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El “Proyecto Homero” de La Joven Compañía.

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ILÍADA

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I

EL LAMENTO DE AQUILES

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AQUILES está completamente solo en el escenario. Su ropa y su espada están empapadas de sangre, su respiración es agitada. Podría decirse que acaba de masacrar a medio ejér­cito troyano él solo. Su tono no tiene nada de heroico.

AQUILES

(A público) La verdad.
La verdad es la primera víctima de cualquier guerra.
Y es la que más duele.
La sangre que mancha mis manos, los cuerpos que cubren el campo de batalla, los seres queridos que la lucha me ha arrebatado… todo eso es resultado de aque­lla primera muerte.
Del día que murió la verdad. De eso hace ya nueve años.
Nueve años de guerra contra Troya. Nueve años de ani­quilación y barbarie. Nueve años arrasando, saqueando y violando para borrar una ciudad de la faz de la tierra. Y aún no lo hemos conseguido.
Ya no pensamos en el precio que hemos tenido que pagar, porque nos volvería a todos locos.
Una profecía vaticinó que al décimo año la victoria sería nuestra. La llamaron la profecía de la serpiente. Pero ya no sabemos con certeza si se va a cumplir, porque nadie recuerda cómo empezó esta locura.
Dicen que todo fue culpa de Paris.
Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, llegó a Esparta, donde reinaban Menelao y su esposa Helena, la mujer más bella del mundo. El príncipe se enamoró de ella al instante. La sedujo y se fugaron juntos. Tras ese agravio imperdonable, Menelao convenció a todos los caudillos griegos para mar­char sobre Troya bajo el mando del rey Agamenón.
Los griegos consiguieron reunir una flota de más de mil barcos.
Y yo, Aquiles, hijo de Peleo, rey de los mirmidones, me sumé a ellos.
Unos dicen que Helena fue raptada. Otros aseguran que se marchó por su propia voluntad. Incluso hay quien afir­ma que todo fue el resultado del enfrentamiento entre tres diosas, Afrodita, Hera y Atenea, que jugaron con el destino de los hombres tras una riña sobre cuál de las tres era la más hermosa.
Cientos de muertos. Miles de muertos. Todos caídos por el honor de Menelao.
O por la pasión de dos enamorados.
O por un concurso de belleza.
¿Fueron ésas las verdaderas razones o quizás todo fue una mala excusa para obtener el control comercial del Mar Egeo?
Quién sabe. Hay tantas verdades como personas dispues­tas a creerlas.
Hace tiempo que el mundo ha olvidado lo que ocurrió en realidad.
Porque con la verdad no se moviliza un ejército. Con la verdad no consigues que un hombre le corte el cuello a otro.
Con la verdad no rezas por la destrucción de países enteros.
Por eso lo primero que hace cualquier guerra es acabar con ella.
Y la sustituye por algo mucho más efectivo.
El mito.

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II

EL RAPTO DE CRISEIDA
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AQUILES abandona el escenario. Entran los demás actores.

ACTRIZ 3

Como ha dicho Aquiles, griegos y troyanos llevan nueve años en guerra.

ACTOR 9

Durante casi todo ese tiempo la ciudad de Troya ha esta­do sitiada.

ACTOR 3

En la costa, la flota griega ha construido un campamento que se ha acabado convirtiendo en una pequeña ciudad fortificada.

ACTOR 1

Los kilómetros que la separan de las murallas troyanas han sido escenario de incontables batallas.

ACTOR 8

Troya no está sola en su defensa. Cuenta con muchos aliados en la zona.

ACTOR 4

Aliados que los griegos no tardan en atacar, con el fin de debilitar el sitio.

ACTRIZ 1

Los ejércitos no tienen contemplaciones. Cuando toman una ciudad, la saquean, la destruyen y se llevan sus tesoros.

ACTRIZ 2

Y  entre esos tesoros están las mujeres.

ACTRIZ 3

El rapto de mujeres es algo muy habitual.

ACTRIZ 1

Paris raptó a Helena y ya hemos visto el problema que ocasionó.

ACTRIZ 3

Y no fue el único. La lista de raptos es interminable.

ACTRIZ 2

El dios Hades, rey del inframundo, raptó a Perséfone.

ACTRIZ 1

El dios Zeus raptó a Hera, a lo, a Europa y hasta a Ganímedes, que era un chico.

ACTOR 10

¿En serio?

ACTRIZ 2

A los dioses griegos les daba igual la carne que el pescado.

ACTOR 4

Y a muchos mortales también.

ACTRIZ 1

Pélope también era un chico y fue raptado por Poseidón.

ACTRIZ 3

Eos raptó a Orion, Clito, Céfalo y Titonio.

ACTRIZ 1

Teseo raptó a Helena antes que Paris. Y luego a Antíope.

ACTRIZ 2

Telamón raptó a Hesíone y dio comienzo a la enemistad eterna entre Troya y Argos.

ACTRIZ 3

Su hermano Peleo raptó a la ninfa Tetis y juntos engen­draron a Aquiles.

ACTRIZ 2

Y el propio Aquiles no podía ser menos. Durante la Guerra de Troya raptó a Briseida y se la llevó con él al campamento.

ACTOR 3

Todos los caudillos griegos acabaron con su botín femenino.

ACTOR 1

Todos menos uno: Agamenón.

ACTOR 9

El rey no se lo tomó nada bien. Y no se le ocurrió nada más que dirigir una incursión al pequeño asentamiento de Tebas y tomar cautiva a Criseida, la hija del sacerdote de Apolo de esa ciudad.

ACTOR 8

Y sin saberlo, esa decisión cambió para siempre el curso
de la guerra.

Entra AQUILES con la ropa limpia de sangre.

ACTOR 2

A los pocos días del rapto, la peste cayó sobre el campa­mento.

ACTOR 6

Empezó entre perros y yeguas, pero pronto se extendió entre los hombres.

ACTOR 7

Cada vez más soldados se contagiaban y morían. El olor a podrido y carne quemada lo invadía todo.

ACTOR 10

Y al décimo día de la peste, Aquiles ejerció su derecho a exigir una asamblea.

Todos ocupan sus posiciones en la tienda, excepto los acto­res que interpretan a personajes tróvanos, que salen.

[…]

Guillem Clua
Ilíada

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ODISEA

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PRÓLOGO

Todos los actores en escena excepto el que interpreta a ULISES.

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CORO

¿Y entonces?
¿Entonces qué?
¿Cómo terminó?
¿Qué?
La guerra de Troya, ¿cómo terminó?
Homero no lo cuenta.
¿Tantas páginas y no cuenta el final?
¿Para qué? Todo el mundo sabe cómo acaba una guerra.
Matas y mueres, matas y mueres, y no hay más.
Eso es la guerra.
¡No! La guerra nunca termina.
Se terminan los hombres.
Y las mujeres. Y los niños. Y los ancianos.
Esta es la cosecha infinita de la guerra:
¡nuestros cuerpos!
Porque la guerra sigue. Nunca termina.
¿De verdad Homero no cuenta cómo termina la guerra?
En la llíada no. Entierran a Héctor y ya está.
Héctor, domador de caballos.
¡Héctor, matador de hombres!
No jodas. ¿Ese es el final?
Del libro.
¿Y lo del caballo?
Eso vino luego.
¡El caballo de Troya!
Pero eso no lo cuenta Homero.
En la Ilíada no.
¡Qué cabrón Homero!
Homero no existió.
¿Cómo que no?
¿Cómo no va a existir Homero?
Homero son los padres.
Dicen que era ciego.
Seguro que fue una mujer.
O peor: varias mujeres.
¡Estúpido!
Entonces, ¿qué ocurrió después?
¿Después de qué?
Después de Troya.
Vamos, lo del caballo de madera.
Ahora vamos.
¿Y el orgulloso Aquiles?
Muerto. Paris lanza la afilada flecha, Apolo la recoge, va recta, recta, y zas, en el talón.
Y la oscuridad cubrió sus ojos.
¿Empate? ¿Vamos empate? ¿Cuántos muertos en cada bando?
Imbécil. (Pausa.) ¡Vamos ganando!
Ha entrado ULISES.

