuela
La venganza. Pedro Guillermo Jara
A Circe. Julio Torri
Circe. Agustí Bartra
Rehabilitación de Circe. Diego Muñoz Valenzuela
La última sirena. Diego Muñoz Valenzuela
Lorelei. Lilian Elphick
Aviso. Salvador Elizondo
Los bajíos. Ángel Olgoso
Duelos. Raúl Brasca
Sirenas emigrantes. David Lagmanovich
Ulises. Juan José Millás
Ulises. Ángel Olgoso
XXXI. Rafael Pérez Estrada
La vuelta a casa. José María Merino
El regreso del héroe. Alba Omil
Penelope y Aracne. René Avilés Fabila
La tejedora. David Lagmanovich
.

.

.

Después de TroyaDespués de Troya
Microrrelatos hispánicos de tradición clásica
Edición de Antonio Serrano Cueto

Menoscuarto Ediciones. Palencia, 2015
ISBN: 9788415740193

.

.

.

Sirenes als microrelats mexicans

.

.

Sirenes MS Bodley 602, folio 10r

Manuscrit Bodleian 602, foli 10r (Bodleian Library)

.

.

.

 

Julio Torri Maynes (Saltillo, Coahuila (Mèxic) 1889 – Ciudad de México (Mèxic) 1970)

A CIRCE

¡Circe, diosa venerable! He seguido puntualmente tus avisos. Mas no me hice amarrar al mástil cuando divisamos la isla de las sirenas, porque iba resuelto a perderme. En medio del mar silencioso estaba la pradera fatal. Parecía un cargamento de violetas errante por las aguas.
¡Circe, noble diosa de los hermosos cabellos! Mi destino es cruel. Como iba resuelto a perderme, las sirenas no cantaron para mí.

Julio Torri

.

.

.

.

.

.

LA SIRENA INCONFORME

Tegucigalpa, Hondures 1921 - Ciutat de Mèxic, Mèxic 2003

Augusto Monterroso (Tegucigalpa, Hondures 1921 – Ciutat de Mèxic, Mèxic 2003)

Usó todas sus voces, todos sus registros; en cierta forma se extralimitó; quedó afónica quién sabe por cuánto tiempo.
Las otras pronto se dieron cuenta de que era poco lo que podían hacer, de que el aburridor y astuto Ulises había empleado una vez más su ingenio, y con cierto alivio se resignaron a dejarlo pasar.
Ésta no; ésta luchó hasta el fin, incluso después de que aquel hombre tan amado y deseado desapareció definitivamente.
Pero el tiempo es terco y pasa y todo vuelve.
Al regreso del héroe, cuando sus compañeras, aleccionadas por la experiencia, ni siquiera tratan de repetir sus vanas insinuaciones, sumisa, con la voz apagada, y persuadida de la inutilidad de su intento, sigue cantando.
Por su parte, más seguro de sí mismo, como quien había viajado tanto, esta vez Ulises se detuvo, desembarcó, le estrechó la mano, escuchó el canto solitario durante un tiempo según él más o menos discreto, y cuando lo consideró oportuno la poseyó ingeniosamente; poco después, de acuerdo con su costumbre, huyó.
De esta unión nació el fabuloso Hygrós, o sea “el Húmedo” en nuestro seco español, posteriormente proclamado patrón de las vírgenes solitarias, las pálidas prostitutas que las compañías navieras contratan para entretener a los pasajeros tímidos que en las noches deambulan por las cubiertas de sus vastos trasatlánticos, los pobres, los ricos, y otras causas perdidas.

Augusto Monterroso

.

.

.

.

.

.

Jose-de-la-colina

José de la Colina (Santander, Espanya, 1934) (Resident a Mèxic des de 1940)

LAS SIRENAS

Otra versión de la Odisea cuenta que la tripulación se perdió porque Ulises había ordenado a sus compañeros que se taparan los oídos para no oír el pérfido si bien dulce canto de las Sirenas, pero olvidó indicarles que cerraran los ojos, y como además las sirenas, de formas generosas, sabían danzar…

José de la Colina

.

.

.

.

.

.

.

.