CORO

¿Y Príamo?
Sacrificado. Zas, un tajo en el cuello.
Lo mató el hijo de Aquiles, después de besarle las manos.
Y la oscuridad cubrió sus ojos.
¿Y entonces? ¿Lo del caballo?
Fue a Ulises a quien se le ocurrió lo del caballo.
¿Por qué dices «Ulises»?
Es Odiseo. La Odisea y Odiseo. Está claro, ¿no?
Da igual. Suena mejor Ulises.
¿A quién le suena mejor?
A mí. Que lo estoy contando.
Los troyanos pensaron que la guerra había terminado
Y que los aqueos /
¿Quiénes?
Los otros, los griegos, Menelao, Aquiles, Agamenón, esos. Déjale seguir.
Y que los aqueos se habían retirado dejando allí una
ofrenda.
Un enorme caballo de madera.
¡Hay que temer a los griegos incluso cuando traen regalos!
Abren las murallas. Meten el caballo.
En el vientre del caballo se esconden los aqueos.
Cae la noche.
Y los troyanos celebran el final de la guerra.
El final de diez años de lágrimas y de mortajas. ¡La guerra ha terminado! ¡La guerra ha terminado! Alzan las copas. Ríen.
La primera noche en diez años en la que podremos dor­mir tranquilos.
Sin temer el cuchillo.
Sin temer el grito.
Sin temer la noche en las ventanas.
Y se echan a dormir. A lo lejos suena el mar. En la bóveda del cielo brillan las constelaciones. Por primera vez en diez años la vida se parece a la vida.
Y entonces los griegos salen del caballo,
como una plaga de hormigas,
todo lo arrasan, todo lo destruyen,
no queda nada, ¡fuego!, ¡fuego!
Nos disparan. Nos aniquilan. Las llamas nos devoran.
Dejan nuestros cadáveres en las calles para festín de los buitres.
Se confunden los gritos
por los muertos
con los gritos de
¡victoria!
Menelao, el cornudo,
acompañado de Ulises,
encuentran a Deífobo, hijo de Príamo, y amante de
Helena.
Porque Paris ya había muerto.
Lo había matado Filoctetes. De un disparo de arco. Zas, y la oscuridad cubrió sus ojos.
¿Dónde estábamos?
Ah, Menelao y Ulises encuentran a Deífobo.
Le cortan las manos.
Le cortan las orejas.
Le cortan la lengua.

ULISES

Basta.

CORO

Y la oscuridad cubrió los ojos.

ULISES

¿Por qué tenéis que contar eso?

CORO

¿Por qué no? Lo dejaron allí, desangrándose, como un cerdo.
Le cortan la nariz. Se le escapó el alma entre los dientes.
¡De Troya no quedó nada!
Ceniza. Ceniza. Ardió hasta los cimientos.
Te equivocas. Algo sí quedó.
Una buena historia para ser contada.

ULISES

¡Que te calles, joder!

CORO

¿Y quién eres tú para mandarnos callar?

ACTOR I / ULISES

Ulises. Yo hago de Ulises. Dejad eso. Es suficiente con lo del caballo. Ya está. La guerra terminó.

¿Quién la ganó?
Dirás: ¿quién no la perdió dos veces?
¿Y luego?
¿Qué fue de los que no murieron?
Regresaron.
Todos menos uno.

ULISES

Ulises. Hijo de Laertes y Anticlea.

CORO

¿No regresó?
Sí, pero tardó otros diez años.
Eso es la Odisea.
En Ítaca lo esperaban.
Su hijo.
Telémaco.
Y su mujer. Penélope.
Y su perro
¿Y dónde estuvo esos diez años?
¿Empezamos?
Ya era hora.
Háblame, Musa, de aquel hombre astuto que, después de destruir Troya, anduvo perdido mucho tiempo.
Háblame. Cuéntamelo. Sus aventuras en el mar.
Tratando de salvar su vida y la de sus compañeros.
Pero no los pudo librar, como deseaba, y todos perecie­ron tras cometer locuras.
Ya me has estropeado el final.
No, no es lo que ocurre sino cómo ocurre. Sigamos.
Cuéntanos, Musa, las aventuras de aquel varón.
Ulises, de gran ingenio, que después de destruir la ciudad sagrada de Troya
peregrinó errante muchos años.
Vio las ciudades, conoció las costumbres de muchos hombres
y en el mar padeció grandes calamidades.
Cuéntanos, oh, Musa,
con palabras que vuelen como pájaros.
El Cíclope, Circe, el descenso al Hades, la isla de Calipso, los pretendientes.
¿Todo?
¡Lo que se pueda!
Cuando la historia empieza Penélope y Telémaco esperan en Ítaca el regreso de Ulises.
Pero a él lo retiene la ninfa Calipso,
con dulces y tiernas palabras aturde su mente.
¿Lo retiene o está en sus brazos?
La diosa Atenea quiere que regrese.
Pero Poseidón lo odia por haber dejado ciego al Cíclope.
¡No adelantes!

[…]

Alberto Conejero
Odisea

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Proyecto Homero

Ilíada (Guillem Clua) / Odisea (Alberto Conejero)

La Joven Compañía

Ediciones Antígona. Madrid, 2016

ISBN : 9788416923014

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La mort de Príam, de l’Eneida al Hamlet de Shakespeare

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… amb la mà esquerra agafa
sa cabellera, i tira amb la mà dreta
l’espasa coruscant, que recondia,
fins al pom, en son flanc. Tal fi tingueren
els mals fats de Priam: la sort
havia fixat aquest trespàs al qui regnava
tant de temps poderós en tants de pobles
de l’Asia i tantes terres: veure Troia
en flama i en ruïnes, abatuda,
ans de morir. I jau en la ribera
un tronc gegant, dels muscles escapçada
una gran testa, i un cadavre anònim.
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Eneida, II
Traducció de Mn. Llorenç Riber (1917)

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What’s Hecuba to him, or he to Hecuba,
That he should weep for her?

Hamlet, II, 2

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eneida_priam

Miniatura de Maïtre François (il·lustrador), a “Augustine, La Cité de Dieu (Vol. I)”. c. 1475. Manuscrit: The Hague, RMMW, 10 A 11

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HÀMLET

[…]

(Entren quatre o cinc comediants.)

Benvinguts, mestres: sigueu tots molt benvinguts. M’a­legro de veure-us amb salut, bons amics. Oh vell amic! La teva cara ha tret serrell, de l’últim cop que et vaig veure ençà. Véns a plantar-me cara a Dinamarca? Què és, això, ma jove mestressa i dama! Per la Verge!,  La vos­tra senyoria és més a prop del cel que la darrera vegada que us vaig veure: almenys ho fa l’alçària dels talons. Déu vulgui que la vostra veu, com les peces d’or que no corren, no tingui mosses en el cantell. Tots benvinguts, mestres. Disposem-nos, com els falconers francesos, a caçar el que vegem: ja deveu tenir un parlament a punt. Anem, doneu-nos un tast del vostre mèrit: un parla­ment apassionat.

PRIMER COMEDIANT

Quin parlament, mon senyor?

HÀMLET

Un cop vaig sentir-te’n un, de parlament, que mai no ha estat representat; o, si ho ha estat, no pas més d’una vegada, car la comèdia (prou me’n recordo) no agra­dà al major nombre: al públic li semblà caviar; per més que (a parer meu, i al d’altres, el judici dels quals en tal matèria supera el meu) fos una comèdia ben meditada en les seves escenes i conjuminada amb tanta de naturalitat com enginy. Un deia (me’n recordo) que els versos no tenien sal que assaborís l’assumpte, ni les frases res que pogués caracteritzar d’afectació l’autor; però assenyalava l’honestedat d’aquest procedir, tan suau com agradable, i de molta més bellesa que no pas elegància. Per damunt de tots va agradar-me’n un, de parlament: el d’Enees a Dido en el tros que parla de la mort de Príam. Si el sabeu de memòria, comenceu en aquest vers…

Vejam… vejam:

“Pirrus, ferotge com la fera Hircana…”

No és això: comença amb Pirrus.

“Pirrus ferotge (el de les negres armes!
negres com sos intents, que nit retreia
quan s’estenia en el seu corser sinistre)
ara ha mudat el negre, trist aspecte
per un blasó més trist: de cap a peus
ara és ben roig tot ell: pintura horrible
de sang de pares, mares, fills, germanes
cuits i pastats en abrandades vies,
que fan llum maleïda i opressora
als assassins. Foc i furor rostint-ho,
i envarat per la sang agrumollada,
fets carboncles els ulls, l’hel·lènic Pirrus
cerca el vell avi Príam.”

Ara seguiu.

POLÒNIUS

Per Déu, mon senyor, que ho heu dit bé: amb bon ac­cent i amb discreció.

PRIMER COMEDIANT

…………………………………..Aviat el troba,
batent de prop els grecs. Sa vella espasa,
ja rebel a son braç, resta allí on tomba
amb desgrat de manar. Desigual lluita
la de Pirrus amb Príam! Pres de ràbia
sabreja l’aire, i, amb el vent que aixeca,
el dèbil pare cau. Sense esma Íl·lion
sembla sentir-se d’aqueix cop llavores:
son cap encès fins a la base tomba,
i el sorollós esfondrament fa presa
de l’oïda de Pirrus, i sa espasa
que anava a caure en la lletosa testa
del venerable Príam, resta en l’aire
erta. Talment com un tirà en pintura
Pirrus semblava; i, com aquell que es troba
indiferent de voluntat i objecte,
no féu res.
Mes com veiem sovint, abans del xàfec,
silenciós el cel, els grops immòbils,
els vents ardits callats, i a baix la terra
tan muda com la mort, i oïm de sobte
un tro espantós que als espais trontolla;
així, després de la quietud de Pirrus,
la venjança el desperta, torna a l’obra.
I mai  caigueren els martells dels Cíclops
sobre les armes del déu Mart, forjades
per a durada eterna, més de pressa,
que l’espasa de Pirrus sangonosa
cau ara sobre Priam.
Fora, fora, Fortuna, mala dona!
Déus tots! Units en sínode, lleveu-li
el seu poder! Feu-ne trossos, de les llandes
i dels raigs de ses rodes, perquè rodi
de dalt dels cims del cel fins als abismes
dels esperits d’infern!”

POLÒNIUS

És massa llarg.

HÀMLET

Això ho deu dir, el barber, de la vostra barba. Segueix: t’ho prego. Ell està per una giga o les històries verdes o, si no, s’adorm. Vés dient: arriba al passatge d’Hècuba,

PRIMER COMEDIANT

“Mes qui hagués vist la malforjada reina…

HÀMLET

«La malforjada reina»

POLÒNIUS

Està bé: la malforjada reina està bé.

PRIMER COMEDIANT

córrer descalça, arreu, batent les flames
amb plor cegant; un tros de lli a la testa
que ans cenyí diademes; sols vestida,
sobre els lloms, secs d’excés de parteratge,
d’un cobrellit nuat a corre-cuita;
qui ho hagués vist, amb verinosa llengua
a la Fortuna hauria dit traïdora.
Mes si talment els déus l’haguessin vista,
quan ella veu com Pirrus amb l’espasa
fent a bocins del seu marit els membres,
llançà de sobte un crit espaventable
(si les coses mortals poguessin moure’ls),
els ulls cremants del cel esdevindrien
lletosos, i apenats els déus mateixos.”

POLÒNIUS

Mireu, com ha mudat el color! Té llàgrimes als ulls. Prou: us ho prego.

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Shakespeare
Hamlet, Acte II, Escena 2
Traducció de Magí Morera i Galícia
revisada per Josep Vallverdú

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Hàmlet 1Hàmlet 2Hàmlet 3

 

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HAMLET

[…]

Enter four or five Players

[…]

[…] come, give us a taste
of your quality; come, a passionate speech.

First Player

What speech, my lord?

HAMLET

I heard thee speak me a speech once, but it was
never acted; or, if it was, not above once; for the
play, I remember, pleased not the million; ’twas
caviare to the general: but it was —as I received
it, and others, whose judgments in such matters
cried in the top of mine— an excellent play, well
digested in the scenes, set down with as much
modesty as cunning. I remember, one said there
were no sallets in the lines to make the matter
savoury, nor no matter in the phrase that might
indict the author of affectation; but called it an
honest method, as wholesome as sweet, and by very
much more handsome than fine. One speech in it I
chiefly loved: ’twas Aeneas’ tale to Dido; and
thereabout of it especially, where he speaks of
Priam’s slaughter: if it live in your memory, begin
at this line: let me see, let me see–

‘The rugged Pyrrhus, like the Hyrcanian beast,’–

it is not so:–it begins with Pyrrhus:–

‘The rugged Pyrrhus, he whose sable arms,
Black as his purpose, did the night resemble
When he lay couched in the ominous horse,
Hath now this dread and black complexion smear’d
With heraldry more dismal; head to foot
Now is he total gules; horridly trick’d
With blood of fathers, mothers, daughters, sons,
Baked and impasted with the parching streets,
That lend a tyrannous and damned light
To their lord’s murder: roasted in wrath and fire,
And thus o’er-sized with coagulate gore,
With eyes like carbuncles, the hellish Pyrrhus
Old grandsire Priam seeks.’

So, proceed you.

LORD POLONIUS

‘Fore God, my lord, well spoken, with good accent and
good discretion.

First Player

‘Anon he finds him
Striking too short at Greeks; his antique sword,
Rebellious to his arm, lies where it falls,
Repugnant to command: unequal match’d,
Pyrrhus at Priam drives; in rage strikes wide;
But with the whiff and wind of his fell sword
The unnerved father falls. Then senseless Ilium,
Seeming to feel this blow, with flaming top
Stoops to his base, and with a hideous crash
Takes prisoner Pyrrhus’ ear: for, lo! his sword,
Which was declining on the milky head
Of reverend Priam, seem’d i’ the air to stick:
So, as a painted tyrant, Pyrrhus stood,
And like a neutral to his will and matter,
Did nothing.
But, as we often see, against some storm,
A silence in the heavens, the rack stand still,
The bold winds speechless and the orb below
As hush as death, anon the dreadful thunder
Doth rend the region, so, after Pyrrhus’ pause,
Aroused vengeance sets him new a-work;
And never did the Cyclops’ hammers fall
On Mars’s armour forged for proof eterne
With less remorse than Pyrrhus’ bleeding sword
Now falls on Priam.
Out, out, thou strumpet, Fortune! All you gods,
In general synod ‘take away her power;
Break all the spokes and fellies from her wheel,
And bowl the round nave down the hill of heaven,
As low as to the fiends!’