EL CANTO DE LAS SIRENAS

Marco Antonio Campos

Marco Antonio Campos (Ciudad de México, Mèxic, 1949)

Cuando llegué a la isla creí que las sirenas me esperaban desde siempre. Yo, que huía de mí, de una mujer, de los días de fracaso que caían en mi sangre como la luna en el mar, buscaba perderme en la espesura de su canto. ¿La causa? -preguntarán-. Fue desde aquella mañana de invierno cuando supe que el amor era un engaño de la sangre; cuando supe que la ternura o la piedad eran dos fieras inútiles en las selvas del hombre. Por eso quise perderme; por eso quise escuchar su canto, que aun siendo el más dulce, el más hondo, será para mí, de todos modos, un pretexto más para la tristeza. Yo quiero oírlo, ya…
Estoy cruelmente satisfecho. Me doy cuenta que incluso en la destrucción se puede hallar la felicidad. Sonrío al recordar el pasado, aunque en esa sonrisa -no hay remedio- haya el signo de la derrota. Pero qué importa, ¡bah!, me muero de tristeza y rencor.
Miro el atardecer: los dientes blanquísimos de las olas, las nubes que empiezan a calcinar con sus dedos las ramas del horizonte. ¿Las voces? ¿Las voces? ¡No se oyen ya las voces! Grito desesperadamente. El barco pasa.
Lloroso, impotente, lo evidencio: las sirenas no cantaron para mí…

Marco Antonio Campos

.

.

.

.

.

 

 

Ulisses retorna a casa… Alberto Manguel i Max

.

.

Alberto Manguel - regreso UlisesUlises volvió su espalda al puerto y siguió el pedregoso sendero que conducía a través del bosque en lo alto del monte hacia el lugar que Atena le había indicado. Un grupo de hombres se había reunido ociosamente en torno a un barril de petróleo dentro del cual ardía una fogata. Masculló un saludo y se detuvo unos instantes junto a ellos, tratando de calentarse las manos. Después entró en la ciudad por un portal de piedra en parte desmoronado.

.

.

.

Alberto Manguel - regreso Ulises i

Atena había exigido que le pagase la totalidad del dinero antes de embarcarlo, y después el capitán había pedido que le pagase a él también antes de permitirle a él y a otros cuatro trepar dentro de una caja de madera y cubrirse con cueros crudos destinados a la exportación. Atena le había dicho que los aduaneros casi nunca se preocupaban por inspeccionar un cargamento de cueros. Después, había intentado lavarse en agua de mar, pero el olor de animales muertos se le había pegado a la piel como un paño mojado.

[…]

.

.

.

.

.

.

.

.

Ulises (El hombre duerme, el fantasma no. El blog de Max)

.

.

.

Max

Francesc Capdevila (Max) (Barcelona, 1956)

Alberto Manguel

Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948)

 

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

.

Alberto Manguel - regreso UlisesAlberto Manguel

El regreso de Ulises

Dibujos de Max

Nordica libros. Madrid, octubre de 2014

ISBN: 9788416112418

.

.

.

 

 

 

 

L’Apèndix apòcrif de l’Odissea, de Manel Zabala

.

.

.

.

En nom de Zeus, sobirà d’homes i déus, que habita en les altures lluminoses del cel, que aboca les gerres dels béns i els mals que esdevenen als homes, que provoca la pluja, el llamp i el llampec, que manté l’ordre i la justícia, i també en nom del rei Plotiportos “el destructor de ciutats”, gràcies a qui prevalen la llei divina i la llei dels homes s’inicia aquest segon llibre on per desig reial no n’hi haurà un sol d’hexàmetre i sí molts diàlegs, i tampoc s’hi veurà el to ca­duc i arcaïtzant que tant enfarfega els oïdors. Protegeix oh tu, Plotiportos, aquesta obra meva que és teva, en l’estil in­formal que t’agrada, sota el teu consell, sota les teves seve­res ordres, fes que les correccions no caiguin sobre la meva glòria, ans en la teva, tu que has nascut de Nausica engen­drat per Telèmac, que se sàpiga que com que qui paga mana, i pagues tu, el relat no s’obre amb cap invocació a la Musa sinó amb l’atrevida frase que fa:

Mentre l’enginyós Odisseu a la taverna s’omple un altre got d’ouzo, ignora que hi ha un manyà canviant-li el pany de la porta de casa.

.

*  *  *

.

L’APÈNDIX APÒCRIF.

pseudo-Homer, quatre manuscrits A, D, I, K. Base A

.

Mentre l’enginyós Odisseu a la taverna s’omple un altre got d’ouzo, ignora que hi ha un manyà canviant-li el pany de la porta de casa. La molt discreta Penèlope finalment ha dit prou. Ja feia temps que n’estava tipa que el seu marit tornés cada nit a les tantes, begut, fent pudor d’alcohol i de perfum de dona barata. Però és avui que ha dit prou; tota paciència té un límit i ahir l’enginyós Odisseu va ultrapas­sar-lo de molt. Ahir Odisseu va tornar a arribar a casa a les cinc del matí, però aquest cop en comptes de caure ador­mit a terra, se n’anà temptejant a la peça on era Penèlope per buscar-li el cos. Estava desperta, teixint-se les inicials en un llençol.