LORD POLONIUS

This is too long.

HAMLET

It shall to the barber’s, with your beard. Prithee,
say on: he’s for a jig or a tale of bawdry, or he
sleeps: say on: come to Hecuba.

First Player

‘But who, O, who had seen the mobled queen—’

HAMLET

‘The mobled queen?’

LORD POLONIUS

That’s good; ‘mobled queen’ is good.

First Player

‘Run barefoot up and down, threatening the flames
With bisson rheum; a clout upon that head
Where late the diadem stood, and for a robe,
About her lank and all o’er-teemed loins,
A blanket, in the alarm of fear caught up;
Who this had seen, with tongue in venom steep’d,
‘Gainst Fortune’s state would treason have
pronounced:
But if the gods themselves did see her then
When she saw Pyrrhus make malicious sport
In mincing with his sword her husband’s limbs,
The instant burst of clamour that she made,
Unless things mortal move them not at all,
Would have made milch the burning eyes of heaven,
And passion in the gods.’

LORD POLONIUS

Look, whether he has not turned his colour and has
tears in’s eyes. Pray you, no more.

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Eneida RiberVirgili
Eneida. Vol. I

Traducció de Mossen Llorenç Riber, Pvre.
Il·lustrada per Joan d’Ivori

Editorial Catalana
Barcelona, 1917

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Hàmlet 1W. Shakespeare
Hàmlet

Traducció de M. Morera i Galícia

Biblioteca Literària
Editorial Catalana
Barcelona, 1920

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Hàmlet 2William Shakespeare
Hàmlet

Traducció de Magí Morera i Galícia
Pròleg de Joan Triadú

Biblioteca Selecta, volum 366
Editorial Selecta
Barcelona, 1964

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Hàmlet 3William Shakespeare
Hàmlet

Traducció de Magí Morera i Galícia
revisada per Josep Vallverdú

Millors Obres de la Literatura Universal (MOLU) (nova presentació), 15
Edicions 62. Barcelona, 1997
ISBN: 9788429742367

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Una Andròmaca, de Llucià Francesc Comella i Vilamitjana

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“Els espectadors catalans, sobretot a Comella,
el contemplaven perquè parlava de la seva
ideologia o de la seva circumstància”.

Ernest Lluch
La Catalunya vençuda del segle XVIII
Foscors i clarors de la Il·lustració

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Llucià Francesc Comella i Vilamitjana (VicOsona1751 — MadridEspanya1812), fou un prolífic dramaturg català en llengua castellana, autor de més de dues-centes obres, afí a les idees austriacistes.

Era fill d’un pare militar austriacista al qual haven estat confiscats els béns a conseqüència dels fets de 1714. En quedar orfe ben aviat fou recollit pel marquès de Mórtara, també d’idees austriacistes, al seu palau de Madrid, on el jove Comella, sense estudis universitaris, aprengué idiomes, coneixements mitològics, històrics i de l’Europa del seu temps, que incorporà a les seves obres. És autor d’un gran nombre d’obres teatrals, essencialment drames històrics a l’estil de Calderón. Fou atacat pels neoclàssics, com Leandro Fernández de Moratín, que el satiritzà en alguna de les seves obres. La seva biografia i obra va caure en un considerable oblit fins a algun estudi del musicòleg català Josep Subirà i Puig i als estudis d’Ernest Lluch sobre la Il·lustració i l’austriacisme a la Catalunya del segle XVIII,  entre altres. També fou autor del text de tonadillassarsueles, melòlegs, oratoris i òperes. Entre el 1806 i el 1808 dirigí la Companyia espanyola del Teatre de Barcelona,  on hi estrenà obres del seu rival Moratín. Amb la invasió napoleònica tornà a Madrid, on hi morí arruïnat.

Font: Viquipèdia

 

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LA ANDRÓMACA,
MELO-DRAMA TRÁGICO
EN UN ACTO
POR DON LUCIANO FRANCISCO COMELLA

PERSONAS
Andrómaca, viuda de Hector. Astianacte, hijo de Andrómaca.
Pirro, amante de Andrómaca. Ulises, General Griego

*  *  *  *  *  *  *  *

La escena se representa en las inmediaciones de Troya después de su ruina.

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Selva con un pirámide dedicado al triunfo de Hércules á la derecha; y sepulcro de Hector á la izquierda con cipreses. La mitad del foro figurará marina con vistas de la armada griega anclada, y la otra mitad los muros y edificios arruinados de Troya con varias quiebras ó roturas, al pie de las quales habrá muchas ruinas que facilitarán la subida y entrada de aquellas: noche sin mas luz que la que arroje el fuego de la pira que está delante del sepulcro: aparece Andrómaca sentada en la galería de este, llena de mayor consternacion: tan pronto derrama lágrimas de dolor sobre el sepulcro de su marido, como mira con rencor la armada de los Griegos. Después fixa los ojos con la mayor ternura en las ruinas, en seguida desgaja ramas de criprés, las echa en el fuego del ara, y se entra despachada por las quiebras de los muros de Troya: sale Pirro, y cesa la música que habrá expresado todas las pasiones de Andrómaca.

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Pirro. Solo el sagrado fuego de la pira,
que alumbra de Hector el sepulcro frio,
en tan lóbrega noche comunica
alguna escasa luz á estos recintos.
La oscuridad me impide que ver pueda
de Andrómaca, mi bien, el dulce hechizo.
He venido á estas horas á encontrarla
para manifestarla mi cariño;
que no quiero exponerme á sus desayres
donde algún epirota pueda oirlo.
El horror de las sombras me la oculta
y por hallarla en vano me fatigo.
Qué triste soledad! todo es silencio,
lobreguéz y pavor… solo al oido,
conducidos del zéfiro suave,
llegan de rato en rato los suspiros
de un corazón doliente que se queja.
Quién podrá ser?

Golpe de música que anuncia las pisadas de Andrómaca.

Parece que oygo ruido
hácia las quiebras del cascado muro
y de entre ellas con paso contenido
van saliendo dos sombras.

Andrómaca.- Astianacte,

Le saca de las ruinas ó quiebras

hijo del corazon, des a el asilo
que á tu persona ofrecen los escombres
de la infelice Troya: ven conmigo,
que el horror de la noche y el silencio,
de tu madre protegen los designios.

[…]

Luciano Francisco Comella

Text complet: Hashi Trust Digital Library

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Tilla Durieux com la Circe, de Calderon, segons Franz von Stuck

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Tilla Durieux as Circe - Franz Stuck

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Circe - Von Stuck

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I després cap a Múnich. Però aquesta vegada el Künstlertheater no estava dirigit per Reinhardt durant l’estiu, sinó per Alfred Halm i Georg Fuchs. Aquest havia traduït i arranjat la “Circe” de Calderon, i havia triat el pintor Hierl-Deronco per als decorats. Es varen fer uns escenaris i uns accessoris realment opulents.

Hierl-Deronco, un home elegant i de bon veure estava dret just al meu costat mirant a una i altra banda, i va preguntar: “On és Circe, on és la Sra. Durieux?” Quan varen assenyalar-me a mi, va quedar bastant sobtat i va fer un salt enrere, sense que li sortissin les paraules. Després, quan jo ja portava un bon vestit, va quedar reconciliat amb la meva aparença, i durant aquestes actuacions Franz von Stuck em va pintar diverses vegades com a Circe, i les pintures i els esbossos van passar a ser àmpliament coneguts. Però no eren del meu gust. [1912]

 

De: Tilla Durieux. Meine ersten neunzig Jahre (Els meus primers noranta anys)

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Eva Higueras:  Tilla Durieux: persistencia y devoción (revistaactores.com)

Tilla Durieux a Wiki-videos.com

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Stu-02-NatGal

Franz von Stuck (23 de febrer de 1863 – 30 d’agost de 1928)

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La Ilíada de César Brie (Teatro de los Andes). Una visió argentino-boliviano-italiana.