—Odisseu, vas begut, si penses que faré l’amor amb tu!

—Però jo en tinc ganes, fes-me una cosa mecànica i rapideta, amb això en tindré prou.

Va ser dir això i l’enginyós Odisseu es va recolzar en la paret, va subjectar-se el ventre i vomità dins, per sobre i per fora del gerro regal de la noble Policasta, filla del noble Nèstor, rei de Pilos i heroi de Troia. Entre arcades va disculpar-se, va carregar la culpa a uns calamars no gens frescos que havia ingerit a la taverna del port, però segur que unes sals el deixarien com a nou, de seguida es trobaria bé, i se li po­saria ben dura:

—Ja veuràs, Calipso, ho farem sobre el teler. En això us as­sembleu tu i la meva dona, us passeu tot lo dia teixint. No sé què hi trobeu, de debò.

—Calipso m’has dit!? Qui és aquesta Calipso!?

L’enginyós Odisseu la va agafar pel clatell, encastà els lla­vis contra els llavis d’ella, la va grapejar, va omplir-li l’ore­lla de baves, i a la seva orella s’adormí com un soc.

.

*  *  *

.

L’endemà al matí la molt discreta Penèlope estava al cor­rent tot. Havia interrogat les dones dels amics d’Odisseu, (i a mi també però em vaig fer l’enze, i és que en aquella època la servia de prestat pel seu sogre Laertes, servint-la tan fidelment com ara serveixo el jove rei Plotiportos, a qui agraeixo els consells literaris, que pobre de mi no sé què fa­ria sense ells, jo un pobre poeta, que no ha escrit res bo, si de cas la Ilíada i l’Odissea, que són altrament “tan micèniques que difícilment valorarà ningú!”), ara Penèlope sabia que mentre ella teixia i desteixia i rebutjava cent vuit pre­tendents, el seu marit, el tan esperat, l’enganyós Odisseu, s’havia passat deu anys follant amb una nimfa nimfòmana anomenada Calipso. Penèlope se sentí estafada, i encara li feia més mal assabentar-se’n ara, quan no era atractiva ni jove; però en el passat, aquells llargs anys en què esperà el retorn del marit, sí que va ser-ho, i molt. Lamentà l’espe­ra, la joventut marcida i la sexualitat perduda, i tants sa­crificis i patiments, i tanta fidelitat guardada a un misera­ble que no l’havia merescut.

Cridà el manyà. La nit següent, mentre sentia com Odisseu cridava al carrer i intentava esfondrar la porta, Penèlope esperava la guàrdia en silenci, i l’odiava de cor.

.

*  *  *

[…]

.

Un any després la molt discreta Penèlope segueix amb vida, amagada a Esparta i no n’ha sabut res, d’Odisseu, que tampoc s’ha deixat veure per la vila d’Ítaca. En sabia el ma­teix que tothom, que vagava per l’illa, alimentant-se dels fruits i les bèsties del camp i que seguia anihilant tots aquells que de tant en tant pujaven a buscar-lo.

La molt discreta Penèlope portava ja un any separada, motiu suficient per obtenir el divorci, segons s’estipulava a l’article 86, en els punts lr i 2n del codi civil egeu. Arribà puntual un correu del jutjat que la informava del lloc i l’hora proposats per a la vista, que es faria a Ítaca. Penèlo­pe acceptà de tornar-hi, confiant que es prendrien totes les precaucions possibles per a la seva protecció.

.

*  *  *

.

(…)

I aquí hi ha una interrupció per voluntat del jove rei Plotiportos, que m’ha demanat com anava la feina, m’ha agafat les tauletes de cera, les ha llegides i ha dit “mmm, sí, carregós de vegades però bé, passable. Vell Homer, tot això està bé però explica allò que tu saps, no ve al cas, però és que te’n vas descuidar a l’Odissea i trobo Jo que fa gràcia.” Li he respost que sóc vell, un pobre vell cec que ja no recorda moltes coses, però Plotiportos m’ha fet memòria, m’ha dit que ho escrigui de manera detallada i amena, m’ho ha demanat tan bé que no m’hi he pogut negar, m’ha dit: “Si us plau Homer, tens una filla, no m’obliguis a fer que us tallin el coll a tots dos”.