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Anna Banfi
Desaparecido: Omero in Sud America
Il teatro necessario di César Brie

ennagramma

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Escena 1

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Prólogo

Hécuba: Me llamo, me llaman, me llamaban Hécuba.
Un tiempo fui feliz en tierra de Troya.
Ahora, de tanto sufrir, me he vuelto perra.
En la llanura entre los restos de la ciudad quemada,
buscando un hueso que roer,
tal vez el de los hijos degollados,
sacrificados, muertos en batalla.

Quien pierde el padre es huérfano.
Y viudo quien entierra a su esposa,
pero no hay palabra que nombre al triste
padre o a la madre del hijo muerto.
No hay modo de nombrar un tal dolor,
tal vez: innatural, inútil, vano, eterno.
La guerra, viudas crían huérfanos, madres paren muertos.
Un tiempo fui feliz y de ese tiempo recuerdo a Polidoro
el más pequeño y tierno de mis hijos.
El inocente, el cordero, Polidoro…
que nunca supo cómo era Troya.

Polidoro: Yo, Polidoro, hijo de Hécubay de Príamo,
las puertas de las tinieblas, el reino de los muertos donde habita Hades,
lejos de los dioses, las dejé para venir aquí.
Yo las dejé para venir aquí.
¡Tío!
Mi madre temiendo por mi suerte…
Me mandó a un pueblo que ama los caballos…
Mira, mira los caballos que corren, cuántos…
Yo era el más joven cuando me alejaron de la patria:
No tenía fuerzas para sostener la coraza, para lanzar la jabalina…
Un huésped de mi padre, mi tío, prometió cuidarme
y yo crecía en su casa como un retoño, como un retoño.
Por sed de oro…
¡Tío!
Cuando Troya cayó, quemada
exterminada usurpada violada,
él me asesinó y abandonó en el mar mi cadáver.
Tendido en la arena, me sacude el flujo de las olas,
en el juego alterno de las mareas.
Y no tengo sepulcro ni duelo y no tengo sepulcro ni duelo.
¡Tío!
He abandonado mi cuerpo, soy el fantasma de mí mismo,
me elevo, fluctúo en torno de Hécuba, mi madre,
esposa de Príamo, padre de Héctor, París, Casandra, Polixena. ¡Aquiles!
¡Aquiles reclama para su tumba, como señal de honor un sacrificio;
lo obtendrá, no le negarán sus amigos este regalo, no se lo negarán.
¡El destino hoy mismo empuja hacia la muerte a Polixena mi hermana!
Y yo, desventurado, por obtener un sepulcro afloraré, afloraré en la orilla.
¡Tío!
He rezado a los dioses, los dioses que cuentan,
para que me concedan una tumba,
y me conduzcan entre los brazos de mi madre,
aterrorizada por mi sombra.
¡Tío!
Aquello que pedí, va a serme concedido.
¡Tío!
El agua, el agua, me lleva, el agua… mamá, mamá…

Hécuba: Polidoro…

Polidoro: Mamá… ¿cómo era mi casa? ¿Cómo era Troya?

Hécuba: Como todas las ciudades cerca de la costa.
Tenía torres, pájaros, y viento del oeste.
Y  tú te bañabas a orillas del mar.
Hasta que los griegos trajeron la guerra.

Polidoro: ¿La guerra? ¿Cómo fue la guerra?

Hécuba: La guerra… Duró diez años la guerra…

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1) Coro

Ahora cantamos la furia de Aquiles
que infinitos dolores provocó a los griegos
tantas almas de héroes bajaron al Hades
tantos cuerpos devorados por buitres y perros.

La guerra de Troya llevaba diez años.
Los griegos sitiaban la vasta ciudad.
Aquiles era el guerrero más fuerte
de los invasores, pero no luchaba.

Había peleado con Agamenón.
El rey de los griegos lo había ofendido,
le había quitado su esclava Briseida,
botín de otra guerra. Por eso Aquiles
se queda en las naves, dejando a los griegos
el asedio de Troya y la lucha contra Héctor.

Apolo, el dios de las flechas
que amaba a Troya, y ayudaba a Héctor
envió la peste a los griegos.
Estaba furioso contra Agamenón
que había profanado uno de sus templos,
había secuestrado su sacerdotisa,
la había violado y vuelto su esclava.

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2) La peste
Apolo, los griegos

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Apolo: bajé del Olimpo enfurecido,
parecido a la noche, con el arco en la mano.
Las flechas sonaban cerradas en la aljaba.
Lejos de las naves tomé puntería y lancé una flecha.
Siniestra vibró la cuerda del arco y alguien cayó.
Primero le di a los perros y a los mulos, luego a los hombres.
Caían como moscas, como ratas,
como insectos enfermos de peste.
Ardían las hogueras quemando a los muertos

[…]

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Acto 2

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1) Rodolfo Walsh
Rodolfo Walsh, Victoria, perros.

Walsh: Rodolfo Walsh, escritor, periodista. Asesinado en Buenos Aires en 1977.
Seis meses antes había muerto Victoria mi hija. (Abre un libro.) La Ilíada:
“Junto a su padre luchaba Arpalión,
una flecha aguda se hundió en su nalga
partió la vejiga, se incrustó en el hueso.
Mojaba la sangre los brazos del padre
mientras lo llevaba a Troya y lloraba.
Por un hijo que muere no hay recompensa”.

Aparece el espectro de Victoria.

¡Victoria! Aquí me ves, leo La Ilíada, la guerra de Troya.
Hay una hija de Príamo, Polixena. Te le parecías tanto hija mía: rebelde, obstinada, orgullosa.
A Polixena la degollaron en honor a Aquiles.

Tenía veinte y seis años mi hija Victoria.
Argentina se parecía cada vez más a un barrio de Troya.
Como tantos chicos que repentinamente
se hicieron adultos, mi hija andaba a los saltos
huyendo de casa en casa por todo Buenos Aires.
No se quejaba, sólo su sonrisa se volvía desvaída.
Nos veíamos cada quince días
caminando en una calle o alguna plaza.
Hacíamos planes para vivir juntos,
pero ambos presentíamos que no iba a ser posible,
que uno de esos encuentros podía ser el último.
Y nos despedíamos simulando valor
consolándonos de la anticipada pérdida.
Más de cien soldados rodearon la casa
con tanque, helicóptero, ametralladoras.
Victoria, en camisón, corrió hasta la azotea.
El combate duró una hora y media.
Mi hija conocía el trato que ejército y marina
dispensaban a los prisioneros, y pensaba
que el pecado no era hablar, sino caer viva.
De pronto hubo silencio, Victoria se levantó,
se acercó a la cornisa.
Flaca, de pelo largo, en camisón de noche,
Alicia en el país de las pesadillas.
“No nos matan ustedes”, dijo a la tropa.
“Nosotros elegimos morir” y luego
llevó una pistola a la sien, y apretó el gatillo.

Por la radio supe que habías muerto,
entonces me santigüé como cuando era un niño.
Se me detuvo el mundo. “Era mi hija”, dije.
Tenía miedo por ti y vos por mí
ahora el miedo es dolor. Te quise tanto…
No pude despedirme, en lo oscuro se mueren
los perseguidos. Nos queda la memoria
como único cementerio. Ahí te guardo
te acuno, te celebro y quizás te envidio.
“Mojaba la sangre los brazos del padre.
Mientras lo llevaba a Troya y lloraba.
Por un hijo que muere no hay recompensa”.

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César Brie
La Ilíada

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I GRECI SIAMO NOI

César Brie

César Brie (Buenos Aires, Argentina, 1954)

Avete visto nell’ultima scena Priamo che porta sulle proprie spalle il cadavere di Ettore, il quale a sua volta porta un manichino con le sue stesse sembianze. Ettore è doppio perché nell’Iliade si racconta che durante il giorno Achille distrugge il suo cadavere, mentre alla sera Afrodite e soprattutto Apollo lo ricompongono. Quando Priamo chiede il corpo ad Achille, questi prende un drappo che il re ha portato tra i tanti doni del riscatto e avvolge il corpo di Ettore perché, dice Omero, non vuole che il padre veda come lui ha ridotto il cadavere del figlio. Ciò significa che, agli occhi di Achille, Ettore è un cadavere distrutto. Eppure quando quel cadavere arriva, poche ore dopo, a Troia, la madre gli dice: «Sei tornato, sei intatto come uno che è morto sognando i suoi cari».

E un testo che io faccio dire ad Andromaca, e i filologi qui presenti si tapperanno le orecchie. Ho pensato che in realtà c’è una visione del cadavere che corrisponde allo sguardo di chi lo ammazza e una visione che proviene dallo sguardo di chi lo ricorda. È un tema molto vicino a quello dei desaparecidos, e tale vicinanza è stato il primo motivo per cui ho deciso di lavorare su l’Iliade. Così abbiamo costruito questo doppio di Ettore, un doppio che viene quasi distrutto in scena, sul quale si può esercitare la violenza. Come avete visto nella sequenza in cui Achille prende il manichino, che è identico all’attore, fatto con un calco dell’attore, e lo scaraventa contro il muro. Esattamente quello che pochi giorni fa in Tv ho visto fare a dei talebani morti, quando i soldati dell’Alleanza del nord prendevano a calci i cadaveri, che non potevano sentire più niente. E questo per me è il paradigma di ciò che sono la guerra e ogni esercizio della violenza.

L’Iliade è un testo che per fortuna non ho letto a scuola. L’ho letto prima, l’ho letto da me. Leggevo molto da bambino, mio padre era libraio, quindi io potevo leggere quello che volevo, divoravo i libri. Divoravo i libri e giocavo a calcio, le due cose che amavo e ancora oggi amo fare.

Quando ho riletto il poema ho provato una grande commozione. Ero qui in Italia, durante una tournée, a casa di un amico. La figlia, studentessa di Lettere, aveva lasciato il libro sul comodino della sua stanza, che mi aveva ceduto per la notte. Come ogni libro che si sfoglia, l’ho aperto a caso, e ho cominciato a leggerlo dalla fine. Ho preso l’ultimo capitolo, dove si racconta la ricerca del cadavere di Ettore da parte del padre Priamo. Proprio l’ultima scena che avete visto. E mi sembrava che parlasse dei desaparecidos e dell’America Latina di oggi. Ero molto colpito. Quella che avevo tra le mani era la traduzione in versi di Rosa Calzecchi Onesti, una versione straordinaria.

Ho aperto un’altra pagina a caso e ho cominciato a leggere un altro frammento: la descrizione di una battaglia, con teste tagliate, occhi che saltano, cervello che cola… un orrore. Prendo ancora un brano: un dialogo d’amore tra Andromaca ed Ettore – che è poi l’unico dialogo d’amore tra i due. Ed era troppo. Erano tre frammenti che leggevo e tutti mi arrivavano dritti al cuore. Allora ho comperato il libro. Dato che ero in Italia, ho preso sia la traduzione libera di Maria Grazia Ciani, sia la versione della Calzecchi Onesti. E le ho divorate. Poi ho acquistato anche un’edizione spagnola. Con lo spagnolo noi latinoamericani abbiamo dei problemi, perché il nostro castigliano è molto diverso da quello della Spagna e le traduzioni spagnole spesso le sentiamo troppo lontane. Ne ho confrontate diverse, prese in Messico, in Argentina, in Spagna, ma in realtà mi sono servite di più le due traduzioni italiane.

[…]

[…] mi ricordo l’impressione di una persona che normalmente non va a teatro e che alla fine dello spettacolo mi ha detto: «Appena è cominciata la canzone in quechua —è la canzone di Polidoro fantasma— ho capito: i Greci siamo noi». E io ho pensato: allora ci sono riuscito.

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César Brie
Conferència Riflessioni su un’Iliade andina a la Facultat de lletres de la Universitat dels Estudis de Siena. 5 de desembre de 2001.
Inclosa a: César Brie. L’Iliade del teatro de los Andes. Ed. Titivillus.

Introducció (primeres 17 pàgines): Titivillus.it

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Iliada - César Brie

Iliade - DVD -  César Brie.
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Iliade - DVD -  César Brie - 3.

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Iliada - César BrieCésar Brie

Teatro I – La Ilíada / Las Abarcas del Tiempo
En un sol amarillo / Otra vez Marcelo
Presentación de Jorge Dubatti
Estudio crítico y edición de Marita Foix

Editorial Atuel. Buenos Aires, Argentina, 2013
ISBN: 9789871155842

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Iliade - DVD -  César BrieCésar Brie

L’Iliade del Teatro de los Andes
A cura de Fernando Marchiori
Traduzzioni di Silvia Raccampo

Teatrino di Fondi / Titivillus Mostre Editoria. Corazzano (Pisa), 2010
ISBN: 9788872182987

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Iliade - DVD -  César Brie - 3Hacienda del teatro

Un film-documentario di Reinhard Manz,
Matthias Rebstock e Daniel Ort

Point de vue-doc
Svizzera, 2003
DVD – Video

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Clitemnestra parla tota sola, a «Els missatgers no arriben mai», de Biel Mesquida

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Biel Mesquida - MissatgersSi negués que arribares com un brau lluitador i destrossa­res dins l’horror de la batalla el meu home, Tàntal, esclafares contra les pedres la meva filla, em raptares com un botí de guer­ra i així i tot aconseguires que perdés el cap per tu, Agamèmnon, mentiria.

Si digués que hi hagué una casa blanca amb jardí vora d’aquesta mar grega on tu i jo fórem feliços, i em donares la llavor de quatre fills formosíssims, Ifigènia, Electra, Crisòtemis i Orestes, m’acostaria als fets més senzills i més vertaders.

Si assegurés que res no feia preveure la catàstrofe d’aquell matí maleït, quan et vaig veure encès d’ira i de ràbia amb les notícies del rapte d’Helena i no vaig saber de seguida que aque­lla guerra era la festa que esperaves per poder desfogar els teus instints de mascle conqueridor, salvador, protector, que defensa l’honor de la família, Agamèmnon meu, em podrien acusar de somniadora.

Si contés que m’enviares un missatger per entregar-te la nostra filla més bella, Ifigènia, perquè es casés amb Aquil·les, i en lloc d’això la sacrificares a la deessa Artemis perquè et donés el vent necessari per inflar les veles de les naus que et durien a Troia a salvar la bella Helena de les mans de Paris, mentre jo em moria de dolor de mare traïda, també hi hauria gent que mormolaria que em deixava dur per la invenció.

Si confessés l’existència d’una dona que porta deu anys esperant el retorn d’un home cruel i aprofitat que creu que l’am­bició i la guerra estan per damunt de l’amor, una dona que no s’atura de fer voltes com una boja parlant, plorant i xisclant d’esma, dins aquest casalot dels Atrides, desert i luxós, amb les sales plenes de la teva absència, una obscuritat dura que se’m fica per tots els forats del cos i no em deixa lloc per a cap lucide­sa, també dirien que no dic la veritat.