Un episodi nou de l’Odissea, que segons Plotiportos hauria d’anar entre el cant quinzè i setzè:

Era aquell temps en què aquell home de gran ardit, que tantíssim errà, després que de Troia el sagrat alcàsser va prendre, havent ja perdut els seus homes, perduts tots ells per llurs mateixes follies, havent corregut molts pobles, veient les seves ciutats, havent patit l’esperit de la mar, ha­via tornat d’incògnit a Ítaca. Era un matí en què Odisseu, a la barraca d’Eumeos havia estat reconegut per Telèmac, un matí on, com de costum, els pretendents ufanosos li as­saltaven la hisenda; també li volien assaltar la dona, la molt il·lustre regina, però no estava sola, que allí hi era jo, segur servidor de Laertes, per protegir-la.

Els pretendents estaven desesperats perquè la filla d’Icari no acabava de teixir la mortalla:

—N’estem tips, Penèlope! —havia cridat Antínous, fill d’Eupites, d’entre els cent vuit infames el més infame de tots. O acabes demà o enterrem viu Laertes enrotllat en una manta. Tria ara, n’estem fins ah pebrots!.

—Senyors —intervenia jono són maneres a Acaia de parlar a una reina i menys a casa seva.

—Qui t’ha donat permís perquè parlis, castrat?

—Jo castrat? No sóc cap capó, jo sóc Homer, servidor de Laertes, que és fill d’Arcisi i Calcomedusa, i sóc servidor que no eschu, i escriptor de mèrit. Sóc un home tan lliure com ho sou vosaltres.

—Doncs aquí hi ets de més, per que no te’n vas?

—Perquè fins la tornada de l’enginyós Odisseu, per ins­trucció de Laertes, no m’he de moure d’aquesta casa.

—Que dorms sota aquest sostre? —intervingué Eurímac.

—Sí, fins que torni Odisseu.

—I no estàs castrat.

—Zeus, no!

—Companys —tornà Eurímacatieu el foc i poseu oli a bu­llir, estireu d’aqueixa mortalla una cana de fil. Ctesip, deixa’m la daga.

—Ei, bromes no.

—Agafem-lo!

Cent vuit homes robustos m’assaltaren de cop, Demòptolem que arribà el primer, m’abraçà fort i clavà en el meu nas el seu tors pelut, olorós, nu. Entre els cops vaig sentir que em fregava l’esquena l’alè profund, l’espessa barba, l’as­pra faldilla de cuir d’Agelaos. Vaig caure, una aixella em fregà la cara i vaig sentir la suor vigorosa que emanava Pisandre, nascut de Políctor. M’estrenyé una cuixa la mà for­ta i bruna, colrada pel sol i el salnitre, de Pòlibos. Em col­pejaren punys, em subjectaren mans, avantbraços i braços; em negaven onades de carn, de pell, de pèl, de cuir, d’odor rància. Cridà Eurímac:

—Au a la taula, vinga el fil Leòcrat, vinga l’oli bullent Euríades, lliguem-li els testicles amb una corda i tirem amb força, castrem-lo amb la daga esmolada i amb l’oli de sèsam cauteritzem-lo.

Em tirà mà a l’entrecuix Eurímac, de tots ells el més jove, de sentor més bigarrada, m’agafà el membre amb força; i llavors cridà; saltà enrere, m’amollà espaordit i deixà caure la daga, llavors Antínous m’estirà els vestits i cridaren d’espant els cent vuit pretendents, es cobrí el rostre Penèlope (però diria que em llucà atenta sota el palmell obert), els ufanosos es feren enrere, espantats tots, menys Liodes que esbatanà la boca, se li eriçaren els pèls i d’il·lusió li ba­llaren les cames, es cobrí amb la mortalla Leòcrit, fill d’Evènor, tots tret de Liodes es cobriren púdicament amb corti­nes, mantells, coixins, estovalles. I això que era un dia molt xafogós de juliol.

Parlà Liodes, amb veu tremolosa:

—Deixem-lo estar que és inofensiu, si més no per a la rei­na. No es fa necessària la seva castració.

Mai vaig poder donar-li les gràcies, ni fer-lo amic. L’en­demà mateix Odisseu tornava a la llar i en la gran batussa li traspassà el coll. Ai.

.

*  *  *

Manel Zabala

Manel Zabala (Barcelona, 1968)

[…]

.

Manel Zabala
L’apèndix apòcrif

.

.

.

.

.

.

Manel Zabala . ieu sabi un conte..Manel Zabala

ieu sabi un conte…

L’illot, 3
Ediciones DVD. Barcelona, 2001

ISBN: 9788495007445

.

.

.

.