Però si xiuxiuegés que hi havia lamentacions i planys d’innocents condemnats en algun lloc fosc que em perseguien sempre com un fat, seria com si toqués un bloc d’humanitat nua i podria explicar aquest sentiment terrible quan el temps s’atura i caus en una tristesa sense edat on et sents tocat d’un mal incurable.

El cos i la ment són inseparables.

Biel Mesquida Amengual (Castelló de la Plana, País Valencià; 1947)

Biel Mesquida Amengual (Castelló de la Plana, País Valencià; 1947)

Estic farta de fer voltes i voltes dins aquest palauot micènic, vell i polsós, que cau a trossos, entre cortinatges arnats i salons buits, sense trobar ni un oratge de consol, ni una pa­raula de compassió.

[…]

Biel Mesquida
Clitemnestra parla tota sola

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Biel Mesquida - MissatgersBiel Mesquida

Els missatgers no arriben mai

llibres del món i de la bolla, 28
El Gall Editor. Pollença, 2012

ISBN: 9788492574896

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El capità Ulisses, d’Alberto Savinio

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ULISSE: La sede precisa del mio destino, io, alla fine, l’ho scoperta: il destino noi ce lo portiamo qui, con noi, tra il panciotto e la camicia…

ULISSES: La seu precisa del meu destí, jo, finalment, l’he descoberta: el destí el portem ací, amb nosaltres, entre l’armilla i la camisa…

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La nave di Ulisse
Giorgio De Chirico

LA VERDAD SOBRE EL ÚLTIMO VIAJE

JUSTIFICACIÓN DEL AUTOR

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El sentido de estas páginas debe ser entendido como una obra de beneficencia. Ésta es la clave que abre mi “Historia de Ulises”. La filantropía es practicada de manera bestial. Chalecos de lana y so­pas calientes no resuelven el problema de la infelicidad. Entre la humanidad que sufre, los tipos más interesantes jamás acudirán a un patronato de damas que ya superaron la crisis de la menopausia. Hay un destino de la muerte así como hay un destino de la vida. Los comités y ese dinerito que gotea de los bolsillos demasiado lle­nos se encargan de socorrer al estómago y a los sabañones. Pero ¿quién se hace cargo de auxiliar al hombre que no encuentra des­canso y de echar una mano a aquel que no logra morir? Éste es el bien que hice al hombre de las muchas vidas. Ésta es la razón de “Capitán Ulises”.

Lo que comprometió enormemente el buen nombre de Ulises es el atributo de Héroe que el registro civil de la historia tontamente antepuso a su nombre. Héroe y Ulises, estas dos antinomias no coinciden más que en los documentos oficiales, en los textos interpolados por cuarenta siglos de incomprensión. A Ulises le falta el requisito esencial del héroe: la inteligencia del buey así como el daltonismo de perspectiva propio de las facultades de este mamífe­ro superior. Demonio una vez era el nombre dulcísimo de los ánge­les. Potager le dicen en Piamonte a la estufa de carbón. Tiempo y variaciones del clima afectan desastrosamente a las palabras. Las deforman, borran hasta la sombra de su significado original. Héroe tiene para nosotros el significado corto y ruidoso de un disparo de bombarda. Cuando Ulises tenía una edad entre la juventud y la madurez, el valor de Héroe no iba más allá de aquellas condecora­ciones que se otorgan de oficio a quienes alcanzan la debida anti­güedad de servicio. Los héroes de Homero eran algo entre el Comendador y Chevalier de la Legión d’Honneur. ¿Acaso podía yo dejarle a Ulises una nariz de cartón y un disfraz de carnaval? Quise volver a escuchar la voz de mi amigo abandonado por todos, contar los latidos de su corazón. Un corazón de bronce suena hueco, como el odioso sonido de las campanas. Era necesario devolverle al co­mendador Ulises su estatura natural.

Al perro fiel le gusta que le saquen fotos a los pies del cazador. En las pequeñas enciclopedias, a los famosos les encanta que los retraten en compañía de la cosa que justificó su ingreso al panteón de la fama. El violín explica la figura de Paganini, que de otra ma­nera confundiríamos con un ejemplar rarísimo de hombre araña. La Venus de Milo puede prescindir de los brazos, pero el certificado de belleza le es necesario como el sello en el pasaporte. Y si junto al retrato de la Patti no encontráramos la inscripción enmarcada por un redondel: Voz de ruiseñor, Adelina volvería a ser aquella inverosí­mil figura que efectivamente es: protagonista de sueños para los números de la lotería y muerta que canta. Pasemos a la letra U. Ulises está fotografiado con el paladio en la mano y la barba postiza. A la derecha, en un bonito medallón, el retrato de la Infelicidad. Peque­ño como una miniatura, pero tan parecido que te deja sin aliento.

Lo studio di Telemaco
Giorgio De Chirico

También Ulises es un gran infeliz, un incomprendido. Grandes infelices e incomprendidos integran una especie particular, se les re­conoce como al cuervo entre las palomas. Job, Camóes, Werther, Jacopo Ortis. Hicimos mención de algunos entre los más ilustres miembros de la tribu de las caras largas, de los cuellos torcidos, de los rostros asimétricos, de los ojos bizcos. Entre las leyendas de la pintura éstos fueron canonizados por Theotokopulos, por Amedeo Modigliani y por la Época Negra de Picasso. El tenebroso club de estos solitarios oculta una muy estudiada coquetería. Excepto los iniciados, nadie más sospecha que en este círculo tan cerrado se halla el verdadero nido de la felicidad más íntima, más celosa. ¡Ay de quién se atreva a tocar a un gran infeliz en su preciosa infelicidad. ¡Ay de quien le sugiera el modo de deshacerse de ella, de reintegrar­se a la vida de todos! Eso sería como privarlo de sus rentas, títulos y honores. Esta consagrada infelicidad, este apartarse y formarse un grupo cerrado, como en la colonia los blancos apartados de los ne­gros, es la forma más exquisita de la felicidad. Ulises tiene los pape­les en regla, toda la documentación habida y por haber, cumple con los requisitos más gloriosos para ser admitido entre los grandes infelices. Sin embargo —¡mira nada más qué salado está y qué mala suerte tiene este hombre!— en el club de los grandes infelices, así como en todas las demás asociaciones, congregaciones y sociedades de este mundo, Ulises no entrará ni en pintura. En sus narices sen­sibles y carnosas, en sus narices orientadas hacia la exploración del humor del viento, en sus narices siempre en búsqueda en el aire inerte de una brizna, por pequeña que sea, de felicidad humana, todas las puertas se cierran con gran estruendo.

Ulises constituye un ejemplar único, no encuentra lugar en nin­guna categoría conocida. El Incomprendido es así por exceso de se­riedad: Ulises por exceso de futilidad. Obligado en un principio a un aislamiento del cual nadie quiere desconocer el horror, el Incompren­dido por seriedad sabe bien que, después de este duro aprendizaje, la gente se aglomerará a su alrededor como las moscas sobre el excre­mento caliente. Per áspera ad ostra. Desde el que es medianamente inteligente hasta el más zonzo, la seriedad es el empíreo supremo, la aspiración de todos. Pero bajar hasta la extraordinaria futilidad de Ulises, ¿quién se atreve? Solo, él nunca verá desmentida su tremenda soledad, esta soledad sin gloria y sin premios que la ambición cerca como una zona de miasmas y de malaria. Ésta es la trágica situación del navegante sin rumbo, la inconfesable razón de su infelicidad.

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[…]

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La villa di Calipso
Giorgio De Chirico

Ulises ha llegado a la conclusión de la Aventura Multicolor, Los te­mas de su vida» tan lentos y solitarios hasta aquí, a este punto se mezclan, se agilizan y comienzan todos juntos el gran galope final. Ulises, según las circunstancias, fue patético y negligente, elocuente y mudo, magnánimo y avaro, despiadado y muy tierno, severo y payaso. Repasó todo el repertorio de las actitudes, expresiones, pri­meros planos. Desgranó punto por punto el programa de las cosas que hay que hacer, de los sentimientos que se tienen que expresar, y con habilidad más que con fe y conciencia, reticencia y pudor no le obstaculizaban en absoluto, no le alteraban para nada. Huyó del adulterio. Regresó a su hogar. (Parece una tontería, pero el hecho de volver a casa era importantísimo para él, el objetivo —fallido— de su vida). Mandó en la guerra y en la paz. Fue rey. Fue esclavo. Fue el padre cariñoso y el marido fiel. Vengó el honor ofendido. Reverenció la divinidad. Cubrió su puño de hierro con un guante de terciopelo. Hizo de todo, hizo de las suyas. Se apegó a las reglas, a las normas, al estilo. Sin embargo está desubicado. ¿Por qué? Vi­vió la vida de todos —menos la suya propia. Otorguémosle a Ulises el necesario reposo.

La corte dei Feaci
Giorgio De Chirico

Ayudé a Ulises a guardar las maletas en el desván. Del último viaje o no se volverá a hablar nunca más, o se hablará de otra mane­ra. A los delegados oficiales de las diferentes comisiones y subcomi­siones de la sociedad humana, Ulises contestó con un “no”, categórico y tajante. Contestó que “no” al cielo en cuyo nombre había sido objeto de los acosos amorosos de una señora cargada de armas y de consejos. Un minúsculo diafragma se le abrió en el cere­bro e irradió una luz resplandeciente en su alma oscura. El deber que dice yo soy, el único que cuenta y del cual todos los demás des­cienden como prole degenerada, habló en él con voz sonora. Ulises concluyó su aventura multicolor, la resumió, se la encerró en un puño y ahora se le queda viendo como uno que, saliendo de la manicura, se admira el brillo de la uñas. Baja del escenario y antes de mezclarse con los espectadores de los cuales por fin se mereció el diploma de hermandad, antes de convertirse él mismo en un espec­tador, se quita la barba postiza. El Ulises falso, brillante y vacío, se queda entre bastidores, invisible pero presente en un mundo de errores. En vano le llaman de la tierra y del cielo. Aquellas voces, Ulises ya no tiene oídos para escucharlas. Las apariencias tentado­ras, las seductoras absurdidades, Ulises las echó al olvido. Ahora que, después de todo lo que ha pasado, por fin aprendió a vivir, Ulises, cuando tenga ganas, podrá también morir.

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Alberto Savinio
Introducció a Capitano Ulisse
Traducció d’Elena Negri

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Ulises, de civil, llevando puesto un sobretodo, sombrero en la cabeza y bastón en mano, sale de atrás del telón interior, del lado derecho del arco escénico, y avanza por el proscenio.

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ESPECTADOR (encontrándose al capitán frente afrente queda petrifi­cado): ¿Usted?…  ¿Usted?… ¡Y vestido de esta manera!

ULISES (con la mayor tranquilidad): Así es.

ESPECTADOR: Pero, ¿a qué se debe?… ¿No se había embarcado? ¿no se había ido?

ULISES: Sí: pero un pensamiento, caído en mi mente como un rayo que pega contra una encina, me hizo volver.

ESPECTADOR: ¿Pero por qué? ¿por qué?… ¡Yo sigo sin entender!

ULISES: Diez años completos corrí a ciegas tras uno de mis destinos terrenales. Confiaba en una mujer, en una casa, en aquellas cálidas, alentadoras esperanzas que disfrazan bajo un velo de dudosa santidad, la oscura hambre de las generaciones… Vio usted mismo de qué manera me pagaron. Fracasado mi pri­mer destino, inmediatamente me fue ofrecido otro, más noble y prometedor: ¡la muerte memorable!… ¿Y entonces?… A estas alturas somos demasiado astutos para conformarnos con se­mejantes soluciones. En pocas palabras, ¿qué quieren de noso­tros estos intrusos? ¿quién nos gobierna? ¿a quién debemos obedecer?… No: la piadosa ingenuidad que nos hacía dejar nuestra suerte en manos ajenas, aunque fuesen las manos ex­celsas de una diosa, la perdimos. ¡Yo exijo plena responsabili­dad! ¡rechazo cualquier ayuda!… ¿Sabe por qué?… La ubicación exacta de mi destino, yo, después de todo, la descubrí: el des­tino lo llevamos aquí, con nosotros, entre el chaleco y la cami­sa… ¿Quiere hacerme un favor? Informe a todo el mundo que la parte más solitaria, más heroica, más fatal de la vida de Ulises… (arrepintiéndose) No: no diga nada. Es un secreto de­masiado peligroso, que no conviene divulgar.

[…]

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Alberto Savinio
Capitán Ulises (Tercer Acto)
Traducció d’Elena Negri

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Ulisse in borghese, con soprabito, cappello in testa e bastone in mano, esce di dietro il sipario interno, dal lato destro dell’arco scenico, e avanza sul pro­scenio.

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Andrea De Chirico [Alberto Savinio], (Atenes, 15 d’agost 1891-Roma, 5 de maig 1952)

SPETTATORE   (nel ritrovarsi il capitano davanti ri­mane di sasso). Lei?… Lei?… E vestito a questo modo!

ULISSE   (con la massima calma).  Infatti.

SPETTATORE   Ma, come mai?… Non si era imbarcato? non era partito?

ULISSE   Sì: ma un pensiero, piombato nella mia mente come fulmine sopra una quercia, mi ha fatto tornare indietro.

SPETTATORE   Ma perché? perché?… Io conti­nuo a non capire!

ULISSE   Dieci anni interi ho corso cecamente dietro un mio destino terrestre. Fidavo in  una donna, in una casa, in quelle calde, confortevoli speranze che mascherano sotto un  velo di dubbia santità, l’oscura fame delle generazioni… Ha veduto anche lei in che modo sono stato ripagato! Fallito il mio primo destino, un altro subito mi venne offerto, più alto e promettente: la morte memorabile!… E con ciò?… Siamo troppo astuti ormai,  perché simili soluzioni ci possano contentare.   Che   cosa   vogliono   insomma questi intrusi da noi? chi ci comanda? a chi abbiamo a obbedire?… No: la pietosa ingenuità che ci faceva affidare la nostra sorte alle mani altrui, sia pure in quelle eccelse di una   dea,  l’abbiamo   perduta.   Io  chiedo responsabilità  piena!   rifiuto qualunque ausilio!… Sa perché?… La sede precisa del mio destino, io, alla fine, l’ho scoperta: il  destino noi ce lo portiamo qui, con noi, tra il panciotto e la camicia… Vuole rendermi un servigio? Annunci a tutti che la parte più solitaria, più eroica, più fatale della vita di Ulisse… (ravvedendosi) No: non dica nulla. È un segreto troppo pericoloso, che non con­viene divulgare.

[…]

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Alberto Savinio
Capitano Ulisse (Atto Terzo)

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Capitano Ulisse
Giorgio De Chirico

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Alberto Savinio

Capitano Ulisse

Piccola Biblioteca, 227

Adelphi. Milano, 2003 (terza ed.)

ISBN: 9788845906848

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Alberto Savinio

Capitán Ulises

Traducción de Elena Negri

Editorial Sexto Piso. México D.F., 2005

ISBN: 9789685679398

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